Capítulo 11
Cuando llegamos a casa, Paola estaba sentada en el sofá del salón, bebiendo a sorbos un vaso de agua con azúcar, que le había servido Guadalupe, una de nuestras empleadas.
Mi hermana tenía los ojos muy abiertos y una expresión ausente, como si se estuviera recuperando del susto más grande de su vida. Lo cual era muy posible.
Alma, la benjamina, estaba sentada a su lado y le acariciaba el hombro, como si ese gesto de cariño fuera suficiente para borrar todo lo que pudiera haber vivido.
—¡Paola!
—¡Miguel, Sandro, estáis aquí! —Se giró hacia nosotros y se esforzó por sonreír cuando sus ojos nos encontraron avanzando hacia el interior de la sala—. ¿Estáis bien?
—Estamos más preocupados por ti —dije al acercarme lo suficiente para quedarme frente a ella.
La escudriñé con la mirada, evaluándola rápidamente para calibrar el alcance de los daños que pudiera haber sufrido.
Tenía un corte en la ceja izquierda y el ojo del mismo lado estaba morado.
Un pequeño corte en el lado de la boca y algunos moratones y arañazos más por el cuerpo.
Todo eso indicaba que, como mínimo, le habían dado una paliza.
Solo de pensarlo, la furia dentro de mí creció, volviéndose intensamente fuerte e incontrolable. Quería matar a todos esos desgraciados por tener la cobardía de golpear a una mujer inocente. Quería ver cómo se las arreglarían si tuvieran que enfrentarse a mí en un mano a mano.
—Vamos a llevarla al hospital —anuncié.
—No... no... —Ella se estremeció. —Estoy bien.
—No pareces estar bien, Paola —señaló Alma.
—Estoy... estoy bien. —Era mentira, su mirada aterrorizada lo delataba; sin embargo, presentí que mi hermana tal vez tenía miedo de enfrentarse a la realidad de todo lo que le podría haber pasado.
—Primero quiero saber cómo has conseguido volver aquí —Miguel estaba serio y pensativo, tratando de comprender la situación.
—Me escapé. —Paola soltó las palabras de golpe, intentando no tartamudear, pero no fue suficiente para ocultar todo su temor.
—¿Te has escapado? —repitió Miguel, incrédulo—. ¿Te has escapado?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Cómo?
—Esperé a que no estuvieran mirando.
—Me estás diciendo que esos hombres fueron tan idiotas como para dejarte escapar delante de sus narices.
—Yo...
—¡Basta ya, los dos! —intervino Alma—. Paola está asustada y se merece descansar. La llevaré al dormitorio, la ayudaré a darse un baño y a acomodarse en la cama.
Miguel no dijo nada para impedirlo y mi madre siguió a las dos hasta el dormitorio. Cuando se marcharon, hice un gesto para que la criada también se retirara, dejando solo a Miguel y a mí en la habitación.
Los dos nos miramos antes de que él dijera algo.
—¿De verdad crees que ha conseguido escapar? —Su pregunta me pilló por sorpresa.
—Está aquí.
—Sí, está...
—Su desconfianza acabó contagiándome.
—¿Por qué? ¿Crees que puede haber pasado algo que no nos está contando?
—Espero que no.
—Pero... —le animé a continuar, pues su mirada era pensativa y mucho más enigmática de lo que me hubiera gustado.
—Nada.
—¿Miguel? —Me había sembrado una sensación de desconfianza que no podía simplemente borrar.
—Tienes razón, Paola ha vuelto a casa y eso es lo que importa.
Quería pensar así, pero estaba empezando a pensar como él: eso no era todo. Solo esperaba que la verdadera historia no nos estallara en la cara y nos dejara en alguna situación complicada.
—Vete a dormir, Sandro —me aconsejó—. Ha sido una noche larga.
—Para todos nosotros —admití.
—Nos merecemos algo de descanso. —Mi hermano señaló la escalera que llevaba a las habitaciones y yo asentí, yendo delante.