Epílogo. Ben #2
Estaba solo en aquel rincón de la playa, con la única compañía del ruido de las olas y las gaviotas.
El mar se extendía ante mis ojos hasta el infinito.
Me saqué el móvil del bolsillo interno de la chaqueta y volví a consultar la hora.
Eran las siete y media. Había pasado un minuto desde la última vez que lo había mirado.
Volví a guardar el teléfono y suspiré. Incapaz de estarme quieto, comprobé que tenía los gemelos en su sitio y me recoloqué la pajarita por centésima vez.
Estaba impaciente por verla.
Oí el ruido de sus pisadas suaves sobre la arena, detrás de mí, y me puse un poco nervioso. Tiré de toda mi fuerza de voluntad y resistí el impulso que me pedía a gritos darme la vuelta.
Pasados unos segundos, sentí un toquecito en el hombro.
«Uf. Por fin».
Me di la vuelta y me quedé mirándola tan impactado como cuando Romeo ve a Julieta al otro lado de la pecera por primera vez en la película de Baz Luhrmann.
Le eché un vistazo a mi prometida de la cabeza a los pies.
Kate llevaba las ondas rubias sueltas y algo revueltas por la brisa veraniega.
Su vestido era sencillo, blanco, de tirantes, ajustado en la parte superior y largo hasta el suelo.
La falda tenía una abertura lateral, por la que asomaba su pierna.
Estaba descalza, sostenía un ramo de rosas blancas y llevaba una bolsa pequeña colgando de la muñeca.
Tragué saliva al fijarme en que llevaba el colgante que le regalé cuando cumplió dieciocho años.
Yo no tenía ni puñetera idea de lo que era el first look hasta que Kate me lo explicó semanas atrás. Sin duda había sido todo un acierto vernos nosotros antes y disfrutar de aquel momento íntimo.
—Hola. —Me saludó con una sonrisa radiante—. Estás guapísimo.
Sus ojos no mentían. Me encontraba irresistible con el esmoquin.
—¡Joder, tú estás impresionante!
Ella giró sobre los talones para mostrarme que su vestido dejaba casi toda la espalda al descubierto.
Cuando volvió a encararme, me tiré de espaldas sobre la arena y me llevé la mano al pecho de manera dramática.
—¿Qué haces? —Se rio.
—Estás tan preciosa que creo que he muerto y estoy en el cielo, ¿verdad?
Su carcajada alegre me hizo sonreír.
—Me parece que tú irías más al infierno. ¡Vamos, bobo, levanta!
Me tendió la mano para ayudarme a incorporarme. Se la agarré y le di un suave tirón. Ella perdió el equilibrio y se cayó encima de mí.
Presioné los labios contra los suyos, ahogando su risa, y le rodeé la cintura con las manos.
No podía dejar de besarla.
—Ben… —Se rio contra mis labios—. No podemos llegar tarde a nuestra propia boda.
—¿Quién lo dice?
—Lo digo yo. Vamos.
—Uf. —Bajé las manos hasta su culo—. Ya sabes lo cachondo que me pone que me des órdenes.
Ella dejó el ramo en el suelo con delicadeza.
—Quiero que nos demos prisa porque estoy impaciente por casarme contigo —me dijo.
—Y yo más.
Ella se levantó, cogiendo las flores, y yo la seguí.
—¿Lista? —Le ofrecí mi brazo tan pronto como terminé de sacudirme la arena.
—Antes quiero darte una cosa. Sujétame el ramo un segundo, por favor. —Me lo entregó.
Se descolgó la bolsa pequeña de la muñeca y la alargó en mi dirección. Cuando la cogí, ella me pidió el ramo con un gesto de la mano.
Saqué la caja que había en su interior. Al abrirla, me encontré un reloj con la esfera oscura, parecido al que tenía antes.
—¿Es una réplica del reloj de Cooper de Interstellar ? —pregunté.
—Sí. El día que me contaste lo de las señales, me dijiste que, por un momento, pensaste que quizá provenían de tu yo del futuro, como en Interstellar .
Y el día en que nos conocimos, me contaste emocionado que te encantaba el final de Titanic porque cuando Rose muere y se reencuentra con Jack, el reloj que tenían detrás marcaba las dos y veinte, que era la hora a la que se hundió el Titanic.
Recuerdo que, cuando volví a ver la película contigo, me fijé en que ese detalle era cierto.
Eso me llevó a pensar que a las dos y veinte era la hora en la que Jack y Rose estarían juntos para siempre.
Y, bueno, este reloj no tiene pila y siempre marcará las dos y veinte porque simboliza que quiero estar contigo siempre.
Los ojos me picaban. Saqué el reloj y pasé el pulgar por la esfera. Al darle la vuelta vi que tenía una inscripción grabada que rezaba:
si tú saltas, yo salto.
juntos siempre,
ben y kate
Debajo aparecía la fecha de nuestra boda.
Levanté la vista y me lancé a besarla, sujetándole la cara con las manos.
—Te quiero —le dije.
—Y yo a ti. ¿Te gusta el reloj?
—Me encanta.
—Si quieres usarlo, podemos ponerle una pila.
Entrelazamos los dedos y echamos a andar hacia donde nos esperaban.
Bordeamos una roca gigante y nos encontramos con Hannah, que nos miraba emocionada.
Le hizo un gesto con la mano a alguien y comenzó a sonar la música a través de los altavoces.
Kate y yo habíamos elegido «Another Day of Sun», el tema inicial de La La Land , versionado a piano para entrar en la ceremonia.
Nuestros seres queridos se levantaron y se dieron la vuelta para mirarnos.
El atardecer despuntaba en el horizonte.
En medio de las filas de sillas doradas, dos hileras de velas encendidas dentro de tarros de cristal marcaban el camino al altar. Detrás del atril blanco estaban Alexandra y Julia, maestras de ceremonias. A un lado del altar estaba Preston, y al otro, Logan y Lola, nuestros padrinos.