Epílogo. Ben
Epílogo
Ben
Un año más tarde
La tarde que Kate se fugó de su boda acabamos en Atlantic City, cenando pizza en una habitación del mismo hotel en el que nos casamos la primera vez.
Aunque toda la gente que nos cruzamos nos dio la enhorabuena al verla a ella vestida de novia y a mí con el traje gris, no volvimos a contraer matrimonio ese día.
Al día siguiente nuestras fotos besándonos en la puerta del Cipriani estaban en la prensa acompañados de titulares sensacionalistas.
Nuestro favorito era el que rezaba: «Exclusiva: ¡El hijo de la alcaldesa de Nueva York y la heredera de Morgan Media cancelan su boda, y ella se fuga con un famoso presentador!
». Debajo aparecía una foto nuestra en la que salíamos besándonos, acompañada del siguiente texto: «Katherine Morgan se fuga con Ben Sharp después de la sonada dimisión del presentador».
Aquella primavera nos fuimos a vivir juntos. Ella dejó el ático que compartía con Preston para mudarse a mi apartamento.
En el plano laboral las cosas tardaron un poco en estabilizarse para nosotros. Fiel a su palabra, Arthur despidió a Kate ipso facto . Y yo fui reemplazado por Cody Jones, publicaron la noticia en la prensa días después de mi dimisión.
En cuanto Kate terminó de pulir el guion de su primera comedia, se animó a mandárselo a varias productoras.
Antes de que el verano llegase a su fin, una había contactado con ella.
El día que tuvo la primera reunión, me quedé escuchando detrás de la puerta.
Cuando colgó la llamada, después de que le dijeran que le mandarían una oferta económica para adaptar su guion, corrí a abrazarla mientras ella lloraba.
Recuerdo que no podía creerse que la gente fuese a ver su historia en la gran pantalla.
Cada día estaba más enamorado de ella. Verla perseguir sus sueños y convertirse en la persona que siempre había deseado ser era inspirador y hacía que el amor que sentía aumentara más y más.
En cuanto a mí, aunque no me arrepentía de haber dejado el antiguo trabajo, en ocasiones lo echaba de menos. Ahora escribía guiones para otro late show que se rodaba en Nueva York; no me pagaban mal y me dejaban trabajar algunos días desde casa.
—¿Aquí te parece bien? —me preguntó Kate deteniéndose a un par de metros de la orilla.
—Sí.
Cuando nos sentamos sobre la arena de la playa en la que nos dijimos «te quiero» por primera vez, ella cerró los ojos y se concentró en el rumor de las olas del Atlántico. Estaba a punto de atardecer, corría una brisa fresca y primaveral que le removía el pelo.
Hacía un año exacto que se había fugado de su propia boda. Desde entonces, no nos habíamos separado.
La primera vez que Kate y yo nos casamos fue fruto de la decisión impulsiva de dos adolescentes intensos que no querían despedirse. No hubo planificación, ni anillo, ni una localización de ensueño, ni un discurso emocionante cargado de palabras empalagosas.
Esta segunda vez quería hacerlo mejor. Por eso me lo había currado un poco más.
Por alguna razón, me sudaban las palmas de las manos. De pronto, los nervios me estaban acribillando. No tenía sentido. Ya le había pedido antes que se casase conmigo y no me lo había pensado tanto.
Aunque me había preparado un discurso, no había pensado en lo más básico: ¿debía arrodillarme?
A mí me parecía una costumbre anticuada, pero por ella lo haría.
Planté la mano en la arena para coger impulso.
Entonces, caí en la cuenta de que, si me arrodillaba, llamaría la atención de las personas que nos rodeaban.
Nah. Mejor dejaría de lado ese paripé. Seguro que Kate preferiría pasar desapercibida.
«Mierda. ¿Debería haberlo hecho en casa?».
—¿De qué crees que hablan? —La voz suave de Kate interrumpió el hilo de mis pensamientos.
La miré por encima del hombro. Ella tenía la vista puesta en una pareja que charlaba un poco más allá.
—Yo creo que él le está diciendo que, desde que la ha recuperado, es el tío más feliz sobre la faz de la Tierra.
—¿Sí? ¿Y qué más le dice?
—Que no se imagina un día sin ella, que la quiere más que a nada en el mundo y que hará todo lo que esté en su mano por hacerla feliz.
Una sonrisa tierna se adueñó de su rostro.
Kate giró la cabeza y dijo:
—Ella nunca ha sido tan feliz como ahora. Está tan enamorada que le da miedo despertarse y que esto sea un sueño.
Resistí el impulso de besarla. En su lugar, saqué la cajita blanca del bolsillo y la orienté en su dirección. Sus ojos azules se desviaron un momento hasta mi mano y luego regresaron a los míos.
Respiré hondo y me lancé al mar de cabeza.
—Kate, antes de conocerte no entendía cómo la gente se enamoraba tan rápido en las películas, pero llegaste tú y me demostraste que enamorarse es algo tan sencillo como respirar.
Te prometo que jamás te daré por sentada y que me esforzaré para que tu vida sea como una comedia romántica.
Le diste una oportunidad al chico que estaba perdido, al que no supo valorar lo que tenía y al que se acojonó antes de tiempo.
Sin embargo, yo sí sé lo que quiero. Tengo clarísimo que lucharé por ello cada día…
—Tragué saliva y abrí la caja—. ¿Quieres volver a casarte conmigo?
Kate ahogó una exclamación y se tapó la boca con las manos. Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas. Ni siquiera desvió la vista al anillo. Simplemente siguió mirándome como si yo fuese lo más importante.
—¿Eh…? —pregunté, pasados unos segundos—. ¿Vas a decir algo?
—¡Perdón! ¡Sí! —Se arrodilló sobre la arena y me echó los brazos al cuello—. ¡Sí, quiero, Ben!
El alivio me inundó.
No me dio tiempo a sacar el anillo de la caja porque ella se adueñó de mis labios. Nunca había sido tan feliz como en ese momento.
—¡Estaba pensando si pedírtelo yo a ti! —confesó entre besos—. Pero no sabía si lo verías precipitado. —Volvió a besarme—. Solo llevamos un año y…
Me aparté de su boca y la observé como si hubiera perdido la cabeza.
—Mi amor, yo te lo habría pedido el año pasado, pero me he obligado a ser paciente —confesé—. Te he dado espacio por aquello de que acababas de divorciarte y de salir escopetada de un matrimonio de conveniencia… —Terminé en un tono divertido.
Ella contuvo la sonrisa.
A continuación, le coloqué la caja delante de la cara.
—¿Te gusta? —le pregunté.
Ella, por fin, bajó los ojos hasta el anillo. Era discreto, de oro blanco, con un diamante pequeño en forma de corazón en el centro.
—¡Me encanta! ¡Corre, pónmelo! —Sonrió, y alargó la mano en mi dirección.
Lo saqué de la caja con cuidado. Cuando lo deslicé sobre su anular, sentí que le estaba haciendo una promesa de amor eterno.
—Venía con esto. —Saqué el certificado de la mochila y se lo entregué.
Ella se concentró en leerlo.
Después de investigar, le había comprado un anillo de compromiso de la marca Darry Ring.
Su filosofía me había llamado la atención.
Solo podías comprar un anillo en toda la vida para una única persona.
Para asegurarse de ello, al adquirirlo, vinculaban tu identidad con la compra y te hacían firmar un acuerdo de Amor Verdadero que lo explicaba todo.
Yo ya lo había firmado. Ahora solo quedaba que lo hiciera ella.
Kate abrió la boca y me miró sorprendida.
—¡Ay, Dios! ¡Voy a casarme con un romanticón!
—Como si no lo supieras ya…
Se estiró y hurgó en su bolso en busca de un bolígrafo. Después se colocó el certificado sobre las piernas y lo firmó.
—¡Ya está! —Me mostró su firma.
—Voy a enmarcarlo —le dije—. Y el certificado de matrimonio también. Espero que lo sepas.
Se le escapó la risa.
—Me parece bien.
Ella me empujó sobre la arena y me llenó la cara de besos.
—¿Cómo quieres hacerlo esta vez? —le pregunté mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Nos fugamos ahora mismo a Atlantic City? ¿Organizamos un bodorrio en Manhattan?
—Mmm… La verdad es que me gustaría hacerlo aquí.
—¿Quieres que nos pongamos a follar aquí? —bromeé.
—Sí. Y también que nos casemos aquí, en una ceremonia íntima, al atardecer. ¿Qué te parece?
Yo me casaría con ella en ese mismo momento y de cualquier manera.
—Me parece genial.
—Entonces está decidido. —Sonrió—. Estaba pensando que nos conocimos aquí al lado y que en esta playa nos dijimos «te quiero» por primera vez, y bueno, ahora acabas de pedirme que me case contigo.
—Cuando dices «ceremonia íntima», ¿te refieres a casarnos tú y yo solos o están invitados nuestros seres queridos?
—Me refiero a algo sencillo, sin pretensiones y con quien nosotros queramos. Por mi parte, con que estén Preston y Julia me vale.
Aunque no hablaba mucho del tema, sabía que todavía le dolía la ausencia y la decepción que se había llevado con su padre.
—Yo invitaría a mi madre y a Joseph, y a mis amigos, claro. A fin de cuentas, son parte de la familia. Quiero que todos sean testigos de lo mucho que te quiero.
Ella apretó los labios contra los míos.
—¿Tienes la cámara contigo? —me preguntó.
—Sí.
—¿Me la dejas? —Se incorporó—. Quiero recordar este momento siempre.
Kate había empezado a grabar los momentos importantes de nuestra vida. Tenía un vídeo del día que nos fugamos a Atlantic City, otro de cuando se mudó a mi apartamento, donde se nos veía cargando cajas, y también había grabado uno el día que le compraron el guion.
Me senté y la saqué de la mochila.
Ella la encendió y orientó la pantalla hacia nosotros.
—Hoy es veintiuno de marzo —empezó emocionada—. Estamos en la playa de Montauk y Ben acaba de pedirme matrimonio por segunda vez. Hemos pensado casarnos aquí.
—Entonces ¿cuándo nos casamos?
—¿Qué te parece el 23 de agosto?
—¿Igual que la primera vez?
—Sí.
—Vale. ¿Compramos alianzas nuevas? Tengo guardada la que usé la primera vez, pero es un poco cutre, ¿no?
—Ben, ¿aún conservas la alianza que usamos hace catorce años?
Asentí y los ojos se le empañaron otra vez.
—¡Yo también tengo la mía! —Sonrió, y se le escaparon un par de lágrimas.
Dejándome llevar por la felicidad que sentía, le agarré la barbilla y la besé.
Tres meses más tarde…