52. Kate
Kate
Me recogí la cola del vestido de novia y bajé la escalinata de mármol lo más deprisa que me permitieron los zapatos de tacón. Cuando salí a la calle, la brisa primaveral me acarició el rostro. Aunque la tormenta había cesado, el suelo estaba empapado. Ya era de noche.
—¡Kate! —Gritó una voz masculina.
Mi corazón se detuvo en mitad de un latido. Frené en seco y miré en todas direcciones. Ben estaba junto a la calzada, pedaleando en la bicicleta de un bicitaxi.
—¿Ben? —Lo observé desconcertada.
Llevaba el traje gris que se ponía en las grabaciones del programa. Si estaba ahí, en lugar de en plató, solo podía significar una cosa.
Ben saltó de la bicicleta y se lanzó hacia las escaleras. Reanudé la marcha a la par que mi corazón retomaba los latidos.
Nos encontramos a mitad de camino, deteniéndonos a un escalón de distancia, el uno frente al otro.
Me recorrió con la mirada y se llevó la mano al pecho, que le subía y bajaba a toda prisa.
—Estás preciosa… —observó con adoración y casi sin aliento.
Tras mirarnos a los ojos unos segundos, rompimos el silencio a la vez:
—¿Te has… casado?
—¿Has dimitido? —pregunté igual de agitada que él.
—Sí…
—No… —Negué con la cabeza.
Él dejó escapar una exhalación de alivio y dijo:
—Joder, menos mal…
—¿Por qué has dimitido?
Ben me pidió un momento con la mano. Mientras recobraba la respiración, me fijé en su aspecto: estaba completamente despeinado, tenía las mejillas sonrosadas y la camisa por fuera del pantalón del traje.
La corbata granate le colgaba aflojada alrededor del cuello.
¿Había venido pedaleando desde el estudio de grabación?
—He dimitido porque tú me importas más que cualquier trabajo —soltó con aplomo.
El estómago me dio un vuelco.
Abrí la boca para contestar y él prosiguió:
—Escúchame, por favor. Sé que tu padre había tanteado a Cody Jones para reemplazarme.
Imagino que te pidió que rompieses conmigo a cambio de no despedirme o algo así.
Quiero que sepas que me he quitado de en medio.
No permitiré que me use para manipularte.
Ahora eres libre de decidir si quieres estar conmigo o no.
Los ojos se me empañaron. ¿Ben había renunciado a su sueño para que pudiéramos estar juntos? Aquello era lo más conmovedor que había hecho alguien por mí.
—No me he casado. No he podido… De hecho, iba a buscarte.
—¿Has hecho un Novia a la fuga ?
—Sí… —Una pequeña sonrisa brotó a mis labios—. Hannah me ha contado que ibas a dimitir y quería impedírtelo. Todo lo que dije ayer es mentira. Lo siento si te hice daño… —Se me quebró la voz.
—Shhh. Tranquila, lo sé.
—Yo quería estar contigo, pero me enteré de lo que planeaba hacer mi padre y no podía cargar con el peso de que te quitaran lo que más te importa…
—El trabajo no es lo que más importa, eres tú —repitió.
—Tú también eres lo que más me importa… —Sonreí—. No te dije nada ayer porque te conozco. Sé que no lo habrías aceptado y que probablemente te habrías presentado dando gritos en el despacho de mi padre.
—Sí, eso es exactamente lo que habría hecho.
—Y él te habría despedido igual… —Hice una pausa—: Me he dado cuenta de que contigo no tengo que fingir ser alguien que no soy, me siento escuchada y vista.
Contigo puedo hacer lo que quiera, no tengo que esconderme por temor a que me juzgues.
Tú me animas a salir de mi zona de confort y a hacer locuras.
Contigo me siento libre, y esa es la vida que quiero.
Su nuez se movió cuando tragó saliva. Y, entonces, me encontré pronunciando las palabras que no creí que volvería a decir:
—Te quiero, Ben.
Una sonrisa enorme iluminó su rostro. Me agarró la cara con las manos. Sus ojos verdes brillaban tan emocionados como los míos.
—Joder, yo también te quiero, Kate. —Estampó sus labios contra los míos—. Nunca he dejado de hacerlo.
Una alegría infinita se desbordó por mi pecho. Se inclinó para besarme con una sonrisa contagiosa en el rostro. Sus labios resbalaron contra los míos. El corazón se me subió a la garganta cuando enroscó los brazos alrededor de mi cintura, pegándome más a él.
Sentía alegría, emoción y una euforia que me hacía querer saltar.
Nos besamos con frenesí, dejándonos llevar por la emoción que sentían nuestros corazones al estar juntos sin temores ni barreras.
Sabía que hacía algo de frío, pero no lo notaba. La calidez se había apoderado de mi cuerpo. Por fin estaba en el sitio correcto, por fin estaba donde quería estar y con quien quería estar.
Ben se apartó mucho antes de lo que me habría gustado.
—Escucha, no me iré nunca —aseguró—. Si alguna vez quieres que salga de tu vida, tendrás que dejarme tú.
Sé que va a sonar a cliché de película romántica, pero siempre has sido tú.
Y siempre serás tú, Kate. No he encontrado en nadie nada remotamente similar a lo que tengo contigo.
Me vuelves loco. Estoy enamoradísimo de ti.
Sonreí como una adolescente enamorada.
—Yo tampoco he sentido por nadie lo que siento por ti. Contigo me apetece hacer locuras, como darme a la fuga en mi propia boda.
Ben me estrechó de la cintura y volvió a besarme.
—¡Vivan los novios! —oí que decía una voz femenina entusiasmada.
—¡Vivan! —respondieron varias voces masculinas, antes de aplaudir.
Sonreí contra los labios de Ben. Me aparté y miré por encima de su hombro. Un poco más abajo estaban Logan, Chris y Alexandra.
—Tenemos público… —dije cuando volví a mirar a Ben.
—Bah… Ignóralos.
Me cogió de la nuca y me dio un morreo de esos de película en los que la cámara da vueltas alrededor de la pareja protagonista al final.
—¡Katherine, vuelve aquí inmediatamente! —exclamó una voz fría y cortante.
Me separé de los labios de Ben y eché un vistazo por encima del hombro. Mi padre estaba plantado en lo alto de las escaleras, con expresión severa.
—Dame un momento —le pedí a Ben.
Él asintió.
Subí los escalones que me separaban de mi padre.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó—. Vuelve dentro ahora mismo. No permitiré que pongas a la familia en ridículo.
—No.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no. Ni voy a entrar ni voy a casarme. Voy a irme con Ben y no puedes hacer nada para impedírmelo. Estoy cansada de hacer lo que quieres. A partir de ahora, el guion de mi vida lo escribo yo.
—Ya sabes qué le pasará a él… —me amenazó.
—Ha dimitido. Ya no puedes controlarme.
Di media vuelta para marcharme.
—Si das un paso más, despídete del puesto de directora.
Bajé primero un escalón y luego otro.
—Te arrepentirás de esto —dijo mi padre.
—Lo dudo.
Corrí escaleras abajo para reunirme con Ben. Quería que mi nueva vida empezase cuanto antes.
Cuando me planté delante de él, le sostuve la cara con las manos y lo besé.
—¿Nos vamos a un sitio más tranquilo? —murmuré pegada a su boca.
Se apartó y me dedicó una sonrisilla.
—Uf, creí que no lo preguntarías nunca… Espera, no creerás que voy a acostarme contigo solo porque me lleves a un sitio tranquilo, ¿no? —bromeó.
—En realidad, sí.
—Bien, porque eso es justo lo que va a pasar.
Ben entrelazó los dedos con los míos. Al llegar abajo, sus amigos nos recibieron con abrazos. Ben no tardó en tirar de mi mano.
—¿Cogemos el bicitaxi? —me preguntó.
—¿De dónde lo has sacado?
—Es una historia muy larga.
—¿Qué te parece si mejor nos vamos en el coche nupcial? —Señalé el Rolls-Royce que estaba aparcado un par de metros más allá.
En la parte trasera tenía un cartel en el que podía leerse recién casados, rodeado de rosas blancas.
—¿Estamos robando un coche? —me preguntó Ben cuando nos paramos delante—. ¿Somos Bonnie y Clyde?
—No lo estamos robando. —Me saqué las llaves del bolsito plateado—. Era de mi abuelo. No creo que mi padre vaya a echarlo de menos.
Nos despedimos de sus amigos y nos subimos al vehículo. Me senté detrás del volante y Ben en el asiento del copiloto.
Giré la llave y encendí el motor. A través de los altavoces, comenzó a sonar «Getaway Car», de Taylor Swift. Al igual que Ben, decidí tomármelo como una señal de que todo iría bien. Eché un vistazo por el retrovisor y me incorporé al tráfico de la Quinta Avenida.
—Estoy bastante segura de que mi padre va a desheredarme con efecto inmediato. —Tamborileé el volante con los dedos.
—No pasa nada. —Ben apoyó la mano sobre la mía—. Volveremos a empezar y nos buscaremos la vida. Estaremos bien.
Me detuve frente al paso de peatones porque el semáforo cambió a rojo. A continuación, eché un vistazo por encima del hombro para mirarlo.
—Divorciados y sin trabajo… —le dije—. Tenías razón: los finales perfectos no existen.
Él se inclinó hacia mí. Atraída como un imán, lo imité.
Me acarició la mejilla y dijo:
—Esto no es un final, Kate. Es un comienzo perfecto.
Incapaz de contenerme, apreté los labios contra los suyos. El conductor que teníamos detrás tocó el claxon, interrumpiendo nuestra burbuja romántica.
—Nos están pitando. —Hice amago de apartarme de sus labios.
—Me la suda. —Ben plantó una mano en mi nuca y me atrajo hacia él.
Seguimos besándonos hasta que el conductor impaciente volvió a pitar. En esa ocasión fui yo la que se apartó de Ben.
—¡Que ya voy, idiota! —le dije, mirándolo a través del retrovisor.
—¡Esa es mi chica! —felicitó Ben—. Acabas de ganarte el carnet de neoyorquina por insultar tras el volante.
Me reí y pisé el acelerador. Por el rabillo del ojo vi a Ben sacarse el móvil del bolsillo y apuntarnos con él.
—Acabamos de fugarnos juntos por segunda vez —contó a cámara—. Kate, ¿adónde vamos?
Una sonrisa se dibujó en mi cara. La primera vez había sido yo quien había grabado.
—¿Qué te parece si vamos a Atlantic City? —propuse—. He oído que la pizza allí está riquísima.
—Genial, porque me muero de hambre.
Aparté la mano del volante y busqué la suya. Volvíamos al origen, porque, como había dicho él, aquello no era un final, sino un nuevo comienzo.