Los finales perfectos no existen 51. Ben
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51. Ben

Ben

Nunca imaginé que dimitiría de Saturday Late Night . Ahora que estaba a punto de hacerlo, sentía un vértigo de la hostia por despedirme de mi zona de confort. Estaba en el escenario que había sido mi casa, junto a Michelle, contando las noticias más disparatadas que habían ocurrido esa semana.

En el plató no teníamos las pantallas de teleprompter . En su lugar, leíamos nuestras líneas de las tarjetas enormes, escritas a mano, que sujetaban los asistentes.

Mientras mi compañera leía la última noticia, mis piernas no paraban quietas. Tenía el pulso disparado y notaba cómo comenzaba a formarse el sudor en mi frente. Me aflojé el nudo de la corbata y me solté el botón de la americana con la mayor discreción posible.

De pronto, estaba nervioso de cojones.

Siempre cerrábamos la sección de la misma manera: diciendo nuestros nombres y dando las buenas noches.

—Y eso es todo por hoy —dijo mi compañera—. Soy Michelle Rodríguez…

Me miró por encima del hombro para darme paso. Respiré hondo y centré los ojos en mi cámara:

—Tenemos una noticia de última hora —solté—. Hoy es mi última noche en el programa. Dimito.

—Ben, ¡¿esto es una puta broma?! —La voz consternada de Nathan, el regidor, casi me dejó sordo a través del pinganillo—. ¡Porque no tiene gracia!

Me lo quité para no distraerme y proseguí:

—Este programa ha sido mi casa durante los últimos ocho años, pero ha llegado el momento de decir adiós.

Quería darles las gracias a mis compañeros —miré a Michelle, que tenía la boca abierta—, a todo el equipo que hay detrás de las cámaras, a Louis Michaels por confiar en mí cuando era solo un chaval y a los espectadores.

Sin vosotros, este programa no existiría.

Me levanté y me despedí con mi frase favorita de El Show de Truman :

—Por si no nos vemos luego: ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!

Dicho esto, abandoné el plató, dejando detrás de mí a la audiencia y al equipo conmocionados.

No sé cuántas personas se me tiraron encima tan pronto como estuve entre bastidores. Todo el mundo habló a la vez:

—¿Qué es eso de que dimites? —Louis se me plantó delante.

—¿Por qué no nos lo habías contado antes? —La acusación vino de parte de Freddie.

—¿Adónde vas tan rápido? —quiso saber Nathan.

—Sé que tenéis muchas preguntas —les dije mientras me quitaba el micrófono de la solapa de la chaqueta y la petaca del pantalón—. Pero tengo que cruzar la ciudad a toda hostia para parar la boda de la mujer a la que quiero. Las preguntas tendrán que esperar.

Le entregué el micrófono a Freddie y eché a correr.

Según salí del edificio Rockefeller, me encontré con mis amigos, que habían asistido de público a la grabación.

—¡Eh, Ben, espera! —Me llamó Logan.

—¡Vamos contigo! —exclamó Chris.

—¿En serio?

—No nos perderíamos esto ni por todo el oro del mundo. —Sonrió Alexandra.

—He aparcado en un parking aquí atrás. —Señalé con la mano por encima del hombro.

Cuando llegamos a la Sexta Avenida, el alma se me cayó a los pies. La calle estaba cortada por vallas y los coches completamente parados. Me acerqué al par de policías que controlaba el acceso.

—Buenas tardes, ¿puedo sacar mi coche del parking? Está justo aquí atrás. —Señalé la entrada con la mano.

—Puede intentarlo, pero le aconsejo que espere a que termine la carrera. —Me respondió un hombre de mediana edad—. Como ve, la avenida está colapsada. Ahora mismo no hay hora estimada de reapertura.

—No puedo esperar. Tengo que estar en el Cipriani… —consulté la hora en mi reloj de pulsera—… ya.

Faltaban quince minutos para que comenzase la ceremonia. Tenía que ser rápido si quería llegar a tiempo.

—Puede recorrer un par de manzanas y parar un taxi en la Avenida Madison. Hay varias calles cortadas y el tráfico está complicado.

Me saqué el teléfono del bolsillo para llamar a Kate justo cuando me entraba una llamada de mi madre.

Me habría visto dimitir en directo y estaría alucinando.

Rechacé la llamada. Ya se lo explicaría más tarde.

Apreté el contacto de Kate y me pegué el teléfono a la oreja.

Los tonos se sucedieron uno tras otro sin que contestase.

—Joder…, vamos, ¡cógelo!

En ese momento, pasó por delante un bicitaxi. Se me encendió la bombilla. El carril bici era la única vía para escurrirme entre el tráfico.

—¡Eh, espere! —Me precipité sobre el carril rojo.

El conductor del bicitaxi me tocó el timbre. Estuvo a punto de arrollarme.

—¿Puede llevarme al salón del Cipriani de Wall Street? —le pregunté, plantando las manos en el manillar.

—Claro. Suba.

—Oye, ¿y nosotros qué? —protestó Alexandra a mis espaldas.

—¿Puede llevarnos a los cuatro? —quise saber.

El hombre negó con la cabeza.

—En la parte trasera solo caben tres personas, lo siento.

—¿Y si nos apretujamos? —Alexandra le dedicó una sonrisa radiante al conductor y se tocó la barriga de embarazada.

Volví a mirar la hora. La ceremonia estaba a punto de comenzar.

—¡Te compro el bicitaxi! —le solté al conductor, impaciente.

Él me miró incrédulo. Me saqué la cartera del bolsillo.

«Mierda…».

—Solo tengo cincuenta dólares. ¿Tenéis efectivo? —les pregunté a mis amigos.

—¡Yo sí! —Alexandra me alargó veinte dólares.

Chris tenía diez y Logan otros veinte. Entre los cuatro hacíamos un total de cien dólares.

—¿Estás de broma? —El señor me miró ofendido—. ¡Este bicitaxi me costó siete mil dólares!

Les tendí los billetes a mis amigos.

—¿Aceptas transferencia? —le pregunté desesperado—. ¡Te la hago ahora mismo!

El hombre arqueó una ceja. Subió los pies a los pedales e hizo amago de largarse.

—¡Tengo una idea! —le corté el paso de nuevo. Me subí la manga izquierda y me desabroché la correa metálica del reloj—. ¿Qué te parece el reloj? Es un Rolex valorado en más de cincuenta mil dólares.

El hombre me lo quitó de la mano y lo examinó de cerca. Cada segundo que pasaba me ponía más nervioso.

—¿No sabes quién es mi amigo? —Alexandra se dirigió al conductor—. Es Ben Sharp, la estrella de Saturday Late Night . El reloj es bueno…

—Ah… —El hombre me miró con los ojos entrecerrados y entonces sonrió—. Ya decía yo que me sonaba tu cara. ¡Hecho! —Se bajó de la bicicleta.

—¡Gracias! —Lo abracé sin pensar.

«Por fin el reloj me ha servido de algo».

Pasé una pierna por encima del sillín y les hice un gesto a mis amigos.

—¿Subís o qué?

Ellos se apretujaron en el asiento trasero. Comencé a pedalear a toda velocidad. Al tercer cruce, iba con la lengua fuera.

—Corriendo llegaría antes —bromeó Logan.

—¿Por qué no pedaleas tú, capullo? —le contesté por encima del hombro.

—Porque yo no soy el que va detrás del amor de mi vida.

—¡Seguro que esto te motiva! —oí que decía Alexandra.

Comenzó a sonar la canción de Titanic a todo volumen, a través del móvil de mi amiga.

—¡Vamos, tú puedes! —me animó Chris por encima de la música.

Pedaleé lo más rápido que pude. El corazón me latía a toda hostia. Estaba emocionado y acojonado a partes iguales. Tenía que llegar al Cipriani costase lo que costase.