Epílogo. Ben #3
Kate y yo caminamos juntos hacia ellos. Mi madre, apostada en primera fila, tenía los ojos llenos de lágrimas. Le sonreí y ella me dijo un «te quiero» mudo.
La ceremonia fue tan corta como la primera.
Archie se acercó con la caja de los anillos y me la entregó.
Cuando Kate y yo nos dimos el «sí, quiero» y nos declararon marido y mujer, la besé, plantando una mano en su nuca y otra en su baja espalda.
La incliné como en las películas y todo se llenó de aplausos y vítores a nuestro alrededor.
Lo único en lo que podía pensar era en que Kate era MI MUJER. El corazón me latía a toda velocidad, seguro de que aquella vez era la definitiva.
Seis años después
Dejé el cubo de palomitas en la mesa del salón y salí al porche trasero.
Hacía cinco años que Kate y yo nos habíamos mudado a Montauk.
Vivíamos en una casa pequeña frente al mar, disfrutando de la tranquilidad.
Ambos seguíamos ganándonos la vida como guionistas; me gustaba pensar que éramos algo así como la nueva versión de Lisa Joy y Jonathan Nolan.
Hacía poco me habían ofrecido la posibilidad de volver a estar delante de las cámaras de un late show y todavía estaba meditando si aceptar o no, porque supondría pasar más tiempo alejado de mi familia.
Mi mujer estaba sentada en la mesa de madera, tallando una calabaza de Halloween junto a nuestro hijo de cuatro años.
Aprovechando que no me habían visto, fui a buscar la cámara.
Regresé con sigilo, me apoyé en el marco de la puerta y pulsé el botón de grabar.
Era una tarde otoñal de mediados de octubre, corría una brisa fría.
—Mami —empezó Mike con su voz cantarina pasado un rato—, de mayor quiero ser dibujor .
—¿ Dibujor ? —Kate lo miró.
—Sí. Voy a ser dibujor para hacer dibus siempre a papi y a ti, como este. —Señaló el papel que tenía delante.
—Me parece muy bien, mi vida. De mayor puedes ser lo que tú quieras.
—¿Y astronauta también?
—Sí. Puedes dibujar, ir a la Luna…, lo que tú quieras. Papá y yo te apoyaremos en todos tus sueños.
Mike soltó el dibujo y se lanzó a los brazos de su madre.
De pronto, me picaban los ojos. Sentí que el corazón se me saldría del pecho.
Estaba tan enamorado como el primer día y cada día que pasaba más orgulloso de ella y de la familia que habíamos formado.
Su padre nunca la apoyó. Sabía lo mucho que la había marcado aquello.
Kate había luchado y había cumplido sus sueños incluso cuando le habían dicho que no podría hacerlo.
No me cabía duda de que acompañaría a nuestro hijo a la Luna si así se aseguraba de que Mike era feliz. Y yo me iría encantado con ellos.
Cerré la tapa de la cámara y la apagué. Estiré el brazo para dejarla en el mueble del salón.
Kate levantó la vista y me miró. Sus ojos azules resplandecían de felicidad.
—Mi vida, ¿quieres enseñarle a papá el dibujo tan chulo que has hecho?
—¡Síííí! —Mike cogió el dibujo y saltó del banco—. ¡Papi, mira! —Se acercó corriendo hasta mí.
Me agaché y lo cogí en brazos. Él me mostró el dibujo, con manchurrones de calabaza, en el que se veían tres monigotes al lado de un rectángulo deforme en el que había garabateado algo ilegible.
—Este eres tú. —Señaló el monigote más alto—. Esta es mami y este soy yo.
—¿Y dónde estamos?
—En el cine de mami.
—Cuéntale de qué vamos disfrazados —le pidió Kate divertida.
Desvié los ojos un segundo hasta mi mujer, que nos miraba con cara de adoración absoluta.
—Papi, mami y tú sois momias, y yo, Drácula.
—Ah, claro, esto son las vendas, ¿no? —pregunté, echándole imaginación.
Él asintió y yo le di un beso en la mejilla.
—A ver, vamos a ver qué calabaza has hecho con mamá.
Bajé las escaleras del porche y me acerqué hasta la mesa, con él en brazos, y me detuve al lado de Kate.
—¡Ha quedado increíble! —alabé al ver la cara de Jack Skellington en la calabaza.
—Gracias. —Sonrió Kate—. Cuando le pongamos la vela dentro, quedará mejor todavía.
—Papi…
—Dime. —Volví a mirar a mi hijo.
—¿Puedo elegir yo la peli de hoy?
—¿Cuál quieres ver?
— ¡Hotel Transylvania!
—¿Otra vez? La vimos anoche.
Él sonrió y asintió.
Le encantaba esa película hasta el punto de que en Halloween se disfrazaría del Conde Drácula.
—Vale. —Asentí.
—¡Bieeeeen! ¡Yo la pongo!
Le dejé en el suelo y él salió disparado hacia el interior de la casa. Kate se limpió las manos con un trapo, se levantó y me echó los brazos al cuello para besarme.
—¡Mami, papi, vamos! —gritó Mike.
Subí las escaleras del porche detrás de Kate. Le di un azote en el culo, como hacía siempre que lo tenía delante.
Ella entró al salón, cogió el cubo de palomitas y se sentó en el sofá. Mike se subió a su lado y apoyó la cabeza sobre ella.
—¡Papi, que empieza! —exclamó Mike.
Cerré la puerta del porche, apagué la luz del salón y me senté junto a ellos. Los rodeé con el brazo y Kate sonrió antes de comerse una palomita de caramelo.
Quizá este final pueda parecer el típico y aburrido «Y vivieron felices y comieron perdices», pero mentiría si dijera que no me sentía el rey del mundo. Porque allí, delante de mis ojos, tenía mi final perfecto.