49. Ben
Ben
Cuando llegué a casa seguía en estado de shock. Me quité la ropa y me dejé caer en la cama.
Todo había sido demasiado repentino.
Algo no me cuadraba. Por más vueltas que le daba, no encontraba el qué.
«Tengo que elegir lo que más me conviene».
Esas palabras habían reabierto una herida que cargaba en el pecho desde que era adolescente: la de no ser suficiente. Daba igual que tuviese una fortuna, que pudiese permitirme un apartamento lujoso con vistas a Park Avenue y que me hubiese labrado la fama.
Los ricos seguirían considerándome inferior, siempre me verían como el chico de pueblo, el pobre que se ganaba la vida aparcando coches.
Me sentía un completo gilipollas. Había albergado la esperanza de que lo nuestro funcionase. Una punzada amarga me atravesó. Kate nunca me había menospreciado ni mirado por encima del hombro. Y, sin embargo, al final le había importado lo mismo que a su padre.
La voz lejana de Mike hizo eco en mi memoria: «Ben, las chicas como ella jamás saldrían con un aparcacoches».
Trece años después, mi amigo seguía teniendo razón.
Y, entonces, caí en la cuenta de una cosa: no era el Ryan Gosling de Crazy, Stupid, Love , ni el de Barbie , ni el de El diario de Noah .
Ni siquiera era el Ryan Gosling de El especialista , que se arrastraba para recuperar a su amor.
En realidad, era el Ryan Gosling de La La Land , porque yo jamás podría querer a otra persona que no fuese Kate.
Estaría condenado a anhelar un futuro junto a ella que no llegaría nunca y a recordar lo nuestro a través de la melodía de un piano, igual que Sebastian con Mia.
Respiré hondo, intentando calmar la quemazón de los ojos. Mi corazón estaba en el mismo punto que cuando tenía dieciocho años.
Me despertó el ruido de los truenos. El día había amanecido con una tormenta incesante.
Si no tuviese que grabar el final de temporada del programa, no saldría de la cama. Apenas había pegado ojo y estaba reventado. No tenía ganas de ver a nadie. Las tripas se me revolvían pensando que Kate iba a casarse.
En lugar de autocompadecerme, decidí aceptar la realidad. Kate y yo queríamos cosas distintas. Ella había tomado una decisión y yo no tenía nada que hacer.
Arrastré los pies hasta el baño y me di una ducha. Por delante me esperaba un día de reuniones, ensayo y grabación.
El final era un momento importante porque se hacía un balance de cómo había ido la temporada.
La ocasión era tan especial que Louis Michaels, el productor ejecutivo, se reunía con nosotros para decidir qué bromas y sketches pasarían el corte final.
Cuando terminamos la reunión de guionistas, Louis me sorprendió diciendo:
—Ben, ¿tienes un momento?
—Sí.
Esperó a que mis compañeros salieran de la sala para hablar:
—La temporada ha ido de maravilla. La renovación ha sido automática, nos van a subir el presupuesto de cara a la siguiente.
—Genial.
—Me he enterado de que al final te quedas con nosotros. Me alegro de que hayas tomado la decisión correcta. —Me dio una palmada sonora en el hombro—. Entre tú y yo: eres mucho mejor que Cody Jones.
Cody Jones era un presentador de la competencia. ¿Qué cojones pintaba él en todo esto?
—¿Cómo? —pregunté.
—No te preocupes. Lo sé todo. Arthur Morgan convocó a la junta directiva del programa hace unas semanas. Nos contó que habías decidido darle un rumbo nuevo a tu carrera y que no estarías con nosotros en la siguiente temporada. Le hizo una oferta a Cody para sustituirte.
Me quedé alucinado.
Aquel trabajo era mi sueño, para lo que me había preparado toda la vida. En ningún momento había dicho que fuese a dejarlo.
—Esta mañana nos ha comunicado que has cambiado de opinión y que, al final, continúas con nosotros. Nos dijo que habías pedido discreción absoluta, por eso no te comenté nada.
Arthur Morgan pensaba darme puerta y ¿había cambiado de parecer?
Como un flashazo me acordé de que, cuando me presenté en su despacho y le devolví el dinero, Arthur me recordó con tono amenazante que trabajaba para él.
«¿Y qué vas a hacer? ¿Despedirme? He subido la audiencia un cincuenta por ciento. Estoy blindado. La junta directiva no te dejará», fue lo que le contesté.
Si había alguien que podía hacerme competencia era Cody Jones. ¿Por qué habría decidido seguir conmigo en lugar de con Cody?
—¿Te encuentras bien? —me preguntó Louis.
—Eh…, sí, sí. —Decidí seguirle la corriente—. Por supuesto que me quedo, ¿adónde iría si no? Esta es mi casa. —Forcé una sonrisa.
—Por cierto, el que no estará por aquí el año que viene es John Miller. Le despidieron ayer.
—¿Y eso? —Me quedé alucinando.
—No lo sé… La decisión viene de más arriba.
Salí del edificio Rockefeller dándole vueltas al tema. Paré un taxi en la Quinta Avenida y le di la dirección del restaurante en el que había quedado para comer con mis amigos.
John Miller era el director de la plataforma de streaming de la NBS.
Hacía meses Kate me había dicho que, cuando él ascendiese, ella ocuparía su puesto.
Estaba seguro de que aquella decisión venía de su padre.
Arthur Morgan era capaz de haberle prometido un ascenso a John y luego despedirlo para darle el puesto a su hija.
Conociendo a Kate, ella no debía saber que se trataba de un despido.
¿Por qué John sí había sido despedido y yo me había salvado? ¿Tendría aquello algo que ver con que Kate me hubiese dejado?
En ese momento empezó a sonar por la radio la versión de «I Was Made for Lovin’ You» de Yungblud.
Aquella canción era la misma que sonaba en la discoteca la noche en que decidí acercarme a hablar con Kate. En aquel momento lo vi como una señal. ¿Qué intentaba decirme el universo?
Entonces lo entendí.
Kate debía de haberse enterado de que su padre pensaba darme la patada en el culo. Teniendo en cuenta el historial de manipulación de ese cabrón, la habría amenazado para que me dejase usando una de las cosas que más me importaban: el trabajo. Y ella había roto conmigo para protegerme.
Tenía que ser eso.
Contuve el impulso cavernícola que me pedía a gritos ir a pedirle explicaciones a Arthur Morgan. Tenía que ser más listo que él.
Me devané los sesos pensando qué podía hacer. Cuando di con la idea, el taxi se detuvo frente a Peppe Rosso.
—Voy a dimitir en el directo de hoy —les solté a mis amigos según me senté en la mesa del restaurante italiano.
—¿Qué dices? —Alexandra me miró como si hubiese perdido la cabeza.
Logan y Chris parecían tan perplejos como ella.
Me apresuré a contarles lo que había pasado.
—Sigo sin entender por qué leches vas a dimitir —dijo Alexandra cuando me callé.
—Porque no voy a permitir que su padre me utilice para chantajearla ni manipularla. Si me quito de en medio, ella será libre de elegir lo que quiere de verdad.
—Pero, Ben, es el sueño de tu vida —insistió Chris.
—Lo sé, pero ella me importa más.
—¡Eso es megarromántico! —exclamó Alexandra, con los ojos empañados.
—Se te ha ido la puta olla —opinó Logan con una sonrisa—. Lo apoyo totalmente. Entiendo que lo de dimitir en directo es solo por el espectáculo, ¿no?
—Exacto. Me debo a mi público. Después de dimitir, iré al Cipriani.
—¿Vas a interrumpir la boda? —Logan parpadeó sorprendido.
—Sí. Le contaré a Kate que lo sé todo y que ella elija qué quiere hacer.
—¿Y si llegas demasiado tarde? —preguntó Chris.
Cuando el universo te pone delante lo que quieres por segunda vez, tú coges y vas a por ello. Y jamás vuelves a darle la espalda.
—Nunca es demasiado tarde para ir detrás del amor —sentencié.