48. Ben
Ben
Estaba rayado de cojones.
No podía parar de pensar que, en esos momentos, Kate estaba en la cena de ensayo de su boda y que se casaría al día siguiente.
Encendí la televisión en busca de una película de hostias y explosiones que me ayudase a distraerme. Estaba buscando qué ver en una plataforma de streaming cuando sonó el timbre. ¿Quién diablos sería? Arrastré los pies hasta el recibidor, abrí la puerta y Logan entró cargando dos cajas de pizza.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, extrañado.
—Me aburría en casa y he supuesto que te vendría bien la compañía.
Cerré la puerta y lo seguí hasta el salón. Logan dejó la comida en la mesa del café, junto a dos vasos de chupito que sacó del armario. Acto seguido, se tiró en el sofá y atrapó el mando de la televisión. Entró en mi biblioteca de películas compradas y dijo:
—Nos habíamos quedado por Spectre , ¿no?
—Eh…, sí. —Tomé asiento a su lado.
Cuando uno estaba rayado, hacíamos maratón de James Bond. Logan puso la película, sirvió un par de vasos de whisky y abrió las cajas de pizza.
—Pepperoni picante y salchichas con beicon y champiñones —informó.
—Gracias, tío.
Apenas había comido ese día. Con el estrés del final de temporada del programa, no había tenido ni un segundo libre en el trabajo. Cogí un trozo de papel de cocina y me serví una porción de pepperoni.
La película comenzaba con una escena en la que James Bond caminaba por las azoteas de un hotel de Ciudad de México, en el Día de Muertos.
—¿Sabes que en esta secuencia Daniel Craig iba por la azotea de verdad? —le conté a Logan después de tragar.
—¿En serio?
—Sí. Vamos, llevaba un cable de seguridad. La escena se rodó en plano-secuencia. Hubo que coordinar a los cientos de extras de abajo para que todo saliera perfecto.
La escena dio paso al opening de la película. Cuando la canción de Sam Smith, «Writing’s on the Wall», llegaba al estribillo, lo solté:
—Mañana va a casarse. ¿En qué lugar me deja eso a partir de ahora?
Logan masticó lo que le quedaba de pizza y me entregó un chupito. Chocamos los vasos y los vaciamos de un trago. El sabor amargo del whisky bajó quemándome la garganta.
—Estoy harto de estar escondiéndome. —Solté el vaso en la mesa y él lo rellenó—. Llevamos cuatro meses así…, creí que podría aguantarlo, pero cada vez lo llevo peor.
—Entiendo. Yo no sé si podría.
Respiré hondo y me tragué el segundo chupito.
—Nunca podré mudarme con ella, ni formar una familia… Joder, ni siquiera podré acompañarla si hay alguna emergencia y la llevan al hospital, como el otro día… ¿De verdad voy a aguantar estar así cuando yo quiero más?
—¿Ella sabe todo esto?
—No… No he tenido la ocasión de decírselo. Estos últimos días no nos hemos visto.
Logan me dio una palmada en el hombro.
Seguimos viendo la película mientras cenábamos. Cuando llegamos a la escena de la persecución de coches por Roma ya estaba lo suficientemente borracho como para decir:
—Me siento como Ryan Gosling en El especialista . En la escena esa en la que se reencuentra con el amor de su vida y se revuelca en la mierda mientras escucha una canción deprimente de Taylor Swift.
—Pero ¿qué dices ahora?
—Que no quiero que se case con otro. Quiero que me elija a mí.
Yo la elegiría a ella por encima de cualquier cosa —dije arrastrando las palabras—.
No me importa cuánto se compliquen las cosas porque la quiero.
—Era la primera vez que lo decía en voz alta—.
La quiero de una manera agonizante que me consume.
Joder, no sé si es el whisky o es que soy un romántico de mierda…
—Tío, te casaste con ella a los dieciocho y le compraste un puto cine, claro que eres un romántico.
El silencio se extendió entre nosotros.
—Una vez un hombre sabio me dijo algo así como que el amor verdadero no se encuentra todos los días, y que si quieres a la chica corras a por ella.
—¿Sabes qué? —Me levanté—. Voy a buscarla.
—¿Ahora? Es la una de la madrugada.
—Esta es la última oportunidad que tengo de convencerla de que no se case. Mañana será demasiado tarde.
—Entonces, a por ella, campeón.
Kate
La fiesta de compromiso se alargó más de lo que esperaba. Cuando Preston y yo nos bajamos del coche frente a nuestro edificio, eran cerca de las dos de la madrugada. Tenía los pies doloridos de los tacones y seguía con el estómago revuelto tras la conversación con mi padre.
No había dado más que un par de pasos cuando una voz grave y rasposa dijo:
—Kate, ¿podemos hablar?
El corazón se me detuvo en mitad de un latido.
Desvié la vista hacia la derecha. Ben estaba plantado al lado de mi portal, con la espalda apoyada sobre la fachada gris.
—Yo… voy subiendo —me dijo Preston.
De camino a casa, le había puesto al corriente de la conversación con mi padre.
Saludó a Ben con la mano y se encaminó al edificio. El portero salió a abrirle la puerta. Cuando se perdió en el interior, miré a Ben.
Nos separaba un metro y medio escaso de distancia. Las farolas proyectaban una luz amarillenta sobre él. Estaba despeinado, llevaba la camisa negra por fuera del pantalón, con los primeros botones desabrochados y las mangas recogidas hasta los codos.
—No te cases.
Las palabras suplicantes de Ben retumbaron en aquella calle desierta del Upper East Side. Mi corazón se quedó suspendido.
Un trueno sonó a lo lejos, sacándome del trance.
—¿Qué has dicho? —le pregunté con un hilo de voz.
—No te cases —repitió Ben alto y claro—. Cancela la boda y quédate conmigo. Dale una oportunidad a lo nuestro. —Me dio la impresión de que arrastraba las palabras al hablar.
Su tono grave y decidido provocó un maremoto en mi interior. Mi corazón reanudó la marcha, latiendo más rápido que antes. De pronto, el anillo de compromiso que me había dado Preston pesaba una tonelada en mi anular.
Dios mío… Ben ni siquiera debería estar ahí. Podría vernos cualquiera.
Me limpié el sudor de las palmas en el abrigo blanco de cachemira. Miré a ambos lados de la calle, para asegurarme de que seguíamos solos, y me acerqué a él.
Tenía los ojos vidriosos, las mejillas sonrosadas y los labios torcidos en una mueca triste. El estómago se me encogió al verlo así. Dio un paso en mi dirección y se tambaleó.
—¿Has estado bebiendo?
—¿Qué más da eso? —Ben se pasó las manos por la cara.
—A mí me importa, no voy a hablar contigo si estás borracho.
—¡No estoy borracho! ¡Y, aunque lo estuviera, eso no cambia lo que siento por ti!
La ráfaga de viento frío me revolvió la melena e hizo que el bajo del vestido flotase a mi alrededor. Una gota fría aterrizó en mi cabeza.
Él ni siquiera se inmutó. Estaba ocupado mirándome fijamente. La penumbra me impedía apreciar el verde intenso de sus ojos.
Otro trueno sonó más cerca. Las gotas comenzaron a caer sobre nosotros. De un momento a otro, la lluvia ligera se convertiría en tormenta.
—Mira, Kate, he intentado convencerme de que puedo con esta situación, pero me está matando. —Había un punto amargo en su voz—. Tú y yo nos pertenecemos. Si tú saltas, yo salto, ¿recuerdas?
Una mano invisible me estrujó el corazón. Esa última frase era una apelación al pasado, al tiempo en el que éramos felices juntos y todo era posible.
El calor me subió por el pecho y el frío pasó a un segundo plano. El tren racional de pensamiento abandonó la estación.
—No puedes hacer esto ahora… —Negué con la cabeza y subí el tono—. Me caso mañana. ¡Está todo listo! Además, hay algo que…
—¿Y qué? —me interrumpió—. ¡Eres libre de cambiar de opinión cuando quieras!
—¡No puedo hacerle eso a Preston, ni a los invitados que esperan que…!
—¡Que les den a Preston, a tu padre, y a los invitados! —Ben perdió la paciencia—. ¡Deja de complacer a los demás y haz lo que tú quieres!
—¡Qué fácil es decir eso cuando todo te da igual!
—¡No me da igual todo! ¡Tú me importas! ¡Más que nadie! ¡Por eso quiero estar contigo!
Me lanzó una mirada penetrante con la que me sentí vulnerable y expuesta. Para entonces, la lluvia había aumentado su intensidad.
—Yo solo quiero que seas feliz. —Adoptó un tono más sereno y me sujetó la cara con las manos—. Y sé que no lo serás casándote con Preston. Deberías casarte con alguien a quien quieras de verdad.
Di un paso atrás.
La distancia me vendría bien para ordenar mis pensamientos y no cometer una locura. Tenía un propósito: dejar a Ben.
—Llevas toda la vida contentando a los demás, sin pensar en lo que quieres tú.
¿No estás harta? Porque yo estoy hasta los cojones de verte a escondidas, de no poder acompañarte a eventos.
Joder, ni siquiera me dejaron entrar a urgencias el otro día…
No puedo estar cuando me necesitas. Tampoco puedo hacer planes a futuro.
¿Qué clase de relación es esta? ¿Cuál es tu plan?
¿Tenerme para siempre escondido en el armario y sacarme cuando te venga bien?
—Ben, yo… —empecé.
Un nudo que me apretaba la campanilla me impedía continuar.
—Yo sí sé lo que quiero —siguió él—. Tengo clarísimo que lucharé por ello cada día. Así que te lo preguntaré por última vez: Kate, ¿qué es lo que quieres?
Sus ojos escanearon mi rostro en busca de una respuesta.
Mi corazón se rompió anticipadamente. No podía darle lo que él quería. Si lo hacía, mi padre le despediría y perdería aquello por lo que había luchado.
Solo me quedaba reunir el valor necesario para confesarme. Respiré hondo y me convencí de que podía hacerlo. Había optado por hacerle creer que, tras meditarlo, me casaría con Preston porque era lo que más me convenía.
Llevaba años perfeccionando la máscara de la indiferencia. Lo único que tenía que hacer para que no se percatase de que mentía era dejar las manos quietas. Sabía que, si le contaba lo que había pasado, montaría en cólera y se la liaría a mi padre, obteniendo el mismo resultado: su despido.
Escondí las manos en los bolsillos del abrigo y lo observé unos segundos.
—No puedo darte lo que me pides —solté de carrerilla.
Se quedó perplejo.
—En realidad tienes razón: esta situación no es justa para nadie. Creo que lo mejor es que dejemos de vernos. Voy a casarme con Preston, es lo que más me conviene. —Me sentí asqueada al soltar aquella mentira.
—¿Lo que más te conviene? —Su garganta se movió de arriba abajo cuando tragó saliva.
—Para estar contigo tendría que renunciar a muchas cosas y no estoy dispuesta a tirar mi futuro a la basura. Preston viene de una buena familia y tú… —No pude terminar la frase.
—¿Y yo no? —adivinó, después de un silencio eterno.
No contesté.
Ben separó los párpados dolido.
—Lo siento —musité.
—¿De verdad vas a anteponer lo que sientes por un compromiso de conveniencia?
Traté de mantenerme inexpresiva cuando dije:
—Nuestra aventura ha estado bien, pero no arriesgaré todo por una persona que no dudó en abandonarme una vez.
—Sabes que eso…
—Esta vez me toca a mí —interrumpí—. Me elijo a mí. Tengo que pensar en lo que más me conviene a mí, al apellido de mi familia y a la compañía.
Ben se mordió el carrillo mientras asimilaba el golpe. Sus ojos reflejaban la agonía que yo sentía en el pecho.
«Estás haciendo lo que debes hacer», me repetí como un mantra.
Tenía que marcharme antes de confesarle la verdad.
—Será mejor que me vaya —agregué—. Es tarde y mañana me espera un gran día.
Ben tensó la mandíbula. Cuando pasé por su lado dijo:
—Enhorabuena. Te has convertido en la hija perfecta de tu padre. —La ironía era evidente en su tono.
Esas palabras fueron como una puñalada. Estaba segura de que toda la ciudad había oído cómo se me rompía el corazón.
Aguanté el temple como pude, seguí andando y entré en el edificio.
Tan pronto como el ascensor inició el ascenso, las lágrimas se desbordaron por mis mejillas. Me pregunté si Ben en su día habría sentido este desconcierto tan grande, si le habría parecido que su corazón se enfriaba y se rompía en pedazos al dejarme.
Una vez en casa, Preston me abrazó. Hundí la cara en su hombro y me vine abajo. Aquello dolía más de lo que esperaba. Me asustaba sentir el mismo dolor desgarrador que cuando era una adolescente.
—He roto con él…
Preston me frotó la espalda con cariño mientras lloraba.
—Kate, ¿estás segura de querer seguir adelante con la boda?
Asentí y él me miró incrédulo.
Daba igual lo que quisiera. No tenía otra opción.
—Nos las apañaremos, ¿verdad? —repetí la misma pregunta que por la tarde.
—Siempre.
Las palabras de aliento de Preston no aliviaron el dolor punzante que notaba en el pecho. Lo único que me consolaba era que quería que Ben fuese feliz, incluso aunque eso significase que yo siempre sería desdichada.