Los finales perfectos no existen 47. Kate
90%

47. Kate

Kate

La falsa victoria es el momento de la película en el que parece que los personajes han logrado lo que deseaban.

Sin embargo, todo se estropea en las escenas siguientes.

En las comedias románticas suele ser cuando los protagonistas creen que por fin estarán juntos y, de pronto, se desvela algo que los separa.

En Cómo perder a un chico en diez días ocurre justo después de la mítica escena del vestido amarillo.

Ben y Andie, que ya se han enamorado, acuden a una fiesta y descubren las intenciones que tenía el otro desde un principio para meterse en la relación.

Algo similar sucede en Diez razones para odiarte cuando Kat y Patrick acuden al baile: ella se entera de que él se metió en la relación a cambio de dinero.

En El diario de Noah ese momento llega después que Allie y Noah se reencuentren y pasen la noche juntos.

Noah cree que será feliz con Allie, pero, a la mañana siguiente, ella se marcha con su prometido.

Yo ya había tenido mi dosis de falsa victoria en la vida cuando me casé con Ben y pensé que estaríamos juntos siempre. Jamás pensé que la historia se repetiría.

Los días siguientes a que me dieran el alta en urgencias los pasé en casa reposando el tobillo con una tobillera.

Aproveché para dedicarle cada minuto a mi guion.

Incluso me cogí vacaciones en el trabajo con la excusa de ultimar los preparativos de la boda, para poder seguir avanzando en mi historia.

Había llegado al momento emocionante en el que las cosas se iban a estropear entre los protagonistas y no podía parar de escribir.

El día que escribí la palabra «FIN» lloré de la emoción. No me creía que hubiera terminado. Centrarme en la historia de mis personajes me había servido para evadirme de la realidad, igual que cuando iba al cine y apagaban las luces de la sala.

Subí hasta la portada del documento y debajo del título Ojalá no fueras tú escribí:

OJALÁ NO FUERAS TÚ

GUION v.1 - 20/03/2026

Kate Dawson

No quería usar mi apellido porque era famoso en el mundillo.

Al teclear el seudónimo, la felicidad y el orgullo se hicieron un hueco en mi pecho.

Había terminado un guion. Me había costado sangre, sudor y lágrimas sacarlo adelante, pero había logrado aquello que, durante años, me había parecido imposible.

De manera inevitable la mente se me fue hacia la persona que me inició en el mundo de las comedias románticas: mi madre.

Me pregunté si ella se sentiría orgullosa de mí y si le gustaría el guion.

Se me escapó un sollozo. Sabía que mi madre se emocionaría con el primer beso de los protagonistas y con la declaración en la estación de metro. Ojalá estuviese ahí conmigo.

Me limpié las lágrimas y añadí una frase a la portada:

Dedicado a la memoria de mi madre,

que me trasladó el amor por

las comedias románticas

Me tapé la cara con las manos y seguí llorando.

Había dado un gran paso hacia cumplir mi sueño, que era ver uno de mis guiones convertido en película.

Durante mucho tiempo me había sentido una ingenua por querer escribir.

Quizá porque esas fueron las palabras que tantos años atrás escuché cuando mi padre dijo: «De escribir guiones no se vive.

La mayoría de los guionistas son unos muertos de hambre. Tu deber es heredar la empresa».

Preston me encontró llorando en el comedor un poco más tarde. Había ido a recoger el traje que luciría en nuestra boda al día siguiente.

—¿Qué te ocurre? —Cruzó la estancia alarmado.

—He terminado el guion… Son lágrimas de felicidad.

Dejó la funda del traje en una silla y se lanzó a abrazarme.

—¡Enhorabuena! ¿Cuándo podré leerlo?

—Bueno, es un primer borrador… —Me limpié el rostro con un pañuelo—. Todavía no está listo. Necesito repasarlo un par de veces y terminar de pulirlo. Cada vez que lo releo se me ocurre algo que lo mejora.

—Y ahora, ¿qué harás después de repasarlo?

—Imagino que, en unas semanas, cuando me convierta en directora de la plataforma de la NBS, montaré un equipo y trataré de sacarlo adelante… —Sonreí—. ¿Tú qué tal? ¿Cómo ha ido tu prueba?

—Bien. El traje me queda como un guante. Mañana saldré genial en las fotos. —No sonaba muy entusiasmado.

Forcé la sonrisa.

Nos observamos unos segundos a los ojos.

—¿Te está entrando el miedo de última hora? —le pregunté.

Él se encogió de hombros y contestó:

—¿Y a ti?

—Yo he preguntado antes…

Preston respiró hondo y se sentó en la silla contigua.

—Estos últimos días no he parado de pensar en cómo afectará la boda a mi relación con James…

Él no está nada convencido de esto. No quiero perderlo.

Ya perdí a Tyler por no poder hacerlo público.

En fin, no sé qué hago dándole vueltas. No me hagas caso.

Esto es lo que hay que hacer… Ahora responde tú.

—Yo también he pensado en cómo afectará esto a lo mío con Ben… pero quizá las cosas no tengan por qué cambiar, ¿no?

—Ya…

—Nos las apañaremos, ¿verdad?

—Siempre lo hacemos.

Preston consultó la hora en su reloj de pulsera y añadió:

—Deberíamos empezar a arreglarnos ya. Robert nos recogerá a las seis para la cena de ensayo.

La cena de ensayo tenía lugar en el salón del Cipriani. Se suponía que era para los invitados más allegados, pero acabamos siendo cerca de doscientas personas. Después de que se abriese el baile, estaba charlando con unas primas de Preston cuando él se acercó y nos dijo:

—Disculpad que os interrumpa. Kate, ¿me concedes este baile? —Terminó mirándome.

Detecté preocupación en sus ojos azules.

—Claro. —Agarré su mano y me dejé guiar al centro de la pista.

—Tu padre ha hecho una oferta para contratar a Cody Jones —susurró tan pronto como empezamos a movernos—. Despedirá a Ben cuando acabe la temporada.

Me quedé de piedra. Intenté que mi cara no reflejara el desconcierto que sentía.

—Pero la temporada acaba mañana… —musité.

—Lo sé…

Cody Jones era uno de los presentadores más queridos de la televisión. Llevaba la sección cómica de un programa de entretenimiento que se emitía entre semana. Si mi padre quería deshacerse de Ben, la manera de lograrlo era contratar a alguien con el que no fuese a bajar la audiencia.

—¿Estás seguro?

—Me lo acaba de contar Robin Walters por teléfono.

Robin era la periodista que le había alertado de las fotos en las que aparecía junto a James Aster.

Intenté mantener la mente fría, pero me estaba agobiando.

—Tengo que hablar con mi padre.

En cuanto la canción terminó, atravesé el salón y fui en su busca. Lo encontré conversando con uno de sus socios.

—Papá, ¿podemos hablar un momento, por favor?

—Por supuesto. —Miró a su acompañante—. Discúlpame, Edward. Enseguida vuelvo.

Salimos del salón en busca de un sitio más privado. Entramos en una sala adyacente que estaba vacía.

En mi interior todo era un caos, dominado por la incredulidad de que mi padre hubiese hecho algo tan mezquino a mis espaldas.

—¿De verdad vas a contratar a Cody Jones para despedir a Ben? —La pregunta se me escapó a borbotones según cerré la puerta.

Mi padre me observó impertérrito. Tenía el pelo engominado y lucía un traje de raya diplomática.

—Este no es el lugar para mantener esta conversación —contestó en un tono bajo y frío.

Hizo amago de sobrepasarme, pero le corté el paso.

—Aquí solo estamos nosotros.

—Ya que no estás por la labor de sacarlo de tu vida, no me queda más remedio que hacerlo yo.

Me invadió una sensación de horror.

¿Cómo sabía que Ben y yo estábamos juntos? Habíamos sido discretos. O eso pensaba. Casi siempre habíamos quedado en su casa y apenas nos habíamos dejado ver en público. ¿Y si todo eran suposiciones suyas, infundadas por la visita que le había hecho Ben meses atrás?

—No sé por qué dices eso… —aseguré lo más calmada posible—. Ben es parte del pasado. Ahora estoy con Preston.

—¿Crees que no sé que tu prometido es gay?

La sangre me huyó del rostro. Me surgieron varias preguntas.

¿Cómo sabía lo de Preston? ¿Estaba al tanto de que mi matrimonio era de conveniencia y le daba igual?

Realmente no le importaba mi felicidad.

—Te ruego que no me mientas. Sé que acudiste como público al programa y sé que has frecuentado su casa. Por no mencionar tu cambio de actitud. Has cancelado nuestras dos últimas cenas. La falta de educación se pega, por eso nunca me ha gustado que te rodearas de ese tipo de gente.

—¿Cómo sabes todas estas cosas?

—Porque contraté a un detective privado.

Separé los párpados. La traición me atravesó como un puñal.

—¿Me has espiado?

De golpe, mi incredulidad se transformó en algo más. Una oleada de rabia burbujeante me subió por el cuerpo.

—No me lo puedo creer… —Negué con la cabeza—. ¿Cómo has podido hacerme esto?

Mi padre se mantuvo sereno.

—Baja la voz. —Su tono sonó mortífero—. Después de todo lo que he hecho por ti… —reprochó, sin contestar a mi pregunta—. He despedido al señor Miller para que ocupes el puesto de directora y puedas producir lo que quieras, ¿y así me lo pagas?

—¿Cómo? ¿No iba a ascender?

—Era una manera de hablar…

Dios mío, ¿hasta qué punto había sido una ingenua?

Sabía que no airearía lo de Preston porque le convenía que me casase con él. El único que peligraba era Ben.

—¡No puedes despedir a Ben! —exclamé con tono duro—. ¡Ese trabajo es el sueño de su vida!

—La decisión ya está tomada. Le he enviado un borrador de contrato al agente del señor Jones esta misma mañana.

Daba igual cuánto suplicase, mi padre no era de los que regalaban nada sin obtener algo a cambio. Tampoco conseguiría nada si me dejaba llevar por el enfado y me marchaba dando un portazo, como me encantaría hacer.

—¿Qué tengo que hacer para que Ben conserve su empleo? —pregunté con los labios apretados.

—Cumple con tu deber y no mancilles el apellido de la familia. —Su falsa amabilidad escondía una amenaza implícita.

Mi corazón se encogió. Se me helaron hasta los huesos.

—Ya voy a hacerlo. Mañana me casaré con Preston.

—Eso por descontado. La unión entre los Chambers y los Morgan es beneficiosa para ambas familias. Respecto a Benjamin: déjalo y no vuelvas a verlo. Si llega a mis oídos que sigues en contacto con él, lo despediré con efecto inmediato.

A esas alturas, no debería sorprenderme lo lejos que podía llegar mi padre. Daba igual lo mucho que intentase alejarme del sendero que había pintado para mí, él siempre encontraría la manera de reconducir mi vida.

La presión incómoda de mis sienes crecía por momentos.

Entonces llegué a una verdad amarga: quería estar con Ben, pero no a costa de que perdiera lo que más le importaba.

No podía cargar con la culpa de que se truncase su carrera.

Jamás me lo perdonaría a mí misma. Le quería lo suficiente como para sacrificar mi felicidad a cambio de la suya.

Tan pronto como tomé la decisión, mi pecho se fragmentó en mil pedazos.

Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y me tragué las lágrimas. No le daría la satisfacción de llorar delante de él.

—De acuerdo —dije al final—. No volveré a verlo.

—Sabia decisión, Katherine. Retiraré la oferta del señor Jones.

Asentí sin verbalizar palabra.

—Aunque no te lo parezca, esto es por tu bien. En el futuro serás capaz de verlo y me lo agradecerás. Ahora volvamos a la fiesta. Te estarán esperando.

Me entraron náuseas por su facilidad de barrer los problemas debajo de la alfombra.

Giré sobre los talones y caminé hasta la puerta.

Salí del salón sin mirar atrás. Necesitaba alejarme de allí. Mis pasos me condujeron hasta el baño. Me escondí en uno de los cubículos y parpadeé para contener las lágrimas.

Una mezcla de tristeza, enfado e incredulidad se arremolinaban en mi pecho.

No quería despedirme de Ben otra vez. Mi corazón no lo superaría.

A mi padre se le había llenado la boca diciendo que Ben se había acercado a mí por el dinero y, al final, había resultado ser él quien más preocupado estaba por las conexiones poderosas y las apariencias.

En ese momento, las emociones me desbordaron. Un par de lágrimas calientes se deslizaron por mi rostro. Como pude, recompuse el rostro, me retoqué el maquillaje y regresé al salón principal.

A fin de cuentas: el show debía continuar.