46. Kate
Kate
—Estás guapísima —opinó Julia cuando descorrí la cortina.
Una de las asistentes de Lillian Westwood acababa de ayudarme a ponerme el vestido de novia y se había ido a buscar a la diseñadora.
—Gracias. —Le dediqué una sonrisa neutra.
Giré sobre los talones para echarle un vistazo al espejo que ocupaba toda la pared del probador.
El vestido era de corte princesa, con el corpiño ajustado y la falda voluminosa.
Estaba recubierto de pedrería, que le daba un aire sofisticado.
Me quedaba un poco holgado alrededor de la cintura y me sobraban un par de centímetros de largo.
Aquel vestido pomposo no se parecía nada al que usé en mi boda con Ben.
—¿Qué pasa? —me preguntó Julia, situándose justo detrás—. ¿No te gusta?
Me volví hacia ella.
—No es eso… —respondí con la boca pequeña.
—¿Entonces?
—Cuando me casé con Ben estaba enamorada —susurré—. Pensé que, si volvía a pasar por el altar, sería por amor y no por conveniencia, ¿sabes?
—Lo entiendo, pero estás haciendo algo bueno por Preston y también por ti.
—¡Ya estoy con vosotras! —La diseñadora irrumpió en la estancia, cortando la conversación.
Julia salió del probador.
Me recogí la falda y la seguí. Al echar a andar, me percaté de lo larga y pesada que era la cola.
—Querida, estás preciosa —alabó Lillian, agarrándome las manos.
Era una mujer bajita, con el pelo negro perfectamente alisado, ataviada con un traje oscuro de chaqueta y pantalón. Tenía un aire a Edna de Los Increíbles .
—A ver, deja que te vea bien.
Me quedé quieta y ella dio vueltas a mi alrededor.
—Hay que hacer un pequeño ajuste en la cintura. —Tiró de la tela que sobraba y me colocó una pinza en la espalda, para que el corpiño se amoldase a mi cuerpo.
—Te has traído los zapatos, ¿verdad? —me preguntó Lillian.
—Sí.
—Pruébatelos, así vemos cómo te queda el largo.
Julia sacó de la bolsa la caja de Manolo Blahnik.
Tomé asiento a su lado. Tras despojarme de los calcetines, me calcé los stilettos de color marfil.
La correa que pasaba por el empeine tenía pedrería incrustada.
Al levantarme, gané varios centímetros de altura.
Pese a que el calzado no tenía sujeción alrededor del tobillo, era cómodo.
Caminé por la sala, cuidando de no pisar el vestido, y me subí a la plataforma circular.
—Hay que recortar un pelín el largo. —Lillian se agachó a mi lado y recogió el bajo con unos alfileres—. Listo. —Se incorporó con una sonrisa—. Voy a traerte un par de velos, para que veas cómo te quedarían con la tiara.
Dicho esto, salió de la sala.
Me bajé de la plataforma y me acerqué hasta Julia.
Cogí la copa de champán que me ofrecía y le di un sorbo, con la esperanza de bajar el malestar que crecía en mi interior.
A continuación, caminé hasta el espejo del probador, inmersa en mis pensamientos, con tan mala fortuna que se me dobló el tobillo y me caí hacia delante.
No me dio tiempo a poner las manos y me golpeé la cabeza con la plataforma circular.
Juraría que había oído el sonido de la tela al rajarse.
—¿Estás bien? —Julia se arrodilló a mi lado.
Emití un quejido de dolor.
—Me he hecho daño…
Mi amiga me quitó los zapatos y me ayudó a incorporarme.
—¡Au! No puedo —me quejé—. Me duele mucho el tobillo al apoyar el pie. Estoy un poco mareada.
A Julia no le tembló ni un músculo.
—Apoya el peso en mí —me pidió—. Nos vamos a urgencias.
—¿Puedes avisar a Ben, por favor? Dile que vamos al hospital, pero que no se preocupe.
Ben
Llegué al hospital del Monte Sinaí a la carrera y con el corazón acelerado. Julia me había avisado de que Kate se había dado un golpe en la cabeza.
—Hola… —Me abalancé sobre el mostrador de admisión de urgencias—. Vengo a ver a una paciente. Se llama Kate Morgan.
—Buenas tardes. —Una mujer de pelo rizado y gafas me sonrió desde el otro lado—. ¿Es usted familiar de la señorita Morgan?
—Soy… un amigo.
—Lo siento, pero solo pueden pasar los familiares. Tendrá que aguardar en la sala de espera. Se encuentra al final del pasillo a la derecha. Un médico acudirá para contarle el estado de la señorita Morgan.
—Ni de coña. —Negué con la cabeza—. Necesito pasar a verla…
—Señor…, como le he comentado, solo pueden entrar familiares directos. Por favor, diríjase a la sala de espera. No me haga llamar a seguridad.
Abrí la boca para protestar cuando un médico alto, de pelo oscuro y bata blanca, se me acercó.
—Hola. Me llamo Zac. —Me puso la mano en el hombro y me apartó del mostrador—. No he podido evitar oír la conversación. Entiendo que estés preocupado por tu amiga, pero, como te ha dicho Ronda, no se permiten acompañantes a no ser que se trate de familiares directos.
—Mira, tío, mi novia está ahí dentro… —Señalé la puerta de urgencias. No sé por qué usé la palabra «novia»—. Solo quiero estar con ella y saber cómo está.
—Lo comprendo. Si mi novia estuviese en urgencias yo también estaría nervioso. Pero estoy seguro de que los compañeros están trabajando lo más rápido posible. Terminarán enseguida. Vamos, te acompaño a la sala de espera.
Me dejé arrastrar por él.
—Perdona la indiscreción —me dijo cuando nos alejamos por el pasillo—, pero eres Ben Sharp, ¿no?
—Sí…
—A mi novia y a mí nos encanta el programa.
Forcé la sonrisa.
Tras unos segundos, se me encendió la bombilla.
—¿Quieres entradas para venir de público al programa?
—¿En serio? —El tal Zac me miró entusiasmado—. ¡Buah, Grace se moriría de la ilusión!
—Puedo dejarlas en la taquilla a tu nombre… si me ayudas a colarme.
Él sopesó mi oferta durante un momento.
—Me encantaría ayudarte —dijo cuando llegamos a la sala de espera—. Pero no puedo colarte en urgencias. Lo siento. Enseguida vendrá alguien a informarte.
Me dio una palmada en el hombro y se fue por donde había venido. La impotencia se apoderó de mí. Kate estaba en urgencias y ni siquiera podía estar ahí para ella. Lo único que podía hacer era sentarme y esperar.
La sala de espera era silenciosa, de paredes blancas y suelo gris. Arrugué la nariz por el olor a antiséptico.
—¡Eh, Ben! —oí que me llamaba alguien.
Preston y Julia estaban sentados en las sillas azules, ambos vestidos con traje de chaqueta y pantalón.
—¿Quién era el doctor Macizo? —me preguntó Julia tan pronto como planté el culo al lado de Preston, sin apartar los ojos de su móvil.
—Ni idea. Lo acabo de conocer, se llama Zac.
—¿Por qué te interesa? —le preguntó Preston—. Pasas de los hombres…
—No paso de ellos. De hecho, creo que para echar un rato están bien —bromeó.
Me froté las sienes y respiré hondo.
—¿Te ha dicho algo de Kate? —se interesó Preston.
—No —contesté—. Solo que no puedo pasar a verla por no ser familiar directo.
—Bienvenido al club. —Preston me puso la mano en el hombro.
—Yo estaba con ella cuando se ha caído —me explicó Julia—. Se ha dado un golpe en la cabeza y se ha hecho daño en el tobillo. No parecía grave —terminó en un tono tranquilizador.
Me mordí el carrillo por dentro y asentí.
—Se ha roto el vestido de novia.
—¿En serio? —preguntó Preston.
—Sí. No es nada que Lillian Westwood no pueda arreglar en unos días. —En ese momento, le sonó el teléfono—. Perdonad, es una llamada de trabajo.
—¿Acompañantes de Katherine Morgan? —preguntó una voz femenina al cabo de un rato.
Los tres saltamos de las sillas. Una doctora uniformada se acercó a nosotros.
—La señorita Morgan está bien —nos informó.
—Menos mal… —exhalé.
—Le hemos hecho una radiografía del tobillo y no tiene ningún hueso roto —continuó la mujer—. Acabamos de suministrarle un antiinflamatorio para bajar la hinchazón. Enseguida podrá irse a casa.
—¿Y el golpe de la cabeza? —preguntó Julia.
—Todo en orden. Ha sido mínimo. Ya se le ha pasado el mareo.
El alivio me rebasó al oír esas palabras.
—Soy su prometido —le informó Preston—. ¿Puedo entrar?
—Sí, ven conmigo.
Volví a sentarme en la silla de plástico. Apoyé la cabeza en la pared y suspiré mirando el techo pintado de blanco nuclear.
Faltaban días para la boda de Kate y Preston. El iluso que habitaba en mí no pudo evitar preguntarse si aquel pequeño accidente de Kate no sería la primera señal del universo que indicaba que no debía casarse.
Aunque nos hubiesen confirmado que Kate estaba bien, no me quedaría tranquilo hasta comprobarlo con mis propios ojos. Quería pasar y estar con ella, pero ese era el precio a pagar por estar en una relación a escondidas. ¿En cuántas cosas más no podría estar presente?