45. Kate
Kate
El invierno en Nueva York era duro. Después de las fiestas de Navidad, la ciudad se apagaba bajo un cielo gris en el que escaseaban las horas de luz.
Una tarde de finales de enero, estaba intentando trabajar sobre el guion cuando Ben me llamó por teléfono.
—¿Qué haces? —me preguntó cuando descolgué.
—Desesperarme con el segundo acto. Siento que a los personajes no les está pasando nada relevante y que la trama no avanza. Si no lo arreglo, la audiencia se aburrirá, odiarán la película y yo… —No pude acabar la frase.
—Hey, tranquila. Seguro que el guion está mucho mejor de lo que crees. Ahora mismo estás metidísima en el bucle y te cuesta verlo en perspectiva. Por lo que me contaste el otro día, a tus personajes no paran de sucederles cosas…
—Puede ser.
—¿Sabes qué te vendría bien para despejarte? Salir un poco de casa y pasar un rato conmigo…
—No sé si es buena idea dejarnos ver en público…
—Viniste al directo del programa y no pasó nada.
Guardé silencio un momento.
—Venga, te llevaré a un sitio que te ayudará a inspirarte, estoy seguro.
Lo vi tan emocionado que no me quedó más remedio que ignorar la vocecita de la razón y aceptar.
—¿A qué hora quedamos?
—Cuando quieras, estoy llegando a tu barrio.
Sonreí.
—Me cambio y bajo.
Fuera hacía un frío que pelaba. Eran las cuatro y media de la tarde y era completamente de noche. Salí de casa ataviada con el abrigo más calentito que tenía, junto a una bufanda del tamaño de una manta, el gorro y los guantes a juego.
—¿Adónde vamos? —le pregunté a Ben cuando nos encontramos en la esquina de mi calle.
—Ahora lo verás…
Media hora después, Ben me abrió la puerta de una librería independiente llamada The Drama Book Shop.
Era pequeña y de iluminación cálida. Según entré, me llamó la atención la hilera de libros que ascendía hasta el techo formando una espiral.
—Esta librería está orientada a artistas… —me contó Ben mientras recorríamos la tienda de suelos de madera—. Es de Lin-Manuel Miranda y sus amigos.
—¿De verdad?
—Sí. Quería traerte por esto. —Se detuvo delante de una pared repleta de guiones de series, películas y obras de teatro—. Aquí te compré el guion de Titanic .
—¿Viniste desde Montauk hasta aquí?
—Sí.
Se me escapó un suspiro.
Si no estuviésemos en un sitio público, me lo comería a besos.
Pasé un buen rato inspeccionando los títulos de los guiones. Cogí el de La La Land , el de Tienes un email y el de Tenías que ser tú .
—Me los llevaría todos. —Sonreí al fijarme en que Ben había cogido el de Avatar —. James Cameron, cómo no…
Salí de la tienda contenta. Esperaba que leer aquellos textos me inspirase o me ayudase a salir del atasco que tenía escribiendo.
—¡Hala! ¡Mira! ¡Es Ben Sharp! —oí que decía una voz femenina.
Una pareja de mediana edad se plantó delante de nosotros.
—Hola. ¿Te importa si nos hacemos una foto contigo? —le preguntó el hombre a Ben.
—Eh… Claro, sí.
Se pusieron uno a cada lado de él y se sacaron un par de fotos. Mientras tanto, yo me mantuve al margen. Cuando terminaron, Ben se acercó a mí.
—¿Será su novia? —oí que cuchicheaba la mujer.
La preocupación me subió como la espuma. Me calé el gorro de lana hasta la línea de los ojos y eché a andar deprisa.
—¿Por qué corres tanto? —me preguntó Ben, alcanzándome.
No le contesté hasta que doblamos la esquina hacia una calle menos transitada.
—Te han reconocido y podrían haberme reconocido a mí. Sabía que esto era mala idea.
—No ha pasado nada. Nadie te ha visto.
Me detuve en un soportal, lejos de las miradas curiosas.
—¡Estaban preguntándose si soy tu novia! No podemos volver a salir de casa.
—Estar en mi casa está bien, pero no podemos quedarnos siempre encerrados…
—Cómo se nota que tú no arriesgas nada… —El tono me patinó y soné más borde de lo que pretendía.
Ben puso mala cara.
—Vas abrigada hasta las cejas. Es imposible reconocerte si solo se te ven los ojos. Perdóname por querer tener una cita normal por una vez.
Me sentí culpable por el arrebato. Ben tenía razón, nadie me había reconocido.
—Siento haber sido borde —me disculpé—. ¿Y si vamos a Montauk? Así podremos tener una cita fuera de casa y disfrutar de la intimidad de un pueblo pequeño.
Ben me observó con los labios apretados y asintió.
—Vale. Vamos.
Leer los guiones tuvo un efecto positivo en mí.
Los llené de anotaciones mientras analizaba la estructura.
Conseguí salir del atasco y me inspiraron tanto que pasé los días siguientes escribiendo sin parar.
Tal era así que, en el trabajo, durante la reunión de planificación comercial anual, en lugar de prestar atención a lo que contaba mi padre delante del proyector, estuve escribiendo en el cuaderno.
La lluvia dio paso a la nieve, que cubrió con su manto helado las calles de Nueva York y que colapsó la ciudad durante tres días. Aproveché el encierro para seguir trabajando en mi comedia romántica. Estaba tan motivada que invertía con gusto cada segundo de mi tiempo libre.
Una tarde de mediados de febrero Hannah vino a casa para enseñarme la disposición de las mesas para el banquete. Preston estaba de viaje por trabajo.
Nos sentamos frente a la mesa del comedor. Recogí a toda prisa el portátil y el cuaderno para que ella pudiera desplegar sus pertenencias.
—¿Te apetece un té? —le ofrecí.
—Sí, por favor. Vengo muerta de frío.
El viento frío soplaba con fuerza.
Cuando regresé de la cocina con un par de bebidas calientes, Hannah levantó la tapa del portátil y abrió una carpeta titulada: «Boda de Katherine Morgan y Preston Chambers». Hizo doble clic sobre el archivo llamado «mesas».
—Teniendo en cuenta lo que me contasteis, he hecho esta distribución inicial.
A ver qué te parece. Las mesas serán circulares y tendrán capacidad para ocho comensales.
En la presidencial estaréis vosotros con vuestros allegados.
A la izquierda estarán los socios de tu padre, tal y como me indicaste.
El resto de las mesas cercanas serán para los familiares de Preston.
—¿Y Julia?
—Está aquí —Hannah amplió una mesa cercana a la presidencial—, a vuestro lado.
—Genial.
Les eché un vistazo al resto de las mesas.
—Todo en orden —le dije a Hannah enseguida—. Muchas gracias.
—De nada. Me falta que me paséis una lista de canciones. Si tenéis alguna petición para el cuarteto de cuerda, decidme y se lo comunico.
—Hablaré con Preston. Creo que entraremos con las canciones típicas.
—Vale. ¿Qué día tienes la prueba final del vestido?
—El diez de marzo.
—¿Necesitas que te acompañe? —me preguntó mientras pasaba las páginas del planificador.
—No te preocupes. Julia vendrá conmigo.
—Perfecto.
Anotó mi prueba en su planificador.
Pasó las páginas hasta que dio con una lista. Dibujó un tic al lado de la tarea: «Ver con los novios el seating plan ». Bajó el boli por los distintos puntos y me dijo:
—Tengo la confirmación de todos los asistentes, a excepción de los señores Du Pont. Haré seguimiento esta semana.
—Genial. Gracias.
—La semana que viene es la degustación de tartas nupciales. Nos falta eso y tendríamos todo cerrado para la boda. Ya no queda nada. ¿Estás nerviosa?
En ese momento, se iluminó la pantalla de mi móvil, con un mensaje de Ben.
—Disculpa un momento, por favor.
Cogí el móvil para leer el mensaje.
Estoy deseando verte esta noche
Me había enviado varias fotografías en las que salía sonriendo a cámara. Detrás de él, sobre la isla de su cocina, aparecía la caja rosa que Ladurée sacaba cada San Valentín.
Los tres meses que llevaba viendo a Ben se me habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.
De pronto, la boda, que parecía un momento lejano en el tiempo, estaba a la vuelta de la esquina.
Una sensación de agobio se despertó en mi pecho.
¿Qué lugar ocuparía Ben en mi vida después de que me casase con Preston?