44. Kate
Kate
—Cielo, ¿se ha muerto alguien o vamos a montar una floristería? —me preguntó Preston cuando me bajé del ascensor en casa.
Enseguida percibí el aroma de las flores frescas.
Al entrar en el salón me quedé boquiabierta. Había jarrones transparentes con ramos de rosas rosas por todas partes: en la mesita del café, en la repisa de la chimenea, en la estantería, sobre el piano y en la mesa del comedor.
—¿Y esto? —pregunté sorprendida.
—Son para ti. Hay trece. Los he contado.
—¿Qué pone en la nota?
—¿Por qué debería saberlo?
—Porque seguro que la has leído.
—Está sellada. Por eso no la he leído —confesó—. La encontrarás en uno de los ramos de la mesa.
Avancé hasta el comedor. Sobre la mesa de madera había cuatro jarrones. Cogí el sobre blanco entre las flores de uno de ellos, lo abrí, rompiendo el sello de lacre, y saqué la nota.
Te prometí que nunca olvidaría
regalarte flores en nuestro aniversario.
Aquí va un ramo por cada año
que hemos pasado separados.
¿ Cuándo te va bien que volvamos a tu cine ?
Jack
Una sonrisa afloró a mis labios.
Mi corazón se derritió como la cera de una vela.
Levanté la cabeza para mirar a mi amigo, que se había levantado y me observaba con curiosidad.
—Son de Ben.
Él se llevó la mano al pecho y abrió la boca de manera exagerada.
—¡Esto sí que no me lo esperaba! —exclamó en un tono irónico—. ¿Se puede saber qué le hiciste anoche que merezca semejante despliegue?
—Jamás te lo diré.
Cogí uno de los jarrones y lo cargué escaleras arriba, hasta mi habitación. Dejé las flores en la repisa de la ventana. Acaricié con cuidado los pétalos y releí la nota. Mis ojos se quedaron anclados en la última frase: «¿Cuándo te va bien que volvamos a tu cine?».
Me saqué el teléfono del bolsillo de la americana, busqué su contacto y lo llamé.
—He recibido las flores —dije cuando descolgó—. Muchas gracias.
—De nada.
—Oye, ¿qué te parece si, en vez de ir al cine, voy a verte al programa este fin de semana? ¿Sigue en pie la oferta?
—Por supuesto. Kate, cada sábado dejo una entrada en la taquilla para ti.
Suspiré.
Me inundó un enorme sentimiento de ternura. Si lo tuviera delante, lo besaría.
—Entonces allí estaré.
—¿Segura? Me encantaría que vinieras, pero no quiero que te sientas incómoda.
—Sí. Me apetece verte en directo.
Sabía que para él era algo importante. Y para mí también lo era.
—Si te preocupa que te vean, puedo guardarte un sitio en la última fila.
—Te lo agradezco.
—Es genial que vengas este sábado. Es el último programa antes del parón de Navidad. Nos lo pasaremos genial, la vamos a liar muchísimo.
Llegué a la taquilla del edificio Rockefeller media hora antes de que empezase el rodaje. Para pasar desapercibida me había puesto un gorro y llevaba subido el cuello del abrigo. Esperaba no encontrarme con ningún conocido.
—Buenas tardes —saludé al hombre mayor que había tras la ventanilla—. Quería recoger la entrada que han dejado a nombre de Rose, por favor.
El hombre revisó con esmero un montoncito de entradas, le quitó la nota adhesiva a una de ellas y me la entregó por el hueco del cristal.
—Gracias. —La cogí.
—De nada. Se pondrá contento cuando sepa que hoy han recogido su entrada.
Correspondí su sonrisa amable y entré al vestíbulo del edificio.
—¡Hola, hola! —Alexandra se plantó delante de mí.
—Hola. No sabía que venías.
—Me han enviado por si estás nerviosa —dijo bajito—. No te preocupes, ya me han dado instrucciones: no usar tu nombre, sentarnos en última fila y entrar al estudio cuando el rodaje esté a punto de comenzar.
Sin darme tiempo a responder, se acercó el móvil al rostro para grabar un audio.
—El águila está en el nido —comunicó en un susurro teatral—. Repito: el águila está en el nido.
Sonreí. Podría entender por qué Ben y ella eran amigos.
Atravesamos un pasillo en el que había fotos enmarcadas y colgadas del elenco que había pasado por el programa a lo largo de los cincuenta años que llevaba emitiéndose. Pasamos por el baño y subimos las escaleras hasta la planta superior.
Cuando tomamos asiento, me saqué el teléfono del bolsillo y me encontré con un mensaje de Ben.
Gracias por venir
Significa mucho para mí
No me las des
A mí también me hace ilusión
Bajaron las luces. Un momento después empezó a sonar la música jazz que daba inicio al programa y el locutor que ponía la voz en off nos dio la bienvenida e invitó a pasar a la anfitriona de aquella noche, que era Olivia Rodrigo.
Después de su monólogo de apertura, dieron paso a la intro del programa y comenzaron con los sketches .
Fue fascinante ver los cambios de decorado a un ritmo de vértigo, entre sketch y sketch .
En cuanto Ben salió a escena trajeado, una sonrisa enorme se dibujó en mi cara. Se sentó con su compañera Michelle detrás del escritorio de madera para contar las noticias más locas que habían sucedido esa última semana.
Soltó la primera broma, aguantándose la risa, y se oyó una carcajada general.
Una enorme sensación de orgullo se apoderó de mí. Hacía meses no hubiera podido imaginar que terminaría en ese plató viéndolo en directo. Sin embargo, sentía que estaba donde debía estar.
Le había visto imitar a los actores del programa en varias ocasiones. Y ahora era él quien estaba sobre el escenario, arrancándole carcajadas al público. Era increíble.
—¿Estás bien? —me preguntó Alexandra en un susurro.
—Sí. La gente lo adora, ¿no?
Ella asintió y yo seguí:
—Cuando lo conocí no paraba de hablar de esto y ahora está ahí arriba. Es increíble.
—Ya. La verdad es que es una pasada todo lo que ha conseguido.
Cuando el programa llegó a su fin, el elenco entero salió al escenario. Subieron las luces del plató y el público se levantó para aplaudir.
Ben dirigió la mirada en nuestra dirección. No sabía si nos veía por los focos que le apuntaban. Por si acaso, sonreí.
—Perdona. —Alexandra me sobrepasó para salir a toda prisa.
Extrañada, salí detrás de ella.
—¿Te encuentras bien? —pregunté a su espalda.
En lugar de contestar, echó a correr. La seguí hasta el baño. Entré justo cuando ella se encerraba en un cubículo a vomitar.
Esperé hasta que los ruidos de arcadas cesaron. Tras oír la cisterna, me aventuré a llamar con los nudillos a la puerta.
—Alexandra, ¿puedo pasar? —pregunté con suavidad.
—Sí.
Empujé la madera con cuidado.
La encontré sentada en el retrete. Tenía la piel cetrina y la cabeza apoyada sobre los azulejos.
—¿Estás bien? —Alargué un pañuelo en su dirección.
—Sí, sí. —Ella lo cogió y se limpió la boca.
—¿Quieres que llame a alguien?
—No, tranquila. Enseguida se me pasa. Debe de haberme sentado mal algo que he comido.
Cuando se recuperó un poco, se levantó y se enjuagó la boca en el lavabo. Ya en la calle, paré un taxi.
—Te acompaño —le dije tras ayudarla a subirse.
—No hace falta. De verdad.
—Lo sé, pero parece que necesitas compañía, y yo me quedaré más tranquila.
—De acuerdo.
Cuando nos detuvimos en el West Village, le pedí al taxista que me esperase mientras acompañaba a Alexandra hasta el portal.
—Muchas gracias. —Me dedicó una débil sonrisa—. No me extraña que Ben esté loco por ti. Eres un amor.
Eso me llegó al corazón.
Yo también le sonreí.
—¡Que te mejores!
—Gracias. Por favor, dime lo que te debo del taxi y te lo pago.
—Ni te preocupes.
Estaba entrando en casa cuando recibí un mensaje de Ben.
Alex me ha contado lo que ha pasado
Gracias por cuidarla y gracias por haber
venido al programa
De nada
Pásalo bien en la fiesta!
Seguro que no prefieres quedar?
Puedo escaparme pronto
No, no, no,
Diviértete
Además, quiero trabajar en el guion
antes de dormir
Me habría gustado despedirme
A qué hora sale tu vuelo mañana?
Ben se iba a pasar el inicio de las Navidades a Florida con su madre.
A las nueve de la mañana
No me eches mucho de menos
Ben
Las Navidades pasaron en un visto y no visto.
Cuando regresé de Florida quedé con Kate en mi apartamento. La impaciencia de estar juntos no nos permitió llegar a la habitación. Tras trece años separados, pasar unos días sin vernos se me habían hecho una eternidad.
—¿Qué haces en Nochevieja? —le pregunté mientras le acariciaba la espalda en el sofá—. Todos los años mis amigos y yo cenamos juntos y luego salimos de fiesta. Me gustaría que vinieras.
Kate apoyó la palma en mi pecho y se incorporó para mirarme.
—Me encantaría, pero la madre de Preston da una fiesta. Cenaré con ellos. También vendrá mi padre.
Me quedé chafado.
—Lo siento… ¿Y si lo celebramos el treinta tú y yo solos? —preguntó entusiasmada—. Como toda esa gente que se acerca a Times Square para ver el ensayo de la caída de la bola. Podría ponerme el conjunto de ropa interior roja… —Alzó las cejas de manera sugerente.
—¿Lo llevarías debajo de un jersey navideño horrible?
Se le escapó la risa antes de asentir.
En fin de año Hannah y Logan fueron los primeros en llamar al timbre. Esa noche también nos acompañaba Marjorie, la abuela de Logan, que salía de la residencia en la que vivía para celebrar ocasiones especiales.
Junto a la mesa redonda en la que solíamos jugar al póker, Logan y yo colocamos una mesa plegable. Hannah se encargó de decorar el salón con guirnaldas que daban la bienvenida al Año Nuevo mientras conversaba con Marjorie. En la cocina, Logan ultimaba la cena con la ayuda de su pinche, que era yo.
Alexandra y Jim llegaron cargados de canapés poco después. Chris y Tyler aparecieron con la bebida.
—Quiero proponer un brindis —dijo Alexandra, levantando su copa de agua al llegar a los postres—. Por el año tan increíble que hemos pasado juntos y porque el que viene sea mejor.
Alzamos los vasos y los chocamos los unos contra los otros.
—¿No decías que brindar con agua da mala suerte? —le pregunté.
Ella se encogió de hombros y bebió igualmente.
—Jim y yo tenemos una buena noticia que compartir con vosotros. —Alexandra agarró la mano de su marido—: Vais a ser tíos el verano que viene.
—¿Qué? —dijo Logan.
Parpadeé confundido.
—¿Estás embarazada? —le preguntó Chris enseguida.
—¡Sí! —Los ojos de Alexandra se llenaron de lágrimas.
Nos levantamos y nos lanzamos a abrazar a nuestra amiga y a su marido.
—¿Ya sabéis si es niño o niña? —se interesó Hannah.
—Qué va. Es pronto todavía, pero le hemos visto ya. ¿Queréis que os lo enseñe?
—Claro —dije yo.
Ella nos mostró una foto de una ecografía en el móvil.
—¿En qué momento nos hemos hecho mayores? —dijo Chris para nadie en particular—. Si parece que ayer nos conocimos en la universidad.
—¿Recordáis los mensajes de las galletas de la fortuna que nos tocaron hace unos meses? —dijo Alexandra—. El mío decía que venían buenas noticias en camino. En su momento, deseé que me subieran el sueldo, pero esta noticia es mucho mejor.
Después del revuelo volvimos a tomar asiento.
—Ya que estamos compartiendo buenas noticias… —Logan tomó el relevo de la palabra—. Hannah y yo nos mudaremos juntos a finales de enero.
—¿En serio? —preguntó Alexandra entusiasmada.
—¡Ay, pájaro, qué callado te lo tenías! —le dijo Marjorie a su nieto—. ¿Dónde os vais?
—Hemos encontrado un apartamento en el SOHO que está bien de precio —nos contó Hannah.
—El pobre Josh se quedará devastado —le dije a Logan.
Su compañero de piso era de lo más peculiar, pero acababas cogiéndole cariño.
—Qué va, ya me ha dicho que planea llenar mi habitación de plantas. —Se rio Logan—. Tengo que salir de ahí antes de que eso se convierta en el jardín botánico.
No me pasó por alto que Chris y Tyler estaban cuchicheando entre ellos.
—Nosotros hemos hecho una oferta para comprar una casa en Forest Hills —nos informó Chris pasado un momento.
—¡Vaya, eso es genial! —apunté—. No por la parte de que os mudéis a tomar por el culo.
—No está tan lejos —contestó Chris.
—Tienen que deciros algo después de las fiestas. —Tyler sonrió—. ¡Cruzad los dedos!
Aunque me sentía feliz por mis amigos, no pude evitar pensar en que era el único que no tenía ninguna novedad que compartir.
—¿Y tú qué? —La abuela de Logan me dio un par de palmadas en el brazo—. ¿Cuándo te vas a echar novia? Con lo guapo y gracioso que eres, seguro que las tienes haciendo cola. Mis amigas de la residencia están locas contigo, no nos perdemos ni un programa.
—Ya tiene una —respondió Logan por mí.
Marjorie ahogó una exclamación y me miró traicionada.
—¿Cómo? ¿Y por qué no está aquí?
—Eh… No podía venir —le contesté rápido—. Está con su familia.
—Bueno, enséñame una foto al menos…
Me saqué el móvil del bolsillo. La última foto de mi galería era un selfie que nos habíamos hecho Kate y yo la noche anterior.
Salíamos con un jersey navideño horrible cada uno.
Su sonrisa radiante era la protagonista.
Marjorie se puso las gafas de ver que le colgaban del cuello y observó la imagen.
—¡Qué guapa es! —exclamó encantada—. ¿A qué se dedica?
—Es productora y también guionista.
—Anda, como tú… —Me devolvió el teléfono, se inclinó en mi dirección y dijo muy bajito—: Me gusta para ti.
Después de cenar, le presté el coche a Logan para que él y Hannah llevasen a Marjorie a la residencia. Luego nos dirigimos a la fiesta.
Cuando comenzó la cuenta atrás para el Año Nuevo, Hannah tiró del brazo de Logan, interrumpiendo nuestra conversación. Él se inclinó hacia ella y frotó la nariz contra la suya. Antes, ese tipo de complicidad romántica me habría hecho poner los ojos en blanco. Ahora, quería lo mismo para mí.
Mientras mis amigos besaban a sus parejas con la última campanada de las doce y la multitud del hotel coreaba «¡Feliz Año Nuevo!», salí a la terraza, huyendo de las muestras de afecto.
A lo lejos se veían las luces de Times Square.
Los fuegos artificiales estallaban en el cielo, llenándolo todo de color.
Entonces me invadieron los pensamientos intrusivos.
Durante ese tiempo me había parecido divertido llevar la relación a escondidas, pero no pude evitar preguntarme: ¿Cuánto duraría aquello que teníamos Kate y yo? ¿Avanzaríamos en algún momento?
«Frena un poco, tío. Solo lleváis viéndoos un mes y medio».
Una sensación amarga se despertó en mi pecho. Ese fue el tiempo que transcurrió entre darnos un beso y decirnos «Te quiero» la primera vez.
Me saqué el móvil del bolsillo para felicitarle el año a Kate. Me encontré con un mensaje suyo esperándome.
Feliz año!
A las doce he cerrado los ojos y
he imaginado que me besabas
Aquí la prueba!!
Adjunta había una foto suya en la que salía con los ojos cerrados y poniendo morritos. Nada me apetecía más que besarla.
Igualmente!!
Yo he pensado lo mismo…
Qué tal tu fiesta?
Petada. Y la tuya?
Aburrida.
Me encantaría escaparme y que
estuvieras esperando, como
cuando éramos adolescentes
La nostalgia se apoderó de mí. Le di otro sorbo a la copa de champán.
Tengo muchas ganas de verte
Leer eso mejoró considerablemente mi humor. Ese era el superpoder que tenía conmigo.
En ese momento me di cuenta de la enorme influencia que tenía esa mujer en mí. Podría pedirme que caminase descalzo sobre las brasas del infierno y lo haría encantado.
Había bromeado semanas atrás diciéndole que mi pene era suyo, pero cada vez tenía más claro que el corazón tampoco me pertenecía.