Los finales perfectos no existen 43. Kate
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43. Kate

Kate

—Desde que estoy escribiendo el guion me fijo más en la estructura en tres actos de las películas —le dije a Ben mientras entrábamos en su edificio cerca de medianoche.

Acabábamos de ver Mientras dormías en casa con mis amigos—.

Por ejemplo, cuando Peter se cae a las vías del tren y ella le rescata, me parece buenísimo.

—Sí, sí, total.

—El punto de giro consigue que te enganches a la historia y que quieras saber qué va a pasar a continuación. Me parece interesante analizar la estructura. Creo que lo haré con más pelis.

Mientras esperábamos al ascensor, pensé en qué habría pasado si Peter no hubiese acabado en las vías del tren.

Probablemente Lucy jamás habría conocido a Jack y se habría perdido su gran amor.

Pensando en ello, me vino a la cabeza una imagen de Amber, la protagonista de mi guion, bailando mientras esperaba el metro en Nueva York.

En la vía de enfrente, Scott, el protagonista, se quedaba prendado mirándola.

Cuando el tren entró en la estación, él salió corriendo y se cambió de andén.

—¡Acabo de tener una idea para mi guion! En cuanto subamos a tu casa, me la apunto.

Las puertas del ascensor se abrieron delante de nosotros.

—Mierda —murmuró Ben por lo bajo.

Arrugué las cejas extrañada.

—¡Aquí estás! —exclamó una voz aguda.

Una mujer alta y guapísima, de pelo oscuro liso y facciones afiladas, salió del ascensor.

Le dio un manotazo a Ben en el brazo y le dijo:

—¿Qué pasa? ¿Ya te has olvidado de mí?

—Eh…, Janet. —Ben se puso blanco—. ¿Qué haces aquí?

—Venía a pasar un rato contigo…

Esas palabras me cayeron como un latigazo.

Algo incómodo saltó en mi interior al ver la mirada seductora que ella le dirigía. El mero pensamiento de ellos acostándose me provocó un retortijón de furia en el estómago.

—Estoy ocupado —contestó Ben en el acto.

Sin poder contenerme, agarré su brazo y le dije:

—Mi amor, ¿subimos ya?

Ben parpadeó sorprendido. Probablemente porque era la primera vez que usaba un apelativo cariñoso.

La mujer desvió sus ojos pardos hacia mí. Me escaneó de arriba abajo y me regaló una sonrisa pícara.

—Creo que podemos pasarlo genial los tres juntos —agregó en un tono sensual.

Abrí la boca sorprendida. ¿Nos estaba proponiendo hacer un trío?

—Janet, lo siento, pero no te he llamado en este tiempo porque no quiero seguir quedando contigo —contestó Ben con la mayor suavidad posible.

—Ah… Pues tú te lo pierdes…

Me invadió una sensación de victoria cuando la tal Janet se alejó contrariada.

Solté el brazo de Ben, como si quemara, y llamé al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, entré sin mirar atrás y pulsé el botón de la planta diecinueve.

—¿Desde cuándo soy «mi amor»? —preguntó Ben al detenerse a mi lado.

Me encogí de hombros y esquivé su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Kate…

—No pasa nada.

¿Qué iba a decir? ¿Que me había molestado imaginarlo con esa mujer? ¿Que estaba dolida? No podía pedirle explicaciones. A fin de cuentas, no teníamos nada serio, ¿no?

La inquietud e irritación que sacudían mi pecho indicaban que mi corazón corría peligro.

—No me encuentro bien —dije con la boca pequeña—. Creo que mejor me voy a ir a casa.

Ben alargó el brazo y pulsó el botón de parada del panel de control. El ascensor se detuvo en la décima planta.

—Pero ¿qué haces?

—No vamos a salir de aquí hasta que me cuentes qué está pasando.

La tensión en su mirada era evidente.

—¿Qué tienes con Janet? —La pregunta se me escapó antes de que me diera tiempo a recogerla.

—¿Estás celosa? —Una sonrisa encantadora asomó a sus labios.

—No.

—Acabas de marcar territorio.

Le observé impasible.

Ben me cogió la cara con las manos y yo se las aparté.

—Janet y yo no tenemos nada —aseguró—. Por si no lo has oído, acabo de decirle que no quiero quedar más.

—¿Has estado viéndola a la par que a mí?

—No. Mira, antes de que regresaras a mi vida, estaba quedando con tres mujeres.

—¿A la vez?

—Más o menos. Quedaba los martes con Janet, los jueves con Charlotte, que es la que viste en la discoteca, y los domingos con Britney, que es la mujer que estaba en casa la mañana que te presentaste con el divorcio.

—Qué organizado. —No pude contener el sarcasmo.

—Escúchame, por favor. No me he acostado con nadie desde que me enviaste el divorcio.

Arqueé una ceja.

—Ben, te pillé con Britney…

—No me acosté con ella esa noche. De hecho, no he quedado con nadie desde que nos besamos en la discoteca.

Sus palabras sonaban sinceras. Y lo más importante: la preocupación de sus ojos indicaba que decía la verdad.

—Yo tampoco he estado con nadie… —reconocí enseguida.

—Vale. Genial. ¿Aclarado, entonces?

Asentí y él sonrió de oreja a oreja.

—¿Por qué sonríes tanto?

—Porque si te has puesto celosa, significa que esto te importa —dijo, señalándonos a ambos.

Volvió a acunar mi rostro entre sus manos.

—No tienes motivos para estar celosilla de otras mujeres. Mi pene es solo tuyo.

Se me escapó la risa.

—Me reafirmo en lo que dije: te has vuelto todo un romántico…

Él se inclinó y me dio un beso. Ben estaba ganándose mi corazón sin que me diera cuenta. Esperaba que aquello no fuese la falsa sensación de victoria y que nuestra comedia romántica no tuviese el conflicto del final del segundo acto.