42. Ben #3
Chris y Logan se levantaron en el acto.
—Espero que no me guardes rencor por lo del divorcio —me dijo Alexandra cuando nos quedamos solas—. Era un pequeño teatrillo para ayudar a Ben.
—Lo sé. Me lo contó. No te preocupes, cero rencores. —Sonreí.
—Me alegra ver que todo funcionó. —Ella me devolvió la sonrisa encantada—. Al final, solo había que prestarles atención a las señales.
—¿A qué te refieres?
—A las señales del universo que indicaban que Ben y tú tenéis que estar juntos.
Arrugué el ceño y la miré sin comprender.
—Ben, ¿no le has contado a Kate lo de las señales? —le preguntó a su amigo.
—Eh…, no, y agradecería que tú tampoco lo hicieras —le contestó él al acercarse con una copa de vino para mí—. No quiero que pienses que estoy chalado.
—Benji, si te conoce un poco, eso ya lo sabe. —Logan le dio una palmada en el hombro y le sonrió burlón.
Ben tomó asiento a mi lado. Al detectar que seguía un poco nerviosa, buscó mi rodilla por debajo de la mesa y me dio un apretón que traduje como: «Tranquila, todo va bien».
—El día que te presentaste con el divorcio digamos que hubo una serie de… casualidades —empezó, mirándome.
—Señales —le corrigió Alexandra—. Crees en ellas, así que llámalas por su nombre.
—Todo empezó con un mensaje en una galleta de la fortuna —me explicó Ben— que decía que todos los finales son comienzos…
Según Alexandra, eso indicaba que el divorcio podía ser nuestro reinicio.
Creí que era una tontería, pero el día que pensé firmar los papeles del divorcio me pasó de todo.
Primero, se plantó detrás de mí un bicitaxi con la banda sonora de Titanic a toda hostia, luego tu bolígrafo no pintaba, cogí otro y saltó la alarma de incendios y tuvimos que desalojar el edificio…
—Te estás dejando el mejor —intervino Alexandra.
—El bombero que nos informó de lo que había ocurrido se llamaba Jack, como el de Titanic . Ahí pensé que lo de las señales era cierto y que el universo quería que fuese a por ti.
Parpadeé sorprendida mientras asimilaba lo que acababa de escuchar. Me parecía muy tierno por parte de Ben, pero me daba algo de vergüenza decírselo delante de sus amigos.
—Está fatal de lo suyo —me dijo Logan de broma, al tiempo que le daba una palmada a Ben en el hombro—. Pero es buena gente.
En ese momento, sonó el timbre.
Ben saltó de la silla y corrió a abrir. Regresó cargando varias cajas de pizza. Le hicimos hueco y las dejó en el centro. Entre Logan y él, las abrieron y las repartieron por la mesa. El olor a comida inundó el ambiente.
—Hemos pedido pepperoni picante, barbacoa, margarita y salchichas con beicon y champiñones —informó, mirándome—. ¿Te gusta alguna?
—Sí. —Asentí.
Alexandra nos repartió varios trozos de papel de cocina a cada uno.
Cogí una porción de pizza de champiñones y le di un mordisco. Estaba buenísima.
Chris, que hasta entonces se había mantenido al margen, me preguntó:
—Kate, ¿a qué te dedicas?
—Soy productora en Morgan Media —contesté, agradecida de que me sacase conversación.
—¿Qué estás produciendo ahora? —me preguntó Logan.
—Una serie que se llama Legacy , se estrena el año que viene; trata de una familia de la alta sociedad y de cómo se complican sus vidas a raíz de una herencia.
—¿Es la serie que protagonizará Chris Porter? —preguntó Alexandra, y yo asentí—. Me encanta ese actor. Dime que lo vas a conocer…
—¡Sí! —exclamé emocionada—. Lo conoceré en unos meses, cuando visite el set de rodaje.
—¿Te puedo sobornar para que me lleves contigo? Le amo.
—Yo también. Hizo un papelón en The Report . ¿La has visto?
—Sí. Me encantó.
—El guion era buenísimo —proseguí—. Y él es increíble.
—Bah, no es para tanto… —dijo Ben antes de morder su pizza.
Mis nervios desaparecieron con rapidez. Mientras cenábamos, ellos me contaron a qué se dedicaban y cómo se conocieron.
—¿De verdad crees que el universo te mandó señales para perseguirme? —le pregunté a Ben cuando se fueron sus amigos.
—Mmm…, sí. Por un momento incluso llegué a pensar si las señales me las estaría mandando mi yo del futuro, rollo Interstellar . ¿Qué pasa?
—Nada. Es solo que me parece muy tierno.
—Sé que suena a locura, pero sé lo que vi. De todos modos, yo habría creído en cualquier cosa que me permitiera ir a por ti.
Me puse de puntillas y lo besé con cariño, enredando los dedos en el pelo de su nuca.
—Ahora vas a volver a ponerte la gabardina y las botas y me vas a hacer el hombre más feliz del mundo. —Me cogió en brazos y me cargó hasta su habitación.
—¿Cansada? —me preguntó Preston cuando contuve un bostezo de esos en los que se te empaña la mirada.
Asentí y le di un sorbo al café.
Estábamos con Julia sentados alrededor de nuestra mesa habitual del Bemelmans.
—Anoche fue a pilates otra vez —le contó Preston a nuestra amiga—. Últimamente no se salta ni un día.
Julia me sonrió y dijo:
—Ya veo. Creo que la semana que viene iré contigo a las clases nocturnas. Me dijiste que la última sesión era a las nueve, ¿verdad?
—Eh…, sí.
Ella consultó su agenda en el móvil.
—Me va mejor ese horario. Así podré exprimir hasta el último segundo del día trabajando —apuntó enseguida—. Además, si el monitor te tiene taaan destrozada es que las clases deben de ser muy intensas.
Aparté la mirada y me metí una cucharada de yogur griego con miel y nueces en la boca, para evitar mentir.
—Nunca la había visto ir a hacer deporte tan contenta —siguió Preston con un tono divertido—. Al final, tendré que apuntarme yo también.
—Ay, pues claro. ¡Cuantos más, mejor! —exclamó Julia—. ¿Hoy tienes pensado ir al estudio? Podemos ir los tres…
Ambos me observaban expectantes.
—¡Vale! —claudiqué—. No estoy yendo a pilates por la noche. Llevo más de un mes viéndome con Ben en secreto, ¿contentos?
Tardaron tres segundos en echarse a reír.
—Ya lo sabíamos —contestó Julia con una mueca maliciosa.
Arrugué las cejas.
—Cielo, cada vez que coges el móvil se te pone una sonrisilla —siguió Preston—. Casualmente has empezado a ir a clases de pilates a última hora, cuando en invierno te encanta estar frente a la chimenea desde que anochece…
—¿Por qué no me habéis dicho nada? —les pregunté.
—No queríamos arruinarte la diversión de llevarlo a escondidas —contestó él.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Hace unos días conocí a sus amigos… Me gustaría traerlo a alguna de nuestras quedadas de cine en casa y presentároslo de manera oficial.
—Tráelo, así podré preguntarle por sus intenciones contigo y amenazarlo —puntualizó Julia con aire sobreprotector.