42. Ben #2
Retiré la mano de sus bragas. La cogí de las caderas y la giré para que se quedara de cara al espejo.
Ella se recogió el pelo con la mano. Le solté los botones del cuello y la parte superior del vestido se deslizó hasta su cintura.
La melena sedosa le cayó en cascada hasta la mitad de la espalda.
Levanté la vista y admiré sus tetas preciosas reflejadas en el espejo.
Cuando le pasé los pulgares por los pezones, intentó ahogar un gemido sin éxito.
Contrajo la cara en una mueca de placer y yo empujé las caderas hacia delante, apretando la erección contra su culo.
Ella coló la mano entre nosotros y me la acarició por encima del pantalón.
Me encantaría desnudarla, pero la necesidad apremiaba en mi interior.
A la velocidad del rayo, me saqué un condón del bolsillo.
Impaciente, se lo pasé para que lo abriera.
Me bajé los pantalones y el bóxer hasta la mitad de los muslos.
Después de ponerme el preservativo, le levanté el vestido hasta la cintura.
Las bragas de encaje le cubrían la mitad del culo.
No pude contenerme y le di un azote. Luego, aparté la prenda a un lado.
—Separa un poco más las piernas, preciosa —le pedí.
Ella obedeció.
Me la agarré y di un paso hacia delante.
Se estremeció cuando le metí la punta, y apoyó las manos en la encimera.
Empujé las caderas y me hundí en ella. Un jadeo entrecortado se escapó de sus labios.
La sensación que me asoló fue tan intensa que tuve que quedarme quieto un momento.
Coloqué las manos sobre las suyas y le besé la parte posterior de la cabeza.
—Muévete —dijo.
Su tono demandante me puso a cien.
¿Desde cuándo me excitaba que me diesen órdenes?
Probablemente desde que era devoto de esa mujer.
Estaba deseando volver a oír sus gemidos sensuales. Se la saqué un poco y volví a metérsela.
El ruido de la fiesta llegaba amortiguado como un eco lejano.
Comencé a moverme con energía. Mantuve una mano en su cadera y subí la otra por su estómago para cerrarla alrededor de su pecho.
Sus gemidos me incentivaban a darle el placer que quisiera.
Levanté la mirada de su culo. La imagen que me devolvía el reflejo era perfecta.
Me encantaba ver a Kate así de desinhibida y ser testigo de cómo perdía el control.
Le cogí la barbilla y se la empujé hacia arriba.
—Mira lo sexy que eres… —le dije con la voz entrecortada.
Nuestros ojos se encontraron en el espejo. Kate se mordió el labio.
—Me gusta ver… lo que me haces —musitó con la voz ahogada.
Le recogí el pelo con la mano y le di un suave tirón. Me incliné para lamerle la oreja y el cuello.
—Estoy cachondísimo —le confesé en el oído—. Me voy a correr rapidísimo.
Ella volvió a gemir. La respiración se le aceleró.
—Yo también.
Acomodé las manos en sus caderas, ella se reclinó un poco sobre la encimera y volví a moverme. Su respiración era cada vez más irregular.
—Más rápido —pidió en un resuello.
Kate se apretó a mi alrededor y comenzó a temblar.
A partir de ahí no fui capaz de tener un pensamiento coherente.
Apartó una mano de la encimera para taparse la boca.
Quería pedirle que no hiciera eso. Me moría por oír los sonidos que hacía al correrse, pero no podía hablar.
Me había quedado sin aire en los pulmones.
Mis movimientos se volvieron más frenéticos.
Silencié mis propios gemidos besándole el hombro.
El orgasmo me sacudió por completo, dejándome sin aliento.
Nos mantuvimos un instante pegados, mientras recuperábamos la respiración.
Tenía el pecho agitado y me sudaba la frente. Cuando salí de su interior, me recorrió un espasmo. Al apartarme de su calidez la sensación de vacío fue casi dolorosa.
Ella se giró con las mejillas encendidas. Una sonrisa perezosa adornaba su rostro. Me pasó una mano por el pelo con cuidado.
Ahí estaba otra vez. Esa sensación agradable expandiéndose por mi pecho.
—Ha sido… muy sexy. —Sonaba contenta y saciada.
Me lamió los labios antes de darme un beso.
—Porque tú eres muy sexy.
Me subí los pantalones mientras ella se recolocaba el vestido. Kate se volteó y volvió a sujetarse la melena.
—¿Me lo abrochas, por favor?
Cerré los dos botones que tenía la prenda debajo de su nuca. A continuación, le di un beso suave en el hombro.
—¿A qué hora nos largamos? —le pregunté a la par que me metía la camisa dentro del pantalón.
—¿En una hora?
—Uf. No. Contraoferta: media hora.
—¿Cuarenta y cinco minutos? No podemos irnos juntos. Está mi padre…
—Lo sé.
—Puedes irte tú primero y nos vemos en tu casa.
Me dio un morreo con el que consiguió convencerme.
Después de limpiarme los restos de su pintalabios color vino de la boca, abandoné el baño con una sonrisa de oreja a oreja.
Kate regresó a la fiesta unos minutos más tarde. Se había retocado el maquillaje y el pelo. Se unió a Preston como si nada. Él dijo algo que la hizo reír. Al verla feliz, la sensación cálida de mi pecho aumentó de tamaño. Sin darme cuenta, me encontré sonriendo yo también.
Kate
Llamé al timbre con los nervios a flor de piel.
Me sentía una temeraria total. Dado que Ben había cumplido mi fantasía de hacerlo en un sitio público, yo quería hacer realidad la suya.
Por ello, me había atrevido a ir un paso más allá y me había presentado en su casa sin avisar, llevando únicamente una gabardina y unas botas.
El corazón se me aceleró al oír sus pisadas al otro lado de la puerta.
Tan pronto como abrió, una expresión de sorpresa se dibujó en su rostro. Sin darle tiempo a reaccionar, me interné en el apartamento y lo besé. Sus manos fueron a parar a mis caderas.
—Kate… —empezó contra mis labios—. Espera…
Le metí la lengua en la boca, impidiéndole hablar.
—¡Ja! ¡Me debéis diez pavos! —oí que decía una voz femenina—. Sabía que habían vuelto. Ben estaba de muy buen humor.
Me quedé congelada al comprender que no estábamos solos.
—Será cabrón —contestó una voz masculina—. Se lo pregunté y me dijo que no…
Ben se apartó para mirarme.
—Eso era lo que intentaba advertirte —susurró solo para mí.
No sabía dónde meterme. Me asoló una repentina vergüenza y enrojecí de la cabeza a los pies. Aquello no podía estar pasando.
—Yo… No tenía que haber venido sin avisar… —balbuceé, horrorizada. Ni siquiera me atreví a mirar hacia el salón para ver quién había—. Debería irme.
Salí al pasillo y él me siguió.
El corazón me palpitaba con fuerza.
—O podrías quedarte.
—Ben, no puedo…
—Mis amigos ya te han visto. ¿No quieres conocerlos?
—No es eso…
—¿Entonces?
Bajé la vista a mi ropa y volví a mirarlo con cara de situación.
—Hostia. Puta. —Sus ojos se agrandaron cuando llegó a la conclusión más obvia.
Agarró el cinturón de la gabardina, tiró en su dirección y me choqué con su pecho.
—¿No llevas nada debajo? —preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza.
Una sonrisa lobuna asomó en su rostro.
—¡Chicos, se acabó la noche! —exclamó—. ¡A vuestra puta casa! ¡Ya!
Ellos protestaron algo que no alcancé a entender.
—¡No digas eso! —amonesté en un murmullo—. ¡Pensarán que no quiero conocerlos!
—¿Y qué quieres hacer? ¿Prefieres ponerte algo de mi ropa?
—No lo sé… Puedes presentármelos rápido y me voy.
—De eso nada. O se largan ellos, o coges lo que te dé la gana de mi armario y nos quedamos todos. Elige lo que quieras, pero tú no te vas sin lo que has venido a buscar.
Lo observé unos segundos. Claudiqué cuando me acarició la mejilla.
—Me quedo. —Por suerte, tenía en el bolso la ropa que me había llevado para cuando regresase a casa.
—Genial, vamos.
Ben me cogió la mano, como si quisiera asegurarse de que no me escapaba, y me condujo hasta el salón. Alrededor de la mesa de póker estaban sentados sus amigos. Todos los ojos estaban puestos en mí.
—Chicos, esta es Kate —me presentó Ben—. Kate, estos son Alexandra, que ya la conoces, Logan, que le viste en la fiesta de adquisición, y Chris.
—Encantada de volver a verte. —Alexandra se levantó y me sorprendió con un abrazo.
Se lo devolví y recé internamente porque la gabardina no se abriese. Aquel encabezaba la lista de momentos más embarazosos de mi vida.
—Un placer conocerte. —Chris me tendió la mano cuando Alexandra me liberó.
—Igualmente —contesté al estrechársela.
Logan fue el último en saludarme con otro apretón de manos. Cuando me soltó, Ben intervino:
—Puedes dejar el abrigo en mi habitación. Vamos, te acompaño.
Colocó la mano en mi baja espalda y me condujo hasta allí. Una vez dentro, cerró la puerta y se abalanzó sobre mis labios.
—No puedo volver a verlos nunca más —le dije—. ¡Qué vergüenza!
—Bah, cosas peores se han visto en este grupo.
—¿Crees que se han dado cuenta?
—No. Y, aunque lo hayan hecho, no te dirán nada. En todo caso, me vacilarán cuando me pillen por banda… Y a mí me la pela lo que digan porque es el mejor día de mi vida. —Terminó pegado a mis labios.
Deshizo el nudo de la gabardina y me la quitó, dejándome en un conjunto negro de ropa interior bastante revelador.
—Qué mentirosa eres. Llevas ropa. Pero no me importa, eres lo más sexy que he visto nunca.
Se inclinó para besarme.
—Venga, tenemos que salir… —dije apartándome un par de besos más tarde—. O pensarán cosas que no son.
Ignoré sus protestas y me despojé de las botas. Luego, saqué el vestido de punto granate del bolso y me lo metí por la cabeza.
—No le contarán a nadie que estamos juntos, ¿no?
—No. Les confiaría mi vida. Puedes estar tranquila.
Cuando regresamos al salón cesaron los cuchicheos. Esperaba que no notasen lo nerviosa que estaba por conocerlos. Sabía que eran importantes para Ben y quería caerles bien.
Me fijé en que estaban en mitad de una partida de póker.
—No quería interrumpir, por favor, seguid jugando —les dije.
—Qué va, ya hemos terminado. —Ben me acercó una silla—. Además, están a punto de llegar las pizzas.
Recogió las cartas de la mesa y las apiló.
—¿Qué quieres beber? —me preguntó—. ¿Vino?
—Vale. Gracias.
—¿Me ayuda alguien a poner la mesa y a traer más bebidas?