Los finales perfectos no existen 41. Kate
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41. Kate

Kate

La primera vez que Ben y yo coincidimos en público fue unos días más tarde en las oficinas de la NBS. Yo tenía una reunión con el señor Miller. Estaba en el vestíbulo cuando oí una voz grave decir:

—Buenos días, señorita Morgan.

Miré por encima del hombro justo cuando Ben pasaba por el torno de seguridad contiguo al mío. Estaba despeinado, probablemente por haber venido en bicicleta, y lucía su sonrisa eterna.

—Buenos días, señor Sharp —contesté, guardando las apariencias.

Nuestras manos se rozaron por accidente mientras nos dirigíamos a los ascensores. La corriente de energía, ya familiar, regresó a mi cuerpo. Me detuve detrás de un par de mujeres. Ben se situó a mi lado.

Las puertas del ascensor se abrieron y entramos en tropel. La marabunta nos empujó hasta el fondo. Ben consiguió ingeniárselas para terminar pegado a la pared, detrás de mí. Se montaron varias personas más. Mi espalda se encontró contra su pecho.

—Perdón —musité por encima del hombro.

—No se preocupe —respondió él.

En cuanto iniciamos el ascenso, Ben posó una mano en mi culo.

El corazón se me subió a la garganta. Le di un codazo discreto.

Él respondió apretándome el trasero. Eché un vistazo rápido alrededor.

Las personas que nos rodeaban estaban enfrascadas en conversaciones con sus compañeros o tenían la vista clavada en los móviles.

Cualquiera que se fijase en nosotros podría darse cuenta de lo que ocurría. Ben no apartó la mano de mi cuerpo y yo no me alejé ni un ápice. La situación me parecía excitante.

Cuando el ascensor se detuvo en la planta once, me escurrí entre la gente con una disculpa. Ben y yo fuimos los únicos que bajamos. Enfilé hacia la derecha por el pasillo. Él no tardó en caminar a mi lado.

—Podría haberte visto alguien —le dije en un susurro.

—Bah, nadie nos prestaba atención. —Le restó importancia con un gesto de la mano—. Además, te ha gustado.

Contuve la sonrisa.

Sin previo aviso, Ben tiró de mi brazo hacia el pasillo que llevaba a los servicios.

—¿Qué haces? —Separé los ojos alarmada.

—Shhh… —Llevó una mano a mi nuca y apretó los labios contra los míos.

En cuanto introdujo la lengua en mi boca, olvidé que debía apartarme.

—Esto no es guardar las apariencias en público… —reproché cuando se retiró.

—Aquí solo estamos nosotros. ¿Hasta qué hora es tu reunión?

—Hasta las diez y media. ¿Se me ha corrido el pintalabios?

Él negó con la cabeza.

—Estás perfecta.

Esas dos palabras me arrancaron una sonrisa. Tras asegurarme de que ahí no había nadie más, le di un último beso fugaz.

Salí al pasillo principal con el pulso acelerado. Las mariposas de mi estómago agitaban las alas eufóricas. Me sentía igual que cuando me escapaba de adolescente para besarlo a escondidas por la noche.

Apenas me había alejado cuando mi móvil personal sonó. Era un mensaje de Ben.

Nos vemos luego?

Le contesté sin detenerme.

Tengo una reunión a última hora

Te aviso si salgo pronto

Perfecto

Por cierto, esos pantalones te hacen

un culo tremendo

—Tengo que irme… —murmuré contra los labios de Ben más tarde.

Acabábamos de hacerlo en su sofá y seguía sentada sobre él. Había salido temprano del trabajo porque me habían cancelado una reunión. Por suerte, él también había conseguido escaparse antes.

—Pero quieres quedarte. —Me acarició la mejilla despacio—. Reconócelo.

—Sí, pero…

—Nada de peros. Llama y cancélalo.

—No puedo cancelar la cita en el atelier. Tienen que tomarme las medidas para el vestido de novia.

—Eso puedo hacerlo yo. —Cerró las manos alrededor de mis pechos y dijo—: Copa B de sujetador. Anotado. —Se dio un golpecito en la sien.

—Eres bobo…

Reprimí la sonrisa y él volvió a besarme.

—No puedo llegar tarde… —dije entre besos—. Es casi imposible conseguir cita con Lillian Westwood.

Si seguía mirándome como si fuese lo más bonito del mundo, sus ojos esmeralda me absorberían y no saldría nunca de su apartamento.

Me bajé de su regazo. El frío me asoló al abandonar el calor de su cuerpo.

Ben no apartó la vista de mí mientras me vestía. Cuando estaba lista para marcharme, se levantó y se subió la ropa interior. A continuación, me acompañó hasta la puerta. Tan pronto como puse la mano en el pomo, él me dio un beso arrollador.

—¿Quieres venir mañana al programa? Es el último hasta después de las vacaciones de Acción de Gracias.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—Tengo un compromiso con la madre de Preston.

Abrió la boca y yo me adelanté.

—No puedo cancelarlo. Es la alcaldesa de Nueva York.

—Deberías hacer lo que «quieres» hacer, no lo que «tienes que hacer».

—No es tan fácil. Además, mi padre ya sospecha… Ir al plató es demasiado arriesgado.

Ben respiró hondo y dijo:

—Bueno… Yo dejaré una entrada en la taquilla a nombre de Rose, por si cambias de opinión.

Miré por la mirilla para asegurarme de que no había nadie en el pasillo y salí tras darle un último beso.

Una semana después me invitaron a la inauguración de una exposición en una vieja fábrica reconvertida en galería de arte.

Habían mantenido las paredes de ladrillo y los ventanales amplios.

Caminé por el espacio abierto, esquivando a la multitud que allí se congregaba.

Entre las distintas esculturas que exhibían, se encontraban las obras de artistas emergentes como Jérôme.

Estaba ensimismada mirando una escultura cuando una voz grave y masculina dijo:

—Parece una polla.

Me di la vuelta y me topé con Ben. Llevaba una americana negra y vaqueros. En la mano sostenía una copa de champán.

Parpadeé sorprendida.

Le había dicho que no podía verlo esa tarde porque me habían invitado a la apertura de la exposición.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Buscando arte para casa. —Se encogió de hombros, haciéndose el tonto.

Entrecerré los ojos. Había estado en su apartamento varias veces, no tenía ni una sola pieza.

—Llevas diez minutos aquí plantada. ¿Debería llevarme esta?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mientras tú mirabas la escultura fálica, yo te miraba a ti.

La romántica que habitaba en mi interior encontró aquello la mar de tierno.

—No tiene forma de… —empecé en un cuchicheo—. No es un pene. Es una columna.

—Nah… Se ve claramente que es una polla. La estructura es el tronco y las bolas son los cojo…

—¿Cómo me has encontrado? —le interrumpí antes de que siguiera diciendo palabrotas.

—Una búsqueda rápida en internet. No había muchas inauguraciones de arte un miércoles en Brooklyn.

—Solo se podía acceder con invitación.

—He movido algunos hilos.

Arqueé una ceja.

—El chico que controla la entrada es fan del programa y ha hecho la vista gorda —claudicó—. Ya no se puede ser misterioso.

—¿De verdad has venido buscando arte para casa? —Señalé la escultura con la mano.

—No. He venido porque quería verte —susurró.

Me costó no lanzarme a sus brazos y besarlo.

Sonreí y caminé hasta la siguiente pieza. Eran dos manos entrelazadas. Una más grande y varonil que la otra. Ben se situó a mi lado y la observó con interés.

—A un par de minutos tenemos uno de los mejores cines de Nueva York —continuó sin mirarme—. ¿Vamos?

—Jérôme me ha invitado a cenar con la dueña de la galería y el resto de los artistas.

—¿Te doy una solución? —preguntó y yo asentí—. No vayas a la cena. Ven al cine conmigo.

Me mordí el labio, dubitativa. Prefería pasar tiempo con Ben antes que ir a un compromiso social.

—Venga, llevamos días sin vernos —insistió—. Estás deseando largarte…

Seguí con la vista fija en la escultura mientras lo sopesaba.

—Podría decir que no me encuentro bien…

—O podrías decir la verdad: que has cambiado de opinión y no quieres ir…

—No puedo decirlo así… Es de mala educación.

—La vida es sencilla, Kate. Si no te apetece ir a un sitio a ponerle buena cara a gente que te da igual, no vas y punto.

—Envíame la dirección del cine —susurré, sin apartar los ojos de las manos unidas—. Sal tú primero. Te seguiré en unos minutos.

Sin esperar su respuesta me acerqué a Jérôme, que conversaba con un par de personas.

Esperé a que terminase para decirle que me había surgido un asunto personal y que tenía que irme.

Acto seguido, recogí el abrigo del ropero y salí al atardecer frío y dorado de noviembre.

Divisé a Ben esperándome en la esquina. Caminé a su encuentro apresurada.

—He dicho que tenía un asunto personal —informé, sintiéndome culpable, al llegar a su altura.

—Y nadie se ha muerto, ¿verdad?

Me entró la risa. La culpabilidad mutó en algo más. Sentí una euforia ligera por haberme atrevido a rechazar un compromiso.

—¿Ves qué bien sienta decir que no? —me preguntó con una sonrisa.

Asentí y, al doblar la esquina, le cogí la mano.

De pronto, la vida era una comedia romántica.

En la secuencia de montaje de los días siguientes hubo muchas risas, besos tiernos y sexo ardiente mientras de fondo sonaba el típico éxito pop pegadizo.

Mis escenas favoritas incluían un poco de todo, como cuando una tarde Ben entró desnudo en su habitación con un paquete de galletas Oreo.

Yo me había quedado en la cama. Recogí las piernas y Ben se sentó en el borde del colchón.

Me incorporé hasta sentarme yo también. El nórdico me resbaló hasta las caderas.

—He estado pensando… —empecé, a la par que atrapaba una galleta—. Debemos ser cautos en la fiesta de Navidad de Morgan Media.

—Habla por ti. Yo soy un santo.

—Lo digo en serio, Ben. La primera vez que coincidimos en una fiesta nos besamos, y la última acabaste desnudo en la azotea.

—¿Y quién tuvo la culpa de ambas cosas?

—Los dos. Quizá empecé yo, pero tú colaboraste…

—No me quedó más remedio. De todos modos, faltan semanas para esa fiesta, no te rayes antes de tiempo.

Mordí la galleta. Él cogió otra y dejó el paquete en la mesilla de noche.

—¿La noche de la discoteca te excitaste? —me preguntó sin venir a cuento, después de tragar.

—Sí. ¿Y tú?

—Yo estaba tan cachondo que me masturbé al llegar a casa.

—¿Pensando en mí?

—Pensando que te follaba contra la pared de aquel pasillo oscuro —soltó con toda la naturalidad del mundo.

Me mordí el labio.

El calor se propagó por mi pecho.

—¿Eso te gustaría? —susurró con la voz grave que tanto me atraía.

Asentí.

—He fantaseado varias veces con que lo hacemos en un sitio público…

—Vaya, vaya con la buena chica…

—¿Tú tienes alguna fantasía conmigo?

—¿Una? —Me miró como si hubiese perdido la cabeza—. Tengo cientos.

—Dime una.

—Me pondría cachondísimo si aparecieras con una gabardina y nada debajo.

Se me escapó la risa.

—¡Qué básico!

—No se juzgan las fantasías ajenas. —De un tirón apartó el nórdico y se arrodilló sobre el colchón delante de mí.

Bajé la vista por su abdomen y me topé con que estaba excitado otra vez. Estiré el brazo y se la cogí. Moví la mano despacio. Al cabo de un momento, se la solté.

Él acababa de jugar conmigo. Ahora quería ser yo la que le hiciera suplicar.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, me humedecí los labios.

—¿Ves algo que te guste?

Asentí.

—Entonces ven aquí y chúpamela. —Sonó tan desesperado que me costó resistirme.

—¿Cómo se piden las cosas?

Ben hizo amago de inclinarse en mi dirección, pero le paré, poniéndole un pie en el hombro y negando con la cabeza.

—Si quieres algo, tienes que pedirlo con educación.

Él se levantó y comenzó a tocarse, sin apartar los ojos hambrientos de mí. Me recosté sobre el cabecero de madera, dispuesta a disfrutar de la vista.

—Por favor, ¿puedes venir aquí y poner tu lengua preciosa en mi maravilloso pene? —preguntó—. Gracias.

Volví a reírme.

Gateé por el colchón y me acerqué a él. Cuando retiró la mano de su erección, le tomé el relevo con la mía. Después de torturarlo un poco, me incliné hacia delante y se la recorrí con la lengua. En cuanto me la metí en la boca, él jadeó:

—Joder…, así… Y por esto daré gracias esta noche, en la cena de Acción de Gracias.

Me aparté para reírme mucho más alto que antes.

—Eres todo un romántico.

—Contigo, siempre.

Ben y yo pasamos la mayor parte del tiempo en su cama, pero también pedimos comida a domicilio y la degustamos en el sofá mientras veíamos una película o le contaba cómo avanzaba con mi guion.

Una de esas noches, el repartidor llamó al timbre mientras Ben estaba al teléfono.

Se apartó el móvil de la oreja y me dijo:

—¿Puedes darle tú la propina, por favor? Mi cartera está en el mueble de la entrada.

—Claro.

Abrí la puerta y un hombre me saludó desde el pasillo.

—Aquí tiene el pedido —me entregó una bolsa de papel oscura.

—Gracias. —La dejé en el mueble.

Abrí la cartera de Ben y rebusqué el efectivo entre los compartimentos interiores. En uno de los bolsillos transparentes tenía guardado un papel verde que llamó mi atención.

El corazón se me detuvo un instante.

Era una entrada de cine.

Aunque la tinta negra estaba algo desgastada, podía leerse el título de la película: ¡Olvídate de mí!

El carraspeo del repartidor me sacó del trance. Encontré un billete doblado entre las tarjetas desordenadas.

—Muchas gracias. —El hombre aceptó la propina—. ¡Que aproveche la cena!

—Gracias. Buenas noches.

Cuando me dio la espalda, cerré la puerta.

Me quedé ahí plantada, con los ojos fijos en la entrada, mientras me asolaban los recuerdos. ¿Ben había conservado la entrada de la primera película que vimos juntos? Quizá esa entrada en su cartera simbolizaba que, después de todo, nunca llegó a olvidarme. Y lo cierto era que yo a él tampoco.

—¿Todo bien? —me preguntó desde el salón.

Levanté la vista y descubrí que ya había colgado.

—¿Has guardado la entrada de la primera peli que vimos juntos?

—Claro. Es un recuerdo —contestó como si fuese obvio.

La forma despreocupada en que me sonrió hizo que mi corazón se retorciese de emoción. En lugar de contestar, recorté la distancia que nos separaba y lo besé, siendo consciente de que el muro que protegía mi pecho cada vez tenía más y más grietas, y de que era cuestión de tiempo que se derrumbase.