Los finales perfectos no existen 40. Kate
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40. Kate

Kate

El lunes llegué puntual a la cena con mi padre.

El maître de Saga me guio hasta el reservado.

Al entrar, me dirigí hacia la cabecera de la mesa.

Forcé una sonrisa cuando mi padre y yo cruzamos miradas.

Después de todo lo que me había contado Ben, estaba resentida con él, pero tenía que aparentar normalidad.

Sabía que un enfrentamiento no me serviría de nada.

—Buenas noches, papá. —Me incliné para darle un beso en la mejilla.

—Buenas noches, hija.

Un camarero retiró la silla para que tomase asiento.

—Gracias —le sonreí por encima del hombro.

—De nada, señorita Morgan. ¿Puedo ofrecerle algo de beber?

—Agua con gas, por favor.

Después de llenarme la copa, nos tomó nota de la comanda y cerró la puerta al salir. Mientras comíamos, mi padre se interesó por la boda. Al llegar a los postres, la conversación tomó un rumbo diferente.

—¿Qué tal con Benjamin Sharp? —me preguntó sin rodeos.

Estuve a punto de atragantarme con la tarta de calabaza.

—¿Cómo? —susurré, pese a que le había oído perfectamente.

—Te he preguntado qué tal con Benjamin.

—No sé nada de él —me apresuré a contestar—. Llevo años sin hablar con él.

Me recogí detrás de la oreja el mechón de pelo que me caía sobre el rostro.

—Entonces ¿por qué se ha presentado esta mañana en mi despacho con un cheque de ochenta mil dólares?

Me quedé lívida.

¿Que Ben había hecho qué? ¿De verdad le había devuelto a mi padre el dinero de la universidad?

Guardé silencio mientras él me examinaba. Sentía un nudo en el estómago. El cuello alto del vestido comenzaba a agobiarme. Dadas las circunstancias, no tenía sentido mentir.

—Sé que hablaste con él para que me dejase —dije lo más calmada posible.

No buscaba discutir, menos en un sitio público. Solo quería respuestas.

—¿Confías en su palabra por encima de la de tu padre? —Sonó ofendido.

—Sé que intentaste pagarle en mi cumpleaños para que me dejara y que él rechazó el dinero. También sé que, al final, le convenciste de que no era bueno para mí y que le ofreciste la beca para estudiar en Columbia. En cambio, a mí me contaste que me había dejado por dinero.

—Hice lo mejor para ti.

La incredulidad trepó por mi pecho y se adueñó de mi voz:

—Me engañaste y consentiste que estuviese meses llorando…

—Mi intención nunca fue hacerte daño.

—Decidiste por mí y…

—Acababa de perder a tu madre —me cortó—. No podía dejar que te quedaras en Montauk y perderte a ti también.

—No ibas a perderme.

—Te fugaste sin explicación. No sabía qué te había pasado. Siempre tuviste claro cuál era tu futuro y, de pronto, querías echarlo todo a perder por un chico que ni siquiera era de buena familia. Tu madre jamás habría deseado eso para ti. Y yo tampoco —terminó con dureza.

Abrí la boca para contestar, pero él continuó:

—No toleraré que el pasado se interponga en el futuro que tienes por delante. Cumplirás con las obligaciones de la familia. Si quieres convertirte en presidenta de la plataforma de streaming , actuarás en consecuencia.

En ese momento, le sonó el móvil. Se lo sacó del bolsillo de la americana y atendió la llamada. Por el contexto, entendí que era uno de sus socios y que iba para largo.

Dejé la cucharilla en el plato. De repente se me había cerrado el estómago.

Intenté mantener la barbilla alta, los hombros rectos y las emociones a raya, tal y como me habían enseñado, pero no pude.

La indignación que sentía era demasiado grande.

Mi padre había reconocido los hechos con impunidad y ni siquiera se había disculpado por meterse en mi vida. Pasados unos segundos, me levanté.

—Buenas noches, papá —dije, bajo su atónita mirada.

A continuación, salí de allí sin mirar atrás.

El alivio que sentí al marcharme fue inmenso.

—Buenas noches, señorita Morgan. —Me saludó el conductor cuando me monté en el coche.

—Buenas noches, Robert. ¿Puedes llevarme a casa, por favor?

—Por supuesto.

En cuanto comenzamos a alejarnos del restaurante, dejé caer los hombros y me masajeé las sienes. Se me había levantado dolor de cabeza por la tensión.

A lo largo de mi vida, había perdido la compostura con mi padre una sola vez. Fue cuando me prohibió seguir viendo a Ben. Llevaba demasiado tiempo dedicada a ser la hija perfecta. Por mucho que mi padre se preocupase por mí, eso no cambiaba el hecho de que me había privado de la libertad de elegir.

Estaba cansada de hacer lo que se esperaba de mí y de que otros decidiesen lo que me convenía.

Estaba harta de no saber quién era. Vivía bajo una presión constante, con una vara de medir que no paraba de subir y subir porque nunca nada de lo que hacía era suficiente.

Ya tenía treinta y un años, ¿por qué tenía que seguir los dictados de mi padre?

Durante el día que había pasado con Ben en Montauk había acariciado la libertad con las yemas de los dedos.

Había sentido lo mismo que en el pasado.

Había hecho lo que había querido. Había cenado comida basura, había bailado en mitad de una sala de cine, había hablado de películas, había besado a Ben bajo la lluvia sin que me importase estar mojándome o quién estuviese mirando, me había dejado llevar, había disfrutado acostándome con él y había dormido hasta tarde.

Me había sentido de maravilla haciendo todas esas cosas.

Hacía siglos que no me lo pasaba tan bien en una cita. Las últimas que había tenido habían sido calcos las unas de las otras: cena en un restaurante exclusivo con un hombre que no compartía mis pasiones. Con ninguno había cuajado la cosa ni había sentido mariposas.

Besando a Ben me había sentido llena de vida por primera vez en años. Al pasar tiempo con él, se había despertado algo en mi interior. Algo que me emocionaba y aterraba a partes iguales.

Las palabras de Lola hicieron eco en mi mente.

«No quiero meterme donde no me llaman, pero habéis tenido mucha suerte al volveros a encontrar. Yo daría un brazo por tener cinco minutos más con Mike».

Guiada por un impulso, me incliné sobre el asiento y dije:

—Robert, me ha surgido un imprevisto. ¿Te importaría llevarme a la Veintisiete con Park Avenue, por favor?

—Por supuesto, señorita Morgan.

Ben

Salí del ascensor en mi planta arrastrando los pies. Después de desahogarme con Alexandra, me sentía peor. El pecho se me contrajo y frené en seco. Kate estaba plantada delante de mi puerta, con un vestido azul de punto y la gabardina doblada sobre el brazo.

—¿Kate?

—Hola —contestó con un hilo de voz.

Reanudé la marcha. De pronto, el corazón me latía con fuerza.

—¿Qué haces aquí? ¿Va todo bien?

Asintió con vehemencia.

Me paré delante de ella.

—Sí… Yo solo quería hablar contigo. ¿Tienes un momento?

—Claro.

Abrí la puerta de casa y le cedí el paso. Nada más entrar, solté la bolsa del gimnasio en el suelo y encendí las luces. Kate caminó hasta la cocina.

—¿Quieres beber algo? —pregunté.

Ella negó con la cabeza.

—Estoy bien. Gracias.

Señalé el sofá con la mano. Tomamos asiento el uno al lado del otro. Tragué saliva y la observé expectante.

—Tú dirás…

—No dejo de pensar en ti y en nuestra cita —se sinceró.

El subidón fue instantáneo.

—Yo tampoco.

—Sé que quieres que te dé otra oportunidad, pero no puedo olvidar el pasado de la noche a la mañana, ni dejar tirado a Preston ahora. Y tampoco quiero renunciar al trabajo que me ha ofrecido mi padre…

—¿Qué intentas decirme?

Sus preciosos ojos azules escanearon mi cara.

—Que me gustaría seguir quedando contigo, pero lo único que puedo ofrecerte es vernos en secreto…

Respiré hondo.

—Entiendo que no sea lo que buscas, y, si no quieres, no pasa nada, pero ahora mismo no puedo ofrecerte otra cosa.

Lo sopesé un momento.

No era el escenario ideal ni mucho menos, pero entendía sus motivos.

Quizá aquello podía ser una solución temporal y más adelante, cuando ella consiguiese lo que quería, podríamos estar juntos de verdad.

No lo tenía claro. Por ahora, si era la única manera de estar con ella, lo aceptaría.

Había vivido demasiado tiempo sin Kate. Me encantaba estar con ella.

Era así de simple. Además, la mayor parte de nuestro noviazgo había sido a escondidas de su mundo y habíamos encontrado la manera de que fuera divertido.

—Vale.

—¿Sí?

—Sí. Estar a escondidas tiene su morbo —bromeé.

—Hablo en serio, Ben. Tendremos que establecer una serie de normas. No puedo poner en riesgo el compromiso con Preston y sé que mi padre intuye algo. Me ha contado que le has visitado esta mañana.

—Sí. He ido a devolverle el dinero de la universidad.

—Lo sé.

Atraído como un imán, me acerqué un poco más a ella.

—¿Qué normas tienes en mente?

—Tenemos que ser discretos. No podemos aparecer juntos en público y nadie puede enterarse de esto.

Arrugué el ceño.

—¿Qué hay de nuestros amigos?

—Cuanta menos gente lo sepa, mejor. No quiero que vuelvas a hablar con mi padre sin decírmelo.

—Tranquila, no tengo ningún interés.

—Y una cosa más… —Sus ojos se apagaron—. Si vuelves a hacerme el más mínimo daño, se acabó.

Le sujeté el mentón con suavidad.

—No lo haré —aseguré—. Sé lo que es perderte. No quiero volver a pasar por ello.

Ella asintió, aunque no parecía del todo convencida.

—Necesito que confíes en mí, Kate. Jamás volveré a hacerte daño.

—De acuerdo.

—¿Nos enrollamos ya?

Kate sonrió y se inclinó en mi dirección. Llevé la mano a su nuca y cerré la distancia que nos separaba, deseando recuperar el tiempo perdido.