Los finales perfectos no existen 39. Ben
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39. Ben

Ben

El resto del fin de semana fue una mierda. Desde que había dejado a Kate en su casa el sábado estuve de bajón. El único momento que me la había sacado de la cabeza fue mientras grababa el programa.

Después de la noche increíble que habíamos pasado juntos en Montauk, estaba convencido de que me daría una segunda oportunidad.

Me había llevado un palazo cuando no había sido así.

Creía que, mientras ambos sintiéramos algo, la relación podía salvarse.

Estando juntos, me había sentido feliz por primera vez en mucho tiempo.

El mundo exterior había quedado relegado a un segundo plano y solo habíamos importado nosotros.

Para mí, había sido la confirmación de que lo que teníamos seguía ahí.

Sabía que ella también sentía algo por mí.

Había visto el cariño en su manera tierna de mirarme y acariciarme. Por desgracia, no era suficiente.

Aunque me dolía el rechazo, pensándolo fríamente, entendía su situación.

El domingo cancelé el plan de póker con mis amigos y me quedé tirado en el sofá viendo reposiciones de Friends .

Estaba rayado y no era capaz de salir del bucle.

No podía evitar preguntarme cómo de diferente sería mi vida si el padre de Kate no se hubiese metido en la relación.

¿Kate y yo llevaríamos trece años juntos? ¿Seríamos felices?

Esos pensamientos hicieron que la tristeza fuese mutando en cabreo.

El resentimiento que sentía contra Arthur Morgan aumentó de manera considerable.

En su día, me hizo creer que no era lo bastante bueno para su hija y logró convencerme de que debía dejarla.

Consiguió separarnos a base de mentiras y me pintó como el malo de la película que solo la quería por la pasta.

No podía culparlo de que Kate y yo hubiésemos roto, porque yo cargaba gran parte de esa responsabilidad a las espaldas.

Si hubiese sabido que la beca no existía y que era él quien estaba financiándome la universidad, jamás habría aceptado la oferta.

No quería deberle nada a ese cabronazo. Por eso, cuando llegó la madrugada del lunes ya había tomado la decisión de plantarle cara. A las nueve de la mañana me presenté en las oficinas de Morgan Media. Era un día nublado. Fuera estaba diluviando.

—Buenos días —saludé a la mujer que estaba al otro lado del mostrador de la recepción—. ¿Puede indicarme dónde está el despacho de Arthur Morgan, por favor?

La recepcionista me obsequió con una sonrisa amable.

—Al fondo del pasillo, a la derecha.

—Gracias.

—¿Tiene concertada una reunión con el señor Morgan?

—No me hace falta. Solo vengo a saludar.

Giré sobre los talones y crucé el pasillo como una pantera.

—Oiga, espere un momento —oí que decía la recepcionista.

No me detuve. Al llegar a la antesala de su despacho, su secretaria trató de detenerme.

—El señor Morgan no puede atenderle ahora mismo —me dijo cuando pasé por delante de su mesa.

—No se preocupe, será un segundo.

Llamé con los nudillos a la puerta y abrí sin esperar a ser invitado. Arthur se encontraba sentado detrás del escritorio, con los ojos clavados en el periódico.

—Buenos días —escupí las palabras con un tono borde mientras cerraba la puerta con más fuerza de la necesaria.

Sin perder la calma, él bajó la prensa y me escaneó de arriba abajo. Tenía el pelo entrecano y el rostro envejecido. La corbata, como siempre, pegada al cuello. No había ni una arruga en su traje gris.

—Veo que tus modales no han cambiado. —Su tono de voz era tan frío como recordaba.

Respiré hondo, intentando controlar el enfado. Apreté la mandíbula y avancé un par de pasos. Sin dejarme intimidar por su mirada glacial, dejé el cheque con un golpe en la mesa.

—Aquí tienes tu sucio dinero. —Lo empujé en su dirección—. No quiero deberte nada.

Me observó con expresión calculadora.

Giré sobre los talones para largarme. No había dado ni dos pasos cuando su voz me detuvo.

—Te sugiero que te mantengas alejado de mi hija.

La rabia me subió como una llamarada desde la boca del estómago. Retrocedí lo andado y volví a encararlo. ¿Quién cojones se creía que era para decirme lo que tenía que hacer?

—¿O qué? —le pregunté, desafiante.

—Te recuerdo que ahora trabajas para mí.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Despedirme? —Sonreí incrédulo—. He subido la audiencia un cincuenta por ciento. La junta directiva no te dejará.

La hostilidad era visible en sus ojos azules.

Al ver que no contestaba, le dediqué una mueca triunfal.

—Ya no tienes poder sobre mí. No van a acojonarme tus amenazas.

—¿Crees que porque ahora lleves un reloj caro eres uno de los nuestros?

Ese comentario me escoció tanto como el que me hizo en la adolescencia cuando me dijo que no podía permitirme un reloj decente.

—Nunca estarás a la altura —sentenció con desdén—. Hazte un favor y no malgastes tu tiempo.

Lo observé con el mismo asco que él a mí. Ese hombre no había cambiado nada. Asestó el golpe final añadiendo:

—Recuerda que estás donde estás gracias a mí.

—Puede que me pagases los estudios, pero estoy donde estoy porque he trabajado día y noche para conseguirlo. Nadie me ha regalado nada.

—Llévate el cheque. Considéralo una obra de caridad…

Cerré los puños y contuve las ganas de golpearlo.

—¡Que te jodan! —Fue lo último que dije antes de largarme dando un portazo.

A última hora de la tarde, estaba en el gimnasio, pegándole al saco de boxeo, motivado por «Thunderstruck» de AC/DC, que sonaba a través de mis cascos. El sudor me chorreaba por la espalda. Era el único en la sala de boxeo.

Estampé contra el saco el puño derecho y luego el izquierdo.

Retrocedí y volví a empezar. Pegarle me dejaba tan reventado como para caer en la cama rendido. Mantenerme ocupado me ayudaba a canalizar la ira que sentía contra el padre de Kate.

Lancé un derechazo y alguien me dio un toque en el hombro.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz familiar a mi espalda.

En lugar de parar para saludar a Alexandra, le pegué al saco una vez más. La sombra de mi amiga apareció en mi campo de visión periférica. Se colocó al otro lado del saco. No dijo nada mientras yo lanzaba un par de puñetazos más. Pasado un momento, se cruzó de brazos y apretó los labios.

Me quité los guantes y los cascos.

—¿Qué… haces aquí? —pregunté casi sin resuello, al ver que vestía ropa de calle.

—Necesito hablar contigo. Te he llamado tres veces y no me has contestado. He supuesto que estarías aquí…

—Dispara.

—Me ha escrito Julia Spencer para confirmarme que ya ha tramitado tu divorcio. ¿Firmas los papeles y me entero por la abogada de Kate en vez de por ti?

Sus palabras retumbaron por todo el gimnasio. Al procesarlas, me quedé aturdido.

—Entonces ya está… Estoy divorciado.

Divorciado. Sonaba horrible.

Alexandra me miró compasiva.

—Tienen que aprobar los papeles —me explicó, suavizando el tono—. Puede tardar varios meses, pero, conociendo a Julia, moverá cielo y tierra para agilizar el proceso.

—Genial…

—¿Por qué no vamos a tomar algo y me cuentas qué tal ha ido tu fin de semana? No nos has contado nada de la cita con Kate, ayer cancelaste el plan del póker, no has respondido a la invitación de Acción de Gracias, y ahora estás aquí, pegándole una paliza imaginaria a alguien.

—A Arthur Morgan —aclaré—. Este saco lleva su cara.

—¿Y eso…? ¿Ha pasado algo?

—Le he devuelto esta mañana el dinero de la universidad. Ha insinuado que podría despedirme si no me alejo de Kate…

—¿Kate lo sabe?

—Yo no se lo he dicho.

—Venga, dúchate y ahora me cuentas todo.