Los finales perfectos no existen 38. Kate #2
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38. Kate #2

—Pero ¡qué sorpresa! ¿Cómo no me has avisado de que venías? —le preguntó a Ben al abrazarlo—. Habría preparado algo…

—No te preocupes.

Cuando se apartó y reparó en mí, abrió los ojos sorprendida.

—¿Kate? ¡Dios mío, cuánto tiempo! —Me dio un abrazo fugaz—. Mírate, estás guapísima.

—Tú también.

Lola llevaba el pelo rizado recogido en un moño abundante, un par de mechones oscuros enmarcaban su rostro amable. Vestía un peto encima de una camiseta de rayas rojas y verdes, y unos aros dorados.

—Hemos traído unos pasteles. —Le entregué la bolsa que los contenía.

—Muchas gracias. Pasad, por favor…

Entramos y fuimos a parar a un salón pequeño.

—¡Archie, mira quién ha venido!

Se oyeron unos pasitos correteando.

—¡Tío Ben! —gritó el niño emocionado al llegar al salón.

Salió disparado hacia nosotros. Era un calco de Mike, con el pelo oscuro y los ojos marrones. Había heredado el hoyuelo en la mejilla de su madre. Iba vestido con un chándal azul marino. En la cabeza lucía una corona.

Ben se agachó y abrió los brazos para recibirlo.

—¡Cuánto has crecido, campeón! —exclamó Ben.

Archie sonrió encantado.

—Ya soy mayor, como tú.

—Ya lo sé.

Ben se irguió con él en brazos. El niño desvió sus ojos marrones hacia mí.

—¿Quién es?

—Esta es Kate, una amiga. ¿Quieres que te la presente?

—Vale.

—Hola. —Le saludé con la mano y una sonrisa.

Él me devolvió el saludo y se escondió en el hombro de Ben.

Lola depositó la bandeja de pasteles en la mesa del salón y nos ofreció algo de beber. Ben dejó a Archie en el suelo, y este se marchó con su madre hasta la cocina.

—Tío, ¿podemos jugar con el coche? —le preguntó a Ben cuando regresó a la carrera.

—¿Le has pedido permiso a tu madre?

—Ha dicho que sí. —Archie tiró de la mano de Ben hasta la puerta.

Los seguí al patio trasero.

Mientras ellos se perdían en el cobertizo, tomé asiento en una de las sillas del porche. Ben reapareció cargando un minijeep teledirigido. Según lo dejó en el suelo, Archie se sentó detrás del volante.

—Mete la llave en el contacto —le pidió Ben.

Con el mando, Ben arrancó el vehículo a la par que Archie giraba la llave. El coche salió impulsado hacia delante. Archie parecía la mar de contento.

—¿Qué tal te va todo? —Lola se sentó a mi lado y me ofreció un café.

Lo acepté encantada.

—Bien. Vivo en Nueva York y, al final, trabajo en la empresa familiar. ¿Qué tal tú?

—Yo sigo trabajando en el cine por las tardes. No sé si Ben te ha contado…

—Sí, sí. Me lo enseñó anoche.

Lola sonrió.

—¿Y…?

—Me quedé sorprendida…

—Es un gesto muy romántico.

Asentí y le di un sorbo a la taza humeante.

No habíamos hablado en trece años, aquello era un poco raro.

—Archie es adorable —comenté, mirando a Ben y Archie jugar.

Ella sonrió y dijo con ternura:

—Ha salido a su padre.

—Parece que Ben y él se llevan muy bien.

—Sí. Archie lo quiere mucho. Viene a visitarlo todos los meses. Fue un gran apoyo para nosotros cuando Mike murió.

—Lo siento mucho. Debió de ser durísimo.

—Lo sigue siendo… Han pasado cinco años y aún sigo esperando que entre por la puerta y que me despierte de una pesadilla.

Tragué saliva y le froté el brazo. No había nada en el mundo que pudiera decir para reconfortarla.

—No quiero meterme donde no me llaman, pero habéis tenido mucha suerte al volver a encontraros. Yo daría un brazo por tener cinco minutos más con Mike.

Las palabras flotaron entre nosotras unos segundos.

—¡Mami! —El grito de Archie nos interrumpió—. ¡Mami, mira!

Lola giró la cabeza y dirigió la atención a su hijo.

Ben y yo nos fuimos enseguida. Teníamos un trayecto de algo más de dos horas por delante y él tenía que trabajar.

—Archie es una monada —le dije cuando nos incorporamos a la avenida principal del pueblo.

—Sí. —Ben puso el intermitente y giró a la derecha para coger la autopista.

—Estáis muy unidos, ¿no?

—Vengo a verlos siempre que puedo… Sé lo que es crecer sin un padre. No quiero que Archie olvide que el suyo era el mejor.

Durante un instante, rumié sus palabras. Ben puso música. «Mr. Brightside» de The Killers sonó a través de los altavoces.

—Lola sigue siendo un encanto —dije para sacar conversación—. No sabía que continuaba trabajando en el cine.

—Ella está entre semana y los findes lo abre un chico que se llama Gary. Yo suelo pasarme a ayudar en verano.

Ben pisó el acelerador al incorporarse a la autopista.

Conforme fuimos reduciendo las millas que nos separaban de Nueva York, el humor fue cayendo en picado hasta un punto en el que nos sumimos en un silencio tenso.

Dejamos Brooklyn atrás y cruzamos el puente que conectaba con Manhattan.

Al llegar a mi barrio, me removí incómoda en el asiento.

Estaba a punto de despedirme de él de una vez por todas.

Ben paró en doble fila, un poco más adelante de mi edificio. Empezaba a anochecer.

Soltó el volante y dejó caer los hombros. Se quedó con la vista al frente. Las luces de las farolas se proyectaban sobre su rostro de manera desigual. Parecía cansado.

—Gracias por la cita —le dije—. Me lo he pasado genial.

Tragó saliva y me miró. La tristeza era visible en sus ojos verdes.

—Yo también lo he pasado genial.

Se inclinó en mi dirección y mi corazón se agitó. En lugar de besarme, estiró el brazo y abrió la guantera. Sacó un sobre blanco y me lo tendió, junto al bolígrafo que dejé en su casa.

—Aquí tienes los papeles firmados.

—Ah…, vale, gracias.

Cuando lo cogí, tuve la sensación de que pesaba una tonelada. Traté de ignorar el nudo que se me había formado en la garganta y lo guardé en el bolso.

—No tenía tinta —dijo con un tono neutro, sin apartar los ojos del bolígrafo—. Se la he cambiado…

—Gracias.

Volvió a mirarme.

—Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme.

—Igualmente. —No sabía qué más decir.

Le dediqué una sonrisa escueta. La máscara que protegía mis emociones estaba a punto de resquebrajarse.

Me doblé hacia delante y le di un beso en la mejilla. A continuación, salí del coche.

—Cuídate mucho —le pedí antes de cerrar la puerta.

—Y tú —alcancé a oír.

Caminé apresurada hasta el edificio. Le di las buenas noches al conserje cuando me abrió la puerta y me refugié en el ascensor.

De repente, me entraron ganas de llorar. Qué tontería, ¿no? Había conseguido lo que quería.

—¡Estoy de vuelta! —anuncié, al bajarme del ascensor en el ático.

Me quité la gabardina y me la colgué en el brazo.

La luz del salón estaba encendida. Me pareció raro no recibir respuesta por parte de Preston.

—¡Felicidades! —gritaron Preston y Julia a la vez en cuanto puse un pie en la estancia.

De fondo, había comenzado a sonar «Celebration».

Mis amigos me abrazaron.

—¿Qué está pasando? —pregunté, sin comprender.

Julia me pasó una banda por la cabeza.

—¡Que por fin te has divorciado! —Sonrió encantada.

Bajé la vista. En la banda ponía solo una palabra: «Exmujer». Me colocó un velo negro en la cabeza. Preston descorchó una botella de champán.

Fui incapaz de contestar.

Con un suspiro, me senté en el sofá. Hurgué en el bolso y le pasé el sobre a Julia. Ella lo abrió en el momento y dijo:

—Puedo procesarlo el lunes a primera hora.

—Ese jersey no es tuyo —observó Preston.

No contesté.

Llevaba puesto un jersey de punto azul que me había prestado Ben. En algún momento tendría que devolvérselo.

—Cielo, ¿estás bien? —Preston se acomodó a mi lado.

Asentí sin verbalizar palabra.

No tenía ánimos para festejar ni ganas de hablar. Alargué el brazo, cogí una copa de champán y tomé un trago largo.