Los finales perfectos no existen 38. Kate
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38. Kate

Kate

—¿Cómo te dio por tatuarte la frase de La La Land ? —me preguntó Ben al cabo de unos minutos.

Las yemas de sus dedos recorrían con delicadeza la tinta grabada sobre mis costillas, poniéndome la piel de gallina. Yo seguía con la cabeza apoyada en su hombro, dibujando círculos con el dedo índice sobre su abdomen.

—Cuando estudiaba en París reconecté con el cine gracias a La La Land .

—Entiendo.

—Cuando terminé de ver la película, me pregunté cómo me sentiría si viese mi nombre escrito en la portada de un guion…

Al día siguiente, me apunté a la asociación de cine de la universidad y me matriculé en un curso de guion, conocí a un montón de artistas y viví el París que te mostraban en Moulin Rouge …

La noche antes de volver a Estados Unidos, me emborraché en Montmartre con mis amigos y acabé tatuándome.

Escogí la frase de «Here’s to the fools who dream» porque me emocioné mucho con esa escena.

—¿Dirías que está entre tus pelis favoritas?

—Sí.

—Tendré que añadirla al catálogo del cine.

Aquellas palabras me arrancaron una sonrisa. Apoyé la palma en su pecho para incorporarme y darle un beso suave en los labios.

—Podrías añadir Crepúsculo , también es de mis favoritas.

Ben arrugó la nariz y solo dijo:

—Tendrás que convencerme.

Se me escapó la risa. Volví a recostarme sobre él, retomando las caricias que dejaba por su cuerpo.

—Me gusta que hagas eso —susurró.

Pasé las uñas por el tatuaje de la rosa que tenía tatuada en el bíceps.

—¿Esto… es por mí? —Despegué la cabeza de su pecho para mirarlo a los ojos.

—¿Tú qué crees, Rose?

Tragué saliva. El corazón me dio un salto.

—La fecha es por el día que nos conocimos —agregó con una sonrisa tierna.

El muro que había construido alrededor de mi corazón, para protegerlo de él, comenzaba a agrietarse. Me obligué a disfrutar del momento y a alejar esos pensamientos.

Durante un momento, me limité a pasar los dedos por su piel mientras él me acariciaba la espalda. La iluminación era tenue y corría a cargo de la lámpara de la mesilla.

—¿Qué se siente al haber cumplido la meta de llegar a Saturday Late Night ?

—Es una pasada. Una parte de mí todavía no se lo cree. Me hace feliz presentar el programa, pero también siento una presión de la hostia por dar la talla, gustarle al público y todo eso. Es mi sueño desde que era pequeño y… ahora me da miedo estropearlo.

—No te preocupes. Te has metido a la gente en el bolsillo. Eres gracioso y, ahora mismo, sois líderes de audiencia en franja horaria cada semana, ¿no?

—Sí, pero aún queda la mitad de la temporada por delante… Espera, ¿acabas de reconocer que soy gracioso? —Detecté suficiencia en su tono de voz.

—No creo que te pille de nuevas… El otro día me reí bastante viendo el programa.

—Uf. Me estoy poniendo cachondo.

Se me escapó la risa.

Bajé la mano por su abdomen y me topé con su erección.

—No me lo puedo creer —musité divertida.

Bastó notarlo excitado para que yo también me calentara.

Dejándome llevar, levanté la cabeza para mirarlo.

Le rodeé con la mano y comencé a acariciarlo.

Él tensó la mandíbula. Me agarró la barbilla para darme un beso pasional.

Luego, me giró de las caderas hasta que mi espalda acabó contra el colchón y se colocó entre mis piernas.

—Ahora voy a follarte yo a ti —susurró contra mis labios.

Cuando me desperté, los rayos de sol entraban a raudales por la ventana.

Debía de ser cerca de mediodía. No recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido hasta tan tarde.

El brazo de Ben me rodeaba la cintura con fuerza, casi como si temiera que fuese a escabullirme mientras dormía.

Su mano enorme estaba plantada en mitad de mi estómago.

Tenía la espalda pegada a su pecho caliente.

Oí el ruido de su respiración pausada detrás de mí y sentí su aliento cálido en la coronilla.

El sonido del mar me llegaba como un eco lejano.

A plena luz del día lo que habíamos hecho se sentía más real.

Habíamos estado despiertos gran parte de la noche.

La segunda vez que nos acostamos fue más brusca y rápida que la primera.

No podíamos dejar de tocarnos. Era como si nuestros cuerpos se hubiesen adueñado de nosotros y se negasen a separarse.

En algún punto, mientras hablábamos, nos quedamos dormidos.

La cita había sido un buen cierre para nuestra historia. Todavía no podía creerme que le hubiese puesto mi nombre a un cine. Aquello era lo más romántico que había hecho nadie por mí. Atesoraría ese recuerdo dulce en la memoria para siempre.

Una parte de mí quería quedarse un rato más en aquella burbuja en la que habíamos retrocedido en el tiempo y solo existíamos nosotros. Pero tarde o temprano tocaría volver al mundo real.

Cuando me removí bajo su abrazo, Ben me besó la parte posterior de la cabeza.

Me giré para encararlo. La imagen que encontré me robó el aliento. Ben tenía el pelo revuelto, los párpados ligeramente hinchados y una sonrisa perezosa.

—Buenos días —saludé.

Él me agarró la nuca y apretó los labios contra los míos un par de veces.

—Ahora sí son buenos días.

Me acarició el brazo despacio y yo cerré los ojos, disfrutando de lo bien que me sentía.

—Anoche lo pasé muy bien —soltó pasado un momento.

Separé los párpados.

—Yo también… Fue una bonita despedida.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Kate, esto no tiene por qué ser una despedida…

Lo miré sin comprender.

—Quizá te parezca una locura, pero creo que la vida te ha vuelto a poner en mi camino por algo.

Mi corazón se tensó.

—¿Qué quieres decir? —musité.

—Que quiero darle otra oportunidad a lo nuestro.

Parpadeé un par de veces mientras asimilaba lo que Ben acababa de decir.

No sabía qué responder. Estaba asustada.

Todo estaba yendo muy deprisa, igual que cuando éramos jóvenes.

Cuanto más tiempo pasaba con él, más cómoda estaba, más olvidaba todo lo que había pasado entre nosotros y más cerca me sentía de esa Kate adolescente que hacía locuras.

Solo que ahora era una adulta con responsabilidades.

—Ben, esto no puede volver a pasar —dije, lo más calmada posible—. Voy a casarme…

Detuvo las caricias sobre mi brazo y se quedó muy serio.

Me aguantó la mirada unos segundos antes de preguntar:

—¿Es que lo que hemos hecho no significa nada para ti? —Sonó herido.

—No lo entiendo. Estás acostumbrado a tener rollos sin compromiso…

—Contigo no —me cortó.

—Teníamos un trato…

Él echó el cuello hacia atrás, como si le hubiese dado una bofetada, y se incorporó hasta sentarse en el borde del colchón.

Me dio la espalda unos segundos que se me hicieron eternos.

Luego se levantó, recogió el bóxer del suelo y se lo puso.

Tenía unas líneas finas y rojas allí donde debía de haberle arañado la espalda sin darme cuenta.

De pronto, me sentía demasiado desnuda. Me senté en la cama y me cubrí con la manta. La temperatura de la habitación había caído en picado.

—Entonces… ¿quieres que firme el divorcio? —me preguntó cuando me levanté y me coloqué delante de él.

—Sí.

Apretó los labios y puso mala cara.

Se me encogieron las tripas al ver la decepción en su mirada. Cogí aire y traté de serenarme. No quería perder las formas ni acabar mal otra vez.

—Ben, no puedes traerme aquí, enseñarme el cine y soltarme todo esto después de lo de anoche… Quedamos en que firmarías el divorcio y tú ¿me pides otra oportunidad ahora?

Él se encogió de hombros y dijo:

—No veo cuál es el problema.

—El problema es que voy a casarme con Preston. Ya lo sabías.

—Creí que cambiarías de opinión. ¿De verdad vas a evitar las relaciones para siempre por un compromiso falso? —Detecté incredulidad en su voz.

La sangre abandonó mi rostro.

Me apresuré a negar con la cabeza. No podía creerme que aquello estuviese pasando.

—No sé si estoy preparada para tener algo contigo… y, aunque lo estuviera…. ¡Dios mío, acabamos de acostarnos! —Elevé la voz sin querer—. ¡Ni siquiera hemos salido de la cama, es muy injusto que saques el tema justo ahora!

Ben endureció la mirada.

—¿Es que tiene que haber un momento adecuado para tener esta conversación? —soltó en un tono igual de duro que el mío—. ¡Te lo he dicho ahora porque me ha salido, porque es lo que siento! ¡Punto!

—¡No es mi problema que pensases que cambiaría de opinión!

Sacudió la cabeza incrédulo.

—¿Sabes? No sé si soy un iluso o es que tú eres una cobarde.

—No tienes derecho a enfadarte, Ben. —No supe qué más decir—. Es lo que acordamos…

—¡Olvídalo! —Me dio la espalda—. Voy a ducharme —contestó por encima del hombro.

Abandonó la habitación sin mirar atrás, dejándome sola con una sensación incómoda.

Cuando Ben salió del cuarto de baño me encontró en el salón parcialmente vestida. Tanto la blusa como el jersey seguían mojados. Los había colgado en el respaldo de la silla con la esperanza de que terminasen de secarse.

Ben se apoyó en el marco de la puerta, con una toalla blanca abrazando sus caderas y el pelo mojado. Tras observarme unos segundos, arrancó a hablar.

—Siento haber reaccionado así… —dijo en un tono tranquilo—. Tienes razón, me dejaste las cosas claras antes de venir y yo te he presionado. Esperaba que hubieses cambiado de opinión, pero entiendo que no sea así.

—No pasa nada.

El silencio se alargó un momento.

—¿Quieres ducharte? —ofreció—. Puedo dejarte algo de ropa limpia y vamos después a comer algo.

—Sí. Gracias.

Crucé la estancia hasta el baño. Nada me vendría mejor que una ducha calentita para terminar de relajarme y quitarme el frío del cuerpo.

—¿Te importa si antes de irnos pasamos un momento por casa de Lola? Ya que estoy aquí, me gustaría saludarlos a ella y a Archie. Será algo rápido porque por la tarde tengo que estar en el plató.

La propuesta flotó en el aire un instante.

—Bueno…, vale.

Un rato más tarde, Ben llamó con los nudillos a la puerta de la casa de Lola. Una versión adulta de la Lola que recordaba abrió la puerta.