37. Kate #2
Me aferré con una mano al borde de la mesa y enrosqué la otra alrededor del pelo de su nuca.
El calor que no dejaba de crecer en mi estómago amenazaba con desbordarse.
Cuando estuve cerca de estallar, Ben aumentó la intensidad con la que me tocaba.
El placer se disparó por mi columna vertebral, arqueé la espalda y me dejé ir con un gemido intenso.
Ben tenía una sonrisa descarada.
—Gritas un montón cuando te corres. —Su dedo salió y entró en mi interior, provocándome un espasmo.
Cuando retiró el dedo, pude volver a pensar con claridad.
Tiré de sus hombros para que se levantase y lo atraje contra mí para besarlo. Él me sujetó la cara con las manos. Le di un pequeño empujón en el pecho para que se apartase, y me bajé de la mesa. Llevé las manos a su pantalón y comencé a quitárselo. Era mi turno de volverlo loco.
Le bajé el bóxer para sacársela. Jadeó cuando se la agarré. Moví la muñeca de arriba abajo, muy lento. Le mordisqueé el labio y volvió a gemir.
—¿Qué pasa si ahora soy yo la que juega contigo?
—Yo encantado. Soy todo tuyo.
Detuve el movimiento de la mano y sonreí contra sus labios. Me cogió la mano y comenzó a deslizarla sobre su erección, repitiendo el gesto.
—Hazme lo que quieras —dijo, sin soltarme—, pero, por lo que más quieras, no dejes de tocarme.
Me encantó oír su tono suplicante.
—Joder… —Exhaló cuando se la apreté y moví la mano con energía.
Él coló una de las suyas entre mis piernas. Sentí una sacudida cuando acarició mi zona sensible.
Eché un vistazo alrededor, en busca de un sitio cómodo.
—¿Vamos a la habitación? —propuse.
—Sí.
Ben me pasó las manos por debajo del culo y yo le rodeé las caderas con las piernas. Cruzamos la estancia, sin dejar de besarnos, hasta la puerta de su dormitorio. Temía que al entrar ahí me invadieran un montón de recuerdos, pero apenas reparé en el espacio que me rodeaba.
Con cuidado, me dejó sobre el colchón. En ese momento, fui consciente de que la cama individual de la adolescencia había sido reemplazada por una doble.
Se apartó para sacarse las zapatillas a patadas. En un visto y no visto, lo tenía desnudo delante de mí.
Me senté en el borde del colchón y volví a agarrársela. Alcé la vista para mirarlo a los ojos. Se le escapó un siseo cuando moví la mano. Ben me acarició la mejilla y me pasó el pulgar por el labio inferior.
Inspiró hondo cuando me incliné hacia él. Le rocé con la punta de la lengua y jadeó. Recorrí su erección de la base a la punta, tan despacio como él me lo había hecho a mí. Cuando le acogí en mi boca, soltó un gemido grave que puso mi sangre a hervir.
—Uf… Dios… Kate.
Durante un rato, me concentré en darle placer.
—Kate, me estás matando… Necesito… un momento.
Me retiré de su cuerpo, tomé su mano y lo insté a tumbarse conmigo.
Ben se subió al colchón y se quedó de rodillas. Me arrodillé yo también.
Levantó el brazo izquierdo para acariciarme el rostro y, entonces, me fijé en un tatuaje en el que no había reparado antes. En la cara interna del bíceps tenía la silueta de una rosa delineada con tinta negra. El tallo tenía varias hojas y una fecha.
El corazón se me aceleró. ¿Aquello era por mí?
Él empujó mi barbilla hacia arriba, para que le enfrentase. Incapaz de decir nada, cerré la distancia que nos separaba y lo besé. Esperaba demostrarle con los labios lo que era incapaz de decir con palabras.
Ben se recostó sobre la cama y me arrastró con él. Su espalda se encontró con el colchón. Acabé tumbada encima de él. Atrapó mi nuca y capturó mis labios entre los suyos.
Con un movimiento brusco, Ben nos giró a ambos y se quedó encima. Sus dientes mordisquearon mis labios, mi cuello y el lóbulo de mi oreja. Su aroma masculino embriagaba mi cerebro.
Empujé las caderas contra las suyas, en busca de un contacto mayor.
—Dime qué quieres… —dijo Ben al besar mi mandíbula.
Quería perderme entre sus sábanas durante aquella noche. Quería dejarme llevar por el deseo que llevaba semanas reprimiendo. Quería fundirme debajo de su cuerpo y olvidarme de todo.
—Quiero hacerlo —contesté—. ¿Y tú? ¿Tienes ganas?
—Muchas.
Ben se levantó y sacó un preservativo del bolsillo de su pantalón. Lo observé mientras se lo ponía.
El calor se desplegó por mi cuerpo cuando se introdujo en mí despacio. Al llegar al fondo, ahogué un gemido contra sus labios. No podía describir con palabras aquella sensación.
Salió un poco y volvió a deslizarse dentro.
Demasiado impaciente para su ritmo tortuoso, le rodeé las caderas con las piernas.
Cuando volvió a entrar en mí, llegó más profundo que antes.
Ambos gemimos contra la boca del otro. Tenía el pulso tan disparado que sentía que el corazón se me saldría del pecho.
—Me… encanta —dije con la voz entrecortada.
—Dios… Kate…
—Qué…
—Te he echado de menos —soltó contra el hueco de mi cuello—. Todos estos años… lo único que esperaba era tenerte conmigo otra vez.
Esas palabras avivaron las mariposas que habitaban mi pecho.
—Yo también te he echado de menos… —confesé con una facilidad asombrosa.
Allí donde nuestros cuerpos se tocaban, todo quemaba. Le deseaba con cada milímetro de mi piel. Se movió con más ímpetu y yo me aferré a su espalda. Nada era suficiente. Necesitaba más.
Le empujé del hombro y le hice saber que quería colocarme encima.
Ben se tumbó en mitad del colchón.
Cuando volvimos a estar completamente unidos, sus manos atraparon mis caderas y comencé a moverme despacio. Él no tardó en sentarse. Atrapó mi cara con las manos y yo me agarré a sus hombros buscando un apoyo.
No podía dejar de besarlo. Ni parar de moverme. Estábamos recubiertos por una capa fina de sudor. Tenía los pechos aplastados contra su torso.
—Ben… No quiero que esto se acabe nunca —confesé, presa del momento.
—Yo tampoco.
En sus ojos vi la sombra de la súplica que había impregnado sus palabras. Volví a unir mi boca a la suya. A partir de ahí no paramos de besarnos.
Me dejó hacer y deshacer a mi antojo. Sus manos estaban en todas partes. Cuando sintió que me apretaba contra él, se recostó sobre el colchón, llevándome con él. Afianzó el agarre en torno a mis caderas y me tomó el relevo.
—Por favor… —rogué—. Así… Más fuerte, por favor.
—No tienes que ser educada… para pedirme que te folle más fuerte, cariño. —Se movió con ganas debajo de mí.
Durante un instante, solo se oyó el ruido que hacían nuestros cuerpos al encontrarse. La conexión entre nosotros era total. Supo cuándo necesitaba que fuese despacio y cuándo quería que fuese más rápido.
—Ben, voy a…
Anticipándose a mis palabras, él siguió moviéndose como me gustaba.
El aliento que tenía atascado en la garganta salió en forma de gemido cuando me llevó hasta el orgasmo.
Arremetió contra mi cuerpo un par de veces más y terminó con un gemido.
No dejamos de besarnos mientras nuestras respiraciones se sosegaban.
Lo que acababa de pasar había sido increíble.
Me había dejado llevar por las emociones y había vivido el momento sin pensar en nada más.
Hacía tiempo que no experimentaba esa complicidad total con nadie como para entregarme sin reservas.
Sintiendo el cuerpo laxo, me dejé caer a su lado.
Él me rodeó con el brazo y me atrajo contra su pecho.
—Que conste que pensaba hacerte esperar hasta la tercera cita —soltó Ben.
Se me escapó la risa.
—Sí, claro… Entonces, si no quieres hacerlo otra vez, llévame a casa ya —bromeé yo también.
—De eso nada. Tú no puedes salir de aquí. Estás oficialmente secuestrada.
La lujuria que hasta hacía segundos corría como lava caliente por mis venas había dado paso a una calidez sosegada. Esa vez saboreamos el beso despacio.
Mientras recobraba el aliento, solo fui consciente de la violencia con la que le retumbaba el corazón contra la caja torácica. Y cómo los latidos del mío se adelantaron hasta acompasarse con el suyo, respondiendo a su llamada.