Los finales perfectos no existen 37. Kate
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37. Kate

Kate

Cuando Ben aparcó frente a la casa en la que se había criado, mis pulsaciones estaban por las nubes. La expectación campaba a sus anchas por mi estómago.

La lluvia se había intensificado hasta el punto de que el parabrisas no daba abasto. Eché un vistazo por la ventanilla y apenas vislumbré la silueta de su casa en la oscuridad.

—¿Preparada? —me preguntó Ben con la mano en la manija de la puerta.

—Sí. ¿A la de tres?

—Una, dos… ¡y tres!

Salimos del coche a la par. Ni siquiera intenté cubrirme con el bolso. Llovía a mares y me estaba empapando. Atiné a empujar la puerta con la mano para cerrarla.

—¡La hostia! —oí maldecir a Ben.

Caminé apresurada hasta la verja mientras Ben bordeaba el vehículo corriendo. Antes de que me diese cuenta, se plantó delante de mí. Tenía la cara y el pelo mojados.

La adrenalina corría a toda prisa por mis venas. Me apetecía mucho volver a besarlo. Mis ojos debieron de reflejar lo que sentía. Ben enredó una de las manos en mi melena, me atrajo contra él y me besó. Al notar sus labios sobre los míos, la necesidad se propagó en oleadas por todo mi cuerpo.

Bajó el otro brazo y me estrechó la cintura.

El agua fría caía sobre nosotros sin piedad, pero no nos importaba.

Separé los labios y él metió la lengua en mi boca con desesperación.

Al sentir su calidez, temblé de la cabeza a los pies.

Él tuvo que asumir que era por el frío, porque se apartó y tiró de mi mano.

Cruzamos el camino de piedra apresurados y subimos los escalones del porche.

Cuando estuvimos a cubierto, volvimos a besarnos dejando salir todo el anhelo acumulado.

Ben empujó mis caderas hasta la entrada. Abandonó mis labios para meter la llave en la cerradura y abrir la puerta. Arrojó las llaves al interior, sin miramientos. Al instante siguiente, agarró mis caderas y volvió a pegarme a él.

Entramos en el salón sin dejar de besarnos.

Ben retiró una mano de mi cuerpo para cerrar la puerta. A continuación, buscó un interruptor a tientas y encendió la luz. Mi bolso se encontró con el suelo con un ruido sordo, su chaqueta fue a hacerle compañía enseguida. A partir de ahí, mis sentidos se centraron en él.

Ben me besó con tanto ímpetu que mi espalda terminó contra la puerta.

No me di en la cabeza porque colocó la mano en la madera para protegerme del golpe.

Llevó su otra mano enorme a mi cintura y se inclinó para devorar mis labios.

Subió las manos hasta mis hombros y me quitó la gabardina.

Con movimientos bruscos y ansiosos, me sacó el jersey de la cinturilla de la falda.

Subí los brazos para ayudarle a despojarme de él.

Lanzó la prenda lejos. El agua había calado hasta la blusa blanca.

Sus ojos se oscurecieron al ver que la prenda transparentaba el sujetador que había debajo.

Llevé las manos al dobladillo de su jersey y se lo quité. La prenda cayó a nuestros pies.

Ben me guio hacia el centro de la estancia.

Se colocó a mi espalda, me recogió la melena detrás de los hombros, despejando mi cuello, y me la sujetó con una mano.

Se agachó para besarme el pulso, despertando todas mis terminaciones nerviosas.

Eché la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre su hombro, mientras él me lamía el cuello hasta el lóbulo de la oreja.

—Ni te imaginas el tiempo que llevo pensando en esto… —Su voz áspera y ronca me puso la piel de gallina.

—Yo también.

Subió la otra mano despacio por mi estómago y la cerró alrededor de mi pecho. Sentí que me desharía bajo sus atenciones. Alcé un brazo para acariciarle la nuca. Empujé el trasero contra él y noté su erección.

Sin previo aviso, Ben me giró de las caderas para que lo encarase. Se tiró a devorar mis labios mientras me apretaba el culo.

—Madre mía… tu culo me vuelve loco.

Sonreí contra su boca. Cuando salíamos juntos, solía decir que era su debilidad. Dejándome llevar, bajé las palmas por su espalda y apreté el suyo yo también.

Ben no tardó en cogerme las caderas y alzarme para sentarme en la mesa de madera.

Deslizó una mano por mi cuello hasta mi esternón.

A tientas, buscó el primer botón de la blusa.

Tras soltar un par, se desesperó y acabó sacándomela por la cabeza.

Sus ojos quemaron la piel de mis pechos cubiertos por un sujetador de encaje azul; a través de la tela semitransparente se apreciaban mis pezones duros.

—Dios mío… —resopló Ben—. Eres una preciosidad.

La adoración era notable en su tono y en sus ojos verdes.

Se pasó la mano por la cara para quitarse los restos de agua. Tenía la camiseta empapada y adherida al torso, y el pelo oscuro pegado a la frente. Estiré la mano para peinarlo hacia atrás. Estaba tan guapo que se me cortó la respiración.

Bajé las manos por su torso y después por su abdomen. El estómago me dio un vuelco mientras le quitaba la camiseta. La prenda aterrizó en el suelo con un chapoteo suave.

Antes de que me diese tiempo a inspeccionar sus tatuajes, Ben plantó una palma en mi nuca y me atrajo contra su boca.

Sacó la lengua y me lamió los labios con osadía.

Subió la otra mano por mi espalda y me soltó el cierre del sujetador con habilidad.

Yo le desabroché la hebilla del cinturón y se lo saqué de un tirón.

Él deslizó los tirantes del sujetador por los hombros, con una caricia tentadora, y dejó que la prenda cayese entre nosotros. La temperatura de la estancia aumentó un par de grados.

Sus manos se cerraron alrededor de mis pechos y sus labios cubrieron los míos. Las llamas se abrían paso por mis costillas, luchando por ser liberadas.

—Tus tetas… —dijo entre besos— son más bonitas de lo que recordaba.

La risa se me quedó atascada en la garganta y se convirtió en jadeo cuando pasó los pulgares por mis pezones.

Llevé la mano hasta su entrepierna y se la toqué por encima del pantalón.

Me atravesó una sensación de victoria cuando empujó las caderas contra mi palma, en busca de más fricción.

Le solté el botón del pantalón y le bajé la bragueta, sin dejar de besarlo.

Estaba a punto de colar la mano dentro de sus pantalones cuando se retiró.

—No quiero hacer esto rápido —me dijo con voz trémula.

Dejó un reguero de besos desde mi mandíbula hasta la oreja. Me lamió el lóbulo y el cuello. Su aliento calentaba mi piel.

Sus labios ansiosos recorrieron mi esternón hasta llegar a las costillas. Se apartó para observar la tinta negra que adornaba mi costado derecho. Era la frase «Here’s to the fools who dream» escrita en una caligrafía cursiva y estilizada. Pasó las yemas de los dedos por encima y dijo:

—He estado obsesionado con ver este tatuaje toda la noche.

Sus labios reemplazaron a sus dedos y besó cada centímetro de tinta que impregnaba mi piel.

El anhelo que sentía no paraba de crecer. Me lamió el pecho, evitando cuidadosamente el pezón. Tenía tanto calor que me ardían las mejillas.

—Ben… —protesté, pasado un momento.

—Dime. —Volvió a chuparme despacio.

—Haz algo. Ya, por favor…

Con una sonrisa maliciosa, me lamió el pezón. Se me escapó un gemido altísimo.

—¿Esto te gusta? —Repitió lo mismo con el otro.

—Mucho.

Después de atormentarme, se arrodilló delante de mí, sin dejar de mirarme a los ojos. Primero, me quitó las botas. Luego, se incorporó y me ayudó a bajarme de la mesa. Cuando planté los pies en el suelo, él volvió a agacharse. Me bajó las medias con cuidado de no romperlas.

—Date prisa —le pedí impaciente.

Terminó de quitármelas de un tirón. Subió las manos por mis muslos y las coló debajo de mi falda. El corazón me latía con violencia en la garganta. Me acarició la ingle despacio. Cuando creía que iba a tocarme donde más lo deseaba, retiró la mano, dejándome con las ganas.

El eco de nuestras respiraciones agitadas se impuso por encima del murmullo de la lluvia.

Dirigió la mano a mi cadera y me bajó la cremallera de la falda. La prenda se deslizó hasta el suelo. Levanté un pie y, después, el otro, para que Ben la apartase.

Resopló al ver que mis bragas de encaje dejaban poco lugar a la imaginación. Agarró la costura y volvió a mirarme a los ojos.

Me estremecí cuando me las bajó. De pronto, sus labios estaban en todas partes, besándome el estómago, la cadera y la cara interna de los muslos. La pesadez entre mis piernas no paraba de aumentar.

Se acomodó una de mis piernas sobre el hombro. Cuando me pasó la lengua por el clítoris, temblé de cuerpo entero, solté un gemido profundo y cerré los dedos alrededor de su pelo.

Él volvió a repetirlo, muy despacio. Tuve que aferrarme a sus hombros por temor a caerme. Me agarró las caderas para que no perdiera el equilibrio. Dibujó círculos con la lengua y también la movió de arriba abajo.

—Más —pedí en un resuello—. Por favor…

Me sujetó con más fuerza y me devoró entera, como si aquello fuese lo que más le gustaba en el mundo.

—Siéntate en la mesa.

Obedecí sin rechistar. Él cogió una silla y tomó asiento frente a mí.

—Abre más las piernas.

Separé los muslos y apoyé las palmas en la madera. Introdujo un dedo en mi interior y apreté los labios para contener un gemido.

—No hagas eso, anda… —dijo en un susurro.

—¿El… qué?

—Me pone muy cachondo que gimas. No te lo guardes.

Hundió la cara entre mis piernas y siguió moviendo el dedo, arrancándome gemidos y suspiros placenteros.

—Ben… —gemí su nombre y él movió el dedo más rápido.

Se apartó para mirarme a la cara. Su pulgar sustituyó a su boca. Cerré los ojos y me mordí el labio. Estaba tan excitada que la cabeza me daba vueltas. Me contraje alrededor de su dedo y él lo movió más y más rápido.

—Mírame, Kate.

Abrí los ojos y volví a centrarlos en él.

El deseo me consumía. No podía hablar.

—Podría comerte el coño toda la noche —dijo con voz ronca, antes de volver a lamerme con atrevimiento.

Si no hubiese estado sentada, me habría desplomado.