36. Ben
Ben
En cuanto Kate apretó los labios contra los míos, el alivio me rebasó entero.
Llevaba semanas deseando volver a besarla.
Solté la bolsa de granos de maíz, que rebotaron por el suelo, y llevé las manos a sus caderas.
La llama de la esperanza resurgió con fuerza dentro de mi pecho.
Estaba tan contento que podría dar palmas con las orejas.
Cuando su lengua buscó la mía, la sangre se me calentó dentro de las venas.
Su olor floral embotó mis sentidos. El ruido de las palomitas estallando en la máquina fue reemplazado por el de nuestros besos.
El cine desapareció. De golpe, solo era consciente de lo suave que tenía la piel, del calor agradable que desprendía su cuerpo y de lo bien que me hacía sentir.
Daría lo que fuera por quedarme atrapado en ese momento para siempre.
Le rodeé la cintura con los brazos y la atraje hacia mí.
A continuación, ladeé el rostro para profundizar el beso.
Mi lengua ansiosa exploró su boca con sabor a batido de fresa.
Kate se aferró a mis hombros para no perder el equilibrio.
Dejándome llevar por el instinto, empujé sus caderas con suavidad hasta que su culo se encontró con el mostrador para que tuviera otro punto de apoyo.
Kate llevó una mano a mi nuca. Fui suyo en el instante en que me acarició el cuello con las uñas.
La piel se me erizó y una sensación placentera se expandió en todas direcciones.
Le apreté las caderas y subí las manos hasta su cintura.
Quería recorrer todo su cuerpo con las manos.
Sujeté su rostro y le di un beso pasional, con el que le robé el aliento.
Ella pasó las yemas de los dedos por mi mandíbula, poblada por una barba de varios días, y después bajó la mano por mi pecho. El corazón me latía con tanta fuerza que no me sorprendería que lo sintiese contra la palma.
Tensé los músculos cuando me recorrió el abdomen con la mano. Mi polla pasó de cero a cien. Me moría por sentarla en el mostrador, posicionarme entre sus piernas y recuperar los orgasmos perdidos.
Pero no podía hacer eso.
Sabía que Kate había pensado en varias ocasiones que lo único que me interesaba era acostarme con ella. Aquella era mi oportunidad de demostrarle que no era así. Lo que sentía por ella iba más allá del plano físico.
Sus labios abandonaron mi boca y descendieron por mi mandíbula.
Cuando me besó el cuello, se me puso durísima.
Sus dientes atraparon mi lóbulo y se me escapó un jadeo de lo más hondo de la garganta.
Empujé las caderas contra las suyas, le agarré el mentón y volví a devorarle los labios con vehemencia.
Juntos éramos dinamita y mecha a punto de explotar.
Tirando del último resquicio de autocontrol que me quedaba, la besé por última vez y me aparté de sus labios, ignorando las protestas de mi polla.
Kate parpadeó confundida. Aun con las pupilas dilatadas, sus ojos brillaban como los neones de las paredes. Bajé la mirada a sus labios hinchados y luego hasta sus pechos. El jersey ceñido le remarcaba los pezones. Se me secó la garganta.
«¡Para de mirarle las tetas, que lo estás empeorando!».
Subí la vista a su rostro. Tenía la melena revuelta y las mejillas sonrosadas. Incapaz de resistirme, planté un último beso suave sobre sus labios.
Sostuve sus manos entre las mías y me sinceré:
—Quiero hacer las cosas bien. —Mi voz sonó más grave de lo que esperaba—. Así que vamos a ver la peli y luego, si tienes suerte, quizá deje que me beses otra vez.
Kate arqueó las cejas.
—¿Si tengo suerte?
—Si te portas bien, puede que permita que llegues a segunda base. Tienes pinta de que te gusta meter mano —terminé en tono de broma.
Su risa cálida y musical llenó el ambiente. No pude evitar sonreír. Algo dentro de mi pecho se fundió como la mantequilla.
—Vale —accedió—. ¿Cuál vamos a ver?
—La que quieras. Escoge una de las de los pósters que se exhiben en la pared o, si no, en el archivo tenemos más. Mientras, terminaré de preparar las palomitas.
Kate se dio la vuelta y caminó hasta la pared. Mis ojos resbalaron hasta su culo. La tela de la falda se ajustaba alrededor y le marcaba la curva a la perfección.
«Qué pedazo de culo».
Seguía siendo el más bonito que había visto en la vida. Me tenía enamorado.
En ese momento, recordé que había traído un nuevo póster. Hurgué en la bolsa que había abandonado sobre el mostrador y lo saqué. Luego, me posicioné detrás de Kate.
—He supuesto que esta también estaría entre tus favoritas. —Alargué el brazo por encima de su hombro y pegué el póster enmarcado de Cualquiera menos tú en la pared.
Ella se volteó con una sonrisa. Tiró de mi camisa y me estampó un beso en los morros.
—Lo bueno de que el cine sea mío —dije contra sus labios— es que no tenemos que sentarnos en el lateral de última fila para montárnoslo.
—¿No decías que no llegaríamos a segunda base hasta después de la película?
—Verás, Rose —empecé, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Te he mentido: cuando se trata de ti, sí que soy un facilón.
Ella soltó una risita y me dio la espalda.
Regresé detrás del mostrador y cogí un par de cubos del estante inferior.
—¿Prefieres las palomitas dulces, saladas o mixtas? —le pregunté.
—¿Se pueden pedir mixtas? —Me echó un vistazo por encima del hombro.
—Ahora sí. Se me ocurrió la idea hace unos años, pensando en que tú siempre pedías dulces y yo saladas.
—¿De verdad? ¡Qué detalle tan bonito! ¡Me encanta! —Sonrió—. Hoy las prefiero dulces. Gracias.
Abrí la vitrina y el olor a palomitas inundó el vestíbulo. Llené dos cubos hasta arriba.
Kate reapareció con una sonrisa.
—Quiero ver Cualquiera menos tú . Algo me dice que la has visto pocas veces.
Ni de coña le confesaría que había visto la peli por primera vez hacía unos días, después de que me contase que quería producir el nuevo Cualquiera menos tú .
—Solo la he visto una vez —reconocí.
Le entregué el cubo de palomitas de caramelo.
—Vamos. —Salí del mostrador y le hice un gesto de cabeza para que me siguiera—. El cine sigue teniendo solo una sala, que es donde se proyectan los estrenos. En verano continuamos abriendo el patio trasero y ponemos los clásicos.
—Qué bien. Sigue todo tal cual recordaba.
—Sí, he intentado mantener la estructura original. Diría que este es el cine más vintage de la zona.
Empujé las puertas de la sala con la espalda. Kate me sobrepasó y se dirigió a la parte delantera. Había diez filas de butacas de terciopelo rojo. Ella se sentó en la cuarta. Dejé las palomitas sobre el asiento contiguo y le dije:
—Guárdame el sitio. Voy a poner la peli. Ahora vengo.
Corrí por el pasillo hasta la salida y subí a la sala de proyección.
Unos minutos más tarde, apagué las luces y me senté junto a ella.
—Las palomitas están deliciosas —dijo, mirándome en la oscuridad—. Muchas gracias.
Mi pecho se hinchó como un globo.
—No hay de qué.
En cuanto pasaron los créditos iniciales, oí sus susurros. Giré la cabeza hacia la derecha, curioso, y la encontré recitando los diálogos. Me llevé una palomita salada a la boca y mastiqué sin dejar de observarla. ¿Cuántas películas se sabía de memoria?
Ella volteó el rostro para encararme.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo que me encanta mirarte cuando algo te emociona —confesé—. No puedo evitarlo.
Ella se inclinó sobre el asiento. Mis ojos volaron hasta el lunar que tenía encima del labio. Cuando estábamos tan cerca que creía que iba a besarme, se apartó dejándome con las ganas.
—Si tienes suerte, cuando se acabe la peli te daré un beso —dijo, con una sonrisilla.
Esta nueva faceta seductora suya me ponía una barbaridad.
—Bien. Porque estaré deseándolo.
A mitad de la proyección, Kate se acabó las palomitas.
—¿Quieres más?
Ella se llevó la mano al estómago y negó con la cabeza.
—Estoy llenísima.
Durante la película, no pude sacarme el beso de la cabeza. Mis pulsaciones no terminaron de sosegarse. Cada vez que se inclinaba hacia mí, el aroma de su perfume me nublaba el juicio. Estaba deseando tirar las palomitas al suelo y abalanzarme sobre ella. Quería besarla toda la película.
—Esta es mi parte favorita —soltó Kate de pronto.
Regresé la atención a la pantalla justo cuando un helicóptero apareció para rescatar a los protagonistas. Kate comenzó a menear la cabeza de arriba abajo mientras canturreaba «Unwritten» por lo bajo.
Dejé las palomitas en el asiento contiguo y empecé a moverme en el sitio, al ritmo de la música. Ella me sonrió por encima del hombro.
—Aquí solo estamos tú y yo —le dije—. Puedes hacer lo que quieras.
Ella comenzó a bailar más animadamente sobre el asiento.
Sin darse cuenta fue subiendo el volumen de la voz.
Al final, terminó levantándose y balanceándose hacia los lados.
Fui testigo de cómo se dejaba llevar poco a poco por la música.
Me puse de pie yo también para bailar a su lado, con movimientos exagerados que le arrancaron una risa.
Esa escena dio paso a una de los protagonistas enrollándose.
Miré a Kate de reojo, tenía una sonrisa contenida en el rostro y no apartaba los ojos de la pantalla.
Su mano descansaba sobre el reposabrazos que estaba entre nosotros.
Apreté los puños, conteniendo las ganas de estirar la mano y agarrar la suya.
Me pregunté si ella también estaría deseando cogerme la mano, acariciarme y volver a besarme.
—Me encanta el final —dijo Kate cuando salimos de la sala.
—¿No le cambiarías nada?
—No. Es perfecto.
—Los finales perfectos no existen.
Ella me miró contrariada.
—A ver, la peli está bien, pero tienes que reconocer que el final es surrealista. El tío se tira por un acantilado para que lo rescaten en helicóptero y llegar a la ópera… Quiero decir, están en Sídney, ella no puede irse muy lejos, ¿no?
—Se nota que nunca has sido fan de la premisa de que en las comedias románticas todo acabe bien.
—Eso no es cierto. Me gusta que la pareja acabe junta, pero ¿hace falta que el reencuentro sea tan inverosímil? No lo creo… Ben podría haber cogido un coche y haber ido a buscarla.
—Eso no es tan épico como lo del helicóptero, y lo sabes.
A mí me parece increíble que quieras tanto a alguien como para hacer una locura así.
Es superemocionante ver a alguien correr por la persona que quiere.
Bueno, y me encanta que ella se enfrente a su familia y les diga que no quiere estudiar Derecho.
Sé que los padres se enteran por accidente, pero da igual.
Lo importante es que ella se sincera. Y la química de los actores es una pasada.
Aunque Glen Powell puede tener química con quien quiera, ¿no te parece?
—Reconozco que es un tío carismático. Puede ser.
—¡Me encanta esta peli! La he visto mil veces.
Ojalá pudiera escribir una historia la mitad de buena que esta.
Me hace soñar con que las comedias románticas van a recuperar el lugar que merecen en las salas de cine.
No me malinterpretes, está genial que las pelis sean accesibles para todo el mundo en las plataformas, pero necesito que recuperemos la esencia de los noventa y los dos mil, donde los actores de renombre se peleaban por salir en las películas de amor, donde las cintas tenían presupuesto y grandes equipos detrás, ¿sabes?
—Quizá seas tú la que tiene que cambiar eso.
Me escabullí para apagar el proyector.
Eran cerca de las dos de la madrugada. En cuanto salimos, Kate tiritó de frío. Me cayó una gota de agua congelada en la frente. El aire estaba cargado de la humedad que precede a una buena tormenta y olía a tierra mojada. Una segunda gota aterrizó en mi cabeza.
—Toma —le di las llaves del coche—. Súbete si quieres mientras cierro.
Sus dedos me rozaron la palma cuando cogió las llaves.
Mientras echaba el cierre al cine, sus tacones apresurados resonaron en la calle desierta.
Al girar sobre los talones y verla subirse al coche, el bajonazo fue instantáneo.
Las ocho horas que habíamos pasado juntos se me habían escurrido entre los dedos como minutos.
Había llegado el momento de volver al mundo real y no tenía ni pizca de ganas.
Cuando me senté en el asiento del conductor, arranqué y encendí la calefacción. Kate se estaba frotando las manos. Sin pensar, las atrapé entre las mías, me las acerqué a la boca y soplé para calentárselas con el aliento.
Kate se quedó mirándome seria.
—¿Damos un paseo por la playa? —propuso de repente.
—¿Ahora? Estás helada…
Un trueno retumbó a lo lejos. La lluvia comenzó a caer con más fuerza sobre el coche.
—Ben…
Tragó saliva y, entonces, pronunció las palabras mágicas:
—Todavía no quiero irme a casa.