35. Ben
Ben
En una entrevista le preguntaron a Ryan Gosling qué consejo les daría a los románticos empedernidos. Él respondió que la esperanza es lo último que se pierde. Supuse que, por eso, aun sabiendo que Kate iba a casarse con otro, esperaba que no fuera demasiado tarde.
Estaba algo nervioso. Aquella era mi única oportunidad de hacer las cosas bien y ver si lo nuestro funcionaba.
Mi plan era llevarla al mismo cine al que fuimos en nuestra primera cita.
Para ello nos dirigiríamos a Montauk. Primero la invitaría a cenar en un restaurante exclusivo que acababa de abrir en la zona y luego iríamos al cine.
Confiaba en que el viaje al pasado la ayudase a recordar lo felices que fuimos.
Mientras la esperaba aparcado en doble fila, un poco más adelante de su edificio, me quité el jersey y lo tiré al asiento trasero.
Tenía la calefacción a tope porque Kate era friolera.
Después de recogerme las mangas de la camisa hasta los codos, bajé el espejo que tenía sobre el asiento y me peiné con la mano.
Me había puesto guapo para ella y esperaba que lo notase.
Impaciente, tamborileé el volante con los dedos. Tenía muchas ganas de verla.
Unos minutos más tarde, Kate salió del edificio. La luz dorada de las farolas caía sobre ella. Miró de un lado a otro y me localizó enseguida. Llevaba una gabardina de cuero marrón, que le llegaba hasta la rodilla y que me impedía ver lo que lucía debajo.
—Hola. —Se acomodó en el asiento del copiloto y su aroma floral inundó el coche.
—Buenas. ¿Qué tal?
—Bien.
Se inclinó hacia delante en el asiento y se deshizo de la gabardina. Llevaba un jersey verde que se ceñía a sus tetas, remarcándolas a la perfección, y una falda corta que dejaba gran parte de sus piernas al descubierto.
—Vaya, estás preciosa —le dije deslumbrado.
Cuando me miró, sonreí de medio lado.
—Guárdate la sonrisita sexy, porque no voy a acostarme contigo.
Ensanché la sonrisa más aún.
—Guau. Es la primera cita ¿y ya estás hablando de follar? —Me hice el sorprendido—. No soy un facilón, Rose.
—Hablo en serio, Ben.
—Ya te prometí que no intentaría nada contigo. Pero, si tú sientes la necesidad irrefrenable de besarme, por favor, hazlo. Sea el momento que sea. Me da igual dónde estemos y quién haya delante. Tú solo bésame, ¿vale?
Sus mejillas se colorearon de rojo cereza.
—Tranquilo, no va a pasar.
Decidí no llevarle la contraria.
Cuando se abrochó el cinturón de seguridad, serpenteé por las calles del Upper East Side.
—¿Qué tal la semana? —le pregunté para sacarle conversación.
—Bien. ¿Y la tuya?
—Hasta arriba con el trabajo para cerrar todo antes del parón de Acción de Gracias.
—¿Cuánto tiempo tenéis de descanso?
—Dos semanas.
—¡Qué envidia! ¿A qué cine vamos? —me preguntó cuando tomé la autovía en dirección a Queens.
—Ya lo verás…
Dos horas y cuarto más tarde llegamos a las afueras de Montauk. Kate descubrió nuestro destino cuando dejamos atrás Queens y me incorporé a la autovía 495.
—He pensado que podíamos cenar antes de ir al cine —le dije con la vista puesta en la carretera—. Han abierto un restaurante especializado en marisco que dicen que está muy bien.
—¿Y si vamos a la hamburguesería de John? —propuso ella.
«Dios mío, es la mujer de mi vida».
Me llevé una mano al pecho y la miré por encima del hombro un instante.
—Si intentas que no me pille por ti, déjame decirte que no vas por el buen camino.
Ella desvió la vista por la ventanilla y no contestó.
Aparqué el Lexus frente a la hamburguesería a la que fuimos en nuestra primera cita. Me bajé del coche y le abrí la puerta del local a Kate. A través de la ventana vi que había varias mesas libres. Cuando entramos, el olor a patatas fritas flotaba en el ambiente.
—¿Qué os pongo? —nos preguntó un hombre uniformado de blanco desde el otro lado del mostrador.
—Mmm… —empezó Kate con la vista clavada en el menú de la pared—. Yo quiero la hamburguesa especial con extra de queso y beicon, patatas gajo y un batido de fresa, por favor.
El hombre tecleó el pedido en la pantalla y luego me miró.
—¿Algo más?
—Para mí otra hamburguesa especial, con patatas fritas y Coca-Cola, por favor —pedí yo.
—Serían treinta y cuatro dólares con veintitrés centavos.
Planté un billete de cincuenta en el mostrador.
—Quédese con el cambio.
Kate se fue a buscar una mesa. Mientras esperaba la comida me saqué el móvil del bolsillo. Tenía varios mensajes esperándome en el grupo de mis mejores amigos.
Alexandra
Qué tal está yendo la cita?
Nos tienes en ascuas
Chris
Espero que vaya genial, Ben
Logan
Alguien puede recordarme por qué
no hemos apostado?
Respondí primero el mensaje de Logan diciendo:
No habéis apostado porque vais todos
a mi favor, capullo
Alexandra
Todos somos Team Ben Me encantaría
tener el minuto a minuto
Escribí un último mensaje:
Acabamos de llegar a Montauk.
Luego os cuento
En cuanto me entregaron la bandeja con la comida, busqué a Kate. Sonreí al ver que estaba en una mesa cercana a la ventana, igual que la primera vez. Dejé la bandeja en el centro de la mesa cuadrada y me senté frente a ella.
—¡Qué bien huele! —Kate cogió su hamburguesa, le quitó el papel y le dio un mordisco—. ¡Está tan rica como recordaba! —exclamó después de tragar.
Su expresión era de total satisfacción.
—Son las mejores hamburguesas del mundo —comenté antes de morder la mía.
Durante un momento nos dedicamos a comer.
—¿Nunca te has planteado escribir algo? —le pregunté enseguida.
De camino a Montauk me contó que, cuando terminó de estudiar Empresariales en Harvard, hizo un posgrado en Administración de empresas en la Sorbona de París. Y yo le expliqué cómo conseguí el trabajo en el programa mandando de manera espontánea varios guiones de sketches .
—Cuando estaba estudiando empecé a escribir una comedia romántica…
—me respondió—. Ni siquiera llegué a terminar el primer acto.
Estoy pensando en retomarla. Si la termino y queda bien podría sacarla adelante en la plataforma de la NBS junto con la que te conté que Marty me tiró para atrás hace tiempo…
No sé si lo sabes, pero en unos meses me harán directora de la plataforma de streaming , cuando la compra de la cadena se haga efectiva y el señor Miller ascienda a consejero.
Ya sé lo que opinas de las películas románticas, pero es lo que quiero hacer…
—Oye, oye, oye, yo no tengo nada en contra de las películas románticas. De hecho, me gustan. Solo creo que algunas tienen finales demasiado perfectos, que jamás sucederían en la vida real.
Kate arqueó una ceja.
—Hablo en serio —continué—. Me gustan La La Land , Crazy, Stupid, Love , El especialista no está mal…
—Ben, no te gustan las películas románticas. —Se rio—. Lo que te gusta es Ryan Gosling.
—No es cierto.
—Dime una película romántica que te guste y que no salga él.
— Palm Springs , La princesa prometida , Cualquiera menos tú…
—¿Has visto Cualquiera menos tú ?
—Por supuesto. Es la película que trajo las comedias románticas de vuelta al cine.
Ella me miró complacida.
«Punto para mí», pensé encantado.
—Ahora que has mencionado La La Land … —siguió ella—. Conociéndote, imagino que el final te encantó.
—Me pareció buenísimo, sí. A ti no te gustó, ¿verdad?
—Te equivocas. Me gustó tanto que tengo tatuada una frase de la película.
Abrí los párpados sorprendido.
Lo último que esperaría de Kate es que se hubiese tatuado la piel delicada. Me surgieron varias preguntas: ¿dónde tenía el tatuaje? ¿Qué ponía? ¿Cuándo se lo había hecho?
Kate le dio un sorbo a su batido de fresa. Se limpió la boca con la servilleta y prosiguió:
—Debo reconocer que en un primer momento no me gustó el final. En mi cabeza, acabaron juntos.
—¿Escribiste ese final en tu cuaderno?
—¿Te acuerdas de eso?
—Claro.
Le brotó una sonrisa ligera.
—Sí, lo escribí. Para mí, cuando Seb terminó de tocar el piano, se levantó y besó a Mia.
—¿Delante de su marido?
—Sí.
—¿De verdad ese es tu final perfecto? Pobre marido, ¿no?
Ella negó con la cabeza. Una sonrisa preciosa adornaba su rostro.
En ese momento, sentí como si el tiempo no hubiese pasado. Fue como volver a casa después de un largo viaje y encontrarte con todo tal y como lo habías dejado.
Mientras comíamos, me contó de qué trataba la serie que estaba produciendo y la subtrama romántica que había añadido al guion.
Dejé de oírla cuando se manchó la boca de kétchup. Tuve que reprimir las ganas de alargar la mano y quitarle la salsa con el pulgar. Me moría por tocarla, pero quería dejarle espacio. Prefería que fuese ella quien se acercase cuando estuviese preparada.
—¿Qué pasa?
—Tienes kétchup aquí. —Me señalé la comisura de la boca.
Ella se limpió con la lengua. Sin querer, me imaginé su lengua recorriendo otras partes de mi cuerpo. Mi polla comenzó a despertarse dentro de mis pantalones.
«Joder, piensa en otra cosa, tío. Eh… ¡Equipos de baloncesto! Los Knicks. Los Nets. Los Toronto Raptors…».
—¿Ya? —me preguntó.
Tragué saliva y asentí.
Ella mojó una patata en kétchup y se la comió.
—¿Ya no fumas? —me preguntó después de tragar.
—Lo dejé el año pasado.
—¿Te costó mucho?
—Un poco… El primer mes fue el peor. Ahora el olor del tabaco me tira para atrás.
—¡Qué curioso! Me alegro de que lo hayas dejado. —Sonrió—. Por cierto, vi a tu madre en tu debut del programa —dijo mientras cogía otra patata—. Parece que el tiempo no ha pasado por ella. ¿Cómo está?
—Bien. Ya no vive aquí. Se mudó a Florida hace unos años. Vive con Joseph. Lo conoció en el viaje que hizo al jubilarse con sus amigas.
Kate sonrió.
—¡Eso es genial!
—Sí. Aún conservamos la casa, suelen venir un par de semanas en verano.
—¿Se llevó a Oreo con ella?
—El perro se quedó con ella cuando me fui a la universidad, pero falleció de mayor hace unos años.
La sonrisa de Kate se desvaneció.
—Lo lamento.
Asentí antes de darle un sorbo al batido.
Después de cenar, nos montamos en el coche y conduje hasta el cine.
Las luces del edificio estaban apagadas y no había ni un solo coche en el aparcamiento.
Estacioné en la puerta. Al bajar del vehículo, el aire frío me obligó a subirme el cuello del jersey.
A mi lado, Kate tiritó. Cogí del maletero la bolsa que había traído.
Las hojas secas crujieron bajo nuestras pisadas a medida que nos acercábamos a la entrada.
—¿Nos estamos colando? —me preguntó cuando saqué un juego de llaves del bolsillo.
—No. —Introduje una en la cerradura y la giré—. Soy el dueño.
—¿Has comprado el cine? —preguntó atónita.
—Sí. —Empujé la puerta y le cedí el paso—. Bienvenida al cine de Kate.
Kate
—¿Cómo? —pregunté atónita.
Ben entró detrás de mí. Cuando encendió las luces, solo fui capaz de mirarlo a él.
—¿Cómo que «El cine de Kate»? No lo entiendo. ¿Has… has comprado el cine por mí?
—Sep. —Ben asintió como si nada.
Me di la vuelta despacio y observé el vestíbulo.
Un montón de recuerdos me vinieron a la mente.
Nos vi a Ben y a mí comprando palomitas, comentando las películas al salir y comiéndonos a besos en cada rincón.
Parecía no haber pasado el tiempo por aquel lugar.
Todo estaba tal cual recordaba. Las paredes seguían repletas de pósters de películas, la taquilla estaba a mano derecha y, sobre ella, relucía el cartel de siempre, que rezaba: nos vemos en las películas.
Ben cerró la puerta con llave a mi espalda. Luego, me adelantó y se dirigió al mostrador cargando la bolsa que había sacado del maletero.
Me quité la gabardina y volví la vista a la estancia.
En la parte superior de la pared del fondo, un rótulo rosa de neón llamó mi atención.
En él podía leerse: las películas favoritas de kate.
Me acerqué hasta allí, con el corazón en un puño.
Debajo había una fila de carteles enmarcados de algunas de las películas que me sabía de memoria.
Entre ellos estaban Titanic , Atrapa a un ladrón , Desayuno con diamantes y Cuando Harry encontró a Sally .
Giré sobre los talones y encaré a Ben, que se había puesto al otro lado del mostrador y en ese momento estaba encendiendo la máquina de las palomitas.
—¿Has comprado el cine por mí? —repetí la pregunta, porque todavía no terminaba de creerme lo que veían mis ojos.
—Sí.
—Has comprado un cine por mí…
—Eso ya lo has dicho. —Sonrió.
—¿Cuándo, por qué…?
—Hace cuatro años. El señor Williams se jubilaba e iba a echar el cierre.
En cuanto me enteré, le llamé y le hice una oferta para comprarlo.
Este lugar es parte de nuestra historia.
Decías que el cine era tu refugio… Yo quería que tuvieras un lugar al que acudir si lo necesitabas.
Así que lo compré y le puse el nombre en tu honor.
Tragué saliva, intentando controlar el torbellino que eran mis emociones.
Ben sacó un paquete de granos de maíz de la bolsa, y después un bote de caramelo.
—He traído caramelo para preparar tus palomitas —me dijo—. Y macarons de pistacho, por si te apetece algo más. Sé que a la Kate adolescente le encantaba la Coca-Cola, pero he traído varias botellas para preparar negroni porque era lo que bebías en la fiesta de la cadena.
Estaba profundamente conmovida por aquel gesto. El pecho se me había llenado de mariposas, el corazón me retumbaba con golpes sordos contra las costillas y no podía hablar por el nudo que me oprimía la garganta.
—No llores, anda. —Su tono tierno se agarró a mi pecho—. Las películas que ponemos no son tan malas. Algunas tienen finales que te gustan.
A duras penas, contuve las lágrimas.
—Todos los veranos ponemos tus películas favoritas, junto a los estrenos y a todas las de James Cameron, por supuesto —continuó, sin mirarme, mientras echaba los granos de maíz en la máquina—.
Me gusta pensar que entre los espectadores puede haber gente como nosotros.
Personas que necesitan las películas para evadirse y escapar de la realidad.
Ahora ya sabes que, siempre que lo necesites, este cine abrirá para ti.
Al oír esas palabras, un aluvión de emociones intensas tomó el control de mi cuerpo. Antes de que me diera tiempo a pensar en las consecuencias, rodeé el mostrador, le sujeté la cara con las manos y lo besé.