34. Kate
Kate
—Necesito contarte algo —le dije a Preston tan pronto como entré en el salón.
Él dejó de tocar el piano y se giró sobre la butaca para mirarme expectante.
Tomé asiento en el sofá más cercano a él.
—No quiero que te alarmes, pero he estado hablando con Ben. Sabe que nuestro compromiso es falso y que te gustan los hombres.
Preston parpadeó confundido.
—¿Cómo lo… sabe?
—Uno de sus amigos está casado con Tyler.
Preston y Tyler estuvieron saliendo juntos hace unos años. Hasta la fecha, esa relación había sido la más larga que Preston había mantenido con nadie. Rompieron cuando Tyler quiso hacerlo público y Preston se negó por temor a lo que fuera a decir su familia.
—Ah, vaya… —Mi amigo se levantó y caminó hacia mí con gesto serio—. ¿Crees que… Ben será discreto?
—Sí. No va a contárselo a nadie.
—De acuerdo. Si tú confías en él, me quedo tranquilo.
—También me he enterado de que Hannah, nuestra wedding planner , es novia del amigo que te tiró el vino en la fiesta.
—El mundo es un pañuelo.
—Y que lo digas…
—¿Qué más has hablado con él?
Le conté por encima que habíamos aclarado el pasado, dejando fuera los detalles íntimos, como la cinta de nuestra boda. Esos recuerdos prefería atesorarlos solo para mí.
—Entonces ¿vais a tener una cita?
—No es una cita como tal. Simplemente vamos a darle un cierre a lo nuestro.
—¿Ben lo sabe? —Detecté suspicacia en su tono.
—Sí. Hemos acordado que firmará el divorcio después. ¿Me cambio y cenamos? —No tenía muchas ganas de seguir hablando del tema.
—Sí. Voy a ver qué nos ha dejado Diane preparado.
Preston se dirigió a la cocina y yo subí las escaleras hasta el vestidor.
Aunque no volví a saber nada de Ben durante la semana, mi nerviosismo fue en aumento conforme nos acercábamos al viernes. El jueves por la tarde, al salir de clase de pilates, quedé con Julia para ir de compras a la avenida Madison.
—Qué guay que Marty te haya aprobado los cambios de Legacy —dijo Julia mientras pasaba las perchas de un burro de blusas—. ¿Estás contenta?
Me habían dado la noticia esa misma mañana.
—Sí. —Desdoblé un jersey verde pistacho para verlo mejor.
—No lo dices muy entusiasmada —opinó mi amiga.
Que el director de contenido hubiese aprobado el guion de la temporada con mis cambios era algo que me hacía sentir orgullosa y motivada de cara a retomar mi guion.
—Es que sé que, si le hubiese presentado los cambios yo sola, sin el respaldo del guionista, me habría dicho que no antes siquiera de que hubiese abierto la boca.
—Ya… Bueno, piensa que solo tienes que aguantarlo unos meses más. Después serás tú quien decida qué contenido llega a nuestras pantallas.
—No veo el momento. ¿Tú qué tal estos días?
—Bien, trabajando sin parar. ¿Qué te parece esta blusa? —Se pegó al cuerpo una percha con una prenda negra de satén—. Creo que estaré increíble en los juzgados.
—No tengo dudas. ¡Cómpratela!
Me colgué el jersey del brazo y me encaminé al burro siguiente para escanear las faldas. En mi opinión, aquella era la mejor época para ir de compras. Me encantaban las paletas de tonos otoñales y las prendas de entretiempo, como las gabardinas, los jerséis finos y los blazers .
Me enamoré de una falda nada más verla. Era corta, me llegaría por encima de la rodilla, de color verde oliva, con un estampado de cuadros marrones diminutos.
El corte era en forma de A. Quedaría genial con el jersey que acababa de coger.
Busqué mi talla y me acerqué a una mesa para colocar las prendas una encima de la otra.
El conjunto guardaba el equilibrio perfecto entre arreglado e informal.
Me visualicé combinándolo con la gabardina marrón oscura de Dior y las botas de caña alta del mismo color.
Era ideal para la cita con Ben. No quería ir excesivamente arreglada ni que pareciera que me había puesto lo primero que había encontrado en el armario.
Después de pagar, le pedí a Julia que me acompañara a Agent Provocateur, nuestra tienda de lencería predilecta.
Al entrar, fui directa a una de las mesas alargadas.
El conjunto azul celeste que llevaba el maniquí del centro de esta había captado mi atención.
Era de encaje, con la tela suave y semitransparente.
—No irás a comprarte eso para tu cita con Ben, ¿verdad? —La voz acusadora de Julia sonó por encima de mi hombro—. Porque queremos que firme el divorcio, no que le dé un infarto.
—Necesito renovar ropa interior. —Alcé la cabeza para mirarla—. Ya te lo he dicho.
Ella me observó, discerniendo si decía la verdad o no.
—Mañana serás una mujer divorciada —dijo al cabo de unos segundos—. Tendremos que celebrarlo, ¿no?
—Sí… —Aparté el rostro y busqué el sujetador de mi talla—. ¿Dónde quieres cenar? —pregunté dispuesta a zanjar la conversación.
El viernes estaba sentada frente al tocador, pintándome los labios de un tono burdeos precioso, cuando me sonó el móvil. Era un mensaje de Ben.
Estoy aquí
He aparcado un poco más adelante del portal
Mi coche es el Lexus azul
Baja cuando quieras
El estómago me dio un vuelco. La voz de la razón enseguida me recordó que no debía sentir nada romántico por Ben, porque, cuando firmase el divorcio, me casaría con Preston.
Guardé el labial en un neceser pequeño y lo eché al bolso.
Me senté en el puf de terciopelo para calzarme las botas marrones.
Acto seguido, caminé hasta el espejo de cuerpo entero.
Me gustó la imagen que me devolvió el reflejo.
Me había peinado las ondas con esmero y me había vestido con el jersey verde de punto fino y la falda a juego que había comprado el día anterior.
Tras ponerme la gabardina marrón oscura, me saqué la melena, que se me había quedado debajo de la prenda, y cogí el bolso.
—Vaya, estás guapísima para tu cita —aduló Preston desde el salón cuando bajé las escaleras—. Vas a tenerlo babeando toda la noche.
—No es una cita en ese sentido, y lo sabes.
Preston arqueó las cejas.
—Cielo, no puedes tirarle un hueso a un perro y esperar que no corra a por él.
Negué con la cabeza.
—Eres incorregible.
—Yo solo digo que tienes mi beneplácito para acostarte con tu marido por última vez. Mañana quiero un informe completo.
Una sonrisilla traviesa adornaba su rostro.
Se me calentaron las mejillas.
—No voy a acostarme con Ben. —Me anudé el cinturón de la gabardina, evitando mirarlo—. Me voy… —le dije, caminando hasta el ascensor.
—¡Pásalo bien! ¡No hagas nada que yo no haría!
—¡Descuida!
Me despedí con la mano y pulsé el botón de la planta baja.
Aferrarme al rencor había sido fácil bajo la creencia de que Ben era un canalla sin escrúpulos que solo miraba por su propio beneficio.
Ahora que esa imagen se había caído, sospechaba que mantenerme alejada me sería más difícil.
Salí de casa con los nervios a flor de piel.
Esperaba no arrepentirme de aquella decisión.