33. Ben
Ben
Cuando Kate me rodeó con los brazos, fue como si el mundo entero contuviera el aliento.
La abracé con fuerza y enterré la cara en el hueco de su hombro. Temía que se desvaneciera o despertarme y descubrir que estaba soñando, como me había pasado tantas veces antes.
—Pensaba que cuando rompimos no habías vuelto a pensar en mí… No sabía que había sido tan duro para ti como para mí… —murmuró Kate, apenada, contra mi pecho.
Se me encogió el estómago al oírla llorar. Quería decirle que no había dejado de pensar en ella, pero no quería espantarla.
—No te preocupes por eso ahora.
Estreché el agarre alrededor de su cintura y me erguí, despegando sus pies del suelo.
Di un paso atrás y la metí en mi apartamento.
La dejé en el suelo con cuidado. Aparté una mano de su cuerpo, tan solo un segundo, para cerrar la puerta.
A continuación, la enredé en su melena, sujetándole la nuca.
No aparté el otro brazo de su cintura, buscando la manera de pegarla más a mí.
Se apartó de mi pecho y me miró con sus ojazos azules. Tenía las pestañas húmedas y la nariz roja. En ese instante me di cuenta de que seguíamos en la entrada y de que todavía no había sacado a relucir mis modales.
—¿Quieres beber algo? —ofrecí.
—Sí, por favor.
—Siéntate. —Señalé el sofá mientras me dirigía a la nevera.
Desde que Kate se presentó por primera vez y me pilló con la nevera temblando, había procurado tenerla llena por si volvía por sorpresa.
—Agua, Coca-Cola, cerveza, vino… ¿qué te apetece?
—Vino está bien.
Descorché una botella y le serví una copa.
—¿Estabas trabajando? —me preguntó Kate con los ojos puestos en el guion que descansaba en la mesa de café.
Se había sentado en un extremo del sofá semicircular.
—Estaba repasando las líneas para el programa. —Dejé la copa sobre la mesa, frente a ella.
Kate levantó la cabeza y me miró con cara de circunstancias.
—Perdona. No quería interrumpirte. Me he presentado sin avisar…
Hizo amago de ponerse de pie y yo la detuve, sujetándola por los hombros.
—Nunca molestas. Quédate, por favor.
Tomé asiento a su lado, dejando algo de distancia entre nosotros. Atrapé el botellín de cerveza que tenía a medio beber y le di un trago.
—¿Por qué no me dijiste nada cuando mi padre habló contigo? —Sonó herida.
—Porque no habrías ido a Harvard.
—Pero yo… ni siquiera estaba segura de querer ir.
—Y, aun así, me lo ocultaste. Te pregunté varias veces si te habían admitido y siempre me diste largas. Te casaste conmigo, creía que confiábamos el uno en el otro y, aun así, no me lo contaste. ¿Fue porque te daba pena?
—No me dabas pena. En un primer momento, no quería que te sintieras mal y luego nunca encontré la ocasión adecuada. Lo siento.
Respiré hondo y asentí.
—Tú tampoco me contaste que mi padre te había ofrecido dinero para que me dejases en mi cumpleaños… —soltó al cabo de un momento.
—No quería ponerte en la posición de hacerte elegir entre él o yo. Perdona.
El silencio se hizo entre nosotros.
—Me sentí una estúpida cuando se presentó en el hotel y me contó que te había pagado para que rompieras conmigo… —continuó.
—Ahora sabes que eso no fue así.
—Al principio no le creí, pero cuando me devolvió el móvil y leí tu mensaje se me partió el alma.
Yo me había despertado sintiéndome la chica más feliz del mundo por haberme casado contigo, y tú solo me dejaste diciéndome que nos habíamos precipitado, que habíamos cometido un error y que hablarías con el oficiante para solucionar lo del matrimonio.
Cuando te llamé y no me lo cogiste, asumí que era cierto.
—No te lo cogí porque, si hubiese escuchado tu voz, no habría sido capaz de marcharme.
—Lo entiendo, pero, al final, hiciste lo mismo que mi padre. Elegiste por mí sin preguntar qué quería…
—Lo sé. Lo siento. Espero que puedas perdonarme.
Pasados unos segundos, ella asintió y solo dijo:
—Ya lo he hecho…
Sentí que me quitaba un peso enorme de encima.
—Aunque eso no borra el pasado —añadió, apartando la mirada.
—Lo sé…
—El otro día, en la fiesta, te mentí —me dijo al cabo de un rato.
Me mantuve en vilo hasta que reconoció:
—Mi compromiso es una farsa…
No dije nada. Prefería que fuera ella quien me contase lo que quisiera.
—Preston y yo nos conocimos en la universidad…
Asentí, animándola a continuar.
Me giré sobre el asiento, orientándome en su dirección.
—Al venir de una familia con valores tradicionales, como la mía, sentía que me entendía mejor que nadie. Con el paso del tiempo, nos hicimos inseparables y hasta hoy…
Le dio un sorbo al vino. Luego se limpió la boca con una servilleta, cuidando de no borrarse el pintalabios rosa oscuro.
—Hace unos meses quise producir una comedia romántica en la línea de Cualquiera menos tú —prosiguió—.
Le presenté la idea al director de contenido de Morgan Media y la rechazó.
Cada vez que le propongo algo que se sale de la línea habitual, recibo negativas…
Aquel día me cansé y hablé con mi padre.
Si él daba luz verde a mi proyecto, Marty no tendría más remedio que aceptarlo.
Le insistí tanto que acabó diciéndome que podría ascender y hacer lo que quisiese dentro de la empresa, siempre y cuando le demostrase que mis valores coincidían con los de la compañía.
Básicamente me insinuó que debía casarme y participar más en los eventos corporativos…
Lo hablé con Preston y decidimos casarnos.
Bebí del botellín de cerveza mientras reflexionaba sus palabras.
—¿Y él no obtiene nada a cambio?
Kate negó con la cabeza.
—¿Seguro? —La miré con suspicacia.
No contestó.
—Kate, sé que Preston es gay.
—¿Qué? —La sangre le huyó del rostro—. ¿De dónde sacas esa idea?
Me gustó que fuese leal a su amigo.
Cogí el móvil de la mesa y busqué una foto de la boda de Chris y Tyler. Cuando di con una en la que salíamos todos, se lo pasé.
—Preston estuvo saliendo con Tyler, que ahora es el marido de mi amigo Chris.
Ella bajó la vista a la pantalla.
—¿Tu amigo se ha casado con Tyler Young-Woong? —Me miró boquiabierta.
Tyler era uno de los influencers más famosos del país.
—Se casaron en verano… El otro día, después de la fiesta de la cadena, les comenté a mis amigos que había conocido a Preston y Chris me contó que su marido había salido con él hacía años.
La preocupación se adueñó de su mirada.
—Puedes quedarte tranquila, no voy a ir contándolo por ahí.
—¿Puedo confiar en ti?
—Sí —respondí sin dudar.
Ella se mordió el labio. La sombra de la duda cruzó su rostro. Al final, claudicó con un suspiro.
—Unos meses después de que mi padre me insinuara que debía casarme, un fotógrafo sacó unas fotos comprometidas de Preston y James Aster.
Separé mucho los párpados.
—¿James Aster el cantante?
—Sí. Ese James. Preston se enteró por un contacto que tiene en la prensa, cuando el fotógrafo intentaba venderlas.
En las imágenes aparecían besándose. Preston salía de espaldas, era casi imposible adivinar que era él, pero era cuestión de tiempo que otra foto similar saliese a la luz.
La familia de Preston no sabe que es gay, son bastante conservadores y probablemente le desheredarían.
En ese momento, lo hablamos y me ofrecí a ser su tapadera.
De esa manera, ambos ganábamos. Él tendría a su madre contenta y se cubriría las espaldas frente a posibles rumores, y yo conseguiría que mi padre me diese manga ancha en la empresa.
—Entiendo… —No me sorprendió, porque esperaba algo en esa línea.
Kate bajó la vista a la foto de nuevo.
—¿Esta chica no es tu abogada? —Volteó el móvil hacia mí.
En la fotografía que le había mostrado salían Alexandra y su marido, Jim; Logan y Hannah; Chris y Tyler y yo.
—Sí. Ya te dije que Alex es mi mejor amiga, y creíste que te estaba vacilando.
—Me parece una casualidad tremenda que nuestras mejores amigas sean abogadas y nos hayan llevado el divorcio.
—Bueno, Alexandra no se dedica al derecho familiar. Ha cogido este caso como un favor hacia mí. Por cierto, hablando de casualidades, no sé si te has fijado en que la otra chica de la foto es Hannah, tu wedding planner .
Kate arrugó el ceño y volvió la vista a la foto. Ahogó una exclamación.
—¿Eres amigo de Hannah Brooks?
—Sí. Bueno, en realidad, es la novia de mi mejor amigo, pero sí, nos llevamos bien.
—¿Hannah está saliendo con Mike?
Se me congeló la sonrisa.
—Con Logan. —Me incliné sobre el sofá y señalé a mi amigo.
—Este es el que le tiró el vino a Preston. —Me miró con los ojos entrecerrados.
—No voy a disculparme por idear un plan para hablar contigo a solas.
Ella me devolvió el teléfono.
—¿Y qué ha sido de Mike? ¿Sigue con Lola?
—Mike y Lola se casaron y tuvieron un hijo hace cinco años. Se llama Archie. Es igualito a su padre. Mira… —Busqué una foto en la galería y se la enseñé.
En la imagen, Archie estaba sentado sobre mis hombros. Los dos teníamos la cara manchada de helado.
Kate emitió un sonido tierno que solo supe describir con la palabra «adorable».
—Soy su padrino. —Sonreí orgulloso.
—Está monísimo —dijo encandilada.
—Gracias. La verdad es que salgo bastante bien.
—Me refería a Archie. ¿Qué tal les va? —me preguntó devolviéndome el teléfono.
—Lola está bien. Sigue viviendo en Montauk. Y el niño lleva un par de años en el colegio.
—¿Y Mike? ¿Aún trabaja en el club de campo?
Me tensé de cuerpo entero.
—Mike trabajó en un taller de coches hasta que murió —solté sin anestesia.
—¿Qué?
Me mordí el carrillo por dentro y asentí.
—Fue hace cuatro años. Le dio un infarto mientras estaba solo en casa. Cuando lo encontraron era demasiado tarde.
De pronto, me picaban los ojos. A duras penas, me tragué el nudo del tamaño de Texas que me subía por la garganta.
Kate buscó mi mano y me dio un apretón.
El tacto cálido de su piel me reconfortó.
—Lo siento mucho, Ben.
Aparté la mirada.
Mike era el hermano que nunca había tenido y hablar de su muerte era algo que todavía me costaba.
—¿Quieres más vino? —propuse, levantándome.
Ella se puso de pie y me abrazó.
—No tenemos que hablarlo si no quieres.
La rodeé con los brazos y me sentí algo mejor.
Kate se apartó mucho antes de lo que me habría gustado.
Volvimos a sentarnos en el sofá.
—¿Cómo has conseguido mi dirección para mandarme la cinta? —Detecté curiosidad en su voz.
—Me la ha dado tu asistente.
—¿En serio? Tiene prohibido darle mis datos personales a nadie.
—Puedo ser muy convincente cuando quiero algo. —Sonreí de manera descarada.
—¿Qué le has ofrecido?
—Un mago nunca revela sus trucos.
Ella apartó la mirada. En ese momento caí en la cuenta de que había otra cosa que tenía que contarle.
—Por cierto, ya que nos estamos sincerando… —continué—. Hay algo que debes saber: no voy detrás de tu patrimonio. Lo de la contrademanda fue idea de Alexandra para ganarme algo de tiempo y que pudiera hablar contigo.
Kate parpadeó sorprendida.
—Por eso Julia decía que la demanda era absurda… —dijo para sí misma.
Asentí y ella negó con la cabeza.
—Una vez más: no voy a disculparme por buscar la manera de hablar contigo.
—Entonces, ahora que ya hemos hablado, ¿vas a firmar el divorcio?
Tras sopesarlo, decidí jugármela diciendo:
—Ya sabes lo que quiero a cambio. ¿Has pensado lo de la cita?
—Mi respuesta no ha cambiado.
—¿Me lo vas a poner difícil?
—No quiero que te hagas ilusiones.
—Tarde. Después del beso, las expectativas están por las nubes.
Un atisbo de sonrisa asomó a sus labios.
—Había pensado que podíamos ir al cine, como en los viejos tiempos —agregué, con la esperanza de que aceptase.
Ella se quedó pensativa.
—De acuerdo —aceptó, pasados unos segundos—. Pero tienes que prometerme dos cosas antes…
—Lo que quieras.
—La primera es que no intentarás nada conmigo.
—Lo que quieras menos eso.
—Ben…
—Vaaale —concedí a regañadientes—. Por dejarlo claro: si eres tú la que se lanza a comerme la boca, no pasa nada, ¿no?
—No voy a intentar nada contigo.
—Eso ya lo veremos…
—Olvídalo. Sabía que era una mala idea…
—¡No, no, no! Tú y yo quedando es una idea buenísima. A ver, dime, ¿cuál es la segunda condición?
—Firmarás el divorcio en cuanto termine la cita.
El silencio se prolongó. Una sensación incómoda se instauró en mi pecho. Cogí aire de manera profunda, cuando lo solté me resigné:
—Si es lo que quieres, lo firmaré.
Kate estiró el brazo con la palma abierta.
—Tenemos un trato —dijo cuando se la estreché.
—Entonces ¿nos vemos el viernes? —recuperé el tono jovial.
—Sí. No podemos ir a un cine muy público. Seguro que te reconocen en todas partes…
—No te preocupes. El cine que tengo en mente está algo apartado. ¿Te recojo a las seis?
—Genial.
Kate le echó un vistazo al reloj.
—Se ha hecho un poco tarde… Debería irme —dijo levantándose.
El bajonazo fue instantáneo. Ahora que habíamos alcanzado una especie de tregua, después de tener la primera conversación real en trece años, no quería que ese momento terminase. Pero tampoco quería presionarla. Por ello, la acompañé hasta la entrada.
—Hasta el viernes. —Kate giró el pomo y abrió la puerta.
—No me eches mucho de menos durante la semana.
—Descuida. —Me dedicó una última mirada y cerró al salir.