32. Kate #2
Le di un beso fugaz.
—Esto ya está —anunció el oficiante—. El lunes a primera hora validaré el matrimonio en el registro.
—Genial —contesté—. Muchas gracias.
Ben recogió la cámara del altar y la apagó.
Presente
Estaba a punto de apagar la cámara cuando un Ben de dieciocho años apareció en la pantalla. Tenía ojeras, el pelo despeinado y no había ni rastro de la sonrisa que tanto me gustaba. Reconocí en el fondo los pósteres de películas de su habitación de Montauk.
La esquina inferior mostraba la fecha. El vídeo se grabó en noviembre, tres meses después de nuestra ruptura.
Con el corazón encogido vi a Ben pasarse una mano por el pelo y resoplar.
—Hola, Kate. La verdad es que no sé por dónde empezar… —dijo mirando a cámara—. Supongo que debería remontarme a tu cumpleaños. El día que conocí a tu padre, me ofreció dinero para que cortase contigo. Le dije que no y nunca volví a tu casa…
Me quedé impactada al oír aquello.
—La mañana siguiente de nuestra boda bajé a comprarte el desayuno —siguió Ben en la pantalla—, tal y como te había prometido, y me lo encontré en el vestíbulo del hotel.
Me quedé flipando cuando me contó que te habían admitido en Harvard.
También me dijo que no querías ir a la universidad por mí, que merecías algo mejor que yo, y que cuando te dieses cuenta de que no tenía nada que ofrecerte… me dejarías.
Tragó saliva y guardó silencio durante un momento.
—No sé cómo decir esto sin que suene horrible…
así que allá voy: también me dijo que había hablado con el decano de Columbia y que me habían concedido una beca para estudiar a cambio de desaparecer de tu vida…
y yo la acepté. —Se frotó la cara con las manos y suspiró—.
No tenía que haberlo hecho. Lo siento mucho.
Cuando me pintó como el impedimento de tu brillante futuro, me sentí como el culo.
No podía dejar que renunciases a estudiar en Harvard por quedarte conmigo…
Ahora veo qué equivocado estaba. Tendría que haber hablado contigo…
Los días pasan y no dejo de pensar en ti ni en que la cagué.
Te llamé hace unas semanas, pero has cambiado de número…
Te he buscado en Facebook, pero supongo que has borrado la cuenta, porque no he conseguido dar contigo…
Por eso, he pensado que iré a buscarte a Harvard.
Haré lo que sea para que me perdones y recuperarte —sentenció decidido—.
Lo que sea. No se me dan bien las palabras, espero que el vídeo que te voy a dejar ahora se acerque a lo que siento.
La imagen de Ben dio paso a un montaje de varias escenas de finales de películas románticas.
Vi a Harry corriendo para llegar a la fiesta de fin de año en la que estaba Sally, a Patrick dejarle la guitarra en el coche a Kat y pedirle perdón, y a Noah construir para Allie la casa de sus sueños, entre otros.
Cuando el montaje terminó, Ben volvió a ocupar la pantalla. La fecha indicaba que era unos días más tarde. Tenía los ojos enrojecidos, una chaqueta negra y la expresión más triste que le había visto nunca. Pese a que el fondo estaba oscuro, parecía estar sentado en el coche.
—Estoy en Boston… —dijo con tono apagado—.
Yo… he venido a buscarte y… te he visto besando a otro en la puerta del cine.
Llevo dos horas conduciendo en círculos porque no quiero irme…
Había imaginado que el reencuentro sería diferente, que te encontraría, que te pediría perdón y que tú me aceptarías.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza que hubieses pasado página…
Me siento un gilipollas. Una chica tan inteligente, dulce y divertida como tú debe de tener a los idiotas de Harvard haciendo cola, ¿no?
Los ojos se le empañaron y acabó diciendo:
—En fin. No sé qué cojones hago grabando esto.
Sentí que alguien me estrujaba el pecho. Ojalá pudiese retroceder hasta el momento y contarle que no había pasado página, que lo había intentado yendo al cine con un compañero de clase, pero que me estaba autoengañando.
El vídeo dio paso a otro, fechado un mes más tarde. Ben volvía a estar en su habitación de Montauk. Unas ojeras moradas destacaban sobre su piel, tenía el pelo algo más desgreñado y la mirada perdida.
—Hola, Kate… No te voy a engañar: desde que volví de Boston he estado jodido.
Creo que ha llegado el momento de asumir que siempre te querré y que tendré que vivir con ello.
Mike dice que no puedo seguir así y que debo dejarte ir…
Así que… supongo que esto es un adiós. Ni siquiera sé por qué grabo esto, pero bueno.
Espero que todo te vaya genial, que seas muy feliz y que, si algún día la vida nos vuelve a juntar, no me mires con rencor y…
—se le quebró la voz— que seas capaz de recordar el verano tan guay que pasamos juntos. Te quiero. Mucho.
Una lágrima se escapó por la comisura de su ojo izquierdo. Se apresuró a limpiársela.
—Adiós, Kate…
Respiró hondo y paró la grabación.
La pantalla se quedó en negro. Se me escapó un sollozo. No me había dado cuenta de que estaba llorando. Rememorar uno de los momentos más especiales de nuestra relación y luego ver a Ben destrozado me había revuelto entera.
Dejé la cámara sobre el colchón y se me cayeron otro par de lágrimas calientes.
¿De verdad mi padre era el responsable de la ruptura? ¿De verdad había destruido emocionalmente a Ben para salirse con la suya y que yo fuese a la universidad?
Recordé las palabras que me dijo meses atrás mientras cenábamos:
«El chico ese que conociste en Montauk va a presentar Saturday Late Night . Jamás pensé que alguien como él llegaría tan lejos… Espero que no te suponga ningún problema».
Sabía que, con eso, lo que quería decir en realidad era: «Si te supone un problema, lo pondré de patitas en la calle…».
De pronto, todo cobró sentido en mi cabeza: la opinión que mi padre tenía sobre Ben y sus orígenes humildes, su afán por que yo fuese a Harvard, lo rápido que puso a la venta la casa de los Hamptons tras la ruptura, hasta la insinuación de que podría hacer lo que quisiera en la empresa siempre y cuando me casase con alguien de su agrado.
La creencia de que Ben me había dejado por dinero hizo que cambiara mi manera de ver el amor.
Tras la ruptura, construí una muralla alrededor de mi corazón y solo me relacioné con hombres que ya tenían dinero y la vida resuelta.
De esa manera me protegía porque sabía que, al menos, no me querían por interés.
Lo había pasado bien, pero ninguna de esas relaciones trascendió como lo hizo mi primer amor.
Cerré la tapa de la cámara y la dejé sobre el colchón.
Luego me levanté, caminé hasta el armario y abrí el último cajón.
Extraje un pequeño joyero verde que tenía olvidado y levanté la tapa.
Dentro estaba el anillo con el que le había dado el «sí, quiero» a Ben y el colgante de Titanic que me había regalado en mi cumpleaños.
Acaricié con cuidado el corazón azul oscuro.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Ya no me quedaban dudas de que Ben me había dicho la verdad, pero eso no borraba el dolor por arte de magia.
Saber que no había sido la única que había sufrido me hacía sentir menos tonta.
Ahora que comprendía lo que había ocurrido y que había visto que él también lo había pasado mal, quizá podría llegar a perdonarlo.
Guiada por un impulso, me levanté y cogí la cámara. Luego, bajé las escaleras corriendo y salí de casa.
Media hora más tarde, y con el corazón en un puño, llamé a la puerta de Ben con los nudillos.
Oí pasos al otro lado y me puse nerviosa.
¿Qué estaba haciendo? No podía presentarme en su casa sin avisar.
¿Y si estaba acompañado de alguna mujer?
Di media vuelta y me encaminé al ascensor. Si me daba prisa, no me vería.
No había dado ni dos pasos cuando la puerta se abrió a mis espaldas.
—¿Kate?
Me detuve y respiré hondo antes de voltearme.
Ben estaba plantado en el umbral de su casa, vestido con una camiseta verde musgo de manga larga y un pantalón de chándal oscuro. Escaneó mi rostro, deteniéndose en mis ojos llorosos y en mi nariz enrojecida.
—¿Estás bien? —Había ansiedad en su voz.
—He visto la cinta —dije con voz contenida.
—Ah… ¿Y qué te ha parecido?
Sentí que una mano invisible tiraba de mis costillas en su dirección. Llevaba resistiéndome a su magnetismo desde que nos besamos en la discoteca. Estaba cansada y no podía más. Dejándome llevar por las emociones, reduje la distancia que nos separaba y lo abracé.