32. Kate
Kate
El lunes a primera hora le mandé a Kevin el guion de la temporada de Legacy con la subtrama romántica incorporada. Estaba elaborando el presupuesto de un proyecto cuando sonó el teléfono fijo.
—Señorita Morgan —me saludó mi asistente cuando descolgué—. Tengo a Kevin Smith por la vía dos.
—Gracias, Adam. —Pulsé el botón dos—. Hola, Kevin, ¿cómo estás?
—Muy bien. Acabo de echarle un ojo al guion. Ha quedado estupendo.
—¿Te ha gustado? —No pude evitar sonreír.
—Sí. Creo que la conducta de Lucy y Rowan durante la temporada es muy humana.
Has mantenido muy bien la intriga de lo que va a pasar con el puesto de trabajo hasta el final y, bueno, reconozco que me parece divertidísimo ver al gran Rowan Newport siendo tan desgraciado y vulnerable en el último episodio.
—Muchas gracias, Kevin.
—¿Cómo quieres que se lo presentemos a Marty? ¿Quieres hacerlo tú? Es tu idea…
—Prefiero que lo hagamos juntos. —Si Marty sabía que la idea de la subtrama romántica venía de mí, me diría que no sin molestarse en leer una página—. ¿Tienes hueco para una videollamada con él esta tarde?
—Sí.
—Perfecto. Le pediré a mi asistente que revise la agenda de Marty y te digo algo con lo que sea.
Para mi sorpresa, a Marty pareció gustarle la idea. Todavía tenía que leer el guion antes de decirnos algo definitivo, pero al menos no la había rechazado de primeras. Volví a casa con una sonrisa en los labios.
Estaba a punto de subir hasta el ropero para coger la bolsa de pilates cuando una caja blanca de tamaño mediano llamó mi atención desde el aparador de nogal de la entrada. El paquete tenía mi nombre y dirección escritos con una caligrafía grande y desordenada.
Levanté la tapa y aparté las virutas de papel protectoras con cuidado. Tragué saliva al reconocer el objeto que albergaba en su interior. Era una videocámara antigua muy parecida a la del abuelo de Ben. Tenía un pósit amarillo pegado en el que solo podía leerse: «Dale al play ».
De pronto, se me aceleró el pulso.
Cogí la caja y subí a mi habitación. Solté el abrigo y el bolso en la cama, me senté en el borde y me coloqué la caja sobre las piernas.
Me enganché la correa de la cámara en la mano.
Algo me decía que el contenido de la cinta no me dejaría indiferente.
Respiré hondo y la encendí. Con manos temblorosas, pulsé el botón de reproducir.
Una versión mucho más joven de mí misma apareció en la pantalla, mirando a cámara con una sonrisa enorme.
Al verme, sentí que retrocedía en el tiempo.
Trece años antes. Agosto.
Estaba hecha un revoltijo de emociones.
Después de que mi padre me requisase el móvil, contacté con Ben a través de un mensaje privado de Facebook.
Le conté que mi padre me había prohibido seguir viéndole y que al día siguiente me obligaría a regresar a Boston con él.
En ese momento, Ben y yo trazamos un plan juntos: fugarnos a Atlantic City y casarnos.
De esa manera, mi padre no podría llevarme obligada a ninguna parte.
Por eso, en cuanto mi padre se montó en el coche para ir a comer al club de campo con sus socios, guardé en una bolsa de viaje la documentación, algo de dinero y ropa. Ben me recogió unos minutos más tarde.
Bajé la ventanilla en la autopista y dejé que el aire caliente me despeinara. Todavía no me creía lo que estaba haciendo. Tenía ganas de reírme y gritar. Me pregunté si esa era la libertad que los pájaros sentían al volar. Quería recordar aquella sensación siempre.
—¿Te has traído la cámara de tu abuelo? —le pregunté a Ben.
—Sí. Está en mi bolsa.
—¿Puedo cogerla?
—Lo mío está a punto de ser tuyo. No tienes que pedir permiso.
Sonreí al oír esas palabras.
Me giré sobre el asiento y estiré el brazo para coger la bolsa de la parte trasera. Cuando encontré la cámara, la encendí y abrí la pantalla para verme la cara. Pulsé el botón de grabar y comencé a hablar:
—Estoy emocionada porque… ¡Ben y yo estamos llegando a Atlantic City para casarnos!
Le di la vuelta a la cámara para sacar a Ben. Mi novio lucía una sonrisa enorme.
—Ben, ¿quieres decir algo?
—Sí. —Bajó la ventanilla y gritó a la autopista—: ¡Voy a casarme con una chica increíble! ¡Soy el rey del mundo!
Me entró la risa.
—¡Qué tonto eres!
—Por ti puedo serlo. —Atrapó mi mano libre y me besó los nudillos, sin apartar los ojos de la carretera.
—Te quiero —le dije, antes de apagar la cámara.
—Yo a ti más.
Cuando llegamos a Atlantic City, paramos en el primer hotel que tenía capilla.
Reservamos una habitación con mi tarjeta de crédito, pedimos hora para la ceremonia y subimos corriendo a cambiarnos.
Me puse un vestido blanco de tirantes que me llegaba por encima de la rodilla, unas sandalias doradas y el colgante de Titanic que me había regalado Ben en mi cumpleaños, y que era un corazón azul.
Él se vistió con un traje sencillo de color azul marino, con la corbata a juego y una camisa blanca.
Estaba tan guapo que me faltaba el aire.
—Eres la chica más bonita del universo. —Ben me sujetó la cara con las manos y me besó con delicadeza.
Mi corazón batía las alas con tanta fuerza que podría salir volando.
—¡Los anillos! —exclamé, apartándome de sus labios—. ¡No tenemos anillos!
—Tranquila, seguro que encontramos algo abajo.
Ben cogió la bolsa con la cámara y nos dirigimos a las tiendas del hotel. Compramos un par de anillos que nos quedaban grandes por cincuenta dólares y un ramo de rosas rosas para mí.
Al salir de la floristería, le eché un vistazo al reloj.
—Tenemos cinco minutos para encontrar un testigo y llegar a la capilla.
Ben atrapó mi mano y dijo:
—Será mejor que nos demos prisa.
Echó a correr, tirando de mí.
—No puedo correr con las sandalias —le dije tres pasos más tarde.
Él se detuvo, dobló las rodillas e inclinó el torso hacia el suelo.
—Sube.
—¿Vas a llevarme a caballito? —Lo miré dubitativa.
—Claro. ¡Vamos, que no llegamos!
Apoyé las manos en sus hombros y me encaramé a su espalda de un salto. Ben pasó los brazos por debajo de mis piernas y yo le rodeé el cuello con los míos. Se irguió y echó a correr. Con la risa resonando en la garganta, le dije:
—Todo el mundo nos está mirando.
—¡Eso es porque somos guapísimos y nos envidian!
Atravesamos los pasillos del hotel hasta la capilla. Me bajó en la puerta y le cortó el paso a la primera persona con la que nos cruzamos.
—Disculpe, ¿tiene cinco minutos? —le preguntó a una señora de mediana edad. No le dio tiempo a responder—. Me llamo Ben. Ella es Kate, mi novia. Vamos a casarnos y necesitamos un testigo.
La mujer alternó la mirada de Ben a mí.
—¿No sois un poco jóvenes?
—El amor no tiene edad —respondió él con una sonrisa encantadora.
—La capilla está justo aquí. —Señalé la puerta con la mano—. Solo le quitaremos cinco minutos.
—De acuerdo.
—¡Muchísimas gracias! —Ben le abrió la puerta de la capilla—. Por cierto, ¿cómo se llama?
—Ophelia.
—Encantado. Pase y siéntese donde quiera.
En cuanto la mujer se adentró en la capilla, Ben me preguntó:
—¿Quieres que entremos juntos o por separado?
—Juntos.
—Vale. Voy a colocar la cámara en el altar y vuelvo a por ti.
Ben se perdió en el interior. Cuando regresó, enhebré el brazo al suyo y entramos juntos.
La sala era pequeña, de paredes blancas y bancos de madera con arreglos florales que se extendían a ambos lados del pasillo central.
Al fondo había un altar sencillo con un atril blanco.
El maestro de ceremonias, vestido de negro, nos esperaba detrás.
La melodía a piano que se oía a través de los altavoces llenaba el ambiente.
Mientras recorríamos aquel pasillo corto, supe que nunca olvidaría aquel momento. La piel me cosquilleaba, el corazón me latía con fuerza y no podía dejar de sonreír.
—Buenas tardes —nos saludó el oficiante cuando nos detuvimos delante de él—.
Estamos aquí reunidos para celebrar el amor y el compromiso de…
—bajó la vista a los papeles— Katherine Morgan y Benjamin Sharp.
—Volvió a mirarnos y prosiguió—: El matrimonio es la promesa eterna de dos personas que caminan en la misma dirección.
Por favor, Benjamin, repite después de mí. Yo, Benjamin Sharp…
Dejé de oír al oficiante.
A partir de ese momento, mis sentidos se concentraron en Ben, que me agarró la mano y repitió los votos genéricos.
—Yo, Benjamin Sharp, te tomo a ti, Katherine Morgan, como legítima esposa. Para amarte y respetarte todos los días de nuestra vida.
Los ojos se me llenaron de lágrimas al oír sus palabras dulces.
Cuando fue mi turno de repetir los votos, Ben sonrió de oreja a oreja.
—Ahora os pediré que selléis vuestras promesas intercambiando las alianzas —anunció el oficiante.
Ben sacó del bolsillo interno de la chaqueta la bolsa de terciopelo que contenía los anillos y me entregó el suyo.
—Katherine, ¿quieres contraer matrimonio con Benjamin? —me preguntó el oficiante.
—Sí, quiero —respondí con una sonrisa mientras le colocaba la alianza.
—Y tú, Benjamin, ¿quieres contraer matrimonio con Katherine?
—Sí, quiero.
Mi corazón emocionado se saltó un par de latidos. Me pregunté si así de contenta se sintió Julieta cuando se casó con Romeo en secreto.
Ben me besó la mano antes de meter el anillo con cuidado en el dedo anular. Era asombroso cómo me estremecía por un simple roce. No existía nada más en el mundo que sus ojos verdes, chispeantes de alegría.
—Por el poder que me ha otorgado el estado de New Jersey, yo os declaro marido y mujer. Ben, puedes besar a la novia.
Antes de que las palabras terminasen de entrarme por los oídos, Ben ya me estaba besando.
—Te quiero —dijo contra mis labios.
—Y yo a ti —respondí.
Nuestros besos eran torpes y ansiosos.
Nos apartamos al oír un carraspeo.
El hombre nos pidió que firmásemos el contrato matrimonial.
—¿Qué te apetece cenar? —me preguntó Ben mientras nuestra testigo firmaba el papel.
—¿Compramos una pizza y nos la llevamos a la habitación?
—Vale.
—Podríamos comprar también una tarta. He visto en el escaparate de la pastelería una en forma de corazón preciosa.
—Lo que quieras.