31. Kate
Kate
—Ten, parece que lo necesitas —dijo Preston por encima de la voz de Phoebe Bridgers.
Me quité los cascos y despegué la vista del guion de Legacy hacia la copa de vino que me tendía.
Una sonrisa afloró a mis labios. Mi amigo estaba listo para marcharse a una fiesta de Halloween que tenía esa noche.
Llevaba puesto un uniforme blanco de capitán de la marina.
La chaqueta tenía el cuello alto, unas hombreras negras con emblemas dorados y los botones del mismo color.
—Me encanta el disfraz. Si algún día produzco el remake de Oficial y caballero , te contrataré para el papel de Richard Gere.
Preston sonrió, encantado con el cumplido.
—A su servicio, señorita. —Se puso la gorra blanca con ribetes dorados y se dio un toque en la visera negra—. ¿Seguro que no quieres venir a la fiesta?
—Seguro. Quiero seguir con esto. —Golpeé el guion impreso con el bolígrafo—. Me gustaría mandárselo al guionista el lunes.
—¿Cómo lo llevas?
Me encogí de hombros.
—Bien. Me faltan dos capítulos y acabo. He escrito un par de escenas románticas que me tienen enamorada. Ojalá le den el visto bueno a esto, porque estoy deseando verlo en pantalla.
—Seguro que sí. Ya lo verás. —Me puso la mano en el hombro y me dio un apretón—. Si te animas a venir más tarde, llama a Robert.
—Descuida. ¿Verás a tu chico esta noche?
—James no es mi chico. Y sí, acudirá a la fiesta.
James Aster era uno de los cantantes pop más famosos del momento.
Su nombre estaba en boca de todos por su voz cautivadora, su estilo extravagante y el par de escándalos que había protagonizado en el último año.
Preston y él llevaban viéndose unos meses en secreto.
Mi amigo insistía en que no tenían nada serio, pero el brillo soñador que iluminaba sus ojos azules evidenciaba que James le importaba más de lo que reconocía.
—¡Pásalo bien y disfruta por mí!
—Nos vemos mañana. —Se despidió, dándome un beso en la mejilla y se encaminó al ascensor privado.
Cuando me quedé sola, me levanté para estirarme.
Después de horas sentada, notaba el cuerpo entumecido.
Cogí la copa de vino y caminé hasta la ventana.
Ya había anochecido. El viento movía las hojas de los árboles de la Quinta Avenida.
La calle estaba llena de transeúntes disfrazados.
Apoyé la frente en el cristal y suspiré.
No les había contado ni a Preston ni a Julia que Ben me había invitado a asistir como público al programa de esa noche.
Habían pasado dos semanas desde nuestro beso y estaba confundida.
En los últimos días había pensado en su sonrisa pícara y en su cuerpo desnudo más veces de las que me gustaría.
El pulso se me aceleraba al recordar la manera hambrienta que había tenido de mirarme, cómo sus manos grandes habían recorrido mi cuerpo con ansia y la ferocidad con la que sus labios se habían adueñado de los míos.
Besándolo había experimentado la misma descarga de adrenalina que cuando me escapaba por la noche para encontrarme con él. Era una sensación adictiva. Había echado de menos sentirme así.
Cada vez que nos veíamos, la atracción entre nosotros parecía aumentar.
También le había dado vueltas a todo lo que me había contado la tarde anterior. Aunque seguía un poco abrumada, mi enfado se había reducido de manera considerable.
Eché un vistazo al reloj. Eran las seis y media. Faltaba media hora para que empezase el rodaje. Incapaz de quedarme quieta, caminé de un lado a otro del salón.
Mi mente y mi corazón estaban en una encrucijada.
Una parte de mí tenía ganas de ir al programa y dejarse llevar. Otra parte tenía miedo de acercarse demasiado a Ben y sufrir de nuevo.
Volví a consultar la hora. Si me daba prisa, llegaría a tiempo a la grabación. Con el corazón acelerado, dejé la copa en la mesa y subí las escaleras corriendo. Pasé las perchas del vestidor, buscando qué ponerme.
Enseguida caí en la cuenta de que en el edificio Rockefeller trabajaban personas que me conocían.
Cualquiera que hubiese asistido a la fiesta de adquisición sabría que era la hija de Arthur Morgan.
Los directivos y los jefes de departamentos de producción no solían ir a ver los programas en directo.
Era fácil que alguien me viera, se lo comentara a mi padre y él empezara a sospechar.
Dejé caer el brazo a un costado. ¿En qué estaba pensando? No podía asistir a la grabación y arriesgarme a que las cámaras me sacasen en el programa más visto de la televisión. No podía poner en jaque el compromiso con Preston. Ambos teníamos mucho que perder si se descubría nuestro teatro.
Una sensación agridulce se adueñó de mí.
Tragué saliva y me senté en el banco de terciopelo. Aquel era el motivo por el que tampoco podía aceptar la solicitud de seguimiento en Instagram de Ben. Era una red demasiado pública y cualquiera podría verlo.
Cinco minutos antes de que empezase el programa, estaba sentada en el sofá con el pijama blanco de seda y los parches para las ojeras bajo los ojos. Sobre la mesa descansaban la botella de vino y el salmón con verduras que me cenaría.
Cuando saltaron los créditos iniciales y empezó a sonar la música jazz , me mordisqueé la uña.
Los alrededores del edificio Rockefeller dieron paso a los miembros del elenco, que fueron apareciendo uno a uno mientras la voz en off anunciaba sus nombres.
Ben salió construyendo un castillo de naipes con las cartas de póker.
Le dio la vuelta a una de ellas y le guiñó un ojo a cámara al mostrar que se trataba del rey de corazones.
El formato del programa siempre era el mismo. Primero comenzaba el anfitrión con un monólogo y luego se daba paso a los sketches de comedia, con una actuación musical en medio.
Cuando Ben entró en escena, disfrazado como el demonio de Las Guerreras K-pop y bailando una canción pegadiza, el público estalló en carcajadas y no pude evitar sonreír.
Llevaba una túnica negra combinada con un sombrero tradicional, le habían maquillado la cara con marcas moradas.
Intentó absorber las almas de los comensales de un restaurante, pero se golpeó contra la lámpara del techo y se le cayó el micrófono.
Ben estaba en su elemento. La felicidad de su mirada hacía que estuviese guapísimo.
Cuando salió disfrazado de perrito caliente para tener una cita con una mujer rica de Miami a la que le encantaban los chihuahuas, me dio un ataque de risa.
Mientras me reía, me pregunté cuáles de aquellas bromas habría escrito.
El episodio llegó a su fin y yo me había bebido media botella de vino, estaba con la risa floja y me dolían las mejillas de sonreír.
Una parte de mí se arrepentía de no haber ido. Podía haberlo pasado genial en vivo, y quizá nadie tenía por qué haberme visto.
En un impulso, cogí el móvil.
Había cambiado de número poco después de la ruptura, porque no quería esperar una llamada que nunca llegaría, pero había guardado su contacto en cada móvil que había tenido. Nunca me había atrevido a escribirle. Achispada, me sentí lo suficiente temeraria como para hacerlo.
Mis dedos volaron por la pantalla.
Pulsé «enviar» y solté el teléfono sobre el sofá.
Ben
Sabía que las probabilidades de que Kate estuviese entre el público eran pequeñas. Cuando el programa terminó y los asistentes se levantaron para aplaudirnos, la busqué con la mirada.
Tan pronto como me escurrí entre bastidores, atravesé el estudio corriendo y bajé las escaleras de dos en dos hasta la taquilla de la planta baja.
—Hola, Stan… —saludé al hombre que regentaba el acceso—. ¿Han recogido la entrada que había dejado?
Él negó con la cabeza y se fijó en el disfraz llamativo de estética disco que llevaba puesto.
—Vale. —Me mantuve impasible mientras una oleada de desilusión me recorría el cuerpo—. Bueno, gracias, voy a cambiarme.
Regresé al camerino arrastrando los pies y me dejé caer en la silla con una exhalación. Cuando cogí el móvil de la mesa, tenía varios mensajes esperándome. Uno de ellos llamó mi atención porque provenía de un número desconocido.
Tenías razón
El sketch era gracioso
Contuve la respiración.
Rose?
Los puntos que indicaban que la persona estaba escribiendo aparecieron y desaparecieron de la pantalla varias veces. Me recosté en el respaldo de la silla y esperé. No quería emocionarme antes de tiempo.
Los puntos se desvanecieron. Pasé un minuto entero esperando y no recibí respuesta.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Pasa!
Freddie asomó la cabeza vestido de Cazafantasmas y me preguntó:
—¿Estás listo?
Como cada sábado, después de cenar algo, iríamos a la discoteca.
—Id tirando. Enseguida os alcanzo.
Cuando mi compañero cerró la puerta, probé suerte mandando un segundo mensaje.
Qué sketch te ha hecho gracia?
Regresaron los puntos a la pantalla.
Tragué saliva y esperé.
—¡Vamos, contesta! —le pedí al teléfono.
Buenas noches, Jack
—¡Toma! —Salté de la silla e hice un bailecito en el sitio.
Bastaron tres palabras para que volviera a sentirme el puto rey del mundo.