30. Kate
Kate
Cuando Ben terminó de hablar, el corazón me latía con fuerza en los oídos y notaba los ojos húmedos.
Dicen que no eres una neoyorquina auténtica hasta que lloras en la calle, pero no quería ganarme el título sentada en aquel banco de Central Park.
La brisa fría de finales de octubre agitó los árboles. Me encogí dentro del abrigo largo.
Ben me observaba expectante, con una mezcla de arrepentimiento y culpabilidad en el rostro.
El nudo que me oprimía la garganta me impedía soltar palabra.
Tampoco sabía qué decir. Mis pensamientos eran un enjambre.
Estaba abrumada por la cantidad de información que tenía que procesar.
Llevaba trece años creyendo que Ben me había dejado por dinero, que se marchó sin mirar atrás y que le fue fácil olvidarme.
Él acababa de contarme una versión diferente de la historia que en su día me dio mi padre.
Había señales que me hacían creer que Ben había dicho la verdad.
Su tono había sonado sincero y cansado, como si llevase años cargando con el peso de la disculpa no pronunciada.
Además, estaba al tanto de detalles específicos que nunca llegué a contarle, como que me habían admitido en Harvard después de dejarme en lista de espera, o que en Acción de Gracias fui al cine con un compañero de clase y que nos besamos al salir.
Pese a estar bastante segura de que Ben decía la verdad, a una parte de mí le costaba creer que mi padre nos hubiera manipulado a su antojo, como si fuésemos marionetas.
—Lo siento mucho. La cagué. No tenía que haberle hecho ni puto caso a tu padre. Entiendo por lo que te dijo que debió de pagarme la universidad…
Asentí sin contestar. Eso suponía yo también.
—Te juro que creía que de verdad había una beca —añadió.
Ver su lado vulnerable despertaba emociones que no podía controlar. En sus ojos tristes vi a un hombre que intentaba conseguir mi perdón.
Oír su relato me había permitido rellenar los huecos de nuestra ruptura.
Parpadeé para alejar las lágrimas. No quería que me viese llorar. Me limpié el rostro con disimulo.
—Kate, tienes que creerme cuando te digo que no ha habido un solo día en el que no me haya arrepentido de lo que hice. ¿Podrás perdonarme?
Le sostuve la mirada. Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas. No quería tomar ninguna decisión en ese momento. Me sentía vulnerable y expuesta. El frío se había colado bajo mi ropa y estaba helada.
—Yo… No lo sé. Ahora mismo estoy hecha un lío. Necesito pensar.
Ben asintió con la cara compungida. Le eché un vistazo a la hora.
—Tengo que irme. —Me levanté y él me siguió.
Salimos del parque en silencio.
Me acerqué a la calzada, alcé el brazo y paré un taxi.
—Buenas noches, Ben —le dije cuando el vehículo se detuvo delante de mí.
Tras decir eso, me monté sin mirar atrás.
Cuando llegué a casa me recibió el calor de la calefacción.
Encontré a Preston y a Julia sentados en el sofá.
Él llevaba una bata azul marino y sostenía una copa de vino.
Ella lucía un pijama negro de satén y estaba concentrada en su portátil.
Ambos tenían los parches de colágeno verdes bajo los ojos.
Sobre la mesita de café se extendían nuestros platos otoñales favoritos, entre los que destacaban: risotto de calabaza, ensalada con manzana asada y tarta de ricota y manzana.
En la televisión estaban pausados los créditos iniciales de Prácticamente magia .
Habíamos quedado la víspera de Halloween para hacer maratón de películas de estética otoñal.
—¡Por fin llegas! —exclamó Preston, haciéndome un hueco a su derecha—. ¡Me muero de hambre! —Luego se dirigió a Julia y le dijo—: Señorita Trabajo Duro, ya puedes desconectar.
—Respondo este correo y cierro —prometió ella.
—¿Qué tal ha ido tu reunión? —me preguntó Preston.
Solté el bolso en la butaca y saqué la caja de macarons de pistacho de Ladurée que había comprado de camino. Con un suspiro eterno, me senté al lado de mi amigo.
—Ben me ha parado a la salida del edificio Rockefeller y hemos estado hablando de lo que pasó cuando lo dejamos —les dije, obviando la pregunta.
Preston abrió mucho los ojos. Julia cerró el portátil de golpe y me pasó su copa. Subí las piernas al sofá y le di un sorbo al vino. Luego, me metí un macaron en la boca. Después de tragar, les conté lo que Ben y yo habíamos hablado.
—A ver, que tu padre es un poco tirano no es nada nuevo —comentó Julia a la par que hundía el tenedor en su risotto—. Quiero decir, ya teníamos la versión en la que le había ofrecido dinero para que te dejara… Lo único que cambia ahora es que podemos entender mejor a Ben.
—No ha hecho nada que no haría mi madre, créeme —apuntó Preston—.
Simplemente tienes que pensar que, en su cabeza, él lo hacía por tu bien…
Mi madre actuaría igual si creyera que alguien se me ha acercado solo por dinero o interés.
Eres su única hija, de la noche a la mañana le dijiste que no querías ir a Harvard y te fugaste con el malote del pueblo…
Aunque no lo justifico, supongo que, a su manera, te estaba protegiendo.
—¿De qué? —contesté—. ¿De alguien que no consideraba digno por no tener dinero ni un apellido?
—Es una lógica retorcida, pero ya sabes cómo son vuestros padres —agregó Julia—. Harían lo que fuera por defender el honor y el futuro de la familia.
—No sé si hablar con mi padre…
—¿Servirá de algo? —me preguntó Julia.
Lo sopesé un instante.
—No lo creo.
—Yo tampoco —siguió mi amiga—. ¿No te parece que será sospechoso que le hagas estas preguntas ahora?
Asentí y me comí otro macaron .
—¿Vosotros perdonaríais a Ben? —les pregunté con la boca pequeña.
—Yo sí —dijo Julia—. Pero porque empatizo con su historia. Me crie en un pueblo de Nebraska en el que mi único futuro era heredar la granja de mi familia y me sentía atrapada. Si no hubiese sido por la beca de Harvard, ahora mismo estaría amargada allí…
Miré a Preston.
—Yo no sé estar enfadado, ya lo sabes. De todos modos, haz lo que sientas.
Le di un sorbo al vino y me quedé pensativa.
—¿Ponemos la película ya? —propuse—. Seguro que las mujeres Owens me ayudarán a distraerme.