Los finales perfectos no existen 29. Ben
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29. Ben

Ben

Trece años antes. Agosto.

«¿Cómo es posible que esta chica tan increíble se casara anoche conmigo?».

Fue lo primero que pensé al despertarme, abrazado a Kate, la mañana siguiente de nuestra boda.

Una de sus piernas descansaba enredada entre las mías mientras su mano me calentaba el pecho de manera agradable.

Estaba tan contento que quería abrir la ventana y gritar para que todo Atlantic City se enterase de que Kate era mi mujer.

La noche anterior había sido la mejor de mi vida. Después de casarnos en la capilla del hotel, Kate y yo compartimos una pizza y tarta, y volvimos a la habitación, donde nos demostramos hasta las tantas de la madrugada lo que sentíamos el uno por el otro.

Hacía meses no hubiera pensado que esa chica fuese a importarme tanto.

Ahora no me imaginaba sin ella. Por eso el día anterior, cuando me mandó un privado por Facebook contándome que su padre le había prohibido verme, armamos el plan.

Decidimos fugarnos con lo puesto. Suponía que ese era el amor irracional que enseñaban en las películas.

Me aparté de su cuerpo y me levanté con sigilo.

Le había prometido que su primer desayuno de casada sería en la cama con macarons de pistacho y rosas de color rosa.

Ella rodó sobre el colchón hasta quedarse bocarriba.

No pude evitar sonreír al verla dormir plácidamente.

Tras vestirme, le retiré el pelo de la cara con cuidado y le di un beso suave en los labios.

—Ahora vengo —susurré.

Kate emitió un sonido adorable que interpreté como un «vale».

Abandoné la habitación y bajé en el ascensor. Cuando atravesaba el vestíbulo, un hombre trajeado me cortó el paso.

—Señor Morgan —murmuré sorprendido al reconocer al padre de Kate—. ¿Qué hace aquí?

—¿Dónde está mi hija?

No me gustó una mierda su tono afilado. Sonreí incrédulo antes de contestar:

—Si Kate quisiese que supiese dónde está, se lo habría dicho, ¿no cree?

Arthur endureció la mirada. Acto seguido, echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que nadie nos escuchaba.

—Te sugiero que no pongas a prueba mi paciencia. —Su falsa amabilidad me ponía de los nervios.

Estaba deseando restregarle por la cara que me había casado con su hija y decirle: «Querías separarnos, ¿verdad? Pues ahora somos familia…».

—Si está aquí para pedirme que rompa con Kate lo lleva cla…

—Esto ha llegado demasiado lejos. —Me cortó sin miramientos—. ¿Qué tontería es esa de que mi hija no quiere ir a Harvard? ¿Qué le has dicho para convencerla de que tire su futuro a la basura y se quede contigo?

Arrugué las cejas.

—¿De qué habla?

Él me analizó unos segundos.

—Katherine lleva semanas admitida en la universidad. —Se metió la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y me mostró la carta.

Leí las primeras líneas y parpadeé perplejo.

—No lo sabía.

—Le habrá dado pena que no te hayan aceptado en Columbia y por eso te lo habrá ocultado.

Me quedé de piedra.

En ese momento las últimas conversaciones que habíamos tenido encajaron como las piezas de un puzle. Cada vez que le había preguntado por la universidad, Kate había esquivado el tema.

—No eres una buena influencia para mi hija —prosiguió Arthur—.

Antes de conocerte su vida estaba encaminada, se preocupaba de su futuro y de sus estudios, no se metía en líos y, desde luego, no se escapaba de casa.

Su deber es ir a la universidad, no desperdiciar el tiempo con un simple aparcacoches.

Apreté la mandíbula.

La mayoría de la gente como él me trataba como si fuese invisible o me miraba con superioridad. Odiaba que le bastase una mirada despectiva para hacerme sentir insuficiente.

—Eso debe decidirlo ella —fue lo único que atiné a decir.

—Es evidente que Katherine no está pensando con claridad. Dime, ¿qué harás cuando se arrepienta de no haber ido a Harvard y te culpe por ello?

Sentí un retortijón en las tripas.

Cientos de preguntas daban vueltas en mi cabeza, como una lavadora centrifugando. ¿Por qué Kate me había ocultado que la habían admitido en una de las universidades más prestigiosas del país? ¿Se avergonzaba de que no me hubiesen seleccionado? ¿Me veía como a un fracasado por ello?

—Tu vida no cambiará, pero, si se queda contigo, la suya sí lo hará.

Mi hija está acostumbrada a un nivel que no puedes ofrecerle.

Contigo, lo máximo a lo que puede aspirar es a malvivir siendo cajera en un supermercado.

Dime, ¿dónde viviréis? ¿Con tu madre? Dudo que con el sueldo de aparcacoches puedas permitirte un alquiler decente. ¿Es eso lo que crees que merece?

Me quedé callado. Kate y yo ni siquiera habíamos hablado de eso. No nos habíamos parado a pensar en nada.

—Conozco a mi hija, tarde o temprano se dará cuenta del error que ha cometido y te dejará. Si de verdad la quieres, haz lo mejor para ella y déjala.

Su mirada fría como el hielo pulverizó la poca confianza que me quedaba. Ese hombre de verdad me veía como el impedimento en el futuro brillante que aguardaba a su hija.

En su discurso había parte de verdad. No podía darle a Kate todo lo que me gustaría. Quizá su padre tenía razón. Quizá yo no era más que la fase rebelde de Kate. La visualicé algo más adulta, dejándome y marchándose arrepentida.

La culpabilidad trepó por mi garganta.

No quería que Kate renunciase a sus oportunidades por estar conmigo. Ella merecía labrarse un futuro. Jamás me perdonaría que se arrepintiera y me guardara rencor.

Arthur asestó la puñalada final diciendo:

—He hablado con el decano de Columbia. Ha habido una baja de última hora, te han aceptado y te han concedido una beca de estudios. Empiezas la semana que viene. La única condición es que te olvides de mi hija y te marches ahora mismo.

Unos días más tarde atravesé el vestíbulo abarrotado de la residencia de estudiantes que me habían asignado en Columbia y me dirigí a las escaleras. Había más movimiento que en un aeropuerto. La emoción se respiraba en el ambiente. A diferencia del resto, yo cargaba el equipaje solo.

Al llegar a la segunda planta, enfilé por el pasillo y busqué la habitación 209. Empujé la puerta entreabierta y fui a parar a un salón pequeño. En el sofá había un chico sentado, con los ojos clavados en su teléfono de última generación. Tenía el pelo revuelto y vestía una camisa blanca.

—Buenas —saludé al entrar para llamar su atención.

—Hola. —Se levantó y se acercó a mí con el brazo extendido—. Soy Logan Stone. Encantado.

—Igualmente. —Le estreché la palma—. Yo soy Ben Sharp.

Eché un vistazo alrededor. La sala de estar contaba con un sofá verde alargado, una mesa de café y una televisión. Detrás del sillón estaban las puertas de las habitaciones.

—Ya he escogido cuarto —me informó Logan—. Espero que no te importe.

—Sin problema. ¿Cuál es el mío?

—El de la derecha. —Señaló la puerta que estaba al lado de la ventana.

—Genial.

—Me he traído la Play. ¿Quieres echar una partida antes de bajar a la jornada de orientación?

Sobre la mesa había una consola de último modelo.

—No puedo. Tengo una entrevista en una cafetería del campus.

—¿Vas a trabajar mientras estudias? —Logan arrugó las cejas y me miró como si yo fuera de otro planeta.

«Otro niño de papá. Lo que me faltaba».

Le regalé una sonrisa falsa y le dije:

—A algunos no nos lo pagan todo mami y papi.

Acto seguido, caminé hasta mi cuarto y le cerré la puerta en la cara.

Pasé los meses siguientes estudiando y trabajando.

Hice amigos nuevos, me apunté al club de comedia, fui a fiestas y cuando podía pateaba Nueva York.

Por el día todo iba medianamente bien. Por las noches daba vueltas en la cama durante horas.

En la soledad de mi habitación me comía el arrepentimiento por cómo había terminado con Kate.

Había roto con ella por mensaje, como un auténtico capullo.

Aunque en un primer momento creía que había hecho lo correcto al dejarla, una parte de mí empezaba a sospechar que la había cagado de manera espectacular.

El tiempo pasaba y no dejaba de pensar en ella. La echaba de menos. Había estado tentado a llamarla varias veces para disculparme, pero al final siempre me convencía de que no era lo suficientemente bueno para Kate y que ella estaba mejor sin mí.

Una noche, a las dos de la mañana, la llamé y descubrí que había dado el número de baja. Había perdido cualquier posibilidad de contactar con ella.

Meses después volví a Montauk para pasar Acción de Gracias con mi madre.

Al llegar a los Hamptons fui directo a casa de Kate.

Tenía la esperanza de que hubiese regresado por las fiestas.

Cuando me bajé del coche, el viento gélido de finales de noviembre me azotó el rostro.

Cerré la puerta y me encendí un cigarro.

Estaba algo nervioso. La gravilla crujió bajo mis botas cuando me acerqué a la valla de madera blanca.

Al ver el letrero de la inmobiliaria que rezaba se vende, me quedé planchado. ¿Aquello tenía algo que ver conmigo? ¿Había sido decisión de su padre o de Kate?

De pronto, un nudo me oprimía la garganta. La desesperación me engulló. No iba a volver a verla.

Me alejé de la mansión como si estuviese habitada por espíritus.

Al regresar a casa, me encerré en mi habitación. Rescaté la cámara de vídeo del armario y me dejé caer en la cama. Abrí la pantalla y, aunque sabía que me sentiría peor, vi la cinta que grabamos el día que nos fugamos.

No había habido ni un solo día en el que no hubiera pensado en ella. Quería pedirle perdón, pero no sabía cómo dar con ella. Sopesé mis opciones durante un momento y, entonces, tuve una idea.

Salté de la cama y levanté la tapa del portátil.

Pasé las vacaciones haciendo un montaje con la cinta de nuestra boda, que uní a fragmentos de varias de sus películas favoritas. Se la llevaría en mano a Harvard, le pediría perdón y le rogaría que volviese conmigo.

El domingo, en lugar de coger la carretera hacia la ciudad de Nueva York, conduje hasta el puerto de Orient Point y subí el coche al ferry que me llevaría hasta Rhode Island. De ahí conduje hasta Boston.

Conforme se redujeron las millas a Harvard, aumentaron los nervios. La perspectiva de verla me emocionaba.

Aparqué a las afueras del campus y pasé por una floristería. Después de comprarle un ramo de rosas rosas, busqué las residencias.

En la tercera en la que pregunté, me confirmaron que se hospedaba allí. Subí las escaleras corriendo y llamé a la puerta de su habitación. Nadie contestó.

—No están —oí que decía una voz femenina—. Julia está encerrada en la biblioteca y Kate se ha ido al cine.

Me volví sobre los talones y me topé con una chica castaña que parecía de mi edad.

—Gracias. ¿Sabes a qué cine ha ido?

Ella negó con la cabeza y siguió su camino.

Busqué en el móvil los cines más cercanos y consulté la cartelera. Seguro que estaría viendo la secuela de Los Juegos del Hambre . Tras comprobar la duración de la cinta, decidí acercarme y probar suerte.

Unos minutos después aparqué frente al cine y comprobé mi aspecto en el retrovisor. A continuación, salí del coche y me encendí un cigarro. En Boston hacía un frío que pelaba.

Al cabo de un rato, la puerta principal del cine se abrió y comenzó a salir gente. Estaba a punto de cruzar la calzada cuando salió Kate. El corazón me dio un vuelco. Detrás de ella apareció un tío rubio y repeinado, que le plantó un gorro rosa en la cabeza y le dijo algo que la hizo reír.

Antes de que me diese tiempo a asimilar lo que ocurría, se inclinó y la besó.

Mi corazón se paró en seco.

La imagen me arrolló como un tren de mercancías. Me entraron ganas de vomitar.

«Mi hija está acostumbrada a un nivel de vida que no puedes ofrecerle. Tarde o temprano se dará cuenta del error que ha cometido y te dejará», las palabras de su padre hicieron eco en mi cabeza.

Por supuesto que ella no estaba pensando en mí. A fin de cuentas, yo solo era un simple aparcacoches.

El escozor me arañó los ojos. Di media vuelta, arrojé el ramo de flores a la papelera y me alejé en el coche a toda velocidad.

—¿Has venido a visitarme para estar callado como una tumba? —le pregunté a mi amigo.

Mike estaba muy serio. Tras lanzarme una mirada amarga, negó con la cabeza.

—Eh, tío, ¿qué coño te pasa? —presioné.

—No quiero tener la conversación ahora. Come primero.

—¿Qué conversación?

Mi amigo le dio un sorbo a su refresco.

Estábamos en el Shake Shack que había al lado de Columbia. Se había presentado en la residencia para hacerme una visita sorpresa.

Eché un vistazo por la ventana llena de adornos navideños. Habían empezado a caer copos de nieve más gruesos. Volví a mirarlo y le dije:

—Si no me cuentas qué coño te pasa, me largo.

—¿Qué coño te pasa a ti? —soltó en un tono de mosqueo—. Estás borracho un miércoles y te acabo de pillar tirándote a dos tías a la vez.

—No estaba tirándomelas a la vez.

Sonreí y él puso mala cara.

—Es verdad. Solo se la estaba metiendo a…

—Lo he visto —me cortó—. No necesito que me lo cuentes. Estoy traumatizado de por vida. Y tu compañero de cuarto también.

—Bah, pasa de Logan. Es un niño rico y mimado.

—Me ha contado que llevas días emborrachándote, que tienes un carnet falso y que ha pasado un desfile de tías por tu cuarto en las últimas semanas.

—Como si él fuera un santo… A ese lo que le jode es que hasta borracho saco mejores notas que él.

—A mí lo que él haga me la pela. Lo que me importa es que mi mejor amigo no desperdicie el sueño de su vida.

Me puse a la defensiva.

—La uni es esto, Mike. Estudias, sales de fiesta, te emborrachas y te acuestas con tías. Me va fenomenal, no tienes que preocuparte por nada.

—Déjate de gilipolleces, Ben. Sé que todo esto es por Kate.

Apreté la mandíbula y no contesté.

—Escucha, es una mierda que ella esté con otro, pero ha pasado un mes. Por mucho que te acuestes con otras, ni dejará de doler ni pararás de pensar en ella.

—¿Y tú qué sabes?

—Tío, te conozco. Estás en la mierda. Desde que volviste de Boston casi no sé nada de ti, no llamas a tu madre, ¿y ahora resulta que no quieres ir a Montauk a pasar las Navidades?

—¿Has venido a soltarme la chapa?

—He venido a llevarte conmigo. Así que ahora vas a cenar, vas a subir a ducharte y te vas a meter en mi puto coche.

En el último mes me había bebido hasta el agua de los floreros y me había enrollado con tantas tías que había perdido la cuenta. Había sentido alivio momentáneo, pero luego me había invadido una sensación de vacío enorme.

—Tienes que aceptar lo que ha pasado. Rompiste con ella y viniste a la uni. Ahora apechuga y no jodas esto también.

—No la dejé por venir a la uni, y lo sabes.

—Ya no se puede solucionar. Tienes que seguir adelante y parar de revolcarte en el barro. Eres tú el que tiene que sacarnos de pobres.

Le aguanté la mirada unos segundos.

—Prometo ser mejor estudiante —dije, cogiendo el refresco—, pero no pienso perderme ni una fiesta.