27. Ben #2
Lo que no iba a contarle era que para conseguirlo había conducido dos horas hasta Nueva York para visitar una tienda de réplicas, y dos horas de vuelta.
—Es precioso. Claro que voy a usarlo.
El señor Morgan se puso verde cuando Kate se abrochó el colgante.
Cuando acabamos de comer la tarta, Ruth regresó con el carrito y comenzó a apilar los platos. Hice amago de recoger el mío, pero el padre de Kate me paró poniéndome la mano en el antebrazo.
—No se preocupe. —Ruth me miró con una sonrisa cándida—. Yo me ocupo.
Kate atendió una llamada de una de sus amigas de Boston y me dejó a solas con su padre. En cuanto se perdió escaleras arriba, la cortesía del señor Morgan se esfumó.
—¿Cuánto dinero te falta para pagar la matrícula de Columbia? —me preguntó.
—Eh… He solicitado una beca. Si me admiten, cubrirá los gastos.
—Te lo preguntaré de otra manera: ¿cuánto dinero quieres por salir de la vida de mi hija?
Todo mi cuerpo se enfrió.
—¿Perdone?
—Tienes mucha ambición para ser un simple aparcacoches. Dime qué cifra quieres y te extenderé un cheque ahora mismo.
El ácido me subió por la garganta como si fuera veneno. Apreté los puños por debajo de la mesa. Sus palabras confirmaron mis sospechas: ese hombre era un cabronazo.
Sus miradas de superioridad me tenían hasta los huevos. Que intentase comprarme era terrible, pero que eligiese el cumpleaños de su hija para hacerlo era el colmo.
—Ni quiero ni necesito su puto dinero —escupí con rabia.
Él puso una mueca irónica.
—Dado que ni siquiera puedes permitirte llevar un reloj decente, permíteme que lo dude.
«¿De verdad un reloj de marca era una señal de estatus? ¿Tanto importaba que no tuviese uno?».
Kate bajó las escaleras y volvió a sentarse en su sitio. Su padre recompuso el gesto con tal rapidez que se me revolvió el estómago. Se dirigió a ella con naturalidad, como si no acabase de ofrecerme dinero para que la dejara.
—Es tarde y mañana tengo que madrugar. —El señor Morgan se levantó unos minutos más tarde.
Capté la indirecta al vuelo. Arrastré la silla por el suelo y me puse de pie yo también.
—Encantado de conocerte, Benjamin. —Me estrechó la mano con cordialidad.
—Igualmente —mentí.
Kate me acompañó hasta la salida.
Asomé la cabeza en la cocina para despedirme de Ruth.
—Estaba todo riquísimo —le dije—. Muchas gracias.
—De nada.
Kate me sostuvo la puerta para que saliera.
—Ha ido bien, ¿no? —me dijo cuando salimos.
Su tono sonaba esperanzado y sus ojos chispeaban de alegría.
No quería amargarle el cumpleaños contándole lo que había pasado en su ausencia. Kate me había contado que estaba más unida a su padre desde la muerte de su madre. ¿Quién era yo para meterme entre ellos?
—Sí. —Forcé la sonrisa—. Te dije que me lo metería en el bolsillo.
Kate
Cuando Ben se marchó, después de que estrenáramos mi coche, subí a mi habitación. Me senté frente al escritorio y coloqué el guion en la mesa. Era la primera vez que tenía uno en las manos. En la portada podía leerse:
TITANIC
Escrito por
James Cameron
Pasé los días siguientes leyéndolo una y otra vez, familiarizándome con el formato y buscando información en internet sobre cómo escribir escenas para un guion. Quería que mi final perfecto quedara impecable.
Cuando me sentí preparada, cogí un bolígrafo y le di rienda suelta a la imaginación.
Me lo pasé genial escribiendo el final que había imaginado desde que era pequeña, en el que Jack sobrevivía al naufragio junto a Rose porque entraba en la tabla.
Juntos empezaron una nueva vida en Nueva York.
Se casaron y ella se cambió el apellido a Dawson, igual que en la película, para que nadie de su vida anterior la encontrase.
Rose acabó consiguiendo la libertad que ansiaba y dedicándose a la actuación, mientras que Jack se hizo un nombre como pintor de retratos.
Tuvieron un par de hijos y murieron de viejecitos después de haber sido muy felices.
El día que me admitieron en Harvard era soleado y hacía calor. La brisa de última hora de la tarde agitaba la cortina de mi habitación con suavidad. Estaba sentada frente al ordenador. Mi padre se había quedado de pie, detrás de mí, con una mano apoyada en mi hombro.
—¡Enhorabuena, hija! —El orgullo era evidente en su voz.
—Gracias. —Me levanté.
Él me dio un abrazo mecánico, que duró menos que un suspiro.
—Voy a llamar al decano —me dijo mientras retrocedía hasta la puerta.
Esperé unos minutos a que me embargara la ilusión, pero no sucedió.
La realidad era que no quería estudiar Empresariales.
Al pensarlo, una piedra pesada se asentaba en mi estómago.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea de estudiar cine.
Había disfrutado tanto al escribir el final de Titanic en el guion que no me había quedado ahí.
Después de eso había escrito en el cuaderno mi final de ¡Olvídate de mí!
en formato guion y había seguido leyendo sobre cómo escribir guiones.
Además, tampoco quería separarme de Ben durante meses.
Había un mundo de distancia entre Boston y Nueva York.
Cogí el móvil y lo llamé para contárselo.
—¡Hola! —Ben respondió desde algún lugar en el que había mucho ruido.
—¿Dónde estás?
—¡En el faro! —Apenas le oía por el rugido del viento—. ¿Quieres venir?
—Enseguida voy.
Colgué y fui a buscarlo.
Media hora más tarde, me colé por el agujero de la verja con el corazón acelerado.
Eran las nueve de la noche y ya había anochecido.
Hice de tripas corazón y atravesé la planta baja alumbrada con una linterna.
Localicé a Ben sentado sobre la pasarela, con las piernas recogidas y la mirada perdida en el océano.
—Hola —saludé.
Él levantó la vista despacio.
—Hola…
Tenía los ojos vidriosos. Su voz sonaba apagada.
—¿Estás bien? —Me senté a su lado—. ¿Ha pasado algo?
Tragó saliva y apartó la vista.
—Resulta que tenías razón… Mi plan ha fallado y no tengo un plan B… No me han admitido en Columbia.
Durante un momento dudé qué decir. El rumor de las olas llenó mi silencio.
—Lo siento mucho, Ben.
—Llevaba años esperando este momento, ahorrando cada maldita propina… ¿para qué? Estoy atrapado en este puto pueblo.
Se me encogió el alma al oírlo hablar con amargura. Le cogí la cara con las manos y él, por fin, me miró.
—Sé que no sirve de consuelo, pero quizá puedas intentarlo el año que viene.
—No quiero quedarme aquí hasta el año que viene, estoy harto de aparcar coches…
—Ya…
—¿Tú sabes algo de Harvard?
Tras sopesarlo, decidí que no era el momento apropiado para contarle que me habían admitido.
Contesté a su pregunta negando con la cabeza.
Él apartó la vista y suspiró.
No vio cómo me colocaba el pelo detrás de la oreja. Me odié por aquella mentira. Ya encontraría un momento mejor para confesar la verdad.
—¿A quién escribes? —me preguntó mi padre cuando tomó asiento en la mesa del comedor unos días después.
—A Ben.
—Ya sabes que nada de teléfonos en la mesa. —Me cogió el móvil y se lo guardó en el bolsillo delantero de la camisa. Abrí la boca para protestar, y él solo dijo—: Te lo devolveré después de comer.
Ruth nos sirvió el desayuno y se retiró.
—Cenaremos con el decano de Harvard y su mujer unos días antes de que empiece el curso —me informó mi padre.
Me obligué a sonreír, aunque el miedo me tensaba el estómago. Había llegado el momento de sincerarme.
—Papá, quería hablar contigo sobre eso…
Él permaneció impertérrito.
—¿Algún problema?
—Yo… llevo unos días pensando retrasar la carrera.
—¿Cómo?
—No estoy segura de querer estudiar Empresariales. Estoy pensando quedarme aquí y tomarme un año sabático, y estudiar guion el próximo año. Quiero escribir historias que…
Mi padre separó mucho los párpados.
—Eso es ridículo —me cortó—. De escribir guiones no se vive.
Tu deber es trabajar en la empresa familiar y labrarte un futuro de verdad.
Sabía que ese chico te llenaría la cabeza de pájaros…
Renunciar a Harvard es una locura. ¿Sabes lo que me ha costado que te admitan?
Estudiar en esa universidad es la tradición de la familia. Cumplirás con ella te guste o no.
—Ben no me ha dicho nada. Ni siquiera sabe que estoy admitida. Esto no tiene que ver con él, es porque no sé si…
—Lo único que quiere de ti ese muerto de hambre es el dinero. Se está aprovechando de lo ingenua que eres.
La incredulidad me rebasó.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Él me quiere!
—¡Se acabó! ¡Estoy harto de escuchar tonterías! ¡Te prohíbo que sigas viéndolo!
—¡No puedes hacer eso!
—Haz la maleta. Mañana a primera hora volveremos a Boston.
—¿Qué? —Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Ya me has oído. Saldremos a las ocho.
Nunca lo había visto tan enfadado.
Me levanté, dejé la servilleta en la mesa y extendí la mano en su dirección.
—Se me ha pasado el hambre. ¿Me das mi móvil, por favor?
—Estás castigada sin teléfono.
Subí corriendo hasta mi habitación.
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y enterré la cabeza en la almohada para ahogar los sollozos. Todo lo que podía pensar mientras lloraba era que no quería alejarme de la única persona que me veía de verdad.