27. Ben
Ben
Trece años antes. Agosto.
El día del cumpleaños de Kate llegué cinco minutos antes de la hora a casa de los Morgan.
No me apetecía conocer a su padre. Las veces que me lo había cruzado en el club de campo me había mirado como si fuese una mierda pegada a la suela de su zapato carísimo.
Para calmar el nerviosismo, me bajé del coche y me encendí un cigarro.
Por lo general, me la sudaba lo que opinasen de mí.
En aquella ocasión era diferente. Quería caerle bien porque era importante para Kate.
Apagué la colilla, me limpié las palmas sudorosas en el vaquero, y cogí el ramo de rosas y el regalo que había traído para Kate. Luego, atravesé el camino de piedra y llamé al timbre.
Kate abrió la puerta con una sonrisa resplandeciente. Llevaba un vestido amarillo con un estampado de flores moradas, que le llegaba por encima de la rodilla. Estaba tan guapa que me dolía el pecho.
—Qué guapo te has puesto. —Sonrió al fijarse en mi atuendo.
—Es una ocasión especial.
Aquel día me había peinado, había planchado la camisa y me había echado colonia.
—Feliz cumpleaños, Rose. —Alargué las flores en su dirección—. Son para ti.
—¡Muchas gracias! —Las aceptó ilusionada, se las acercó a la nariz y cerró los ojos al aspirar el aroma—. ¡Huelen genial!
—Prometo que no olvidaré regalártelas en nuestro aniversario —dije, haciendo alusión a la pareja que habíamos visto discutiendo dos meses atrás.
—Te tomo la palabra. ¡Vamos, pasa! —Se hizo a un lado para permitirme entrar.
Crucé el umbral y me incliné para besarla. Nuestros labios estaban a punto de juntarse cuando una voz fría y masculina se interpuso entre nosotros.
—Buenas tardes.
Kate retrocedió, alejándose de mí.
Desvié la mirada y me encontré con su padre plantado en el recibidor. Era un poco más alto que Kate. Su aspecto era impecable: camisa blanca, pantalón claro de vestir y el pelo rubio repeinado hacia atrás. Tenía arrugas alrededor de los ojos y la espalda tan recta que parecía un robot.
«¿Quién coño se pone traje para estar en casa?».
En comparación, me sentía informal. Me escaneó de arriba abajo con sus ojos azules.
A diferencia de los de Kate, que eran de un azul cálido que me recordaba al mar en calma un día de verano, los suyos eran fríos como el iceberg contra el que se estampó el Titanic.
Sus cejas saltaron hasta el techo cuando reparó en mis Converse negras.
—Eh…, papá, quiero presentarte a Ben. —Kate me señaló con un gesto de la mano—. Ben, este es mi padre, Arthur Morgan.
El susodicho alargó la mano en mi dirección.
—Encantado, Arthur —dije al estrecharle la palma.
—Prefiero el trato de «señor» —me indicó con una sonrisa impostada.
Retiró la mano y el silencio se prolongó unos segundos.
—¿Cómo te apellidas? —me preguntó.
Forcé la sonrisa de vuelta.
—Sharp.
—No me suena.
Ese hombre no quería verme ni en pintura.
Kate me lanzó una sonrisa de disculpa.
—Acompáñanos al comedor —me dijo el señor Morgan—: Ruth servirá la cena enseguida.
—Voy a buscarla para que me dé un jarrón para las flores. —Kate desapareció detrás de una puerta y me dejó solo con su padre.
El hombre me condujo a una estancia inmensa con un ventanal panorámico que daba a un jardín con los setos bien cuidados.
Del techo colgaba una lámpara de araña. La mesa, de madera robusta, estaba rodeada de sillas tapizadas en colores claros, con los respaldos redondos, que parecían salidas de un castillo europeo.
Varios cuadros adornaban las paredes. La chimenea de mármol era tan grande que podría meterme dentro y escapar con los polvos flu.
Kate se unió a nosotros; sostenía un jarrón con las flores, su presencia aligeró la tensión que reinaba en el ambiente.
El señor Morgan se sentó presidiendo la mesa rectangular. Kate colocó el jarrón en el centro y me sonrió antes de tomar asiento a su derecha. Me senté al otro lado de su padre. La mesa ya estaba dispuesta. En mi sitio había varios platos de porcelana apilados junto a la cubertería de plata.
Una mujer de mediana edad entró en la estancia cargando una bandeja. Supuse que era Ruth. Iba vestida de negro, con una camisa de manga corta y una falda hasta la rodilla, y llevaba el pelo oscuro recogido en un moño.
—Vino tinto para el señor. —Colocó una copa a la derecha de Arthur y la llenó hasta la mitad—. Agua con gas para la señorita. —Dejó un vaso con agua junto a Kate y le añadió un par de hielos y una rodaja de limón—. ¿A usted qué le apetece? —Me miró a mí.
—Eh… —Me quedé cortado por el formalismo—. Agua está bien.
Ruth bordeó la mesa, dejó un vaso a mi derecha y lo rellenó de agua burbujeante. A continuación, sirvió un par de hielos y la rodaja de limón.
Le di un sorbo y contuve las ganas de escupirla. Jamás entendería la popularidad del agua con gas.
—Kate me ha contado que irás a Columbia —me dijo su padre cuando Ruth se marchó.
—Sí. Bueno, estoy en lista de espera, pero sé que me admitirán.
—¿A qué quieres dedicarte?
—Quiero ser guionista, señor.
Su padre asintió y no dijo nada.
El silencio incómodo se sentó en la mesa con nosotros.
Respiré hondo y busqué un tema de conversación.
—Usted estudió en Harvard, ¿verdad? —empecé, mirando a Arthur.
—Sí. Estudié Empresariales, igual que mi padre, y pronto Kate seguirá mis pasos.
—Tú también estás en lista de espera, ¿no? —le pregunté a Kate, sin saber qué más decir.
—Por error —contestó su padre por ella—. Comeré con el decano la semana que viene para entender qué ha ocurrido. Mi hija tiene un expediente académico impecable y unas cartas de recomendación magníficas.
Vaya. ¿Tan lejos llegaban sus contactos?
Ruth regresó empujando un carrito plateado y se detuvo al lado de Arthur.
—De primero tenemos una crema fría de champiñones —nos explicó mientras servía un par de cazos en el cuenco de Arthur.
Cuando nos repartió la comida a los tres, se marchó.
Cogí la cuchara y probé la sopa.
—Está buenísima —opiné para nadie en particular.
—Es de mis platos favoritos —me dijo Kate con una sonrisa.
—Cuéntame, ¿a qué se dedican tus padres? —me preguntó el señor Morgan.
—Mi madre trabaja en el museo de Montauk. Y mi padre… murió cuando yo era pequeño.
—Lo lamento.
Busqué el pie de Kate con el mío por debajo de la mesa. Ella me sonrió y me sentí algo mejor.
El siguiente plato que trajo Ruth fue salmón con salsa de limón. Estaba a punto de cortar un trozo cuando la voz del señor Morgan me detuvo.
—Esos cubiertos son los de la carne —señaló, aparentando amabilidad.
Sentí una punzada de vergüenza.
—Gracias. No me he dado cuenta.
En mi casa usábamos los mismos cubiertos para todo, no tenía ni idea de cuál era el protocolo.
Cuando llegamos a los postres, Ruth apareció con una tarta de chocolate, tenía varios macarons verdes incrustados y las velas encendidas.
Comencé a cantar el cumpleaños feliz y me sorprendió que el señor Morgan no me siguiera.
Probablemente no consideraría elegante cantar en la mesa.
O quizá era que los robots sin sentimientos no estaban programados para cantar.
Yo seguí hasta el final. Kate me miraba ilusionada y era lo único que me importaba.
Cuando me callé, mi novia sopló las velas y aplaudimos.
Ruth se llevó la tarta a la cocina y regresó con una porción para cada uno.
Su padre depositó una caja de terciopelo azul oscuro en la mesa.
—Ten, este es mi regalo. —La empujó en su dirección.
Supuse que se trataría de una joya carísima. Clavé la cucharilla en la tarta y me la llevé a la boca. Era de chocolate y por dentro tenía un relleno cremoso de pistacho. Luego me metí un macaron de pistacho a la boca.
Estaba decidiendo si me gustaba el sabor o no cuando Kate abrió la caja y ahogó una exclamación.
—¿Me has comprado un Mini? —le preguntó a su padre con una sonrisa.
Estuve a punto de atragantarme.
—Si mis cálculos son correctos, ahora mismo debe estar aparcado en la entrada.
No era un mito. Los ricos les regalaban coches a sus hijos por su cumpleaños.
—¡Voy a verlo!
Kate atravesó el comedor rumbo al porche delantero.
La seguí de cerca, agradecido por tener una excusa para escapar del escrutinio exhaustivo de su padre.
Me quedé alucinando al ver que, aparcado junto al Bentley del señor Morgan, había un Mini Cooper negro con un lazo rojo en el techo.
Cuando llegué el coche no estaba ahí. ¿De verdad el señor Morgan había pagado para que lo llevaran mientras cenábamos? Aquello era de locos.
Mi novia bajó las escaleras del porche y se acercó al vehículo. Pasó una mano por la pintura reluciente del capó. A continuación, apretó el mando y abrió la puerta.
—¿Me acompañas a estrenarlo luego? —me preguntó.
—Claro.
Aprovechando que estábamos solos, se puso de puntillas y me dio un beso rápido. El contacto de sus labios cálidos era como un bálsamo calmante que me dio la energía necesaria para aguantar a su padre el resto de la cena.
El señor Morgan se unió a nosotros.
—¡Gracias, papá! —Kate se acercó a él—. Me encanta. Es muy bonito.
—Ahora que vas a ir a la universidad, necesitas un coche.
Kate le dedicó una sonrisa escueta y asintió.
Regresamos al comedor. Cogí la bolsa que había dejado en la silla contigua a la mía y se la pasé.
Ella rasgó el papel con cuidado.
—¿Me has comprado el guion de Titanic ? —Me miró con los ojos resplandecientes de emoción.
—Sí. He intercambiado las últimas páginas por folios en blanco, para que escribas el final perfecto que seguro que tienes en tu cuaderno. La última escena se corta cuando Rose se monta en la tabla. A partir de ahí, tienes vía libre.
Kate saltó de la silla y se lanzó a abrazarme.
—¡Muchísimas gracias! —exclamó entusiasmada—. ¡Me encanta!
—También te he traído esto. —Me saqué del bolsillo una réplica del colgante que llevaba Kate Winslet en la película, a una escala más pequeña.
—¡Es el Corazón del Mar! —Ella lo cogió con una sonrisa.
Noté los puñales que me lanzó su padre con la mirada.
—No es para que te lo pongas —le dije—. No me ha costado mucho dinero. Es un regalo simbólico.