26. Kate #2
—Buenas tardes. —Mi padre depositó las llaves de su Bentley en la palma de Ben y siguió caminando.
Me quedé rezagada, fingiendo que consultaba algo en el móvil. Un gusanillo de emoción me recorría el estómago mientras evitaba mirarlo. Ben me rozó la cintura con disimulo al pasar por mi lado, un chisporroteo de energía me subió por el cuerpo.
—A las diez en el embarcadero —susurró solo para mí.
Subí las escaleras detrás de mi padre y saludé a Mike con una sonrisa.
A las diez menos cinco conseguí ingeniármelas para escabullirme hasta la terraza.
Bajé las escaleras del embarcadero apresurada y con el corazón acelerado.
Me había puesto una alarma de cinco minutos en el móvil para no demorarme demasiado.
Tan pronto como pisé la arena, unas manos tiraron de mi cintura y me ocultaron en las sombras.
—Hola —murmuró Ben.
Antes de que me diese tiempo a hablar, sus labios cubrieron los míos.
—Te he… echado… de menos —dijo entre besos.
—Y yo a ti.
Oreo ladraba a nuestros pies en busca de atención. Me aparté de Ben y me agaché para acariciarlo.
—¿Cómo estás, bonito? ¿Has cenado?
—Sí —contestó Ben—. He hablado con mi madre. Voy a llevármelo a casa esta misma noche. Han pasado meses y nadie ha venido a buscarlo. Ya es hora de que tenga un hogar.
—Eso es muy considerado por tu parte.
—Lo sé. ¿Podemos enrollarnos un poco más?
Su tono desesperado me hizo sonreír. Me erguí y volví a besarlo. Ben enterró la mano en mi melena y me metió la lengua en la boca.
Cuando sonó la alarma, me retiré de sus labios tentadores.
—Tengo que irme.
Él tiró de mis caderas y volvió a besarme con ansia. A tientas, metí la mano en el bolso y apagué la alarma. Le di tres besos más antes de salir de su agarre dando un paso atrás.
—Me voy.
—Un minuto más.
—Mi padre… —Me calló una vez más.
Ben me acarició la mandíbula y me dio un último beso tierno.
Me peiné la melena con las manos y me alisé el vestido.
—¿Me paso por tu casa esta noche?
—Sí, avísame cuando vayas a venir —susurré antes de subir las escaleras.
Esa no fue la última vez que hui de la mirada inquisitiva de mi padre para encontrarme con Ben debajo del embarcadero. Ben y yo seguimos yendo juntos al cine cada vez que podíamos y, cuando estábamos solos, caminábamos de la mano por la calle.
Las semanas pasaban y yo seguía tan contenta como la protagonista de una comedia romántica. Encontré el equilibrio perfecto entre ser la hija que esperaba mi padre y la libertad que ansiaba cada noche cuando salía con sigilo de casa.
Una tarde, Ben y yo paseábamos por la playa de Montauk cuando nos encontramos una decoración enorme en forma de corazón unos metros por delante de donde nos encontrábamos. Parecía hecha de rosas rojas. En el centro se leía en un rótulo: ¿ QUIERES CASARTE CONMIGO ?.
Sobre la arena se extendía una alfombra roja que guiaba el camino hasta el altar improvisado, con velas encendidas dentro de tarros transparentes. Al lado, esperaba un fotógrafo.
—¡Ben, mira! —Tiré de su mano para que caminara más deprisa—. ¡Es una pedida de matrimonio!
—Menuda horterada —dijo al ver el despliegue que había montado.
—No seas así. Es muy romántico.
Me detuve a una distancia prudente.
—¿Nos quedamos a verla?
—Si te hace ilusión…
Apenas había terminado de pronunciar la frase y yo ya estaba colocando su chaqueta vaquera en la arena. Me senté encima, doblando las rodillas hacia la izquierda. Después de ajustarme el vestido veraniego, di un golpecito con la mano en el suelo para que Ben se pusiera a mi lado.
La brisa salada me acarició el rostro con suavidad.
Me quité las gafas de sol estilo cat-eye para apreciar mejor los tintes amarillos y anaranjados del cielo despejado.
La luz dorada del atardecer se proyectaba sobre el agua en calma.
Se oía el rumor de las olas y el graznido de las gaviotas.
No pude evitar sonreír. Era el lugar perfecto para que te pidieran matrimonio.
Eché un vistazo por encima del hombro y me percaté de que no éramos los únicos que se habían sentado a presenciar aquel momento mágico.
Pasado un rato, una pareja entró en la playa por la pasarela de madera. Él llevaba traje azul y ella un vestido largo y dorado.
—¡Ya vienen! —Le di un golpe a Ben en la rodilla.
El entorno se difuminó cuando noté el calor de la mano de Ben acariciando la mía.
—Me gustas un montón —oí que decía él.
Lo miré un instante, con el corazón rebosante de alegría, y contesté:
—Tú a mí también.
Llevaba varios días notando que mis sentimientos por Ben habían alcanzado una nueva cota, pero me daba miedo ser la primera en abrirme. No quería meter la pata si él no sentía lo mismo.
Desvié la vista hacia la pareja. La mujer se detuvo al ver el corazón de flores y se tapó la boca con la mano. Empezó a sonar la canción «Marry You» de Bruno Mars desde un altavoz, que debía de estar escondido tras las flores.
Cuando pasaron por nuestro lado, me fijé en que ambos estaban visiblemente emocionados. Recorrieron la alfombra roja de la mano hasta pararse frente al corazón de flores. Él le agarró las manos y comenzó a hablar.
Se me escapó un suspiro amoroso.
—¿Qué crees que le está diciendo? —le pregunté a Ben, sin apartar los ojos de ellos.
Ben carraspeó y entonces habló a la par que el hombre:
—Creo que le está diciendo que el verano ha sido increíble y que no quiere que se acabe. Que le encanta hacerla reír y también ir al cine con ella y oírla cambiar los finales de las pelis…
El estómago se me contrajo al comprender que no se refería a la pareja. Giré la cabeza despacio y descubrí que Ben me observaba con los ojos resplandecientes.
—¿Qué más le dice? —me aventuré a preguntar.
—Que se ha enamorado de ella…
El pecho se me llenó de mariposas que batían las alas, agitadas, impidiéndome hablar. En aquel momento sentí el mismo vértigo que debió de sentir él en la noria un mes atrás.
Me aclaré la garganta y, con el corazón flotando en una nube, conseguí confesar:
—Ella también se ha enamorado.
—¿Sí? —Ben acunó mi rostro con delicadeza. Me contempló un instante, con una ternura tan infinita como el horizonte que teníamos delante.
Y, entonces, en un susurro añadió:
—Te quiero, Kate.
Sentí un vuelco tan fuerte dentro del pecho que tuve la sensación de que mi corazón se acababa de saltar un par de latidos. Era la primera vez que un chico me confesaba sus sentimientos.
—Yo también te quiero —contesté.
Ben sonrió como nunca, plantó una mano en mi nuca y me atrajo en su dirección. Nuestros labios se encontraron en un beso lento que me supo distinto a todos los que habíamos compartido con anterioridad. Quizá porque habíamos reconocido en voz alta lo que llevábamos días callando.
—Te quiero —dijo Ben entre besos.
—Y yo a ti. Llevaba días queriendo decírtelo, pero no me atrevía.
—Yo también. Cada vez que te he dicho «Me gustas», en realidad, quería decir «Te quiero».
Me lancé a besarlo con tanto ímpetu que su espalda se encontró con la arena y me arrastró con él. Nos besamos entre risas y palabras bonitas. De lo único que era consciente era de la calidez que sentía con sus brazos rodeándome.
—Tu madre hoy no estaba en casa, ¿no? —le pregunté poco después.
—No… ¿Por qué? ¿Quieres ir?
—Sí. Me apetece mucho.
Todavía no nos habíamos acostado juntos, pero me sentía preparada. Me tranquilizaba saber que para él también sería su primera vez.
—A mí también —contestó.
Él se levantó y me ayudó a incorporarme. Caminamos hasta el coche sin dejar de besarnos.
Cuando llegué a casa para cenar, todavía me sentía en una nube por lo que acababa de hacer con Ben. Aunque una parte de mí disfrutaba de la emoción de llevar la relación a escondidas, supe que no podría seguir ocultando lo que sentía.
Encontré a mi padre en el comedor. Olía a salmón y a pan recién tostado.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches. Te veo contenta.
Después de sentarme, me coloqué la servilleta de tela en el regazo.
—Sí. Hoy ha hecho un día precioso.
Él asintió y le dio un sorbo a su vaso de agua, sin dejar de mirarme. Nerviosa, bebí de mi vaso yo también.
Sabía que llevaba escrito en la frente lo que sentía por Ben. Por eso, cuando mi padre dijo:
—Se acerca tu décimo octavo cumpleaños… ¿Qué quieres este año?
La única respuesta posible fue:
—Me gustaría que conocieras a Ben.
—¿Quién es Ben?
—Mi novio.