Los finales perfectos no existen 26. Kate
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26. Kate

Kate

Trece años antes. Julio.

Ben se incorporó de un salto. Me apresuré a levantarme y me alisé la falda del vestido. Un momento después, su madre abrió la puerta. Al verme, se detuvo en el umbral y me observó con curiosidad. Tendría unos cincuenta años, el pelo castaño entrecano y las facciones maduras y amables.

—¡Mamá…!, ¡¿qué haces aquí?! —Ben se acercó a ella y se agachó para darle un beso en la mejilla—. ¿No habías quedado con Nancy?

—Hemos aplazado el plan a mañana porque tiene que cuidar de su nieta. —La mujer desvió los ojos marrones de su hijo a mí—. Hola, tú debes de ser Kate.

—Sí. —Con los nervios a flor de piel, le tendí la mano—. Encantada de conocerla, señora Sharp.

Ella ignoró mi palma abierta y me envolvió en un abrazo apretado.

—Nada de señora, llámame Susan, por favor —me pidió al apartarse—. ¡No sabes las ganas que tenía de conocerte! Mi hijo habla maravillas de ti.

—¡Mamá! —protestó Ben.

Ella le ignoró y me preguntó:

—¿Te gustaría quedarte a cenar?

Eché un vistazo rápido al reloj. Tenía tiempo para cenar con ellos y llegar a casa a mi hora.

—Sí, me encantaría.

Susan me regaló una sonrisa cálida. A continuación, retrocedió hasta la salida y miró a Ben.

—A partir de ahora, la puerta permanecerá entreabierta.

—¡Mamá! —volvió a exclamar él.

El rubor me subió por las mejillas. No sabía dónde meterme.

Susan salió, dejando la puerta entornada.

La habitación de Ben era pequeña. Las opciones que tenía para esconderme se limitaban al armario empotrado o al hueco debajo del escritorio, bloqueado por una silla con una montaña de ropa.

—¡Qué vergüenza! —Me senté en el borde del colchón y escondí la cara entre las manos—. Sabe lo que estábamos haciendo…

—No tiene rayos X. —Ben me retiró las manos del rostro.

Estaba acuclillado delante de mí.

—Le he causado una primera impresión horrible.

—Qué va… Ya le caías genial antes de conocerte. Te la meterás en el bolsillo en dos segundos, como hiciste conmigo.

—¿Tú crees?

—Cien por cien.

Me brotó una sonrisa nerviosa. Era la primera vez que un chico me presentaba a su madre, y quería causar una buena impresión.

—¿Por qué no venís y vemos qué os apetece cenar? —nos preguntó Susan desde algún lugar.

—¡Ya vamos! —Ben se incorporó y tiró de mis manos para que me levantara.

Salimos de la habitación y atravesamos el salón hasta la cocina.

La estancia era pequeña. Contaba con una encimera de madera clara, dispuesta en forma de U, a juego con los muebles inferiores.

Una cenefa de limones aportaba el toque de color.

Las baldas expuestas estaban repletas de frascos de cristal y piezas de vajilla.

Sobre el fregadero, una ventana estrecha, con las cortinas de encaje recogidas, daba al porche delantero.

El fogón de gas, de aspecto envejecido, tenía la pintura blanca desconchada.

Junto a la puerta descansaban una mesa redonda y varias sillas.

—Kate, ¿te gusta el pastel de carne? —me preguntó la madre de Ben, plantada frente al frigorífico abierto.

—Mucho.

—Entonces no se hable más.

Recolectó los ingredientes necesarios y los dejó en la encimera.

—¿Puedo ayudar con algo? —le pregunté.

—Puedes picar las zanahorias, si quieres —me contestó Susan—. Los cuchillos están en el cajón de tu derecha, y la tabla, en la encimera. Ben, alcánzale un delantal para que no se le estropee ese vestido tan elegante.

El susodicho cogió un delantal del colgador de la puerta y me lo tendió. Era de cuadros rojos y verdes. Después de ponérmelo, me lavé las manos y comencé a cortar la zanahoria en rodajas.

—Perdona —oí a Ben a mis espaldas.

Me pegué a la encimera todo lo que pude para dejarle pasar. Por el rabillo del ojo lo vi sacar el pelador del cajón. Se apostó a mi lado y se dispuso a pelar las patatas. Detrás, su madre preparaba la salsa de tomate.

—¿De dónde eres, Kate? —me preguntó Susan—. Por tu acento diría que… ¿Massachusetts?

—Sí. Soy de Boston —contesté mientras cortaba las verduras.

—Tengo entendido que es una ciudad pintoresca.

—Sí. Vivo en Beacon Hill. Allí las fachadas son de ladrillo y las calles de adoquines. Es como estar dentro de una película…

—¿Hace mucho frío en invierno?

—Sí. Hace bastante frío, pero cuando nieva se pone todo precioso…

—Tendrás que hacernos un tour —dijo Ben, que seguía pelando hortalizas.

—Claro… ¡Ya está! —anuncié contenta cuando terminé con las zanahorias.

La madre de Ben se coló entre nosotros.

—Cielo, ¿te importa picarlas más pequeñas? —me preguntó—. Mira, así. —Cogió el cuchillo y partió una de las rodajas en trozos diminutos.

—Entendido.

Cuando tuve las zanahorias cortadas, la madre de Ben las agregó a la sartén.

—Ahora las pochamos a fuego lento… —me indicó mientras las removía con una espátula.

El chisporroteo de las verduras llenó la cocina.

Después, cocinamos la carne picada y la mezclamos con el tomate.

El olor de las especias me inundó la nariz.

Cuando estuvo todo listo, Susan volcó el contenido de la sartén en una fuente de horno.

Yo me encargué de cubrirlo con el puré de patata y Ben espolvoreó queso rallado encima.

—Ben me ha contado que trabajas en el museo del faro —le dije a Susan, para sacarle conversación.

Mi novio me enseñó el pulgar y asintió.

—Llevo veinticinco años allí. —Susan se agachó para meter el pastel en el horno—. Tienes que venir de visita algún día.

Ben y yo compartimos una mirada cómplice.

—Me encantaría —respondí.

—El faro de Montauk es el primero que se construyó en Nueva York —me contó Susan después de programar el temporizador para la comida— y el cuarto en funcionamiento más antiguo del país. Solo doce faros tienen el título de monumento histórico, y el nuestro es uno de ellos.

—No lo sabía.

Susan le pasó tres platos a Ben para que pusiera la mesa.

—¿Has pensado ya qué quieres estudiar? —me preguntó, interesada, al tiempo que me alcanzaba los cubiertos.

—Sí —contesté mientras atravesaba la estancia—. Estudiaré Empresariales y luego creo que haré un máster en Administración y Dirección de empresas.

—Vaya, qué bien. ¿A qué universidad quieres ir?

—Mi primera opción es Harvard. Mi abuelo y mi padre estudiaron allí. Aunque también he solicitado el ingreso en Princeton y en Yale, por si acaso —le conté mientras colocaba los cubiertos al lado de cada plato.

—¿Por qué has aplicado a tantas? —Ben sonaba sorprendido.

—Para tener un plan B. Tú también has pedido ingreso en varias, ¿no?

—Qué va… Solo en Columbia.

Abrí mucho los ojos.

—¿Solo a una? ¿Y si no te admiten?

—Bah, eso no va a pasar… —Le restó importancia con un gesto de la mano—. Entraré, estudiaré como el que más y luego me contratarán en Saturday Late Night .

—Yo tampoco lo entiendo, pero mi hijo no quiere entrar en razón. A ver si tú le convences —me dijo Susan.

La confianza que tenía en sí mismo era asombrosa. Aunque admiraba ese rasgo de su carácter, me parecía que se había arriesgado demasiado.

—¿Te ha contado Ben que, de pequeño, imitaba a los actores del programa? —Su madre se dirigió a mí.

Negué con la cabeza.

—Se lo pasaba pipa —continuó Susan—. Mi padre solía grabarlo con la videocámara. ¿Quieres ver alguna cinta?

—Sí, por favor.

—Mamá, a ver qué le enseñas, que te conozco. Nada que me deje en ridículo.

Susan salió de la cocina y Ben aprovechó para darme un morreo.

Regresó enseguida con una videocámara en la mano. Al llegar a mi altura, abrió la tapa y la encendió.

En la pantalla apareció un pequeño Ben disfrazado de mafioso, con un bigote falso y una americana gris que le sobraba por todas partes.

Por cómo gesticulaba parecía entregado a su interpretación.

Cuando puso una voz más grave para decir «le haré una oferta que no podrá rechazar», Susan y yo nos echamos a reír. Ben protestó para que lo quitásemos.

El pitido del horno indicó que el pastel estaba listo. Nos sentamos alrededor de la mesa y cenamos mientras ellos me contaban anécdotas divertidas de la infancia de Ben.

Cuando llegamos a los postres, volví a mirar la hora con discreción. Faltaba media hora para la llamada habitual de mi padre.

—¿Te acerco a casa? —Ben adivinó mis pensamientos.

Asentí con cara de circunstancias.

—Me lo estoy pasando genial, pero tengo que irme ya —les dije.

—No te preocupes, cielo. ¿Te pongo un poco de puding para llevar?

—Vale, gracias.

Entre los tres recogimos la mesa rápido.

—Gracias por la cena, Susan. —Sonreí cuando me entregó un recipiente de plástico con el postre—. Estaba todo buenísimo.

—De nada, cielo. Vuelve cuando quieras.

Tras despedirnos, Ben y yo salimos a la noche estrellada.

—Tu madre es majísima —le dije cuando nos montamos en el coche.

Arrancó y las luces iluminaron el camino de tierra que teníamos delante.

—Es la mejor —aseguró Ben antes de meter primera.

—¿Tú crees que le he caído bien? —No pude ocultar la vulnerabilidad de mi voz.

—Le has encantado. Hazme caso.

Unos minutos después, estábamos llegando a mi casa cuando me sorprendió ver el coche de mi padre aparcado en la entrada. ¿Qué hacía allí? Esa misma mañana estaba en Boston.

Me escurrí hacia abajo en el asiento.

—Pasa de largo y déjame un poco más adelante.

—¿Por qué?

—Porque acabo de ver que mi padre está en casa y no sabe que estamos juntos.

Ben detuvo el coche en la calle siguiente.

—Gracias por traerme. —Le di un beso rápido en los labios.

—A su servicio, señorita Morgan —bromeó él.

Mientras me bajaba del coche, se inclinó sobre el asiento y me dio una palmada en el culo.

—Buenas noches a ti también, culito increíble. —Lo oí decir.

Se me escapó la risa.

Cerré la puerta y corrí hasta casa, rezando para que mi padre no estuviese asomado a la ventana.

La noche siguiente llegué al club de campo acompañada de mi padre. Ben y Mike aguardaban detrás del mostrador de aparcacoches.

Había decidido ocultarle a mi padre lo nuestro porque sabía que no consideraría a Ben apropiado para mí. No quería enfrentarme a él ni discutir. Prefería disfrutar del verano y exprimir al máximo cada segundo que podía pasar con Ben.

—Buenas tardes. —Ben se adelantó y bajó las escaleras para recibirnos.