Los finales perfectos no existen 25. Ben #2
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25. Ben #2

—Desde entonces, cada Navidad, íbamos juntas al cine y luego comprábamos el árbol.

Cerca del muelle de la marina montan todos los años un vivero y un mercadillo navideño, con puestos de manzanas de caramelo, chocolate caliente y eso.

Siempre está lleno, pero, si vas antes de Acción de Gracias, encuentras buenos árboles.

La última vez que fuimos juntas, me dejó probar el vino caliente a escondidas.

—¿Y te gustó?

—Ni un poco.

—No me extraña. Esa cosa está asquerosa.

Se le escapó una risita llorosa.

Kate se apartó de mí. Tenía los ojos brillantes y enrojecidos.

—¿Nos sentamos? —me preguntó.

—Claro.

Volvimos a tomar asiento en el suelo. Ella apoyó la espalda contra el cristal y estiró las piernas. Yo las dejé recogidas.

El silencio nos acompañó un buen rato.

—Mi madre me puso los grandes clásicos y las comedias románticas de los noventa —continuó—. Mientras ella suspiraba por Richard Gere, Robert Redford y Tom Hanks, yo desconectaba de la realidad hasta que terminaba la película. Para mí no hay nada como ir al cine, ¿sabes?

—Para mí tampoco.

—Me encanta la sensación de estar a oscuras en una sala junto a un puñado de desconocidos, los murmullos de expectación antes de que empiece la película y el olor a palomitas.

Cuando mi madre murió… dejé de ir… —Volvió a mirar al infinito—.

Me dolía estar ahí sin ella. ¿Qué sentido tenía disfrutar de una película si no podíamos comentarla?

—Ya… —No se me ocurrió nada mejor que decir.

—Después de un año sin ir, me invitaste a ver una peli y… —La voz se le volvió a entrecortar.

—¿Y qué te pareció?

—Muy bien. —Me dedicó una sonrisa suave—. Recordé por qué me encanta el cine. Quería darte las gracias, porque no lo habría hecho yo sola…

—Seguro que sí.

—Quizá, pero dentro de mucho tiempo.

Esa vez fui yo el que agarró su mano y le dio un apretón.

—Me dio pena que nos perdiéramos Atrapa a un ladrón . Era su película favorita.

—Hablaré con Lola para ver si pueden ponerla otra vez.

—¿Puedes hacer eso?

Me mantuve callado un momento. Sus ojos azules recuperaron algo de calidez.

—Le he pedido todas las pelis que hemos visto juntos —confesé, un poco avergonzado—. La noche que nos conocimos, mencionaste Cuando Harry encontró a Sally , Desayuno con diamantes y Atrapa a un ladrón … Ella las ha puesto todas. A cambio, yo he cubierto algunos turnos extra de Mike.

Algo se fundió en la mirada de Kate.

—Gracias. —Con una sonrisa, se inclinó y me dio un beso tierno—. ¿Sabes qué peli no hemos visto todavía? —preguntó al apartarse—. Titanic .

—Habrá que ponerle remedio.

Las semanas siguientes fueron geniales.

Kate y yo nos veíamos siempre que podíamos, seguíamos yendo al cine y hablábamos a todas horas por teléfono. Cuando estaba con ella me sentía tranquilo, era como si hubiese encontrado por fin un lugar donde «no tenía que llegar a ser nadie» porque a ella le gustaba tal cual era.

Hasta que, de pronto, un día Kate parecía más callada de lo normal.

Estábamos sentados en mi cama, viendo en el portátil sketches de Saturday Late Night que había colgados en YouTube.

Le había puesto mis clips favoritos y apenas se había reído.

Era obvio que le ocurría algo. Sin previo aviso, paré el vídeo.

—Estás muy callada…

Ella me lanzó una mirada rara.

—Es que… Me gustaría decirte una cosa. —Despegó la espalda de la pared y tragué saliva—. ¿Podemos hablar?

Mis defensas se alzaron como un muro.

Imaginé que la pregunta «¿podemos hablar?», seguida de un suspiro la hostia de largo, no llevaría a nada bueno.

—¿Qué pasa? —pregunté con la garganta cerrada.

—Llevamos unas semanas viéndonos… y…

—¿Y qué…?

—No pensaba decirte nada, pero…

Incómoda, entrelazó las manos sobre el regazo. El recelo se apoderó de mí.

—No estoy quedando con otros chicos, pero… He estado pensando y…

El corazón se me paró. ¿Quería ver a más gente?

—Kate, ¿qué es lo que me quieres decir? —Mi tono salió cargado de frustración.

Sus ojos azules escanearon mi rostro.

—Que yo… no estoy viendo a nadie más y me… gustaría que tú tampoco quedases con otras —soltó de carrerilla—. Te vi anoche hablando con la chica esa de tu clase… Se llama Jessica, ¿no? Lola me ha contado que le gustas y… —Volvió a callarse.

Me recorrió una oleada de alivio cuando por fin comprendí lo que sucedía.

—¿Me estás pidiendo salir porque te has puesto celosa?

Sonreí como si fuera el más tonto y feliz del pueblo.

—Sí… Quiero decir: ¡no! —Se apresuró a negar con la cabeza—. No estoy celosa.

Se colocó el pelo detrás de la oreja y suspiró. Ese pequeño gesto delataba sus mentiras.

—Si estás celosa, es que te molo un huevo…

Se le pusieron rojas hasta las orejas.

—¿Estabas tú celoso cuando me viste en el cine con Rich? —preguntó sin mirarme.

—Una barbaridad.

—Vale… ¿Entonces yo también te gusto?

Le cogí la barbilla y le giré el rostro, obligándola a mirarme.

—Me molas un montón.

«Más de lo que te imaginas».

—Tú a mí también.

—Sabiendo que estás loca por mí, entonces, claro, seré tu novio —bromeé.

Ella negó con la cabeza y yo me incliné para besarle el lunar que tenía encima del labio.

—Me gustas mucho, Ben —dijo, unos cuantos besos después.

Al oír esas palabras me puse más contento todavía. Sin apartarme de sus labios, la recosté sobre el colchón y seguí besándola. Acabé en medio de sus piernas.

Kate metió la lengua en mi boca y buscó la mía con ansias.

Sus manos descendieron por mi espalda y las mías subieron por su cintura.

Estaba atolondrado por el olor a coco de su protector solar, por la calidez de su boca y por sus manos colándose debajo de mi camiseta.

La piel se me puso de gallina cuando me acarició con las yemas de los dedos.

Nunca habíamos hecho nada más allá de besarnos o tocarnos por encima de la ropa.

Pasé la mano por su teta y se la agarré por encima del vestido. Ella gimió y movió las caderas contra las mías. Deslicé la mano por su cuerpo hasta el dobladillo de la falda.

—Kate… —Le besé los labios, la barbilla y la mandíbula antes de hundir la cara en su cuello—. ¿Quieres que…?

—¡Hijo, ya estoy en casa! —La voz aguda de mi madre nos cortó el rollo.

Kate me apartó, empujándome con tanto ímpetu que me caí al suelo y me pegué la hostia del siglo.