25. Ben
Ben
Trece años antes. Julio.
—Dime la verdad —empezó Kate, apartándose de mis labios—. ¿Tienes vértigo?
—Qué va…
Ella echó la cabeza hacia atrás y me observó con una ceja arqueada. Sus ojos brillaban bajo la noche estrellada.
—Hace un rato, en la noria, estabas tan pálido como un fantasma.
—No tengo vértigo. Simplemente no me gusta la sensación de estar suspendido en el aire.
Kate me regaló una sonrisilla.
—No necesitas defender tu hombría conmigo. No te voy a juzgar.
Le solté las caderas y le agarré la mano.
—Ven. —Tiré de ella hacia el coche—. Te lo demostraré.
—¿Adónde vamos?
—Ahora lo verás.
Nos montamos en el vehículo. El motor rugió cuando arranqué.
Salí de East Hampton y conduje por la carretera hacia Montauk.
Solo solté la mano de Kate para cambiar de marcha.
El contacto de su piel, cálida y suave, me hacía sentir bien.
Al llegar a las afueras del pueblo, me desvié por un camino secundario.
Reduje la velocidad cuando mi casa quedó a la vista.
—Vivo aquí. —Me solté el cinturón de seguridad al estacionar frente al porche delantero.
—¿Venimos a tu casa?
—No. Solo voy a pasar a por una cosa. No tardo.
Salté del coche y corrí hasta la entrada. Entré en el recibidor con el sigilo de un ninja para no despertar a mi madre, que siempre se quedaba frita en el sofá.
En un abrir y cerrar de ojos estaba de vuelta en el asiento del conductor. Dejé el pueblo atrás y avancé por la carretera que serpenteaba entre los árboles.
Un punto de luz lejano apareció en el horizonte. A medida que nos acercábamos, aumentó de tamaño. El faro blanco y rojo se alzaba imponente sobre la cima de un acantilado. El cielo se cernía sobre él como una pintura negra infinita, salpicada de motas plateadas y brillantes.
—¿Este es el faro que querías enseñarme? —me preguntó Kate cuando apagué el motor en el aparcamiento.
—Sí.
Me incliné sobre su asiento y saqué la linterna de la guantera.
Al apearme, el aire salado me llenó los pulmones.
Tan solo se oía el rumor de las olas rompiendo contra la orilla y la vegetación balanceándose con la brisa.
Kate y yo nos encontramos en la parte delantera del vehículo, entrelazamos los dedos y cruzamos la carretera.
La guie hasta el agujero de la verja. Aparté la malla metálica y la sujeté para que pasase.
Ella me observó dubitativa.
—Ben, no deberíamos estar aquí. Colarse en un edificio es delito.
—No nos estamos colando. Solo estamos entrando fuera de horario.
—¿Le dirás eso al guardia de seguridad?
—Tim no viene hasta las siete de la mañana, así que no te preocupes.
Kate titubeó.
—Vamos, Rose, las reglas están para romperlas.
Puse mi sonrisa infalible y ella claudicó con un suspiro.
Cuando se agachó para pasar por el hueco de la verja le eché un vistazo a su culito. Era supersexy y me tenía obsesionado.
Caminamos ladera arriba por el sendero de grava. Al llegar a la cima, pasamos de largo por el edificio del museo y nos dirigimos a la torre que estaba justo detrás. Nos detuvimos frente a la entrada del faro.
—Sujétame esto, anda. —Le entregué la linterna y saqué el juego de llaves del bolsillo.
Ella miró por encima del hombro mientras repiqueteaba el suelo con el pie.
—¿De dónde las has sacado? —me preguntó cuando abrí la cerradura.
—Se las he cogido prestadas a mi madre.
—¿Tu madre es farera?
—No. Trabaja en el museo. —Señalé con el pulgar, por encima del hombro, el edificio que teníamos detrás—. El faro sigue operativo, pero no tiene farero.
Empujé la puerta y le cedí el paso.
Ella se asomó a la estancia oscura y negó con la cabeza.
—Pasa tú primero.
Ahuequé la palma para que me devolviese la linterna. Tras encenderla, di un paso adelante. Kate entró detrás, tan apresurada que se chocó con mi espalda.
—Perdona —susurró.
Cerré la puerta y alumbré la sala con la linterna. Apunté el haz de luz hacia la derecha y le dije:
—Tenemos que subir por la escalera de caracol.
La madera crujió bajo nuestros pies cuando nos pusimos en marcha. Kate dio un respingo. Oía su respiración acelerada.
—¿Tienes miedo a la oscuridad?
—No… —Me agarró la mano con fuerza—. Simplemente… no me gusta la sensación de estar en mitad de la nada.
—Entonces mejor no te cuento la historia del fantasma.
—¿Qué fantasma? —Kate se pegó aún más a mí—. ¿Sabes qué? Prefiero no saberlo. ¿Encendemos la luz?
—No podemos. Si pasara alguien por la carretera, nos vería. Tú tranquila, que no te suelto.
El eco de nuestros pasos sobre los escalones retumbó en la torre vacía. Conforme subíamos, apagué la linterna porque nos alcanzaba la luz intensa de la lámpara del faro. Al llegar a la cúpula de cristal, nos tomamos un momento para recuperar el aliento.
Delante de nosotros se extendía la inmensidad del océano oscuro. El haz de luz del faro bailaba sobre el agua.
—Esto de día… debe de ser precioso —dijo Kate en un resuello.
—Sí…
Abrí la puerta metálica y salimos a la pasarela circular que rodeaba la torre. Me agarré a la barandilla de seguridad y me asomé al acantilado.
—¿Lo ves? —pregunté triunfal—. Cero vértigo.
—¿De verdad me has traído solo para hacer esta demostración? —Kate sonaba divertida.
—Nah… Quería enseñarte el faro.
—¿A cuántas chicas has traído?
—Tú eres la primera.
Ella entrecerró los ojos.
—Es verdad. Solo subo cuando quiero estar solo y ahora…, me apetecía compartirlo contigo.
—Creía que eras el Heath Ledger malote de Diez razones para odiarte , pero eres el rompecorazones de Casanova .
—Prefiero ser el de Destino de caballero .
Kate apoyó los antebrazos en la barandilla, cerró los ojos y respiró hondo.
No pude más que contemplarla embelesado. La luz del faro se reflejaba sobre ella, dejando un brillo blanquecino a su alrededor.
—¿Cuál es la historia del fantasma? —me preguntó cuando nos sentamos sobre la pasarela con las piernas cruzadas, el uno junto al otro.
—Cuenta la leyenda que hace cien años se hundió un barco en la costa —empecé mientras me liaba un cigarro—.
Solo sobrevivió una mujer, llamada Abigail, que acababa de casarse con el capitán del barco…
Abigail consiguió salir del agua, pero se dice que murió en el faro porque no superó la pérdida de su amado.
—Qué historia tan triste… —Kate suspiró con los ojos fijos en el horizonte—. ¿Crees que se puede morir de pena?
Me encogí de hombros.
—¿Alguna vez te han roto el corazón? —Detecté curiosidad en su voz
—He estado jodido, pero no ha sido por una chica… —Encendí el cigarro y le di una calada profunda—. Mi padre murió cuando yo era pequeño…
—Lo siento mucho. —La sorpresa se reflejaba en sus ojos.
Colocó la mano sobre la mía y le dio un apretón.
—Estoy bien… —Aspiré del cigarro—. Fue cuando yo tenía cinco años. Recuerdo alguna cosa suelta, pero hay otras, como su voz, que se me han olvidado…
Exhalé y el humo danzó ante mi cara antes de desaparecer.
—Mi madre estaba destrozada —proseguí—. Una cosa que la animaba era ver Saturday Late Night , ¿sabes? Empecé a imitar a los actores del programa para hacerla reír…
Ella me apretó la mano con fuerza y respiró hondo.
—Me he fijado en que hablas de tu madre en pasado… —dije tras unos segundos.
Kate se puso rígida. Me soltó y tiró de un hilo suelto del dobladillo de su vestido, evitando mirarme.
—No tienes que hablar del tema si no quieres —añadí rápido.
—Mi madre… falleció el año pasado…
Aunque lo sospechaba, las palabras cayeron con la fuerza de la ola de un tsunami. Tragué saliva para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.
—Lo siento mucho, Kate.
Cuando se le empañó la mirada, noté que algo se aplastaba en mi pecho. Apagué el cigarro contra la pasarela de metal y le froté el brazo con suavidad.
—Perdona, yo… —Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó apresurada—. No suelo hablar de ello porque… todavía… me afecta… —acabó con un hilo de voz—. Además, los Morgan no… lloramos en público.
De pronto, parecía incómoda y nerviosa.
—No pasa nada. —Me incorporé y la rodeé con los brazos—. Aquí solo estamos tú y yo. Desahógate si quieres.
Tras unos segundos, apoyó la frente en mi hombro y se aferró a mi camiseta. Sabía que estaba llorando porque su cuerpo temblaba contra el mío. Le pasé la mano con suavidad por la espalda. Solo pensaba en reconfortarla.
—La gente dice que el primer año es el más duro… y que luego todo mejora, pero… no siento que esté mejorando…
Imaginaba lo que habría supuesto esa pérdida para ella. Mi madre era una de las personas a las que más quería en el mundo, no quería ni pensar en una vida sin ella. Nada de lo que pudiera decir apaciguaría su dolor.
—Ni siquiera puedo hablar de ella con mi padre. Parece que no le afecta… Él mantiene la barbilla alta en todo momento…
Permanecimos un buen rato unidos. Cuando su respiración se relajó, aflojó el agarre sobre mi camiseta y me devolvió el abrazo.
—¿Quieres contarme algo sobre ella?
—Nos unía el amor por las películas… —empezó con la voz triste y sin soltarme—. Veíamos juntas todos los estrenos en el cine, al lado de casa. Solo teníamos que cruzar el parque Boston Common para llegar.
Se sorbió la nariz y yo seguí frotándole la espalda para que supiera que no estaba sola.
—La primera vez que fui al cine tenía tres años —siguió enseguida—.
Mi madre me llevó al estreno de Bichos .
Yo no lo recuerdo, pero ella me contaba que me quedé alucinando ante la pantalla gigante y que aplaudí de emoción en algunas escenas.
Después, fuimos a tomar un chocolate caliente y compramos el árbol de Navidad, iniciando así una tradición…
—La voz se le quebró al final y me abrazó más fuerte.
Se tomó un momento antes de continuar.
Cuando volvió a hablar, sonaba más calmada: