Los finales perfectos no existen 24. Ben
52%

24. Ben

Ben

El ruido metálico de una puerta cerrándose a mis espaldas me provocó un sobresalto.

—¿Kate? —pregunté al aire.

La única respuesta que obtuve fue el murmullo suave del viento.

—¿Kate? —repetí, a la par que me volteaba.

Parpadeé confundido al encontrar la azotea vacía. La erección me bajó de golpe.

No había ni rastro de Kate.

Me tomó un momento asimilar que me la había jugado. Mi traje también había desaparecido. Cuando la idea caló en mi interior, me apresuré hasta la salida. Abrí la puerta y encontré el rellano desierto.

—¡Kate! —Volví a llamarla, y nadie contestó.

Cerré la puerta y resoplé.

Miré alrededor en busca de algo con lo que cubrirme, pero no había nada. En el suelo estaban mi cartera y mi teléfono.

Siendo sincero, me sorprendía que la chica dulce que recordaba se hubiese atrevido a hacer algo así.

Recogí el móvil y llamé a Logan.

—¿Dónde estás? —preguntó mi amigo al descolgar.

—Escúchame con atención. Necesito que bajes a la planta ocho, que sigas los carteles del vestuario y que pilles cualquier bolsa que veas con mi nombre. Cuando la tengas, sube a la azotea de la planta sesenta y seis.

—¿Por qué?

—Porque estoy en pelotas.

—¿Me estás diciendo que la gente que esté visitando el Top of the Rock puede verte el rabo con los prismáticos? —Por su tono contenido sabía que estaba aguantándose la risa.

—Tío, ¿podemos reírnos luego?

—Enseguida subo.

—Gracias.

Me pegué a la fachada para alejarme de posibles miradas indiscretas.

Ahora que el calentón se me había pasado, lo único en lo que podía pensar era: «Joder, qué puto frío hace».

Estaba trotando en el sitio, para entrar en calor, en el momento en que se abrió la puerta.

Cuando Logan me vio tapándome la polla con las dos manos, soltó una carcajada estruendosa.

—No hace falta que uses las dos manos, hombre, si no hay tanto que tapar —dijo entre risas.

—Vete a la mierda.

Alargó una funda de traje en mi dirección y la cogí.

—No me jodas, tío —me quejé al bajar la cremallera—. ¿De verdad me has traído un puñetero disfraz?

—He cogido lo primero que he pillado.

El traje de estética disco estaba recubierto de lentejuelas de colores, distribuidas en líneas que lo recorrían de arriba abajo. Era uno de los disfraces que luciría en directo para el especial de Halloween.

Me subí los pantalones de un tirón y me metí la camisa azul clara por la cabeza. Tras dudar un segundo, me puse la cha­queta.

—Joder, pueden verme desde el puente de Brooklyn.

—Y que lo digas… —Logan se limpió una lágrima de risa de la comisura del ojo.

No pude evitar reírme yo también.

Me puse el colgante con el símbolo de la paz que acompañaba al disfraz.

—Tío, ¿cómo has caído en esto? —me preguntó.

Mientras me vestía, le había contado lo que había ocurrido con Kate.

—Kate me ha propuesto hablar en un sitio más tranquilo. El otro día decíais que eso es sinónimo de que alguien quiere enrollarse contigo. Dos más dos…

—Ya, pero en cuanto te ha pedido que te des la vuelta para despelotarte, tenías que haberte dado cuenta de que era una trampa… —Se rio mi amigo.

En un primer momento, yo también había sospechado que era demasiado bonito para ser verdad. Los pensamientos racionales se achicharraron en cuanto ella bajó la mano por mi pecho de manera provocativa.

—Logan, si la mujer de tus sueños te pide que te despelotes en una azotea, tú coges y te desnudas. Porque sus deseos son órdenes.

—Entonces, si Kate te pide que te dejes bigote de actor porno de los setenta, ¿te lo dejarías?

—Lo vas pillando.

Le di una palmada en el hombro y él negó con la cabeza mientras se reía.

—Venga, volvamos a la fiesta.

—¿Vas a volver vestido así?

—Sí, claro. No voy a dejar que mi mujer se salga con la suya.

Si Kate creía que iba a desistir porque se hubiese llevado mi ropa, lo llevaba claro.

—¿Por qué sonríes tanto? —me preguntó Logan confundido.

—Porque el amor es un juego de dos, amigo mío.

Haciendo esto, Kate me ha demostrado que ella también está jugando.

Reacciona a la defensiva porque oculta algo y sabe que no pararé hasta descubrir qué es.

—Me puse las gafas redondas, azules y diminutas que acompañaban el atuendo, y añadí—: ¡Que empiece la partida!

Estábamos a punto de entrar al salón cuando Logan recibió una llamada de su novia. Se quedó hablando cerca de los ascensores. Según puse un pie dentro de la estancia, me convertí en el centro de las miradas. Atravesé la sala a paso digno y sonriendo.

—Ben, ¿qué haces vestido así? —me preguntó un compañero de la cadena.

—Es un test de vestuario para el especial de Halloween del sábado, para ver si le gusta a la gente.

Cuando mis ojos se cruzaron con los de Kate, ella separó los párpados sorprendida. Luego se tapó la boca y se rio. A su lado estaba Preston.

Me encaminé hacia ella y le regalé una sonrisa maliciosa que significaba: «¿Creías que me iría con el rabo entre las piernas, corazón?».

Había empezado el juego siguiendo sus normas, ella había querido hablar en un sitio privado y yo la había seguido. Ahora jugaríamos a mi manera.

—Necesito hablar contigo —le dije al plantarme a su lado.

Ella se disculpó con Preston y me condujo hasta un rincón.

—Ben, aquí no…

—¿Dónde has dejado mi traje, preciosa?

—En objetos perdidos. —Sonrió, encantada de su hazaña.

—¿Por qué has hecho eso? ¿Tantas ganas tenías de verme el culo?

—Para dejarte claro que no va a pasar nada entre nosotros.

—Verás, tu boquita dice una cosa, pero tus ojos dicen otra muy distinta. Espero que, ahora que has disfrutado de las vistas, sepas lo que te estás perdien…

—Ben, estoy aquí con mi prometido —me cortó.

Se toqueteó, nerviosa, el dobladillo de la manga.

—Dime: ¿Trenton sabe que me comiste la boca el otro día?

—Se llama Preston.

—¿Sientes algo por mí?

—No.

Kate apartó la mirada y se colocó el pelo detrás de la oreja, tal cual hacía siempre que mentía.

Sonreí triunfal.

—Mientes de pena, Katie —pronuncié con retintín el apodo que le había puesto Preston.

Kate miró por encima de mi hombro y le cambió el semblante. A continuación, salió disparada. Al llegar a la altura de su prometido, le sujetó la cara con las manos y le besó.

Kate

Preston me devolvió el beso con torpeza. Apretó los labios contra los míos.

No sentí nada.

Ni cosquilleo.

Ni calor.

Ni vértigo.

Nada.

Besándolo, no me recorrió la electricidad de la cabeza a los pies ni el estómago me dio un vuelco. No se me pusieron los pelos de punta ni se encendió una chispa de deseo.

Tenía el pulso acelerado, pero no era por el roce de los labios de mi amigo, sino por la agitación que me había provocado hablar con Ben.

Preston me agarró de los codos y me apartó con suavidad.

—Cielo, estamos dando un espectáculo —susurró sin perder la sonrisa.

—¿Nos está mirando?

Él desvió los ojos por encima de mi hombro y asintió de manera casi imperceptible.

—Vale… Bien.

—Si las miradas matasen, ahora mismo estaría en el suelo. —Preston volvió a mirarme—. ¿A qué se debe tu arrebato?

—¿Bailamos y te lo cuento?

—Claro.

Preston me agarró la mano y caminamos a la pista de baile improvisada en el centro de la estancia. De esa manera, tendríamos más privacidad y llamaríamos menos la atención. Nos movimos en sincronía, al compás de la música tranquila que sonaba por los altavoces.

—Ben sospecha que lo nuestro es una farsa —susurré tras asegurarme de que estábamos alejados del resto de parejas—. Cree que siento algo por él.

—No me extraña. —Preston me hizo girar sobre mí misma—. No sabes disimular. No has dejado de mirarlo en toda la noche.

—¿Crees que mi padre se ha dado cuenta? Nos estaba mirando ahora mismo…

—No lo creo. Estaba centrado en sus negocios.

Tragué saliva y no contesté.

—Siento haberte besado —dije pasado un instante.

—No te preocupes. En algún momento nos habríamos besado en público. Se nos da de pena, me temo que tendremos que practicar más para que en la boda sea creíble.

Se me escapó la risa.

—¿Por qué Ben te ha llamado antes «ladrón de macarons »?

Preston volvió a hacerme girar sobre mí misma.

—El día que fuiste al despacho de Julia, me lo crucé en la cafetería. Me abordó cuando pedí los tres macarons que quedaban. Primero, se ofreció a invitarme al café a cambio, luego intentó pagarme.

—¿Por qué?

—Porque él también los quería para ti.

—¿Me tomas el pelo?

Negó con la cabeza.

—¿Cómo sabes que los quería para mí?

—Porque me dijo que los macarons de pistacho son el dulce favorito de su mujer…

Abrí los ojos sorprendida.

¿Ben recordaba eso? Aquel era un detalle bonito.

—No te lo conté en el momento porque estabas afectada después de vuestra reunión —continuó mi amigo—. Y luego me olvidé. Perdona.

—No pasa nada…

Mis ojos se toparon con los de Ben al otro lado de la pista. Una chispa de energía me recorrió el cuerpo entero. ¿Cómo una sola mirada me hacía sentir tantas cosas? Estaba aún más confundida que después de haberlo besado.

Aparté la vista y le pregunté a mi amigo:

—¿Nos vamos a casa?