Los finales perfectos no existen 23. Kate
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23. Kate

Kate

A esas alturas de la noche, notaba los hombros cargados de la tensión. Llevaba un rato luchando conmigo misma, obligándome a guardar la compostura y a no buscar a Ben con la mirada. En aquel salón había demasiados ojos curiosos. Muchos de los presentes sabían que estaba prometida con Preston.

El propósito de no mirar a Ben resultaría más sencillo de cumplir si no me hubiese pasado los últimos días pensando en nuestro beso, si no se colase cada dos por tres en mi ángulo de visión, si no estuviese guapísimo con el pelo perfectamente peinado y el esmoquin azul marino impecable, y si no sintiese sus ojos encima en todo momento.

Sabía cuándo me observaba porque la piel no paraba de cosquillearme.

Justo como estaba pasando en ese momento.

—Kate, ¿me estás escuchando?

La pregunta de Preston me sacó del trance. Al mirarlo, me encontré con sus cejas arqueadas.

—Perdona —me disculpé, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué decías?

Me agarró el antebrazo con suavidad y se inclinó para hablarme al oído.

—Marido acercándose a tus tres en punto.

—¿Qué? —Mi voz sonó como un pitido agudo.

Preston se irguió y yo giré la cabeza a toda velocidad.

Ben caminaba con decisión hacia nosotros.

Resistí el impulso de salir corriendo en dirección opuesta.

Me daba pánico que dijera algo fuera de lugar.

Si alguien se enteraba de que nos habíamos besado, ya fuera mi padre o cualquiera que me conociera, el pacto con Preston se tambalearía.

Y nuestro futuro también. Cuando nuestros ojos se encontraron, me saludó con un gesto de cabeza.

A mi lado, Preston ahogó una exclamación.

Al voltearme, encontré al amigo de Ben plantado a su lado.

—Lo siento —le dijo a Preston con cara de circunstancias—. Iba distraído y no te he visto.

—No te preocupes —le contestó Preston.

—Te he tirado la copa en la espalda.

Preston se quitó la americana. Una mancha color borgoña destacaba sobre la tela blanca.

—Hay que ver qué torpe soy… —el secuaz de Ben negó con la cabeza—. Déjame limpiarla antes de que se eche a perder.

—No hace falta. Estas cosas pasan.

—Es lo mínimo que puedo hacer. Les pediré el quitamanchas a los camareros.

El tipo le dedicó una sonrisa deslumbrante a Preston.

Fui consciente de que éramos el centro de las miradas que nos rodeaban.

Sin necesidad de hablar, le transmití el siguiente mensaje a Preston: «Yo me encargo de Ben».

—De acuerdo, vamos —le contestó Preston al otro hombre.

Al girarme, me topé con la sonrisa alegre de Ben.

—Sé que esto ha sido cosa tuya —le dije entre dientes.

—Yo no he hecho nada. —Su expresión era la viva imagen de la inocencia—. No puedes culparme por la torpeza de ese tío.

—Os he visto juntos. Sé que es amigo tuyo.

—Ah, sí. —Ben se detuvo con el vaso de whisky a escasos centímetros de los labios—. Te he pillado mirándome varias veces.

Tras soltar el comentario, vació la bebida.

Recortó un paso de distancia y dejó el vaso en la mesa.

—¿Qué estás bebiendo? —me preguntó con los ojos puestos en mi vaso casi vacío.

—Un negroni.

—Antes tomabas bebidas más dulces.

—Ya no soy la de antes.

Su sonrisa magnética amenazaba con arrastrarme en su dirección.

Nerviosa, le di un sorbo al vaso. El sabor amargo me calentó la lengua.

Mi corazón y yo debíamos tener una pequeña charla. Tenía que recordarle el daño que me había hecho Ben y que no podía acelerarse porque él me sonriera.

—¿Te va bien que vayamos al cine el domingo? —me preguntó con despreocupación—. Podría recogerte a las siete para nuestra cita.

Abrí mucho los ojos y miré en todas direcciones para asegurarme de que nadie nos prestaba atención.

—Ben… —Exhalé un suspiro—. Estoy aquí con mi prometido.

—¿Ah, sí? —Echó un vistazo alrededor—. No le veo.

Me puse seria.

Un brillo malicioso se adueñó de su expresión.

—Estás prometida con el hijo de la alcaldesa de Nueva York, tu padre debe de estar contentísimo…

—Así es. Preston y él se llevan de maravilla.

—Ya… Por casualidad, el bueno de Arthur no tendrá negocios con la alcaldesa, ¿verdad?

Me quedé congelada.

Sabía que Ben sospechaba que el compromiso era una farsa, pero no pensé que sacaría el tema ahí en medio.

—Vaya, no me digas que he dado en el clavo… ¡Qué fácil!

—Ben, no digas esas cosas —susurré—. Puede oírte cualquiera.

Mis nervios se dispararon. Sentí el peligro de que todo lo que había construido saltara por los aires. Si Ben había orquestado el numerito con su amigo para quitar a Preston de en medio, no se daría por vencido. Lo mejor sería enfrentar la situación cuanto antes.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Hablar contigo.

—¿Por qué?

—Porque una vez una chica me dijo: «Da igual lo que creas. Siempre hay que hablar a la chica. Siempre».

El muro que había entre nosotros se tambaleó ligeramente. Esas eran las palabras que le dije la primera vez que fuimos juntos al cine, cuando estábamos comentando los finales alternativos de El efecto mariposa .

Mi corazón se aceleró de una manera que no debería. La nostalgia se apoderó de mí.

—¿Por qué no hablamos en un sitio más tranquilo? —propuse, para salir del paso—. Me han dicho que las vistas desde la azotea de la planta sesenta y seis son increíbles.

Ben me sostuvo la mirada unos segundos.

La intensidad con la que me observaban sus ojos verdes evidenciaba que entre sus prioridades no estaba disimular.

—Saldré yo primero —le dije—. Espera unos minutos antes de seguirme, por favor.

Sin esperar respuesta, me escurrí entre los invitados.

Abandoné el salón y dejé atrás el ambiente animado de la fiesta.

Pasé de largo por delante de los ascensores y subí por las escaleras de emergencia hasta el rellano de la planta siguiente.

Empujé la puerta y asomé la cabeza. Me aseguré de que la azotea estaba vacía antes de salir.

La brisa fría me revolvió la melena mientras me acercaba al borde.

El ruido de las sirenas llegó a mis oídos como un eco lejano.

Hacía rato que había anochecido. Las luces de la ciudad estaban encendidas y destacaba la torre del Empire State iluminada de rojo.

Desde ahí arriba, sentía que estaba dentro de una película, que el mundo y los problemas parecían diminutos.

Respiré hondo, tratando de relajarme. Sabía el tipo de preguntas que me haría Ben. Intentaría esquivarlas con respuestas vagas, siguiendo el ejemplo de Preston.

La puerta no tardó en abrirse a mi espalda. En un santiamén, Ben se plantó delante de mí.

—Hola. —Me colocó el pelo detrás de la oreja.

Una descarga eléctrica me atravesó al notar el calor de su piel. Sus dedos rozaron intencionadamente mi cuello hasta el collar. Se inclinó para hablarme cerca de la oreja y mi corazón se adelantó un par de latidos.

—Dime…, ¿has pensado en nuestro beso? —Sus labios me rozaron el lóbulo y me provocaron escalofríos.

—¿Y tú?

—Todo el tiempo.

Tragué saliva.

Yo también había pensado en ello, pero jamás lo reconocería en voz alta.

—No estuvo mal… —fue todo lo que dije.

Él se irguió para mirarme a la cara.

—El beso estuvo más que bien. Yo me empalmé a tope.

Mi estómago dio un salto mortal y, cuando aterrizó, me sentí mareada. Ese hombre seguía soltando lo primero que le cruzaba la cabeza sin filtros.

Ben plantó una mano en mi cintura. La calidez de su palma traspasó el vestido de terciopelo, despertando un hormigueo en mi piel. La sonrisa arrogante debería tirarme para atrás. En su lugar, convertía mis rodillas en gelatina.

De pronto, me sentía acalorada. Mi pecho subía y bajaba a toda prisa.

Se suponía que era una mujer adulta, con dominio de sus emociones, no una adolescente cegada por el amor y las hormonas.

—¿Quieres que te recuerde lo bueno que fue? —Su aliento me acarició los labios.

En ese momento comprendí que Ben nunca había tenido la intención de hablar.

Las chispas de la excitación se convirtieron en cabreo en un santiamén.

Ben creía que yo era una de sus palomitas ingenuas y que volvería a liarme con él. Dispuesta a quitarle la idea de la cabeza, apoyé una mano en su pecho y llevé la otra hasta su cuello.

—¿Sabes qué me gustaría? —pregunté, cambiando a un tono sugerente.

Él negó con la cabeza.

—Que te quitases la ropa.

—¿Ahora?

—Sí.

Ben echó la cabeza hacia atrás y arrugó las cejas.

—Desnúdate. Ya.

—Esta actitud de mando es nueva.

—Hay muchas cosas que han cambiado.

—No puedo sacármela aquí.

—¿Por qué no?

—Porque si ves mi polla maravillosa no podrás resistirte —bromeó.

Que bromease indicaba que no me tomaba en serio.

—Será divertido. —Bajé el dedo índice despacio por su pecho.

Al comprender que no iba de farol, Ben abrió la boca sorprendido.

—¿Tu fetiche es follar en azoteas?

Forcé una sonrisilla y le solté el botón de la chaqueta.

—Quítate la ropa. —Las palabras salieron en un tono demandante.

Él se inclinó, dispuesto a besarme. Aparté la cara justo antes de que nuestros labios se rozasen y negué con la cabeza.

—Nada de besos hasta que te desnudes.

Ben me observó unos segundos. Sus labios entreabiertos se curvaron en una sonrisa sugerente. Sus ojos hambrientos calentaron mis labios, mi cuello y mi escote.

—Si no quieres… —empecé.

—Claro que quiero —se apresuró a contestar—. Me apetece muchísimo.

Tiré del lazo de su pajarita y se la quité.

—Un momento. —Me agarró las manos—. ¿Y tú?

—Podemos hacerlo sin que me quite el vestido.

—Ni hablar. Aunque me vuelve loco la idea, yo también quiero verte desnuda. Ha pasado mucho tiempo.

Por fuera, aguanté el temple. Supliqué internamente que no me temblase la voz cuando dije:

—Si te das la vuelta, me quitaré el vestido.

Supe que había ganado en cuanto sus ojos se oscurecieron.

—Bueno; si es lo que te pone, tendré que sacrificarme.

Con una sonrisa descarada, Ben se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo. A continuación, me dio la espalda.

—No te des la vuelta hasta que yo te diga.

—Me encanta esta nueva Kate.

En un tiempo récord se sacó la camisa por la cabeza de un tirón, se descalzó a patadas y se bajó los pantalones junto con los calzoncillos.

El corazón se me subió a la garganta cuando se irguió completamente desnudo. Mis ojos resbalaron por su espalda musculada hasta su culo redondo y de ahí a sus piernas fuertes. Me mordí el labio y suspiré.

No había duda: igual que el vino, Ben había mejorado con los años.

—De haber sabido que tenía que hacer un estriptis, habría puesto música sexy.

Contuve la sonrisa.

—No te preocupes, estoy disfrutando del espectáculo.

Salió de los pantalones dando un paso adelante. Lo único que le quedaba puesto eran los calcetines negros, que le llegaban a mitad de las pantorrillas.

—¿Los calcetines también tengo que quitármelos? —me preguntó—. El suelo está helado de cojones.

—No te preocupes. Puedes dejártelos.

Resistí la tentación de acercarme para ver mejor sus tatuajes. Tuve que recordarme que tenía un plan. Me agaché para recoger su chaqueta.

—¿Puedo darme la vuelta ya? —preguntó, torciendo la cabeza hacia la derecha.

—¡Un segundo! —exclamé—. ¿Te parece bien si me dejo los tacones puestos?

—Uf. Sí. Claro. Lo que quieras, preciosa.

Recogí el resto de su ropa con sigilo y retrocedí hasta la salida.

—No te gires todavía. Ya casi estoy.

Sonreí para mis adentros.

Había sido tan fácil como ponerle la miel en los labios para tenerlo a mis pies.

Abrí la puerta con sumo cuidado y le eché un último vistazo a su trasero. Estaba a punto de salir cuando me asaltaron los remordimientos. Hurgué en los bolsillos y di con su móvil y su cartera. Dejé sus pertenencias en el suelo y cerré la puerta.

De vuelta en el rellano me tapé la boca. Tenía el pulso acelerado. No me creía lo que acababa de hacer. Sin perder un segundo, bajé las escaleras apresurada y me alejé de Ben con la esperanza de que me dejase tranquila.