Los finales perfectos no existen 22. Ben
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22. Ben

Ben

Pulsé el botón de la planta sesenta y cinco del ascensor privado del edificio Rockefeller.

Cuando se cerraron las puertas, me quité las gafas de sol y las guardé en el bolsillo interno de la chaqueta. Acto seguido, me abroché el botón, comprobé que los gemelos estaban en su sitio y me pasé la mano por el pelo.

—Para ya, anda. —Logan me dio una palmada en el hombro.

Lo miré sin comprender.

—Estás muy elegante con el traje, tío. No te preocupes, todo saldrá bien —agregó, adivinando lo que me rondaba la cabeza.

—Lo sé. —Sonreí, aparentando confianza—. Lo único que me preocupa es que el whisky sea decente. Estos eventos son un rollazo como para pasarlos sobrio…

Era miércoles por la tarde. Logan y yo nos dirigíamos al cóctel que Morgan Media había organizado para celebrar la compra de la cadena. Por suerte, tenía lugar en el edificio en el que trabajaba.

Hacía cinco días que Kate me había besado en la discoteca.

Desde entonces, no había sabido nada de ella.

Ahora que estaba a punto de volver a verla, una mezcla de inquietud y anticipación me llenaba el estómago.

No había conseguido sacármela de la cabeza y estaba hecho un lío.

Quería saber qué había significado para ella.

¿Me había perdonado? ¿Quería algo conmigo?

¿Se arrepentía de haberme besado? ¿Pensaría en mí como yo en ella?

Para la ocasión, me había comprado un esmoquin azul marino de Armani, que había combinado con una pajarita a juego y una camisa blanca.

En los pies calzaba unos zapatos negros de Tom Ford, tan relucientes que podía ver mi sonrisa reflejada en ellos.

Aunque no lo reconocería en voz alta, me había puesto guapo para impresionarla.

Logan también se había vestido de punta en blanco, con un traje negro y una pajarita del mismo color.

Salimos del ascensor y nos encaminamos al salón Arcoíris. En el acceso había dos mujeres sentadas detrás de una mesa, con la lista de invitados.

—Buenas tardes —las saludé con una sonrisa—. Soy…

—Benjamin Sharp —soltó una de ellas—. Lo sé. Soy fan del programa —terminó con una sonrisa coqueta.

—Gracias. Me alegro de que te guste. Él es mi acompañante. —Señalé a mi amigo con el pulgar.

Ella buscó mi nombre en la lista de invitados y lo subrayó con un rotulador fosforito.

—Bienvenidos al evento. ¡Que disfruten de la fiesta!

—Gracias.

Caminé con seguridad hasta las puertas dobles de cristal. Al abrirlas, llegó a mis oídos un coro de sonidos entremezclándose: la música jazz del hilo musical, el tintineo de las copas al chocar las unas contra las otras y el bullicio de fondo de las conversaciones simultáneas.

Logan y yo entramos en un salón refinado y circular, de suelos de madera clara y ventanas panorámicas que mostraban los rascacielos bajo la luz dorada del atardecer.

Del techo colgaba una lámpara de araña tan grande como la de El fantasma de la ópera .

Había varias mesas altas recubiertas con manteles blancos y centros de flores coloridas.

Al fondo, sobre una tarima, descansaba un piano negro de cola.

Mirases a donde mirases, veías gente elegante, con vestidos largos y esmóquines.

—Voto por asentar el campamento aquí. —Le di una palmada a una de las mesas vacías del lateral—. Ya he estado en esta sala. Sé que los camareros saldrán con la comida por aquí. —Señalé la puerta negra que teníamos detrás.

—Me parece bien —respondió Logan.

Barrí el espacio con la mirada en busca de mi objetivo.

Mis ojos se detuvieron en una melena dorada que reconocería en cualquier parte. Kate estaba al lado de una mesa alta, a un par de metros por delante de donde nos encontrábamos.

Escaneé los alrededores en busca del enemigo. No había ni rastro del prometido.

Un camarero uniformado de negro pasó por nuestro lado cargando una bandeja plateada. Cogí dos copas de champán al vuelo.

—Ahora vengo —le dije a mi amigo.

—Suerte.

—No la necesito.

Fui directo como una flecha a por ella.

Al llegar a su altura, me percaté de que tenía la mirada fija en una pareja que conversaba un poco más allá.

Me aposté al otro lado de la mesa y clavé la vista en ellos. Esperé a que el hombre hablara para hacerlo yo:

—Cariño, ¿podemos largarnos ya? —pregunté, poniendo una voz más grave que la mía—. Estas fiestas son un rollazo y no aguanto más.

Por el rabillo del ojo, vi a Kate torcer la cabeza en mi dirección. Aunque el cuerpo me pedía a gritos que la mirase, mantuve los ojos fijos en la pareja.

—Ni siquiera están poniendo buena música —proseguí, a la par que continuaba el señor—. Y me han dicho que la comida es una mierda.

El hombre se calló y yo hice lo propio.

El silencio se extendió entre nosotros unos segundos. Recé internamente para que Kate me siguiese el rollo.

—Me gustaría quedarme un rato más —dijo cuando la mujer movió los labios—. La fiesta no está tan mal. He oído que hay tarta de queso.

—Haber empezado por ahí, mujer —continué al tiempo que el hombre le contestaba—. Si hay tarta de queso, no puedo marcharme. Esto está lleno de gente que no probará bocado por guardar la línea; no será mi caso.

Kate soltó una risita.

Dios…, cómo había echado de menos ese sonido.

Le eché un vistazo rápido por encima del hombro. Tenía una sonrisa escueta dibujada en el rostro.

El orgullo se abrió paso por mi pecho. Consideré ese pequeño gesto la máxima de las victorias.

Volví a mirar a la pareja. El hombre estaba hablando, me apresuré a continuar:

—Deberíamos aprovechar la barra libre. Seguro que hay un huevo de cócteles caros.

—Buena idea. He visto uno rosa que tiene buena pinta.

La pareja nos dio la espalda y se acabó nuestro juego.

Me volví completamente para mirarla. Ella hizo lo mismo.

Un brillo especial iluminaba sus ojos azules. La esperanza resurgió con fuerza en mi interior. Por un momento, los trece años que habíamos pasado separados se habían borrado.

Bajé la vista a sus labios pintados de un rojo pálido, pasando por el lunar que solía volverme loco, y de ahí al resto de su cuerpo. Al fijarme mejor en ella, tuve la impresión de que el mundo se detenía.

Kate parecía salida de un sueño. Las ondas doradas le enmarcaban el rostro.

Su vestido negro, sofisticado y sensual, me dejó sin palabras.

Tenía un escote pronunciado que le llegaba hasta el estómago.

La tela sedosa se ceñía a sus curvas gracias a un cinturón de piedras preciosas y caía con elegancia hasta el suelo.

Las mangas le tapaban hasta las muñecas.

Un collar plateado brillaba sobre su piel.

En ese instante supe que no podría quitarle los ojos de encima en toda la noche.

—Vaya… —dije cuando recuperé el habla—. Estás espectacular.

El rubor le coloreó las mejillas.

Sus ojos bailaron por mi rostro antes de repasar mi atuendo.

—Gracias. Tú también estás muy… elegante.

Sonreí.

Preferiría que hubiese dicho «Estás buenorro que te mueres, ¿nos enrollamos?», pero tendría que conformarme con eso.

Alargué en su dirección la copa de champán que le había llevado.

—No es un cóctel rosa, pero espero que esté bueno.

—Gracias. —La aceptó y la dejó en la mesa.

Resistí la tentación de deslizar los ojos hasta su escote. Sus tetas no eran enormes, pero con ese vestido era imposible no reparar en ellas.

«No se las mires. No se las mires», me repetí como un mantra.

Kate creía que solo quería tirármela. Debía demostrarle que no era así.

«¡Joder, Ben! —me reprendí—. ¡Se las acabas de mirar!».

En ese momento, apareció su prometido de la nada. Lucía un esmoquin bicolor, con la chaqueta blanca y el pantalón negro. Los gemelos dorados tenían pinta de costar un ojo de la cara.

—Ya estoy de vuelta, Katie. —Le entregó a Kate una copa de champán.

Contuve las arcadas al oír el apelativo cariñoso.

Ella le regaló una sonrisa más radiante que el sol y le dio un sorbo a su copa. Me jodió que pasase de la que yo le había llevado y aceptase la suya.

—Hombre, pero si es el ladrón de macarons . —Las palabras se me escaparon con acidez—. El otro día no me quedé con tu nombre… —Chasqueé los dedos y fingí que hacía memoria.

—Preston Chambers —me respondió con una sonrisa a la par que alargaba el brazo—. Soy el prometido de Kate.

Las palabras me sentaron como una patada en los huevos.

—Ben Sharp. —Le estreché la palma, dedicándole una sonrisa falsa—. Soy…

Aunque me habría encantado añadir «su marido», me contuve.

—… un viejo amigo de Kate —me contenté con decir.

Un viejo amigo con el que se besó cientos de veces, con el que perdió la virginidad y con el que se casó.

—Lo sé. Kate me lo ha contado todo sobre ti.

«¿Ah, sí? ¿Te ha contado que me comió la boca en una discoteca?».

—Vaya. Yo, en cambio, no sé nada de ti —respondí—. ¿Dónde os conocisteis?

—Estudiamos juntos en Harvard. —Kate enhebró el brazo alrededor del de Preston, obligándome a soltarle la mano.

Le dio un sorbo a la copa y entonces lo vi. El anillo de compromiso volvía a estar en su anular. Entrecerré los ojos para que el brillo no me cegara. Durante un instante, deseé ser Frodo para destruirlo lanzándolo al Monte del Destino.

—¿Lleváis mucho tiempo prometidos? —les pregunté interesado.

—Cuatro meses… —respondió ella en un tono cortés.

—Enhorabuena. —Me obligué a sonreír—. ¿Cuándo es el gran día? No he recibido mi invitación —bromeé.

Preston y ella compartieron una mirada cómplice.

—Estamos viendo opciones —contestó él con vaguedad. Luego se dirigió a Kate—: Cielo, tu padre nos está esperando.

Kate asintió y volvió a mirarme. El brillo cálido de sus ojos había sido reemplazado por la máscara de la indiferencia.

—Gracias por acercarte a saludar —me dijo en un tono cortés—. Si nos disculpas…

—Claro. Nos vemos luego.

—Que disfrutes de la velada —me deseó Preston.

Me dieron la espalda y se alejaron en la dirección opuesta.

Cuando giré sobre los talones, me encontré en la lejanía con la cara de circunstancias de Logan.

—¿Ese es el prometido? —me preguntó cuando me situé a su lado.

—Sí. Se llama Preston Chambers.

—El nombre me suena, pero no sé de qué. —Logan se sacó el móvil del bolsillo e hizo una búsqueda rápida—. Hostia… Es el hijo de la alcaldesa de Nueva York.

—¿En serio? —Me asomé sobre el teléfono para ver la foto en la que Preston posaba junto a su madre en una cena de gala.

—No quiero meter el dedo en la llaga, pero ¿has visto cómo brilla su sonrisa? —preguntó mi amigo—. Parece un príncipe Disney.

Resoplé.

—Encima le quedan genial los trajes. —Me bebí media copa de un trago—. Míralo, si parece recién salido de un catálogo, no me jodas.

—Tiene pinta de estar forrado.

—Seguro que caga lingotes de oro.

—¿Se limpiará el culo con billetes?

—Igual se lo limpia con seda… Me he enterado de que llevan cuatro meses prometidos. Probablemente ese tío cerró Tiffany para pedirle matrimonio, como el de Sweet Home Alabama .

Logan me dio una palmada en la espalda.

—Buenas noches a todos… —Se oyó una voz masculina a través de los altavoces—. Soy Ryan Hunter, consejero delegado de Morgan Media. Quería daros las gracias por acompañarnos esta noche y pediros un aplauso para Arthur Morgan, dueño de Morgan Media, quien va a dedicarnos unas palabras.

La sala irrumpió en aplausos cuando el padre de Kate subió al escenario. Me limité a dar dos palmadas secas. Poca gente me repugnaba más que ese hombre.

Su expresión autoritaria seguía presente. Tenía el pelo entrecano y se le veía más envejecido.

—¿A que se parece a Norman Osborn? —le dije a Logan en voz baja. Mi amigo asintió—. Te aseguro que es peor.

—Buenas noches a todos… —empezó Arthur a través del micrófono.

Desconecté de lo que decía y eché un vistazo por encima del hombro.

—Anda. —Le di un manotazo a Logan en el pecho—. ¡Tartaletas de salmón!

Me acerqué al camarero y le cogí un par de la bandeja. Me metí una en la boca y le hice un gesto a Logan para que se acercase a coger una.

Nos quedamos charlando a nuestra bola hasta que el padre de Kate se bajó del escenario.

A partir de ahí, me aseguré de incluirme en el campo de visión de Kate en todo momento. En una ocasión en que la pillé observándome, le guiñé un ojo y ella apartó la vista a toda prisa.

Me moría de ganas de acercarme a ella. Por desgracia, parecía pegada con cola a su prometido. Solo se separaron cuando él se sentó en la butaca del piano.

—Lo que me faltaba… —me quejé en voz baja—. ¿También toca el puto piano?

—Eso parece.

La música jazz fue sustituida por una melodía suave a piano. El alma se me cayó a los pies al comprobar que el maldito Preston Chambers tocaba como los ángeles.

Cuando la canción terminó, los presentes irrumpieron en aplausos, incluido Logan. Lo miré mal y paró.

—Solo soy Ken… —musité para mí mismo.

—¿Qué? —Mi amigo arrugó el ceño.

—Creía que podía convertirme en el Ryan Gosling de El diario de Noah , pero solo soy el de Barbie .

A mi amigo se le escapó la risa.

—No irás a ponerte a cantar como el de la peli, ¿no? —se burló.

En otra situación, le habría seguido la broma.

—Ese tío es puto perfecto. ¿Cómo voy a competir contra eso?

Logan me dio una palmada en el hombro.

—Piensa que, al menos, tú ya te has casado con ella.

—Eso es verdad. Y el otro día me besó. Ella a mí.

Preston bajó de la tarima y depositó un beso en la mejilla de Kate. Si ese hombre era tan perfecto, ¿por qué Kate se había enrollado conmigo? ¿Qué pasaba con su compromiso?

Le di un trago al vaso de whisky sin apartar los ojos de Kate, que se reía de algo que decía su prometido.

—Cambio de planes —le dije a Logan—, tienes que entretener a Perfecton para que yo pueda hablar con Kate.

—Vale. ¿Cómo los separamos?

—Mmm…, ¿y si hacemos la del vino?

—No sé yo… Este sitio es muy pijo.

—Lleva una americana blanca. La idea es cojonuda.

—Su traje debe de costar una pasta.

—¿Y? Tendrá setecientos más esperándole en la tintorería.

—¿De verdad no tienes un plan mejor?

—No. ¿Y tú?

Negó con la cabeza.

—Pues ya está. Tú espera mi señal. Ahora vengo.

Logan me retuvo poniéndome una mano en el hombro.

—Mejor lo hago yo, anda —me dijo—, así no será tan evidente.

—Eres el mejor amigo del mundo. —Sonreí.

Nos separamos y nos encaminamos hacia el objetivo, cada uno por un lado del salón.