21. Kate #3
Inicié la retirada cuando Ben me plantó una mano en la nuca y me devolvió el beso. No estaba preparada para el torbellino de emociones que experimenté. Mi corazón alzó el vuelo, mi estómago dio una voltereta y un subidón de felicidad se apoderó de mí.
Los labios de Ben eran firmes y se movían con seguridad sobre los míos. Dejé escapar un suspiro. Su lengua cálida se adentró en mi boca y buscó la mía con suavidad. Mis latidos se aceleraron tanto que creí que el corazón se me saldría del pecho. Sus besos sabían a algodón de azúcar.
Ben desplazó la mano hasta mi mejilla y un cosquilleo agradable me recorrió el cuerpo. Tenía ganas de reírme, de gritar y de seguir besándolo.
El sonido de los fuegos artificiales explotando llegó a mis oídos, no sabía si estallaban en la playa o dentro de mi pecho. Le acaricié la mandíbula sin apartarme de sus labios.
Me sentía bien. El mundo real había dejado de existir.
Un fuerte carraspeo se inmiscuyó entre nosotros. Con un sobresalto, me separé de la boca cálida de Ben. Notaba los labios hinchados y la respiración agitada.
Parpadeé confundida al encontrarme con las cejas arqueadas del feriante. Me llevó un instante comprender que estábamos abajo y que la noria se había detenido para que nos bajásemos.
Las mejillas se me colorearon. Sentí vergüenza porque nos hubiesen pillado besándonos.
Salté del carrito.
La gravilla crujió bajo mis pies conforme me alejaba. Apenas había dado un par de pasos cuando una mano se cerró alrededor de mi muñeca. Sin soltarme, Ben se plantó delante de mí.
—¿Adónde vas tan deprisa? —me preguntó.
Sus ojos hipnóticos se quedaron clavados en los míos. ¿Quería volver a besarme o se arrepentía de haberlo hecho?
Me daba vergüenza preguntárselo.
Le eché un vistazo al reloj. Me asombró lo rápido que se escurría el tiempo en su compañía.
—Tengo que estar en casa en media hora.
Ben dejó caer los hombros aliviado.
—Ah, vale. Por un momento me ha parecido que estabas huyendo después de besarme…
—Yo… Lo siento. No tenía…
—Eh, no, no, no. —Posó las manos en mi cintura y me atrajo contra él—. Ni se te ocurra disculparte. Me ha flipado el beso.
Las comisuras de mis labios se extendieron hacia arriba.
—A mí también.
Se inclinó y volvió a unir nuestros labios.
La electricidad cargaba mi piel. Le rodeé el cuello con los brazos.
Ben arrastró las manos hasta mi culo. Cuando me lo apretó, se me calentó el estómago y mi corazón se saltó un par de latidos. Me sorprendió que fuese tan atrevido, pero me gustó que lo hiciera.
No tardé en apartarme en busca de aire. Él entrelazó nuestros dedos y no volvió a soltarme la mano. Ni siquiera mientras conducía de vuelta a casa.
Ben aparcó el coche a una manzana de donde vivía. En cuanto nos bajamos del coche, sus labios cubrieron los míos.
—No quiero irme —confesé entre besos.
—Entonces no lo hagas.
—Mi padre me va a llamar por telé…
Ben me calló con un beso. Apoyó la frente contra la mía y dijo:
—Entra, habla con él y vuelve aquí.
—Imposible. —Volví a besarlo—. Ruth… cerrará… la puerta.
—¿Quién es Ruth?
Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—El ama de llaves.
—Vale, entonces entra, habla con tu padre y, cuando Ruth se sobe, vuelve a salir.
—No puedo hacer eso…
—Claro que puedes.
Me mordí el labio. Pensar con sus manos en mi cintura era complicado.
—Venga, lo pasaremos bien.
—¿Y si Ruth entra en mi habitación?
—¿Cuántas veces ha pasado eso?
—Ninguna.
—Lo dicho. Si te quedas más tranquila, pon una almohada en la cama, como si fueses tú, y ya está.
—Eres una mala influencia.
Me atrajo en su dirección.
—Y por eso te molo —dijo contra mis labios.
Su lengua se enredó con la mía y por poco olvidé que tenía que marcharme. Tres besos más tarde, apoyé las manos en su pecho y me separé de sus labios.
—Tengo que irme.
Él plantó la mano en mi nuca y me dio un beso arrollador que me dejó sin aliento.
—Por si necesitas un incentivo para regresar.
Solté un suspirito contra sus labios.
—Te veo en un rato —dije.
A continuación, salí corriendo.
Entré en casa apresurada. La llamada rutinaria de mi padre solía durar unos cinco minutos.
—¿Qué has hecho hoy? —me preguntó.
—He estado estudiando francés. Y ahora acabo de volver de la feria.
—¿Con quién has ido?
—Con Stacy —contesté rápido—. ¿Hasta cuándo te quedarás en Boston? —Cambié de tema antes de que me pillase la mentira.
—De eso quería hablarte. Por trabajo tendré que quedarme unas semanas más de lo que esperaba.
Al colgar, en lugar de quedarme hablando con Ruth, le di las buenas noches y subí a mi cuarto.
Esperé hasta que la oí retirarse a su habitación y entonces bajé las escaleras con el mayor sigilo posible. Al llegar abajo, agucé el oído, pero lo único que percibí fueron los latidos de mi corazón.
Con sumo cuidado, abrí la puerta de la entrada y salí al porche. Contuve la respiración al cerrar.
Sabía que Ben estaba esperándome en la parte trasera. Con la adrenalina por las nubes, acudí a su encuentro.
—Hola —saludó con una sonrisa.
—Shhh… —Me llevé el índice a los labios.
Entrelacé los dedos con los suyos y salimos corriendo. Mientras escapábamos, me entró la risa. Nunca me había sentido tan libre como en ese momento.