21. Kate #2
Dentro del recinto, todo era de colores llamativos.
Las casetas estaban iluminadas por bombillas brillantes, y las atracciones por luces de neón parpadeantes.
El aire olía a una combinación dulce y salada de algodón de azúcar, patatas fritas y pretzels .
Por encima de la música imperaban las risas, el murmullo generalizado y los gritos de los que disfrutaban de las atracciones.
Me detuve delante de un puesto de puntería en el que el premio eran peluches. Gracias a las películas, conseguir uno me parecía de lo más romántico para una primera cita.
Detrás del mostrador se exhibían varias filas de botellas. Al fondo, colgaban peluches de diferentes tamaños.
—¿Os animáis? ¡La diversión está asegurada! —nos dijo un hombre vestido de rojo desde el otro lado del mostrador—. Para ganar el premio grande tendréis que colar cinco aros en los cuellos de las botellas; para los pequeños, tres. Tenéis un total de cinco intentos. ¿Queréis probar vuestra puntería?
La tarea parecía fácil.
—Yo sí. —Di un paso adelante.
—Venga, yo también. —Se unió Ben.
—Cinco dólares cada uno, por favor.
Pagamos y el hombre nos dejó delante dos recipientes con aros diminutos de colores chillones.
—Tú primero —dijo Ben.
Al primer intento, lancé tan flojo que el aro cayó al suelo antes de llegar a la zona de las botellas.
—Menuda puntería, Rose —se mofó.
Le di un codazo en el costado.
—A ver qué tal lo haces tú.
Ben arrojó un aro y lo ensartó por el cuello de la botella. Me regaló una sonrisa de satisfacción y puse los ojos en blanco.
Tiré el segundo más fuerte y se estampó contra la cabeza de un peluche. Ben volvió a meter el suyo donde correspondía.
—Soy malísima —lloriqueé cuando me tocaba lanzar el tercero—. Si fallo este, me despido del peluche.
—Espera, que te ayudo.
Ben se situó detrás de mí, tan cerca que notaba el calor que emanaba su cuerpo. Me agarró la mano y el corazón se me subió a la garganta. Aunque por dentro temblaba como una gelatina, me obligué a guardar las apariencias.
—Intenta medir la potencia del lanzamiento.
—Su aliento me acarició la coronilla cuando habló—.
Puedes echar el brazo hacia atrás para coger impulso y flexionar la muñeca antes de soltarlo.
—A la par que hablaba, movió mi brazo a su antojo—.
Apunta a las botellas de la derecha; aunque estén más lejos, hay más juntas… ¿Lo has entendido?
—Eh… Sí.
—Una, dos y… tres.
Lanzamos el aro y lo colamos por el cuello de la botella.
—¡Bieeeeen!
Me volteé con una sonrisa. Ben y yo chocamos los cinco.
—Ahora inténtalo sola.
Con la confianza renovada, cogí otro aro y traté de tirarlo con efecto. Rebotó contra una botella y acabó en el suelo. Solté un resoplido y Ben se rio.
—¿Qué premio quieres? —le preguntó el encargado de la caseta a Ben.
Él había conseguido ensartar tres.
—Escoge el que quieras —me indicó Ben.
—Mmm… —Les eché un vistazo a los peluches—. El oso panda de la camisa morada, por favor.
El hombre me entregó el peluche pequeño y me lo apreté contra el pecho. Las mariposas de mi estómago batían las alas con tanta fuerza que no me extrañaría salir volando.
—Gracias —le dije a Ben—. ¿Compartimos un algodón de azúcar?
—Dale.
Me acerqué al puesto y pedí uno. Observé ensimismada cómo la mujer enrollaba los hilos de azúcar sobre el palito de madera. Cuando me lo entregó, sujeté el peluche contra el cuerpo y seguimos paseando. Ahora que había anochecido, las luces brillaban en todo su esplendor.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté a Ben mientras arrancaba un pedazo de la golosina rosa.
Me lo metí en la boca y degusté el azúcar deshaciéndose.
—Dieciocho.
—Yo los cumpliré el cuatro de agosto.
—Anda, tu cumple está a la vuelta de la esquina.
—¿Cuándo es el tuyo?
—Fue el ocho de mayo… Te saco tres meses. Se nota la madurez, ¿verdad?
—Mucho. —Se me escapó la risa.
Le ofrecí el algodón a Ben y cogió un poco.
—Entonces ¿este año irás a la universidad? —le pregunté, y él asintió—. ¿Qué vas a estudiar?
—Primero comunicación y luego guion. He solicitado Columbia porque tiene un programa de improvisación bastante chulo.
Por sus aulas han pasado grandes estrellas de Saturday Late Night .
Sería la puerta directa para entrar al programa.
Además, la universidad está en Nueva York, que es donde se rueda.
—Vaya, lo tienes clarísimo.
—¿Tú has pensado ya en qué quieres graduarte?
—Estudiaré Empresariales y me uniré al negocio familiar.
—Tu familia se dedica a los medios de comunicación, ¿verdad?
—Sí. Tenemos varios periódicos en Chicago y Boston, una cadena de televisión y una productora de cine. Mi abuelo fundó Morgan Media hace ochenta años. Cuando falleció, la heredó mi padre y, en el futuro, yo me haré cargo.
—¿Y eso es lo que quieres?
Lo miré sin comprender.
—Es lo que tengo que hacer —contesté escueta.
—Ya, pero… ¿es lo que realmente quieres? Hay una diferencia gigante entre «tener que hacer algo» y «querer hacer algo».
Ben era el primero que me hacía esa pregunta.
Ni siquiera me lo había planteado. Morgan Media era un miembro más de la familia, era parte de nuestra historia. Mi padre me había dejado claro que al acabar la universidad entraría en la empresa y me prepararía para tomarle el relevo. En cierto modo, mi futuro estaba escrito desde que nací.
—Sí…, creo que sí —respondí.
Le ofrecí a Ben lo que quedaba de algodón de azúcar.
—Para ti —dijo, negando con la cabeza.
—¿Nos montamos en la noria? —le propuse ilusionada cuando pasamos por delante.
Ben arrugó la nariz.
—Uf… Es aburridísimo… ¿No prefieres los coches de choque?
Negué con la cabeza.
—¿Y el tren del terror? Cualquier otra atracción será cien mil veces mejor.
—Me encanta la noria. Anda, porfa, será divertido.
Ben me observó unos segundos y claudicó con un suspiro.
—Vaaaale…
Compramos las entradas en la taquilla y guardé el peluche en el bolso. Cuando la atracción se detuvo, nos subimos en la góndola que nos indicaron y nos sentamos en el banco corrido, uno al lado del otro. El feriante cerró la cadena y la noria reanudó la marcha.
Todo lo que pensaba mientras cogíamos altura era que la pierna de Ben estaba pegada a la mía. Un gusanillo de emoción me retorcía el estómago.
Él apenas habló durante la subida. Ahí arriba todo parecía más tranquilo, sentía que estábamos en nuestro propio mundo.
—¡Mira! —exclamé—. ¡Se ve toda la feria y el paseo marítimo!
Ben no apartó la vista del infinito. Sus manos siguieron aferradas a la barra metálica.
—Mmm… ya. —Sonaba tenso.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca. —Forzó la sonrisa.
Parecía más pálido de lo normal.
—¿Tienes vértigo?
—Qué va… —resopló—. He subido en norias más altas que esta…
Tragó saliva y me lanzó una mirada de reojo.
Sospechaba que se estaba haciendo el valiente.
Parte de mí se derritió porque hubiese subido solo por hacerme feliz.
Cuando llegamos al punto más alto, la noria frenó para que se bajara la gente.
—Genial —murmuró Ben para sí mismo.
«Piensa algo para distraerlo».
—¿Sabes otra película que deberías ver? —pregunté.
Ben no contestó.
Apretaba los puños con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Ben, mírame…, por favor.
Él giró la cara despacio.
Su pecho subía y bajaba deprisa.
En sus ojos verdosos vislumbré incomodidad. No sabía cómo ayudarlo. Ben tragó saliva y me aproximé un poco más. Coloqué una mano encima de la suya y le di un apretón en busca de reconfortarlo. La palma me cosquilleaba por el contacto. Cuando exhaló, nuestras respiraciones se entremezclaron.
Sus ojos se deslizaron hasta mis labios. Cerré la distancia que nos separaba y lo besé. Él se quedó inmóvil.