Los finales perfectos no existen 21. Kate
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21. Kate

Kate

Trece años antes. Julio.

—¡Ben! —grité cuando le dio un puñetazo en la cara a Rich.

Este se abalanzó contra él y, de pronto, se convirtieron en un lío de golpes.

Se formó un corrillo a su alrededor. Los gritos se oían por encima de la música.

—¡O paráis o llamo a la policía! —vociferó una voz masculina.

Con el corazón en un puño, me escurrí entre la multitud a base de empujones.

—¡Déjalo, tío! —Mike rodeó con los brazos a Ben desde atrás y lo separó de Rich.

—¡Suéltame! —Ben intentó zafarse de su agarre.

La adrenalina se apoderó de mí. Salí corriendo y me planté delante de Ben.

—¡Ben, escúchame! —le pedí desesperada—. ¡Estoy bien!

—¡Controla a tu perro, Katherine! —exclamó Rich con un tono despectivo—. ¡No quiero que me contagie la rabia!

Ben hizo amago de lanzarse a por él otra vez.

—¡Si vuelves a tocarla, te parto los dientes! —Ben amenazó a Rich.

Le cogí la cara con las manos y, por fin, bajó la cabeza. Las llamas de su mirada comenzaron a extinguirse al encontrarse con la mía. Tenía la mandíbula apretada, su respiración era superficial y estaba temblando. Igual que yo.

—Kate, ¿estás bien? —Había ansiedad en su voz.

Sus ojos volaron a toda velocidad por mi rostro.

—Sí. Estoy… bien —repetí en un resuello, para calmarlo—. ¡Vámonos, por favor! No merece la pena.

Me sostuvo la mirada un instante antes de asentir. Mike aflojó su agarre, pero no le soltó.

—En cuanto mi padre se entere de esto, te pondrán de patitas en la calle —aseguró Rich con suficiencia.

Esas palabras me cabrearon un montón. Me volteé con los puños apretados.

—Si haces eso, le contaré al mío por qué Ben te ha pegado —le contesté apresurada.

—Venga, tío, vámonos —oí que le decía Mike a Ben.

Al darme la vuelta, vi que Mike volvía a sujetar a Ben. A su lado estaba Lola con la cara desencajada.

La vergüenza me inundó al darme cuenta de que éramos el centro de atención.

Agarré la mano de Ben y lo arrastré conmigo. Los cuchicheos nos persiguieron hasta la salida.

Fuera nos recibió la brisa nocturna y salada. Nos detuvimos al llegar a las escaleras de madera que bajaban a la playa. Mike y Lola se quedaron rezagados.

—¿Estás… bien? —La voz me falló al hablar.

—¿Yo? —Ben se señaló con el dedo índice—. Mejor que nunca. ¿Y tú?

Arqueé una ceja, incrédula.

Ben tenía la mandíbula y el pómulo enrojecidos.

—He estado en peleas peores, créeme.

—¡No es verdad! —apuntó Mike desde algún lugar.

—¿Cómo se te ocurre enfrentarte a Rich y sus amigos? —le pregunté con un nudo en el estómago.

Él se encogió de hombros.

Le solté la mano y me crucé de brazos.

El pánico que asolaba mi pecho indicaba que Ben me importaba más de lo que pensaba.

—¿Qué te ha hecho ese capullo? —Su voz denotaba rabia y tensión.

—Prefiero hablar en otro sitio. —No quería arriesgarme a que Rich saliese y se enzarzasen otra vez—. ¿Puedes llevarme a casa, por favor?

—Sí. —Ben desvió la vista para dirigirse a sus amigos—. Voy a acercarla a casa.

—Ya hablaremos tú y yo —le contestó Mike.

—No hay nada de qué hablar. Tú habrías hecho lo mismo, y lo sabes.

Me acerqué a ellos.

—Siento haberos amargado la noche —les dije, notando cómo la culpabilidad se abría paso en mi interior.

—¡Oh, no, por favor! —Lola sacudió la cabeza—. No te preocupes por nosotros. Lo importante es que estamos todos bien.

—No te rayes —agregó Mike—. No has amargado nada. Nuestro plan era ver los fuegos y todavía no han empezado. Además, ese tío se merecía una leche desde hace tiempo.

—Gracias por hacerme compañía.

Ben y yo nos despedimos de ellos y caminamos hasta el aparcamiento en silencio. Se había dejado la puerta del coche abierta de par en par. Según nos subimos, arranqué la conversación:

—Rich me ha dicho que quería hablar conmigo. Nos hemos apartado del resto y… ha intentado besarme.

El pecho de Ben se hinchó cuando inspiró con fuerza por la nariz.

—Le he quitado la cara, pero él ha insistido en la buena pareja que hacemos y… me ha besado. Luego me ha puesto la mano en la pierna y ha comenzado a subirla hacia arriba y yo… estaba tan nerviosa que solo me ha salido empujarlo. Me he ido disgustada y me he cruzado con tus amigos.

—¿Sabes qué? —Ben abrió la puerta—. Voy a volver para darle un par de hostias a ese gilipollas.

—No, por favor. —Le sujeté el brazo y se quedó quieto—. Lo he pasado fatal… No quiero que te pase nada. Tú solo… llévame a casa, por favor.

Tras vacilar unos segundos, Ben cerró la puerta y encendió el motor. Agarró el volante y me di cuenta de que tenía los nudillos magullados.

Durante el trayecto fui mirando por la ventanilla mientras jugueteaba con el dobladillo de la falda. El silencio ocupaba demasiado espacio entre nosotros. Quería romperlo, pero no sabía qué decir. Cuando entramos en mi barrio, mi intranquilidad aumentó.

—El otro día en el cine… —comencé.

—No tienes que darme explicaciones.

—¿Puedes escucharme, por favor?

Ben guardó silencio y yo proseguí:

—Te estaba guardando un sitio cuando Rich apareció y se sentó a mi lado. Me dio apuro pedirle que se fuera. Nuestros padres son socios… Por lo que has dicho antes, supongo que nos viste…

Asintió sin apartar la vista de la calzada.

Se detuvo en doble fila, apoyó la mano en la parte superior de mi asiento y miró por encima del hombro mientras daba marcha atrás. Aparcó a un par de calles de mi casa, tal y como le había pedido días atrás. No quería que mi padre descubriese que estaba quedando con un chico.

—Llegué tarde —dijo Ben con los ojos fijos en el salpicadero—. Cuando te pasó el brazo por encima, pensé que estabais liados y me largué.

—Cuando me aparté, salí a llamarte y no me cogiste el teléfono… Quiero que lo sepas porque parece que te importa. Y a mí también, no quiero que creas algo que no es.

Ben tragó saliva y se aventuró a mirarme. Sus ojos estaban más serios que nunca.

—La próxima vez, podrías hablar conmigo en lugar de enfadarte y retirarme la palabra.

—Lo siento.

—Y no quiero que vayas por ahí pegando a la gente.

—Ni de coña voy a disculparme por eso. Si ese tío vuelve a hacerte algo, se llevará otra hostia. Punto.

Respiré hondo.

En ese momento, el sonido de los fuegos artificiales estallando se oyó a lo lejos.

Por encima de las copas de los árboles atisbé a ver un retazo rojo seguido de otro verde.

Los contemplamos en silencio durante un instante. Estaba a punto de bajarme del coche cuando Ben preguntó:

—¿Te apetece que vayamos a la feria mañana?

—Vale.

—¿A qué hora te recojo?

—¿No quieres quedar allí directamente?

—Prefiero recogerte.

Después de nuestra conversación, necesitaba saber si él veía el plan como una cita romántica o como una quedada entre amigos. Me armé de valor y se lo pregunté:

—¿Lo de mañana es… una cita?

—Sí.

El estómago me dio un vuelco. La emoción se apoderó de mi interior.

—Guay. —Sonreí—. ¿Nos vemos a las siete?

—Genial.

A las siete menos cinco salí de casa con el estómago repleto de mariposas.

Llevaba todo el día nerviosa. Esperaba que esa noche Ben y yo nos besásemos. Cada pensamiento que había cruzado mi cabeza había rondado alrededor de cómo sería besarlo. ¿Sentiría las mariposas de las películas? ¿Sería tierno o apasionado? ¿Me gustaría más de lo que ya me gustaba?

Después de un rato probándome ropa, había estrenado un vestido azul pastel que terminaba encima de las rodillas y que se ajustaba alrededor de mi cintura. El escote era modesto, tenía una hilera de botones decorativos en la parte delantera.

Caminé hasta la siguiente manzana y doblé la esquina. Al verlo recostado sobre su coche, mi corazón salió corriendo hacia él. Me limpié las manos sudorosas en la falda con discreción.

—Hey. —Me saludó con un gesto de cabeza. A continuación, tiró la colilla y despegó la espalda del vehículo—. Vaya, estás preciosa.

El rubor me calentó las mejillas.

Llevaba una camisa negra abierta sobre una camiseta gris y unos vaqueros oscuros. En los pies lucía sus Converse desgastadas. A juzgar por la puntera reluciente, parecía que se había esmerado en limpiarlas. Estaba tan guapo que sentí un pellizquito en el pecho.

—Gracias. —Sonreí—. Tú también.

—¿Yo también estoy precioso? —Alzó las cejas de manera sugerente y me entró la risa.

A continuación, hizo una reverencia y me abrió la puerta del pasajero.

—Eres bobo.

Me acomodé en el asiento y él bordeó el vehículo para subirse por el asiento del conductor.

Ben condujo hasta Carnival, un pueblecito costero de la zona, y aparcó a las afueras.

Cuando llegamos al paseo marítimo, el cielo estaba pintado de tonos rosados, azules y anaranjados. La playa era un hervidero de gente, algunos descansaban sobre las toallas, otros jugaban al voleibol y otros se lanzaban el frisbee .

La brisa marina me revolvió el pelo con suavidad. Se oía el rumor de las olas, el graznido de las gaviotas que volaban por encima del Atlántico y el murmullo de las conversaciones.

Fotografié el paisaje con el móvil. Hacía tiempo que no presenciaba un atardecer tan bonito.

—Me recuerda al muelle de Santa Mónica, pero en pequeño —le dije a Ben.

—No lo conozco.

—Tienes que ir. Está en Los Ángeles. Siendo tan cinéfilo, la ciudad te gustaría.

—¿Tú crees? He oído que no es para tanto, que el paseo de la fama es un poco cutre y eso.

—Yo fui hace unos veranos con mis padres.

Es cierto que el paseo de la fama no es tan glamuroso como la noche de los Óscar, pero es curioso ver las estrellas en el suelo.

Nosotros visitamos algunos estudios y sets de rodaje y fue increíble.

No sé si has visto Friends , pero estuve dentro del Central Perk.

—¿En serio? Me flipa esa serie. La he visto mil veces.

—¡Yo también! ¿Quién es tu personaje favorito?

—Chandler. Me parto con su humor sarcástico. ¿Y el tuyo?

—Mmm… Dudo entre Chandler y Rachel. Ambos me encantan, son divertidos y diría que son los que más evolución tienen. Aunque las caras de Ross y las situaciones ridículas en las que se mete me hacen demasiada gracia.

Mientras nos perdíamos entre el gentío que entraba a la feria, fuimos comentando nuestros episodios favoritos.