Los finales perfectos no existen 20. Ben #3
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20. Ben #3

«¿Qué cojones hace ese tío en mi asiento?».

Tras unos segundos de parálisis, reanudé la marcha.

Como si presintiese mi llegada, el tío giró la cabeza. Me quedé de piedra al comprobar que era el puto Rich Belmont. Al verme, sonrió con malicia.

Di un paso al frente, dispuesto a sacarle de mi silla, justo cuando él pasó el brazo por encima de los hombros de Kate. El malestar se despertó en mi estómago.

Esperé unos segundos para ver si ella se apartaba repelida de su contacto.

No lo hizo.

«Las chicas como ella jamás saldrían con un aparcacoches», me había advertido Mike la primavera anterior.

Me jodía que estuviese ahí con ese imbécil.

Di media vuelta y me largué sin mirar atrás.

El lunes por la tarde, Rich se bajó de su coche lujoso y me lanzó las llaves al suelo.

—Ups. Lo siento, Brett. —Su disculpa sonó más falsa que un billete de tres dólares.

—Gilipollas… —solté entre dientes, cuando pasó por mi lado.

—¿Cómo dices?

—Que parece que te creces un poco cuando vas con tus clones.

—Eh, ¿qué nos has llamado? —me preguntó uno de ellos.

—¿Qué te pasa, pobretón? —Rich lucía una sonrisa de suficiencia—. ¿Te han dado calabazas últimamente?

Apreté la mandíbula. No veía la hora de dejar ese trabajo y mandar a ese gilipollas a tomar por el culo.

—Si quieres, yo te puedo dar a ti una…

—Ben, ¿por qué no aparcamos el coche? —intervino Mike, subiendo las escaleras.

—Haz caso a tu amigo —amenazó Rich, antes de perderse en el interior del club.

Mike me quitó las llaves y me lanzó una mirada que significaba «No la líes, tío».

—Ya lo aparco yo —me dijo.

—Tú tienes que irte ya. —Esa noche iba a cubrirle para que él viera los fuegos del Cuatro de Julio con Lola.

—Lo aparco y me voy —me contestó por encima del hombro.

Un Mercedes negro apareció por el camino de tierra. Kate se bajó del coche de Stacy. Bajé las escaleras y me acerqué a esta para coger las llaves.

Al pasar por mi lado, Kate le dijo a su amiga:

—Ahora te alcanzo.

—Hola. —Me saludó al plantarse delante de mí.

—Buenas tardes, señorita Morgan —respondí con sequedad.

—¿Señorita Morgan? —Sonaba confundida—. ¿Te pasa algo?

Torcí el morro y negué con la cabeza.

—No viniste al cine…

Me mordí el carrillo para no responder.

—Y no has contestado mis mensajes… —Tragó saliva—. ¿Sigue en pie lo de ver Atrapa a un ladrón ?

—No puedo. He quedado para ver los fuegos.

—Ah… Creí que iríamos juntos al cine.

—¿Por qué no vas con Rich? —le pregunté en un tono mordaz—. ¿No le dan las neuronas para seguir películas en blanco y negro?

Ella arrugó el ceño.

—Anoche parecíais muy cómodos.

—Ben, no es lo que pare…

—No tienes que darme explicaciones. Me da igual.

Aquello era una mentira como una catedral de grande.

Me importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Su mirada herida me provocó un sentimiento incómodo de culpa.

—Si me disculpa, tengo que aparcar el coche. Buenas tardes, señorita Morgan. —Me subí al vehículo, zanjando la conversación.

Horas más tarde, conducía de vuelta a casa, después de trabajar, cuando recibí una llamada de Mike.

—¡Es Kate! —soltó en cuanto descolgué.

El corazón se me aceleró por su tono alarmado.

—Acabo de verla y estaba llorando —me informó a la carrera.

«¿Estará triste por cómo me he comportado antes?».

—¿Por qué?

—No lo sé, pero creo que Rich tiene algo que ver. Lola está con ella.

El ácido me subió por la garganta. Una sensación desagradable me oprimía el pecho.

—¿Dónde estáis? —pregunté a borbotones.

—En la playa de East Hampton. Enfrente de una mansión, según entras en la playa.

—Voy para allá.

Conduje lo más rápido posible. La idea de que le hubiera pasado algo me llenaba de ansiedad.

Al llegar, tiré el coche en doble fila. Apagué el motor y salté del vehículo. Corrí lo más deprisa que pude.

—¡Ben! —exclamó Mike.

Mi amigo estaba frente a una casa que había a pie de playa.

Kate se encontraba un poco más allá, sentada en la arena junto a Lola.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al detenerme delante de ellos.

Kate tenía los ojos y la nariz enrojecidos.

Ella guardó silencio. Giré la cabeza y busqué a Mike con la mirada.

—Rich la ha besado a la fuerza —me informó mi amigo.

—¿Dónde está?

—En esa casa. —Mike señaló a su espalda.

No escuché nada más.

La sangre me latía en los oídos. Subí las escaleras a toda velocidad. Me pareció que alguien me llamaba, pero no hice caso. Mi objetivo era encontrar a ese cabronazo y hacerle una cara nueva. Empujé la puerta y fui a parar a una sala abarrotada de gente.

—¡Rich! —grité por encima de la música.

El susodicho estaba al lado de la mesa de billar, acompañado de sus clones. Al verlo tan tranquilo, la furia se apoderó de mí.

—¿Qué quieres, perdedor? —Intentó hacerse el chulo.

Atravesé la estancia como una pantera, abriéndome paso a empujones entre los que se interponían en mi camino. Un torrente de adrenalina surcaba mis venas. Sin mediar palabra, me abalancé sobre él. Su espalda se estampó contra la mesa. Rich ahogó un quejido.

—¡Eres un mierda! —exclamé, agarrándolo por la pechera de la camisa.

A continuación, eché el brazo hacia atrás y le arreé un puñetazo.