Los finales perfectos no existen 20. Ben #2
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20. Ben #2

De reojo, vi a Kate mirarme.

En el momento en que el hombre volvió a mover la boca, continué hablando:

—He pasado por la floristería, pero estaba cerrada.

—Johny, siempre tienes una excusa diferente —dijo Kate simulando la voz de la mujer—. Estoy cansada de no ser tu prioridad.

Contuve la sonrisa y continué:

—Por supuesto que eres mi prioridad… Pero ¿qué querías que hiciera?

La mujer se mantuvo callada unos segundos.

—Necesito que me demuestres que te importo —siguió Kate cuando ella volvió a hablar.

—Te prometo que mañana a primera hora te compraré flores.

—Ni siquiera sabes cuáles son mis favoritas.

—Eh… Las margaritas.

—Te equivocas. Son las rosas de color rosa. Te lo conté en nuestra primera cita y también te dije que los macarons de pistacho son mi dulce favorito…

—Lo siento. No volveré a olvidarlo.

Cuando la pareja se abrazó, Kate le dio un sorbo a su batido.

—Hemos hecho que esa pareja se reconcilie —dijo encan­tada.

Asentí.

—¿Las rosas son tus flores favoritas?

—Sí. Y me encantan los macarons de pistacho. Son mi perdición.

—Prometo no olvidarlo.

Kate sonrió. Luego, le echó un vistazo a la hora y me miró con cara de circunstancia.

—¿Te llevo a casa? —adiviné.

—Sí, por favor.

—¿Estás enamorado de Kate? —me preguntó Mike cuando llegué al trabajo al día siguiente.

—¿Qué dices? —Abrí mucho los ojos—. ¡Para de decir esas mierdas, que te puede oír alguien!

—Lola me ha contado que le has pedido que ponga otra película…

—¿Y…?

—Veo que no lo desmientes.

—No estoy enamorado, tío. Solo estoy… conociéndola.

—Nah… Te conozco, esa chica te gusta un huevo. Cuanto antes os hagáis novios, antes podremos salir por ahí los cuatro.

—Paso de que la espantes con tus truquitos de cartas.

—A Lola le hacen gracia.

—Lola está completamente cegada porque te quiere. Igual que tu madre —bromeé.

No pude seguir vacilándole porque apareció un coche por el final del camino de gravilla. A partir de ahí, no paramos ni un segundo. Los viernes por la noche el club se llenaba hasta la bandera.

Cuando tuvimos un respiro, aproveché para escabullirme a la parte trasera. Bordeé el edificio y bajé las escaleras que llevaban a la playa. Tenía el bolsillo lleno de comida para Oreo.

—¿Oreo? —susurré al aire.

—¡Aquí! —exclamó una voz femenina.

Me giré en dirección al sonido. Debajo del embarcadero, Kate acariciaba a Oreo.

—¿Os divertís sin mí?

Ella se irguió con una sonrisa.

—Acabo de darle la cena.

El perro se acercó corriendo a recibirme.

—¿Qué pasa, chico? —Traté de acariciarlo, pero no paraba quieto—. ¿Qué te ha dado Rose de comer?

—Medio sándwich de jamón york. Durante la cena, lo he guardado en una servilleta cuando nadie miraba.

Me lo contó como si hubiese robado las joyas de la corona.

—Hasta el perro cena mejor que yo —bromeé para distraerme del calor repentino que se había despertado en mi pecho.

—A ti también te he traído una cosa.

Kate sacó del bolso un paquete de galletas Oreo y lo alargó en mi dirección.

—Por si te entra hambre luego. Tengo otro para tu amigo. Me he fijado en que nunca cenáis mientras estáis trabajando.

Cogí las galletas y tragué saliva. De golpe, tenía muchísimas ganas de besarla.

—Te gustan las Oreo, ¿verdad? —preguntó dubitativa.

—Sí. Gracias. —Me incorporé para guardármelas en el bolsillo—. Y gracias por cuidar de Oreo.

—De nada.

El perro correteó a las piernas de Kate. Ella se acuclilló para acariciarlo. El animal trató de lamerle la cara. Su risa cálida y contagiosa llenó el ambiente.

—El lunes ponen Atrapa a un ladrón en el cine —le dije pasado un momento.

—¿En serio? —Sus ojos se iluminaron en la oscuridad—. Adoro esa peli. Era la favorita de mi madre.

No era la primera vez que Kate hablaba en pasado de su madre.

—Lo sé. Me lo contaste cuando nos conocimos.

—¿Te acuerdas?

Me dedicó una sonrisa resplandeciente y yo asentí.

—Por supuesto. ¿Te apetece ir a verla?

—Sí.

—Genial.

Se oyó un silbido a lo lejos.

Joder. ¿Ya?

Silbé de vuelta, como diciendo: «¿De verdad tengo que volver ya?». A lo que Mike respondió con otro silbido corto que traduje como: «Sí, tío, tenemos lío».

—¿Cómo lo haces? —me preguntó Kate mientras subíamos las escaleras.

—¿El qué?

—Silbar.

—Colocando los dedos debajo de la lengua y soplando. Si quieres, puedo enseñarte otro día.

—Vale.

Nos detuvimos al llegar al porche.

—¿Has visto Los Vengadores ? —me preguntó ella.

—Todavía no.

—La ponen el fin de semana… ¿Quieres… te apetece ir… a verla?

Sonreí.

¿Ella también veía una eternidad esperar al lunes?

—Mañana trabajo por la tarde —le informé—. Podría ir a la última sesión.

—Por mí bien.

Regresé a la parte delantera con una sonrisa de idiota.

—Kate me ha dado estas galletas para ti. —Le tendí a Mike un paquete plateado.

—Ah, dale las gracias de mi parte.

—Ya lo he hecho.

—Confiesa: ¿te gusta esa chica?

—Cada vez más.

Al día siguiente, corrí por el aparcamiento del cine. Uno de los clones de Rich me había entretenido en el trabajo. Primero me había pedido el coche y cuando se lo había entregado, había cambiado de opinión y me había pedido que lo aparcase de nuevo.

Cuando entré en el vestíbulo, corrí hasta la taquilla. Ese día estaba Callum, otro compañero de clase.

—Una entrada para Los Vengadores y unas palomitas de caramelo, por favor.

—Marchando. Serían quince dólares.

Sospechaba que a Kate apenas le quedarían a esas alturas. Quería que tuviese de sobra por si le apetecían más. Después de pagar, caminé apresurado hasta el patio trasero. Estaba emocionado por verla. Esa era la parte del día que más esperaba.

La película ya había comenzado.

Barrí el patio con la mirada. Enseguida distinguí la cabeza de Kate.

Me detuve al ver que a su lado había alguien sentado.