Los finales perfectos no existen 20. Ben
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20. Ben

Ben

Trece años antes. Julio.

Aparqué frente al cine cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte. Había quedado con Kate para ver Cuando Harry encontró a Sally . Crucé el aparcamiento apresurado hasta la puerta.

—Vamos, que te está esperando tu chica —me apremió Lola desde el otro lado de la taquilla.

—No es mi chica…

—Claro, claro… —Se plantó delante de la máquina de las palomitas y llenó un cubo hasta arriba—. Vas a tragarte una comedia romántica de los noventa tú solo por voluntad propia, ¿no?

—Exacto.

Lola dejó las palomitas en el mostrador, junto a un refresco y la entrada.

—Cinco dólares, por favor —me dijo—. A las palomitas y la bebida invita la casa.

—Vaya, gracias.

—No me las des. Solo lo hago para que cubras a Mike el Cuatro de Julio —bromeó.

Le entregué un billete de cinco.

—Menuda interesada.

Ella sonrió como si no hubiera roto un plato en su vida.

—Lo pensaré —dije para vacilarla.

Lola entrecerró los ojos.

Tras guardarme la entrada en el bolsillo trasero del pantalón, cogí las palomitas y enfilé hacia el patio trasero.

—¡Que sepas que voy a entrar para ver si os estáis enrollando! —exclamó Lola a mi espalda.

—¡Espero que disfrutes del espectáculo!

Empujé la puerta con la espalda y salí al patio. La película todavía no había comenzado. Casi todas las butacas estaban ocupadas. Al distinguir la melena rubia de Kate, me puse de buen humor. Estaba sentada en la fila central, en el mismo asiento que el otro día.

Al llegar a su altura, señalé la silla contigua a la suya.

—¿Está ocupada?

Una sonrisa tierna asomó a su rostro.

—No. —Quitó el bolso del asiento.

Me puse cómodo y la miré.

Llevaba un vestido amarillo claro de tirantes con un estampado floral. Parte del pelo estaba recogido con un lazo del mismo color. Estaba tan guapa que me quedé pasmado.

—Gracias por guardarme el sitio, Rose —le dije cuando recuperé el habla—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?

Ella negó con la cabeza.

Su cubo de palomitas casi vacío indicaba lo contrario. Le puse el mío delante y ella declinó la oferta diciendo:

—Gracias, pero prefiero las de caramelo.

Encendieron el proyector y los créditos iniciales aparecieron en la lona blanca que hacía de pantalla.

Kate comenzó a recitar los diálogos para sí misma. Tras un par de escenas, me incliné en su dirección.

—¿Cuántas veces has visto la peli? —susurré.

—Unas cuantas.

—Para sabértela de memoria deben haber sido más de unas cuantas.

Kate se acercó a mi oreja, reclinándose sobre la silla. Olía increíblemente bien, a una mezcla de naranja y distintas flores que era incapaz de nombrar.

—La veía todas las Navidades con mi madre. —Sentí su aliento cálido y se me erizó la piel—. Es un clásico. Ahora viene una de mis escenas favoritas.

Dirigimos la vista a la pantalla para ver a la protagonista pedir la cena como una auténtica tiquismiquis.

A cada rato, comprobaba que Kate se sabía la película de memoria.

En una ocasión, giró la cabeza para mirarme. El pulso se me aceleró. Sus ojos resplandecían bajo el cielo nocturno.

—Mirar fijamente es de mala educación —me dijo en voz baja—. ¿No te lo han dicho nunca?

—Qué suerte que soy un maleducado.

Un amago de sonrisa asomó a su cara.

Kate apartó la vista y se centró en la pantalla.

—Voy al baño —la informé al cabo de un momento.

—La película está a punto de terminar.

—Ahora me cuentas lo que me pierda.

Recorrí el pasillo hasta el vestíbulo. En lugar de dirigirme a los servicios, fui directo al mostrador. Lola estaba sentada en el taburete, tecleando algo en el móvil.

—¿Cuándo puedes poner Atrapa a un ladrón ? —le pregunté al detenerme frente a ella.

Era la otra película que Kate había mencionado la noche que nos conocimos.

Lola saltó del taburete.

—¿Vas a venir a verla con tu novia? —La mandíbula se le descolgó hasta el suelo.

—No es mi novia.

—Yo diría que tres citas seguidas con la misma chica significan que es tu novia. —Soltó una risita.

Me encogí de hombros.

—¡Te gusta un montón! —exclamó maravillada.

—¿Cuándo decías que querías que cubriese a tu novio en el curro?

—¿Me estás chantajeando?

—Qué va. Solo te propongo un trato con el que ambos ganamos.

Mientras ella revisaba la programación, tamborileé el mostrador con los dedos.

—A la espera de que me confirme el señor Williams… —empezó Lola—, podría ponerla el próximo lunes. Después del festivo no habrá mucho lío.

—¿No puede ser antes? —De pronto, esperar cinco días me parecía una eternidad.

—El finde solo se proyectan estrenos, ya lo sabes.

—Ya… El lunes suena genial.

Volví a la sala con una sonrisa de oreja a oreja. Sin despegar la vista de la pantalla, Kate me contó que Harry corría por mitad de Nueva York para recuperar a Sally.

—¿Qué te ha parecido? —me preguntó en cuanto encendieron las luces poco después.

Tenía los ojos llorosos. Había pasado todo el final soltando suspiros amorosos.

—No está mal —contesté, levantándome.

—¿Cómo que no está mal? —Se puso de pie—. Es increíble.

La película me había gustado, pero quería oírla hablar emocionada. Por eso dije:

—No me ha parecido para tanto.

—Piensa que es buenísima para la época en la que se estrenó.

En aquel momento triunfaban las historias de amor donde todo era perfecto: había amor a primera vista, todos conseguían lo que querían, el protagonista masculino estaba buenísimo…

En cambio, en esta película, los personajes cometen errores, el romance se desarrolla despacio, tiene escenas divertidísimas y la química entre los actores es una pasada.

Esta película es la precursora de las comedias románticas modernas.

—Vaya, sí que te gusta. Tiene escenas buenas, la del orgasmo en la cafetería me ha hecho gracia, y me gusta que el final no tenga el típico gesto surrealista. ¿Por qué sonríes?

—Porque al fin coincidimos en un final que nos gusta a los dos.

—Es verdad. —Desvié la atención a la taquilla—: Hasta mañana, Lola.

—Nos vemos mañana. —Ella se despidió con un gesto de la mano.

Kate se lo devolvió y salimos a la calle.

Me detuve para encenderme un cigarro.

—¿Es tu amiga? —me preguntó Kate.

Di una calada mientras la observaba.

Sus labios formaban una fina línea y sus manos se retorcían inquietas.

«¿Está celosa?».

Si se ponía celosa, significaba que le gustaba, ¿no?

Para comprobarlo, le di una respuesta vaga:

—Es una compañera de clase. ¿Por?

—Por nada… —contestó rápido—. Solo preguntaba por curiosidad.

Apartó la mirada y tragó saliva.

—Es la novia de mi amigo Mike —aclaré—. Nos conocemos desde primaria.

Ella relajó los hombros y volvió a mirarme.

—Parece maja.

—Lo es.

Aspiré el humo del cigarro. Al exhalar, me lancé a la piscina:

—¿Te apetece cenar?

Quería quedarme un rato más con ella.

Kate le echó un vistazo al reloj.

—Tengo que estar en casa dentro de cuarenta y cinco minutos.

—No te preocupes. Conozco el sitio perfecto.

Tiré la colilla y señalé el coche con un gesto de cabeza.

Conduje hasta John’s Drive-In, mi restaurante de comida rápida favorito.

El local era pequeño, olía a patatas fritas y, para no variar, estaba hasta los topes.

Mientras esperábamos la cola, le conté que me pirraba ese sitio por la salsa secreta, que sabía a una mezcla de mahonesa, kétchup, mostaza y pepinillos.

—Buenas noches —nos saludó un hombre uniformado de blanco desde el otro lado del mostrador metálico—. ¿Qué os pongo?

—Pide tú primero —le dije a Kate.

—Mmm… Yo quiero una hamburguesa con patatas y un batido de fresa, por favor.

El hombre tecleó el pedido en la pantalla.

—¿Algo más?

Hice un cálculo rápido. Había ganado setenta dólares en propinas esa tarde. La mitad del dinero iría directo al bote de ahorros de la universidad. Destinaría diez dólares a la comida de Oreo. El menú de Kate ascendía a dieciséis dólares, con lo que me sobraba, podía pedir…

—Un perrito caliente y una Coca-Cola, por favor.

—¿No quieres un batido? —Kate arrugó las cejas.

—Prefiero el refresco. —Era más barato y podía rellenar el vaso las veces que quisiera.

—Serían veinticuatro dólares con veintitrés centavos, por favor.

Kate hizo amago de pagar, pero le agarré la mano.

—Invito yo.

Ella se quedó cohibida unos segundos, con los ojos fijos en nuestras manos.

—¿Por qué? —Me miró cuando la solté.

—Porque me apetece.

Abrió la boca para protestar, pero planté los billetes en el mostrador.

—Gracias. A la próxima invito yo.

Con una sonrisa, me incliné hasta estar a su altura y le dije:

—No nos hemos ido y ¿ya estás pensando en verme otra vez?

El rubor coloreó sus mejillas.

Me sorprendía la facilidad que tenía para ponerse roja como un tomate.

—Voy a buscar mesa… —Kate se perdió por el restaurante.

Unos minutos después, fui en su busca. La localicé enseguida. Había conseguido un sitio al lado de la ventana. Dejé la bandeja en la mesa y pasé la pierna por encima del banco.

—Ya estoy —dije al tomar asiento.

Kate le quitó el papel a la hamburguesa y le dio un bocado. Mientras masticaba, puso cara de gusto.

—¡Está buenísima! —exclamó después de tragar.

Los ojos le hacían chiribitas y una sonrisa amplia le adornaba el rostro.

—Nunca había visto a nadie disfrutar tanto de una hamburguesa —comenté antes de hincarle el diente al perrito.

—Es la primera vez que pruebo una. En casa está prohibida la comida basura.

Parpadeé sorprendido.

—Tus padres son un pelín estrictos, ¿no?

Ella se quedó seria, desvió la vista y se limitó a observar la calle a través de la ventana.

Mierda. La había cagado.

«¿Cómo lo arreglo?».

El silencio se alargó unos segundos.

Seguí el curso de su mirada. Fuera, una pareja discutía al lado de un todoterreno. La mujer estaba cruzada de brazos y negaba con la cabeza. El hombre se pasó una mano por el pelo.

—¿Por qué crees que discuten? —le pregunté a Kate, para sacar conversación.

—Mmm… —Ella le dio otro mordisco a su hamburguesa y se quedó pensativa—. Creo que es su aniversario y él se ha olvidado de llevarle flores.

Seguí mirando a la pareja.

En cuanto el hombre tomó el relevo de la palabra, comencé a doblar su voz:

—Mi amor, no he podido comprarte flores porque mi jefe me ha hecho quedarme hasta tarde en el trabajo…