Los finales perfectos no existen 19. Ben
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19. Ben

Ben

—¿De verdad le propusiste hablar en un sitio más tranquilo y te sorprende que pasara? —Alexandra sacudió la cabeza con exasperación.

Era domingo por la tarde. Habíamos quedado para jugar al póker en mi apartamento. Antes de empezar la partida, estaba poniéndolos al día de lo que había ocurrido la noche anterior.

—¿Qué pasa? —pregunté sin comprender. Mi expresión era de inocencia pura.

Barrí la mesa del salón con la mirada. Chris tenía las cejas arqueadas y Logan contenía la risa.

—Kate pensaría que solo querías acostarte con ella —explicó Alexandra—. Diciéndole eso perdiste muchos puntos.

—Tampoco es que tuviese cientos acumulados —se burló Logan.

—No lo entiendo. Si quisiese acostarme con ella se lo diría a las claras, no me andaría con rodeos. Le propuse ir a un lugar más tranquilo porque aquel pasillo oscuro no me parecía el sitio idóneo para hablar.

—Ben, te aseguro que eres el único sobre la faz de la Tierra que lo interpretaría así.

Si alguien te propone hablar en un sitio más privado, está claro lo que busca.

Además, piensa que te pilló con Britney y anoche con Charlotte…

—recordó Alexandra—. Si yo fuese Kate, creería que solo soy una más en tu lista interminable de conquistas.

Mis amigos se apresuraron a darle la razón.

Respiré hondo y le di un trago al botellín de cerveza.

Genial. O sea que ahora Kate pensaba que era un cerdo que solo quería sacarle la pasta y tirársela.

Joder. Por eso no tenía relaciones. Se complicaba todo demasiado.

—¿Qué pasó después? —se interesó Alexandra.

—Le pedí una cita y me dijo que no —confesé con la boca pegada al botellín.

Para no quedar como un capullo, dejé fuera el nimio detalle de que se la había pedido a cambio de firmar el divorcio. La cita era la única manera que tenía de hablar con ella. A esas alturas, solo quería disculparme y ganarme su perdón.

Logan, que estaba barajando el mazo de cartas, se detuvo y me lanzó una mirada burlona.

—Cómo serás que hasta tu mujer pasa de tu cara… Ya me jodería…

—Al menos yo tengo mujer porque no me plantaron en el altar —contesté en broma.

Él me enseñó el dedo corazón y yo solté una carcajada.

—Alex, he cambiado de opinión —le dije—. No le envíes nada a la abogada de Kate mañana, por favor. Quiero hablar antes con ella.

Después del beso, estaba hecho un lío.

—¡Hecho! —contestó Alexandra.

—Ben, ¿estás convencido de meterte en ese jardín? —me preguntó Chris—. Está prometida.

Aunque la idea de Kate casándose con otro me ponía fatal, llevaba todo el día sonriendo como un idiota.

Había disfrutado de cada segundo que habíamos pasado juntos en aquel pasillo. Sus morreos arrolladores me habían provocado una erección del tamaño del Empire State, a la que tuve que ponerle remedio al llegar a casa.

Estaba seguro de que ella también se lo había pasado bien. Había notado cómo se le había erizado la piel, cómo se le había agitado la respiración y el deseo con el que me había contemplado.

¿Lo mejor de todo?

Ella había dado el primer paso.

Dadas las circunstancias, aquello era una victoria en toda regla.

—Bah, ya conoces mi lema: hasta que esté en el altar, siempre hay tiempo de recuperarla —le contesté—. E incluso entonces.

—Quita al prometido de su camino —canturreó Logan—. Sácale de la ecuación.

—¿Eso es de Frozen? —Se rio Alexandra.

Nuestro amigo asintió.

—Ahora en serio —retomé la palabra—. Quiero hablar con ella. Quizá tenga dudas respecto a su prometido o igual tienen una relación abierta, yo qué sé… Lo que sí sé es que conozco a Kate. Es muy leal. Jamás le haría algo así a su prometido. Si me besó es porque hay algo extraño entre ellos.

—¿Y si no quiere hablar contigo? —me preguntó Chris.

—Mmm…, en ese caso contrataré a Logan para que se oponga a la boda —bromeé.

—Ya no me dedico a eso. Además, Hannah me mataría.

—¿Cuál decías que era tu tarifa? —le pinché—. La triplico.

—Primero habla con ella, anda.

Cogí el móvil de la mesa.

—Voy a mandarle un mensaje por Instagram.

—Alto ahí. —Logan se levantó y me arrancó el teléfono de la mano.

—¿Qué coño haces?

—No puedes escribirle ahora. —Se lo guardó en el bolsillo—. Os enrollasteis anoche. Vas a parecer un desesperado.

—¿Me lo dices tú, que le pediste una cita a Hannah según te liaste con ella?

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque te está pidiendo el divorcio, tío. Este es un caso especial, que no se ha dado antes en la historia de este grupo. No sabemos cómo puede terminar, así que hay que ser cautos. Si quieres que te escuche, debes ir despacio y esperar unos días.

—¿Tengo que esperar para escribir a mi mujer? Eso es ridículo.

—Estoy con Logan. —Chris le dio la razón—. Entiendo que lo de anoche fue un avance para ti, pero quizá para ella no fue más que un beso sin importancia en una discoteca.

—Además, luego no quiso hablar contigo —siguió Logan.

Miré a Alexandra en busca de apoyo.

—Aunque creo que no hay nada más sexy que un tío intenso, que no espera los tres días de rigor para escribir, en este caso estoy con ellos. Yo esperaría.

—¿Te vas a morir por esperar unos días? —preguntó Logan escéptico.

Exhalé un suspiro cansado y dejé caer los hombros.

—El miércoles habrá un cóctel para celebrar que Morgan Media nos ha comprado. Supongo que puedo esperar hasta entonces.

—Buen plan —dijo Alexandra—. Si su abogada me escribe, intentaré darle largas y pedirle unos días más.

—Bueno, ¿jugamos o qué? —propuse para cambiar de tema—. Estoy deseando destriparos.

Un poco más tarde, cuando mis amigos salieron por la puerta, intercepté a Logan y le dije:

—Oye, tío, puedo llevar acompañante a la fiesta de la empresa…

—¿Vas a pedirme una cita a mí también? —me vaciló.

—Eres gilipollas. —Sonreí.

—No hace falta que preguntes. Seré tu fiel escudero.

Cerré la puerta tras él y caminé directo a mi habitación. Saqué del armario la videocámara que heredé de mi abuelo cuando era un adolescente. Me desplomé en la cama con ella en la mano. Después de encenderla, abrí la tapa y pulsé el botón de reproducir, tal y como había hecho cientos de veces.

El rostro joven de Kate ocupó la pantalla. La imagen no era del todo nítida, pero se veía que Kate tenía los ojos azules brillantes y una sonrisa amplia y contagiosa.

—Estoy muy emocionada porque… —dijo con voz alegre y mirando a cámara— ¡Ben y yo estamos llegando a Atlantic City para casarnos! —acabó en un grito.

Le dio la vuelta a la cámara para enfocarme. Me vi a mí mismo, con trece años menos, conduciendo mi viejo Volkswagen Golf con una sonrisa tan amplia como la suya. Los árboles eran un borrón a través de la ventanilla.

—Ben, ¿quieres decir algo? —oí que me preguntaba Kate fuera de plano.

—Sí. —Bajé la ventanilla, usando la manivela, y grité—. ¡Voy a casarme con una chica increíble! ¡Soy el rey del mundo!

—¡Qué tonto eres!

—Por ti puedo serlo —contesté, citando a Noah Calhoun, antes de cogerle la mano y besarle los nudillos.

La nostalgia me embargó al oír su risa cálida.

Aquel día todo resultaba emocionante. La sensación de libertad mientras conducía, ir corriendo a la capilla del hotel impacientes por casarnos y la alegría cuando Kate dijo «Sí, quiero».

Tragué saliva para pasar el nudo que se me había formado en la garganta.

Hacía mucho tiempo que no oía su risa. El mismo tiempo que hacía que yo no era plenamente feliz.

—Te quieroooo —dijo Kate a través de la pantalla.

En ese momento, me prometí que haría lo que hiciera falta por que me perdonase.