18. Kate
Kate
Al día siguiente me desperté sobresaltada por la alarma.
Palpé la mesilla a tientas y la apagué. Tenía el pulso acelerado. El sueño había sido muy vívido. No recordaba exactamente lo que pasaba, pero sí que Ben y yo estábamos desnudos. Con un suspiro, aparté el nórdico porque estaba sudando.
Hice recuento de la noche anterior.
Después de que Ben me pidiera la cita, lo dejé en el pasillo de la discoteca.
Me disculpé con Jérôme y me fui a casa en un taxi.
Al acostarme, no había conseguido conciliar el sueño pensando en nuestro beso.
La última vez que había mirado la hora eran las cinco de la madrugada.
Cuando, por fin, logré dormirme fui recompensada con un sueño subido de tono.
Salté de la cama. Los domingos por la mañana eran el único día en que Julia y yo coincidíamos para ir a clase de pilates. Nada me vendría mejor para sacarme a Ben de la cabeza que una dosis de deporte y risas con mi mejor amiga.
Llegué antes que ella. Me encaminé directa al vestuario. Colgué el abrigo borgoña en una percha, en la taquilla, y cambié la ropa elegante por un conjunto blanco y rosa de top y leggins largos. Frente al espejo, me recogí el pelo en una trenza francesa.
Salí del vestuario con el termo beige, la toalla y el teléfono.
Una vez en la sala, me senté en una de las pocas esterillas que quedaban libres en la última fila. Julia llegó justa de tiempo, cuando apenas faltaba un minuto para que empezase la clase. Se acomodó en la esterilla contigua a la mía.
—¿Qué tal anoche? —me preguntó.
—Bien. ¿Qué tal tú? —Cambié de tema.
—Me quedé trabajando hasta las tres de la mañana.
—Jules, necesitas descansar.
—Si quiero que me hagan socia, es lo que toca… —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Buenos días y bienvenidas —empezó Anna, nuestra profesora—. En la clase de hoy empezaremos trabajando el abdomen y los glúteos. Nos levantamos y nos situamos al final de la esterilla, por favor.
Me incorporé siguiendo las indicaciones de la profesora. Después de estirar, nos colocamos a gatas.
—Exhalamos y extendemos el brazo derecho hacia delante y la pierna izquierda hacia atrás —nos indicó la profesora—. Mantenemos la posición unos segundos… Inhalamos y regresamos al centro. Repetimos con el lado contrario.
La profesora estaba ayudando a una compañera de la primera fila a mantener el equilibrio cuando Julia susurró:
—¿Piensas contarme qué pasó anoche?
Estiré el brazo derecho y la pierna izquierda.
—Le besé —confesé en un susurro.
—Me alegro. Aunque espero que hicieras más que eso. —Su tono pícaro me habría hecho reír en otra circunstancia—. Jérôme es muy atrac…
—A él no —aclaré impaciente—. A Ben.
—¡¿Qué?! —Su grito hizo temblar la pared de espejo de la sala.
—¿Algún problema ahí atrás? —nos preguntó la profesora.
Detuve el ejercicio y erguí la cabeza para mirarla.
—Ninguno, Anna, perdona. —Retomé el ejercicio y hablé solo para Julia—. He besado a Ben.
—¿Me tomas el pelo?
El nudo de preocupación que me comprimía el estómago se hizo más intenso.
—No.
—¿Cuándo ha ocurrido esto? ¿No habías quedado con Jérôme?
—Sí. Fui a una discoteca de Brooklyn con él y Ben estaba allí.
Una compañera nos chistó para que guardásemos silencio.
—Luego te cuento.
Dos horas más tarde, Julia y yo nos sentamos en una mesa junto a la ventana en el MO Lounge, un restaurante exclusivo que estaba dentro del hotel Mandarin Oriental.
Era uno de mis restaurantes de brunch favoritos por las vistas privilegiadas a Central Park.
Desde nuestro sitio, podíamos disfrutar de la magia del otoño en Nueva York.
Al estar en la planta treinta y cinco, veíamos el follaje del parque teñido de tonos naranjas, amarillos y verdes.
Al fondo se extendía una hilera de rascacielos hasta el infinito.
Según nos sentamos, ya teníamos delante un par de mimosas. Me bebí la mitad de un trago.
De camino en el taxi, le había resumido a Julia lo que había sucedido la noche anterior desde que Ben me invitó a la copa.
Dejé el vaso en la mesa y continué:
—Y entonces empezó a preguntarme por el compromiso con Preston. Me sentí bajo presión. No quería contarle nada y le besé para que se callase.
Al evocar el recuerdo de sus besos apasionados, los labios volvieron a cosquillearme.
—¿Y luego? —quiso saber Julia.
—Luego me propuso ir a un sitio más tranquilo, como si yo fuese una de sus amiguitas. ¿Te lo puedes creer?
—Sí.
Separé mucho los párpados. No esperaba esa respuesta.
—¿Por qué te sorprende? —preguntó Julia—. La semana pasada le pillaste en su casa con una y anoche estaba con otra. Lo raro sería que no te lo hubiese propuesto, ¿no?
—Ya… —Jugueteé con una de las piñas de pino del centro de mesa—. Bueno, le dejé claro que no pienso acostarme con él. Después le pregunté si pensaba firmar el divorcio y él me pidió algo a cambio…
Mi amiga se irguió en la butaca de terciopelo blanco como una suricata en alerta. Sus ojos marrones me observaron intranquilos.
—¿Qué te pidió? —Me hizo un gesto con la mano para que continuase hablando.
—Una cita.
Las cejas de Julia se dispararon hacia arriba.
—¿Aceptaste?
—Claro que no. No me interesa tener una cita con él ni escuchar lo que tenga que decir. Ha tenido trece años para hablar conmigo. Ya está todo dicho.
—Entiendo. ¿Quieres que hable primero como tu mejor amiga o como la abogada que te lleva el divorcio?
—No lo sé… ¿Como amiga?
—Tengo varias preguntas. La primera: ¿te gustó besarlo?
—Sí —contesté con la boca pequeña—. Bastante…
—¿Cómo fue el beso?
Había muchas palabras para describirlo.
Apasionado. Sensual. Intenso.
El corazón se me había acelerado, me había excitado y me había quedado con ganas de más. Hacía tiempo que nadie me besaba con una pasión tan arrolladora.
Todo aquello me lo guardé para mí.
—Empezó siendo un beso tierno —le conté—. Una cosa llevó a la otra y, cuando me di cuenta, estábamos contra la pared.
—¿Quién estaba contra la pared, él o tú?
—Yo.
—¿Y solo os besasteis?
—Sí.
Julia me observó incrédula. Era buenísima sonsacando detalles.
—¿Os metisteis mano?
—Sí, pero no fue más allá.
—¿Y estás segura de que no quieres quedar con él?
—Segurísima —contesté de inmediato—. Ha sido un desliz que no tengo intención de repetir.
Mi amiga guardó silencio durante un momento. Dado que le encantaba hacer preguntas y opinar sobre cualquier cosa, su silencio era preocupante.
Sentí un retortijón de culpa en el estómago.
—Dios mío, ¿crees que lo que he hecho empeora el divorcio? —pregunté agobiada.
—No tiene por qué.
—Solo había pedido dinero y ahora quiere una cita…
—Los divorcios son negociaciones, Kate. Ahora hay que ver qué estás dispuesta a dar o a pedir para llegar a un acuerdo.
—No tenía que haberle besado… —Escondí la cara entre las manos y suspiré.
—No te martirices. —Suavizó el tono—. Ben es atractivo. Reconozco que el rollito del exnovio malote reconvertido en presentador de la televisión tiene su punto. Quizá su intención sea hablar contigo o quizá sea una estrategia para sacar más dinero.
Levanté la cabeza y la miré derrotada. En ese momento, apareció el camarero con nuestro desayuno.
Dejó delante de mí una taza con café de calabaza y un té matcha para Julia.
A continuación, depositó con cuidado una bandeja circular de tres pisos cargada de variedad de dulces otoñales, como tarta de manzana, rollitos de canela y galletas de calabaza.
—¿Tú qué harías? —pregunté cuando nos quedamos solas.
—En una situación ideal, donde tuviéramos todo el tiempo del mundo, le destrozaría en los tribunales. Dado que no es el caso, y que queremos que firme el divorcio cuanto antes, sería práctica y quedaría con él. Solo es una cita…
Medité sus palabras mientras masticaba un trozo de rollo de canela. Eché un vistazo por la ventana. El cielo estaba gris, el viento frío agitaba los árboles del parque.
—Puedo ir a la cita y sacar la peor versión de mí para que me deje en paz. Robert Pattinson llevó a cenar a una fan que no le dejaba tranquilo. Y Kate Hudson fue insoportable en Cómo perder a un chico en diez días.
A Julia se le escapó la risa.
—Me encanta la idea, pero eres demasiado educada y adorable como para ser desagradable. Si decides quedar con él, le haría firmar antes un acuerdo en el que se comprometa a concederte el divorcio en cuanto acabe la cita.
Me mordí el labio y degusté el café de calabaza.
Con Ben perdía el control con facilidad, me olvidaba de ser racional y actuaba sin pensar en las consecuencias.
—No sé qué hacer… —confesé—. No quiero hurgar en el pasado y volver a sufrir.
—De acuerdo. No estás obligada a nada. Si su abogada vuelve a presionarme para forzar una reunión, le diré que no y punto. ¿Qué más te preocupa?
—El próximo miércoles se celebra la fiesta de adquisición de la cadena. Han invitado a todos los empleados. Ben estará allí seguro…
—Llévate a Preston. Nada mejor para repelerle que estar pegada a tu prometido toda la velada.
—No sé si funcionará… Anoche no le importó que estuviese bailando con Jérôme.
—Si necesitas más apoyo, yo también puedo acompañarte.
—Te lo agradezco.
—Todo saldrá bien al final.
Un beso y había vuelto a sentir algo. Después de lo que había pasado entre nosotros, no quería volver a sentir nada por él.
Ese hombre acababa de pedirme la mitad de mi patrimonio, por el amor de Dios, ¿qué problema había conmigo?
Por mucho que el beso hubiese sido increíble, no pondría en jaque mi futuro ni el de Preston.
No importaba lo confundida que estuviera. Aquello no podía volver a suceder.