17. Kate
Kate
—¿Cómo? —Un sorprendido Jérôme desplazó los ojos de Ben a mí—. Kate, ¿es eso cierto?
Nos habíamos convertido en el centro de las miradas de la gente que nos rodeaba.
—¿Podemos discutir esto en otro lugar? —me dirigí a Ben.
—Claro.
—Discúlpame un momento, por favor —le pedí, mortificada, a Jérôme.
Me volví sobre los talones y oí que Ben le decía:
—Tú te quedas aquí.
Abandoné la pista de baile lo más deprisa que me permitieron los tacones. Empujé la puerta metálica que llevaba a la salida de emergencia y me interné en el pasillo desierto.
La cara me ardía como un hierro incandescente. Notaba la respiración y el corazón acelerados.
Tras haber pasado los últimos minutos sintiendo la mirada de Ben atenta a mis movimientos, tenía los nervios a flor de piel y la paciencia al límite.
Había sentido una ligera incomodidad cuando aquella mujer se le había pegado como una lapa.
Lo único que se me había ocurrido para huir de esa sensación fue escudarme en Jérôme.
Apreté la mandíbula al oír las pisadas de Ben detrás de mí.
En aquel momento, el enfado burbujeaba en mi estómago como la lava de un volcán a punto de entrar en erupción.
—¡Kate, espera! —exclamó Ben con voz áspera.
—¿Quién te crees que eres para entrometerte así? —le pregunté al voltearme—. ¡No puedes ir por ahí diciendo que eres mi marido!
Ben se acercó un par de pasos. Las luces de neón moradas iluminaban su rostro, reflejándose en sus ojos. La música de Artemas llegaba como un eco lejano.
—¡Te guste o no, legalmente todavía estamos casados! —exclamó en un tono igual de duro que el mío—. ¡Así que estoy en mi derecho de decir que eres mi mujer!
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al oírlo decir «mi mujer».
—¡No vuelvas a llamarme así! —escupí entre dientes—. Yo no soy nada tuyo.
Ben arrugó el ceño.
—Aclárame una cosa. —Me apuntó con el dedo índice—. Tú puedes presentarte en mi casa y espantar a Britney diciéndole que eres mi mujer, pero ¿yo no puedo hacer lo mismo contigo? Eso es bastante injusto, ¿no te parece?
—Yo no dije que fuese tu mujer, sino «futura exmujer».
—Para el caso, es lo mismo.
Negué con la cabeza.
—¡Cuando te pedí el divorcio solo quería que firmases el papel!
—exclamé, dejando que la frustración acumulada brotase al exterior—.
Te dije que no hacía falta meter a los abogados en medio, y me mentiste.
Me aseguraste que me lo devolverías firmado, y ahora, ¿tienes el valor de reclamarme la mitad de mi patrimonio?
¿Quién te has creído que eres? ¿Quieres que te pida la mitad del apartamento lujoso que tienes en Park Avenue, a ver qué tal te sienta?
—Adelante, por favor. —Gesticuló con la mano—. Nos casamos en gananciales, ¿recuerdas? La mitad de lo mío es tuyo, cariño.
Su tono burlón me enfadó aún más. Había olvidado que tenía respuesta para todo. No sabía en qué momento había pensado que hablar con él sería buena idea. Ben no se tomaba nada en serio. Para él todo era un juego.
Mi pecho subía y bajaba a toda prisa. Los ojos de Ben descendieron un instante a mi escote, despertando un cosquilleo en mi piel.
Cerré los puños. Su mirada sensual no debería afectarme. No debería sentir el ambiente cargado de electricidad, ni un hormigueo de anticipación allí donde él ponía los ojos.
—¿Qué está pasando, Kate? —preguntó muy serio.
—Nada. —Negué con la cabeza.
—Y una mierda. ¡Estás casada conmigo, prometida con Don Perfecto, y ¿estás aquí bailando con ese imbécil?!
—Deja de insultar a Jérôme —solté entre dientes.
—¿O qué?
No sabía si tenía las pulsaciones disparadas por el enfado, por su cercanía o porque éramos los únicos en aquel pasillo desierto y mal iluminado.
—¿Por qué no vuelves con tu amiga? —Esa fue la única salida que se me ocurrió—. Estará preguntándose por qué tardas tanto.
Con una sonrisa relajada, Ben se inclinó hasta que su cara quedó frente a la mía.
—¿Te molesta? —preguntó, mirando el lunar que tenía encima del labio.
—¿Qué? —Eché la cabeza hacia atrás y fruncí el ceño—. Claro que no.
Me recogí el cabello detrás de la oreja.
Su sonrisa se transformó en una maliciosa. Volvió a erguirse y me observó con socarronería.
—Es adorable que sigas colocándote el pelo detrás de la oreja cada vez que mientes.
El rubor me subió por el cuello. La tensión de mi pecho aumentó. De pronto, me sentía vulnerable y expuesta. Me asustaba que Ben conservase la capacidad de leerme como un libro abierto.
Me sorprendió alargando el brazo. Sus dedos cálidos me rozaron el pómulo cuando cogió un mechón de cabello. No pude ocultar el estremecimiento que me invadió de la cabeza a los pies.
—No debería molestarte —dijo, jugueteando con mi pelo—. No tengo ningún interés en Charlotte. Además, yo las prefiero rubias.
—¿Por qué tendría que molestarme que estés aquí con otra? Por si lo has olvidado, estoy prometida. —No me vino a la cabeza mejor argumento para defenderme.
Su mirada eléctrica recorrió mi rostro. ¿Era yo o ese pasillo era cada vez más pequeño?
—Y… dime, ¿sabe tu prometido que estás aquí ligando con otro?
Alcé la barbilla orgullosa.
Ben atrapó mi mano izquierda. Cuando me acarició el dedo anular, un hormigueo intenso se despertó en mi piel.
La confusión cruzó su rostro.
—¿Sin anillo de compromiso? —me preguntó con un deje de sorpresa en la voz.
No contesté.
—¿Qué hay entre el Bohemio y tú? —Señaló con la mano libre la puerta que daba a la discoteca.
—¿A ti qué te importa?
Tiró de mi mano y me atrajo hacia él. Nos quedamos a un par de palmos de distancia.
Tenerlo tan cerca avivó los recuerdos que había pasado trece años intentando olvidar: los nervios que sentí la noche en que nos conocimos, mi corazón adelantándose un par de latidos cuando nos besamos por primera vez en la feria, cómo se fundió mi cuerpo bajo el suyo la primera noche que hicimos el amor.
Respiré hondo y su olor varonil y a loción de afeitar embotó mis sentidos. Estábamos tan cerca que percibía el calor que irradiaba su cuerpo. Bastaría una chispa para que todo saltase por los aires.
—Oh, créeme. Me importa. —Su aliento me calentó la mejilla—. De hecho, ahora mismo nada me interesa más.
—No debería. —Con un movimiento brusco, conseguí liberar mi mano.
—¿Es que tenéis una relación abierta o algo así?
—No es asunto tuyo. —La voz se me quebró al final de la frase.
Un brillo perverso se adueñó de su mirada. Sus ojos verdes escanearon cada centímetro de mi rostro. El cabrón se había dado cuenta de que ocultaba algo y no pararía hasta sonsacármelo.
El miedo galopó costillas arriba y me formó un nudo en la garganta. Nadie podía enterarse de que mi compromiso era de conveniencia. Había demasiado en juego para Preston y para mí. Me forcé a no limpiarme el sudor de las palmas. Cualquier gesto delataría si mentía.
—Vaya, vaya, ¿tanto te aburres con Don Perfecto? —aguijoneó—. Espera, no será un compromiso de esos falsos en los que los ricos se casan para heredar un imperio, ¿no?
Estaba atrapada en un callejón sin salida. No podía dejar que Ben formulase más preguntas. Tenía que callarlo de alguna manera o acabaría sonsacándomelo todo. Hice lo primero que se me ocurrió: agarré su camiseta, tiré en mi dirección y apreté los labios contra los suyos.
Nada podía haberme preparado para lo que sucedió a continuación.
Ben me cogió la cara y me devolvió el beso sin dudar. El hormigueo intenso que sentía en los labios se propagó en todas direcciones.
Separé los labios y su lengua impaciente se deslizó sobre la mía, reduciendo la frustración y el enfado a cenizas. Olvidé por qué le estaba besando. La boca le sabía a whisky y hacía que sus besos resultasen embriagadores.
Solté su camiseta y apoyé las palmas sobre su torso. El corazón le latía tan apresurado como el mío.
Ben plantó las manos en mi cintura y me empujó contra él. Nuestros labios se movían con ferocidad, dejándose llevar por los recuerdos. Debieron bajar el volumen a la música que llegaba amortiguada desde la pista de baile porque, de pronto, solo oía nuestras respiraciones agitadas.
Me sujetó la cara con una mano y me devoró la boca de manera salvaje.
Cuando deslizó una palma enorme por mi cintura, fui consciente de su mano abierta sobre mi espalda y de su pulgar bajando por mi estómago.
Me aferré a sus hombros anchos y me recreé acariciando sus brazos fuertes.
Aunque Ben estaba más definido que antes, su cuerpo seguía resultándome dolorosamente familiar.
Él bajó las manos por mi espalda y me agarró el culo. Respondí mordiéndole el labio inferior. Soltó un gemido grave que consiguió endurecerme los pezones. El calor se derramó por mi estómago y una sensación pesada se instaló entre mis piernas.
Colé las manos por debajo de su camiseta y le pasé las uñas por la espalda. La piel se le puso de gallina.
Sin dejar de besarme, me empujó, obligándome a caminar de espaldas, hasta que mi cuerpo se encontró con la pared.
Sus labios ardientes abandonaron los míos para explorar mi mandíbula. Un escalofrío me atravesó como un rayo cuando presionó la boca contra mi pulso. Cerré los dedos alrededor de su mata de pelo y tiré para que sus labios volvieran a cubrir los míos.
Enterró la mano en mi melena, para profundizar el beso, y sentí que me quedaba sin aire. Me aparté para respirar. Me temblaban las manos, las piernas y el corazón.
Ben tragó saliva sin dejar de mirarme. Su expresión intensa me provocó otro tirón en el estómago. Tenía la boca hinchada con restos de pintalabios, y las pupilas dilatadas. Sus ojos ardían como el fuego.
Aunque me pesase, lo encontraba atractivo vestido enteramente de negro con la camiseta, los vaqueros y las Converse. El tatuaje que asomaba por la cara interna del bíceps llamó mi atención.
Estaba agitada y confundida. Había quedado con un hombre y estaba besándome con otro.
Todavía notaba calientes los puntos que él había tocado y besado.
Los latidos de mi corazón estaban por las nubes.
—Lo siento… —Casi no podía ni hablar—. No pretendía…
—Oh, ya lo creo que sí.
—No tenía que haberte besado.
—Pero querías hacerlo. —Ben me pasó el pulgar por el borde del labio.
Su tono ronco hizo que el calor me subiera por el cuerpo.
Se inclinó y me acarició el cuello con la nariz. Sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja, provocándome escalofríos.
—¿Quieres ir a hablar a un sitio más tranquilo?
—Eh…
Mi cuerpo se enfrió y volví a la realidad de golpe.
¿De verdad creía que me acostaría con él?
Aquello se nos había ido de las manos a un ritmo de vértigo si de verdad estábamos hablando de acostarnos juntos.
Le había cedido el control con una facilidad asombrosa.
No podía abandonar la razón y dejarme llevar sin pensar en las consecuencias, como hice cuando era una adolescente tonta y enamoradiza.
Entonces saltaron las alarmas.
«Dios mío, ¿qué he hecho?».
La atracción entre nosotros parecía seguir ahí y no lo soportaba. Ese hombre me había roto el corazón.
Le empujé del pecho para que se apartase. Él me miró confundido.
Me alejé un par de pasos para respirar algo que no fuese su perfume. Bajé la vista y me topé con su erección apretada contra el pantalón. Aparté la mirada y me alisé el vestido mientras trataba de recomponerme. Dudaba que no fuese a temblarme la voz al hablar.
—No voy a acostarme contigo —dije en tono más neutral que pude—. No soy una de tus amiguitas. —Mis palabras sonaron ácidas.
—¿Quién ha hablado de follar? Solo quiero hablar contigo.
—No tengo nada que hablar contigo —solté con dureza.
No tenía interés en revolver el pasado ni en escuchar una sarta de mentiras.
—¿Piensas firmar el divorcio? —le pregunté.
Un nubarrón ensombreció su mirada. Le escocía mi rechazo.
Abrió la boca y se me encogió el estómago.
—Sí, pero quiero una cosa a cambio —respondió calmado—. Una cita.
—¡¿Qué!? —Mi corazón se quedó estupefacto.
—Ten una cita conmigo y firmaré el divorcio.