16. Ben
Ben
El universo era un cabrón.
¿Por qué coño me mandaba señales para que fuese detrás de Kate si iba a casarse con otro?
Y no un cualquiera. Su prometido tenía el aspecto de heredero a un trono europeo. Era alto, guapo y lo más importante: con clase. A simple vista, se lo veía tan perfecto que casi parecía de atrezo.
«No me jodas, hombre. ¿Quién puede competir contra eso?».
Enterarme el día anterior de que se casaba me había dejado en shock. Conforme habían ido pasando las horas, el estupor había ido transformándose en una sensación amarga. Me jodía no tener una oportunidad con ella.
Seguía arrepentido de haber roto con ella después de todo este tiempo. Su regreso había despertado emociones que llevaban años dormidas y que no había sentido por nadie más. Y, ahora que decidía ir tras ella, ¿debía retirarme como un caballero?
El único momento del día en el que había conseguido alejar la mente del tema había sido durante el rodaje. En el plató, con las cámaras y los carteles del teleprompter delante, había dejado a un lado las emociones y me había centrado en hacer un buen trabajo.
Los sábados, después de la emisión del programa, el equipo salía de fiesta.
Aquella noche no estaba de humor para festejar, pero me negaba a largarme a casa.
Regodearme en la mierda no me serviría de nada.
Lo sabía por experiencia. Y, aunque también sabía que beber no borraría a Kate de mi memoria, nada me apetecía más que pillarme un buen pedo para mitigar la incomodidad que me arañaba el pecho y darle una tregua a mi cerebro.
Eran cerca de las doce de la noche cuando me bajé del taxi frente a la discoteca, llevando las gafas rojas de sol que había usado en el último sketch del programa.
El viento frío me revolvió el pelo. La fila para entrar al local daba la vuelta a la manzana.
Caminé directamente a la puerta junto a Freddie, Georgia y Ezra, los guionistas.
John, el segurata del tamaño de Thanos, levantó la mano en cuanto nos vio aparecer.
—¡Qué pasa, chicos! —nos saludó—. ¿Cómo ha ido el programa?
—Muy bien —respondí chocándole la palma—. Esto está hasta los topes, ¿no?
—Sí. Ahora aviso al compañero para que os abra el reservado. —A continuación, apretó el botón del micrófono y habló por el pinganillo—: Watson, suben los de Saturday Late Night .
—Gracias, tío —le dije—. Los demás llegarán enseguida.
—Vale. ¿Verás mañana el partido?
—Por supuesto. ¡Arriba, Nets!
Retiró el cordón rojo de terciopelo y nos dio la bienvenida.
El ambiente olía a una mezcla de alcohol, sudor y colonias de distintas fragancias.
Hacía un calor de morirse. Me abrí paso entre la multitud, esquivando extremidades que se movían con ímpetu al ritmo de un ensordecedor tema electrónico.
Si conseguía atravesar la pista de baile sin que mis Converse negras se quedasen pegadas al suelo, sería una proeza.
Subí las escaleras de caracol que llevaban al reservado. El hombre de seguridad que custodiaba la entrada se apartó para dejarnos pasar.
El espacio era amplio, contaba con varias mesas de cristal rodeadas por sofás de cuero y una barra exclusiva. Ahí arriba la música sonaba atenuada, permitiendo conversar sin dejarnos la voz.
Mientras mis compañeros se desperdigaban por los sofás, fui a pedir a la barra junto a Freddie. Cogimos las bebidas y nos quedamos de pie cerca de la barandilla.
Eché un vistazo a la pista de baile. Una mujer rubia captó mi atención. Se parecía a Kate una barbaridad. Me quité las gafas de sol para verla mejor y me las colgué de la camiseta. Estaba bailando con un tío. Llevaba la melena revuelta y un vestido corto, plateado y brillante.
Cuanto más la observaba, más me parecía que era ella.
Había algo en la imagen que registraban mis ojos que a mi cerebro le descuadraba.
Enseguida caí en la cuenta: el aire desenfadado de aquella mujer distaba de la pulcritud de Kate.
Por no mencionar que aquel antro oscuro se alejaba bastante de los locales refinados del Upper East Side que ella frecuentaría.
Desde mi posición no podía asegurarlo al cien por cien, pero juraría que el tipo alto con el que bailaba no se parecía en nada al pijo de su prometido.
Tan pronto como la canción terminó, ella se apartó de su pareja. La seguí con la mirada mientras sorteaba a la gente en su camino a la barra.
«Hostia, estoy casi seguro de que es Kate».
¿Se trataba de un glitch en la Matrix?
¿Me habían jugado una mala pasada las luces estroboscópicas?
O peor: ¿tan tocado me había dejado la noticia de su compromiso que mi mente la evocaba de la nada?
Imaginar gente no debía de ser una buena señal.
—¡Eh, Freddie! —Le planté una mano a mi compañero en el hombro—. ¿Ves a esa mujer rubia de ahí? —le pregunté para salir de dudas—. La del vestido plateado que camina hacia la barra.
Él siguió el curso de mi brazo.
—Eh… Sí. —Asintió—. ¡Hostias! —Se inclinó sobre la barandilla para verla mejor—. Está buena. Me la pido.
—Tú no te pides una mierda. —Le di una palmada fuerte en la espalda.
La mujer se detuvo detrás de las personas que aguardaban su turno frente a la barra. Se acomodó la melena detrás de los hombros con la misma delicadeza con la que lo hacía Kate. No había duda: era ella.
¿Qué coño estaba pasando? ¿Qué hacía Kate ahí? ¿Por qué había bailado tan arrimada a un tío que no era su prometido?
Sentí un subidón de energía. No podía creerme mi suerte.
Que Kate estuviese ahí, en ese preciso momento y lugar, no era casualidad.
Aquello era obra del universo, que conspiraba para darme la oportunidad de hablar con ella.
En cuanto el pensamiento cristalizó en mi cabeza empezó a sonar una versión moderna de «I Was Made For Lovin’ You».
Aquello tenía que ser otra putísima señal de que debía ir tras ella.
Al menos, para salir de dudas y enterarme de qué estaba ocurriendo.
—Ahora vengo —le dije a mi compañero.
Salí del reservado y bajé las escaleras de dos en dos. Al llegar abajo, esquivé a la gente y me planté detrás de ella.
La abundante melena le caía hasta la mitad de la espalda.
Cuando se apoyó sobre la barra para pedir, no pude evitar admirar su culo redondo y perfecto.
«Gracias por tanto, universo —pensé entusiasmado—. Jamás volveré a dudar de ti».
Bajé la vista por sus piernas kilométricas y el pulso se me aceleró.
Me pasé la mano por el pelo para peinármelo y me alisé la camiseta negra.
Cuando Kate abrió su bolso diminuto, supuse que en busca de la cartera, alargué el brazo y planté un billete de cincuenta sobre la barra.
—Invito yo —solté a su espalda.
Ella giró sobre los talones, con una sonrisa en el rostro y el vaso en la mano.
—Te lo agradezco, pero no hace fal… —Las palabras se le atascaron en la garganta.
Kate abrió mucho los ojos y se desvaneció su sonrisa.
—Ben… —dijo sorprendida.
Llevaba trece años deseando volver a oír mi nombre escapar de sus labios.
Me quedé pasmado, mirándola. Tenía destellos de purpurina plateada en los párpados, las mejillas sonrosadas y los labios pintados de rosa oscuro. Su cabello despeinado apuntaba que llevaba un buen rato bailando.
«Madre mía, es una preciosidad».
Al inclinarme para hablarle por encima de la música, su fragancia cítrica y adictiva me entró por la nariz.
—Estás guapísima. —Torcí la boca en media sonrisa.
Kate recompuso el rostro y me lanzó una mirada fulminante. Acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a mis pies, aquel rechazo era nuevo para mí.
—Te lo agradezco, pero no hace falta que me invites —contestó muy seria.
—Considéralo un regalo de bodas.
—No quiero nada tuyo.
Me distraje unos segundos por cómo se tensaba la tela brillante a la altura de sus tetas.
—¿Dónde te has dejado a tu prometido? —le pregunté, albergando la esperanza de que no rondara por allí.
—No es asunto tuyo.
—¿Y quién es ese tío con el que estás bailando?
Ella se envaró.
—Si me disculpas, me están esperando.
Al sobrepasarme, me estampó la copa en el pecho. Al cogerla, le rocé la piel y una corriente de energía me subió por el brazo.
Di media vuelta para seguirla.
Kate se detuvo un poco más allá, al lado de un grupo de gente que conversaba en un lateral. El tipo alto con el que había estado bailando se apartó y se acercó. Ella le obsequió con una sonrisa radiante. Hubo un tiempo en el que era a mí a quien le sonreía así.
«¿Quién cojones es este?».
Aquel individuo no se parecía en nada al ricachón de su prometido.
De hecho, podía decirse que era su antítesis.
Pelo oscuro y rizado recogido en un moño.
Barba descuidada de varios días. Camisa holgada, con varios botones desabrochados que dejaban entrever un par de cadenas finas alrededor del cuello. Era un bohemio de manual.
La complicidad entre ellos era evidente. No dejaban de hablar animados, se los veía cómodos con la excesiva cercanía, y no parecían tener intención de unirse al grupito.
¿A Kate le atraía el rollo de artista hípster?
Nuestros ojos se encontraron a través de la pista de baile. Tras observarme unos segundos, giró la cabeza con brusquedad y volvió a centrarse en su conversación con Míster Bohemio. Este se agachó para decirle algo al oído. La miraba como un buitre hambriento.
Luché contra las ganas de interceder y me volví sobre los talones. Le di un trago a la bebida que había pedido Kate. El sabor no me entusiasmó. Necesitaba un whisky con urgencia. Dejé la copa olvidada en un rincón de la barra.
Cuando el camarero me plantó el vaso delante, vacié la mitad de un trago.
Busqué a Kate con la mirada. El Bohemio se le había pegado más.
No entendía qué cojones estaba pasando. Kate iba a casarse con otro. ¿Qué hacía con ese tío?
Entrecerré los ojos para ver si llevaba puesto el anillo. Desde mi posición no le veía la mano izquierda.
Solté el vaso en la barra.
Estaba a punto de pedir otro whisky cuando alguien me dio un toque en el hombro. Al voltearme me topé con los ojos pardos de Charlotte. Lucía un vestido negro bastante revelador y el pelo oscuro trenzado.
—Hola, guapo. —Me repasó de arriba abajo y sonrió—. ¿Qué tal?
—Eh… Bien —respondí distraído. Mi atención estaba puesta en Kate y en el Bohemio, que seguían hablando—: ¿Y tú?
—Triste. Desde que eres famoso, me tienes abandonada. —Curvó los labios hacia abajo e hizo un puchero.
«Joder. Lo que me faltaba».
—He estado liado con el curro. —Mentira como una catedral.
Charlotte y yo solíamos quedar los jueves. No le había llamado últimamente. Desde que Kate me había mandado el divorcio, ella era la única mujer que ocupaba mis pensamientos.
—Te he echado de menos —dijo con un tono meloso que me puso los pelos de punta.
Desvié la mirada y me encontré con el ceño fruncido de Kate. Asentía a algo que le decía Míster Bohemio, con los ojos fijos en mí.
«¿Está celosa?».
Sonreí para mis adentros.
Kate plantó la mano en el brazo del Bohemio. Me molestó un poco.
«¿Esas tenemos, corazón?».
Miré de nuevo a Charlotte y le sonreí como si estuviese encantado de verla.
—Perdona, ¿qué decías? —le pregunté.
Ella se pegó a mí más de lo necesario y soltó:
—Decía que te he echado de menos. ¿Vamos a un sitio más privado?
Me acarició el brazo con sus uñas largas y batió las pestañas de manera seductora.
En circunstancias normales acabaríamos la noche juntos, pero en ese momento la posibilidad de echar un polvo rápido con ella no me atraía lo más mínimo.
Desvié la vista.
Fui consciente de que me estaba comportando como el capullo que Kate creía que era. La culpa apareció en el acto. Tragué saliva, incómodo, y me aparté con discreción del contacto de Charlotte.
—Eres una tía estupenda —le dije—, pero no quiero continuar con esto. Lo siento.
—¿Por qué no? —Su tono se hizo más insistente—. ¿Es por tu mujer?
Arrugué el ceño.
—Me lo ha contado Britney. —Se adelantó a mi pregunta.
—Sí, es exactamente por eso.
—No te preocupes, a mí no me importa que estés casado.
—Da la casualidad de que mi mujer es la única que me interesa ahora mismo. —Pasé de su insinuación—. Tengo que irme.
Sin esperar respuesta, avancé entre la gente en busca de Kate.
Estaba bailando con el Bohemio en mitad de la pista. Él la hizo girar sobre sí misma. Le plantó la mano en la cadera y se inclinó en su dirección.
«Hostia. ¿Van a liarse?».
Me tensé como un palo. No quería presenciar cómo se enrollaban. Una sensación incómoda se adueñó de mi pecho.
«¿Qué haría Ryan Gosling en mi situación?».
En El diario de Noah , el bueno de Ryan se subió en la noria y se sentó en medio de su chica y el capullo que babeaba por ella.
Kate echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Su risa atravesó la sala como una onda expansiva que impactó contra mi pecho.
«Ah, no. Eso sí que no. No vas a hacer reír a mi chica».
Los haces de luz de la discoteca eran verdes y azules, pero, de pronto, veía rojo.
Fui directo como una bala hacia donde bailaban. Me planté a su lado.
—Necesito hablar contigo —alcé la voz por encima de la música, para que Kate me oyera.
Ella puso mala cara y siguió bailando.
—No tengo nada que hablar contigo —contestó.
—Kate…
—Oye, tío, ¿quién narices eres? —intercedió el Bohemio con un marcado acento francés.
Hinché el pecho como un dragón antes de escupir fuego por la boca y, entonces, dije:
—Soy su marido, gilipollas.